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Terror en el spa: ¿puede un tratamiento revificante matarte de forma lenta y dolorosa?

La droga y las medicinas no son esencialmente lesivas: depende del uso que hagas de ellas (o eso dicen). En los últimos tiempos, los tratamientos milenarios indios están produciendo un debate parecido.

La cultura oriental contraataca cada cierto tiempo. Primero fueron los spas y balnearios como actividad recreativa para occidentales aburridos; a ello siguió el coqueteo con las medicinas tradicionales y finalmente las autoridades sanitarias (estadounidenses) se echaron las manos a la cabeza por el interés que despertaban los tratamientos ayurvédicos. En los últimos meses, el debate ha entrado en España a través de distintos libros que revelan cómo la discusión sobre la medicina india es más política y cultural de lo que parece.

Intro: de la guía para la muerte al LSD

En el año 1918, el antropólogo estadounidense Walter Evans-Wentz inicia un viaje que le lleva a descubrir “El Libro Tibetano de los Muertos”, hasta entonces restringido a las comunidades religiosas locales. Aunque el documento había sido escrito en el siglo VIII, de hecho tuvieron que pasar algunos cuantos siglos hasta que volviese a ser hallado por unos monjes. Evans-Wentz encuentra en el texto un manual de instrucciones que sirve como guía para moverse por los pasillos que median entre el fin de una vida y la siguiente, y en él contempla escenarios bastante alucinantes como orgías por doquier, que en realidad representan a los mismos cuerpos que copulan en el instante de tu muerte. Ellos podrían constituir el vientre que te alojase en tu próxima reencarnación.

En los sesenta, un núcleo de investigadores de la universidad californiana metidos en la cultura psicodélica de la época se da cuenta de que el libro expone situaciones muy similares a las que el LSD produce, y esto da pie a la edición de “La Experiencia Psicodélica (Un Manual Basado en el Libro Tibetano de los Muertos)”, inédito en español. El libro se convierte en una guía con que pastorear por los prados del éxtasis a las manadas de psiconautas del espacio interior, y pronto pasa a ser la clase de biblia contracultural que despierta tantos entusiasmos como pesadillas.

En verdad, probablemente ésta sea una de las mejores anécdotas para explicar los intercambios culturales entre Oriente y Occidente.

Tanto si hablamos del Dalái Lama divulgando el poder curativo de la meditación, de Iyengar y sus libros de yoga o del tantra, lo cierto es que, a priori, a todo el mundo le parece que esos tipos no sólo se lo pasan bastante bien, sino que además sus conocimientos resultan de gran utilidad. Pero a la opinión pública le suele preocupar que pierdas de vista el cordón umbilical que te ata a Occidente, a riesgo de incurrir en peligrosas y delirantes experiencias místicas, como puede ser un viaje de LSD.

En los últimos tiempos, la medicina india ha sido la última moda importada de Oriente a nuestra cultura de consumo. Con la popularización de los baños de sales y otras comodidades paralelas, no ha tardado en plantearse la duda sobre lo apropiado de dejar tu salud en manos de médicos nacidos a orillas del Ganges con cara de Rasputín, pantalones de algodón y cabeza rematada por un turbante. Incluso si no estás en edad de preocuparte por tu salud más de lo debido, la discusión tiene lo suyo.

Filón para la moda y los cosméticos, alerta médica en EEUU

Al principio nadie lo sospecharía, pero un spa siempre tendrá todas las papeletas para albergar una historia de terror. Justamente, una de las intrigas narrativas más estudiadas en las facultades de literatura es la abyección, por la cual aquello en lo que habías depositado tu confianza se vuelve contra ti. En esta categoría de traidores figuran desde el médico nazi que te aplica una inyección de veneno, al amigo leal a quien descubres en la cama haciendo guarrerías con tu pareja, pasando por el encantador gatito que planea matarte mientras te amasa en tu descanso.

El pronóstico de que una atmósfera de paz y confort mute en una prueba de Saw incomoda a las personas.

Y tiempo después de que la incorporación de tratamientos ayurvédicos en spas hicieran saltar las alarmas en Estados Unidos (¿dónde si no?), los textos explicativos sobre medicina hindú ahora ocupan las librerías. El último de ellos es “La Medicina India”, del filósofo y ensayista español Juan Arnau.

Entre los campos de taro en la hawaiana isla de Kauai, donde Elvis grabó “Blue Hawaii” y Spielberg algunas escenas de “Parque Jurásico”, una masajista entrada en los cincuenta y de nombre Lori Potter era interrogada hace unos años por el New York Times con motivo de unos informes de la Asociación Médica Americana. En ellos se aseguraban que el 21% de 193 suplementos ayurvédicos comprados en internet, contenían «plomo, mercurio o arsénico». Desde su retiro en medio del Océano, la experimentada terapeuta daba la razón a las aterrorizadas autoridades:

—Esto es cosa seria, no puedes tomar eso sin saber de dónde viene.

Esos eran tiempos en que los spas empezaban a ser el pasillo que guiaba a las manadas de asalariados estresados con su agotador estilo de vida occidental a los tratamientos milenarios de la medicina hindú.

El verano pasado, la cabecera de Jill Abramson volvía a mirar a la India, aunque esta vez con otros ojos y sólo para confirmar que:

—Hace una década, la mención de los productos de belleza habrían evocado las embriagadoras esencias de aceite de pachuli y el jabón de sándalo, sólo de interés de viejos hippies y de la mayoría de fogosos yoguis. Hoy India ha cautivado a la industria cosmética mainstream.

El rollito indio contratacaba. Shivani Vora hablaba de la colección Bombay Express de Karl Lagerfeld, o de Aveda, una firma especializada en cosméticos que viene trabajando desde 1978 con hierbas hindúes y que es dominio de Estée Lauder.

Así teníamos de un lado a las autoridades sanitarias del país ejemplar en materia de medicina desregulada preocupadas por la difusión de unas medicinas alternativas desreguladas, y a una industria de la moda y del ocio encantada con las diosas de muchos brazos y haciendo sonar la caja registradora. Como era de prever, toda la discusión sobre el propósito de la medicina india vendría lastrada por intereses culturales desde el inicio de los tiempos, y además es muy anterior a la irrupción de los spas. Como Arnau recuerda, a la investigación europea del siglo XIX le atrajo desde el primer momento las prácticas ayuvérdicas, si bien el gobierno colonial le negó el apoyo en 1835, y hasta la independencia de India en 1947 no se produciría el nuevo renacimiento de la medicina sánscrita.

El Buda de la medicina

Aunque las tradiciones curativas del subcontinente indio no se limitan a ella, la medicina ayurvédica es, junto con la medicina tradicional china, uno de los sistemas médicos vigentes más antiguos del mundo. ¿Su particularidad más reconocida? La concepción humoral del cuerpo. «Medicina y moral se encuentran mutuamente implicadas en muchos de los análisis sobre el origen de la enfermedad y sus posibles evoluciones», asegura Arnau.

En “La India (Retrato de una Sociedad)” , Sudhir y Katharina Kakar admiten que la medicina occidental no tendría cabida en el paradigma ayurvédico, y que con la intención de ponerla en tela de juicio surgió un ayurveda moderno concentrado en la aportación de pruebas «científicas» con que demostrar la eficacia de sus métodos, que posteriormente dio pie a una estandarización de la terapia ayurvédica transnacional, “que consiste principalmente en masajes con aceites y consejos alimenticios”.

Sudhir y Katharina convienen en que, para los doctores ayurvédicos, las teorías occidentales evolutivas de la enfermedad son una búsqueda de la verdad que el ayurveda ya ha alcanzado.

En 1987, el acupuntor y facultativo David Crow volaba a Nepal para comprender la sabiduría del ayurveda. Como resultado nos legaría “En busca del Buda de la Medicina”, un libro que conoce la medida exacta entre la divulgación médica y la crónica de viajes, con todas las texturas y exóticas recreaciones que sus escenarios permiten. Su periplo produciría una satisfactoria historia de aventuras que se iniciaba en las frondosas colinas cerca de Pashupatinath en Katmandú, rodeado de crías de mono y piras encendidas, capaz de explicar la herbología y la espiritualidad del Himalaya. Crow se adentraba así en la sabiduría médica sánscrita a partir de su gran misterio: la alquimia y las propiedades del mercurio. “Los alquimistas del Himalaya afirman que es el semen de Dios, una esencia universal de peculiares características análogas a la mente humana: es letal cuando impuro, pero una vez purificado, se convierte en el mayor sacramento dispensador de larga vida e iluminación”.

"Si las prácticas espirituales son beneficiosas para la salud, ¿por qué los maestros de meditación padecen de enfermedades perfectamente evitables?"

Aquí teníamos entonces la historia de otro veneno cuyas propiedades también pueden ser curativas, como cualquier otra droga o medicina. Además Crow es un personaje bastante libre de sospechas. A fin de cuentas, algunas de las preguntas que se propone resolver en su aventura eran éstas:

—¿Por qué las tradiciones de esos mentores tan dotados son desdeñadas o reprimidas por su propia cultura, pese a que el mundo moderno está empezando a adoptarlas? Si esos sistemas médicos son eficaces, ¿cómo es que sigue habiendo tanta enfermedad? Si las prácticas espirituales son beneficiosas para la salud, ¿por qué los maestros de meditación padecen de enfermedades perfectamente evitables? ¿Por qué se veneran diosas en todos los templos mientras que las mujeres son tratadas como encarnaciones inferiores, con graves consecuencias para la salud de toda la sociedad? Si la oración y la devoción religiosa constituyen el armazón de la sociedad, ¿por qué se ha endurecido trágicamente el corazón de tantos hombres? ¿Por qué las culturas indígenas renuncian al privilegio de estilos de vida sostenibles y adoptan el consumismo sin porvenir de Occidente?

En paralelo a todos estos textos explicativos desde el terreno, el periodista científico Ben Goldacre también publicaba este año en España " Mala Farma", otro llamamiento a interrogar las relaciones de poder que las grandes corporaciones farmacéuticas establecen con los médicos y pacientes. Aunque esta vez en Occidente.

Con sus peculiaridades, los testimonios de Juan Abreu, David Crow y Sudhir y Katharina Kakar parecen coincidir claramente en una cosa. Si para algunos historiadores «la ciencia» nace en la Europa del siglo XVII y durante mucho tiempo tiene que ganarle el pulso al poder la iglesia, hoy la situación parece invertido. «Lo que hace apenas tres siglos fue una revolución hoy se ha convertido en uno de los fundamentos del poder a nivel global», concluye Abreu.

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