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Ten miedo: los peligros de Google y Facebook, según Jaron Lanier

In prog we trust: la columna sobre tecnología de PlayGround

Jaron Lanier es uno de los más profundos pensadores sobre internet. Su tesis es que estamos en manos de monopolios opacos –Google, Facebook– que, a cambio de una vida mejor, nos han robado el alma, nuestra esencia humana. Somos sus títeres. En esta columna vamos hacia el fondo del asunto.

Sé que lo último que parece Jaron Lanier, y más con esas rastas y ese gusto por los instrumentos musicales propios de hippies, es ser sospechoso de nada. No es como Nicholas Carr, al que yo metería directo en la misma liga de místicos apocalípticos que al Vargas Llosa que vaticina la muerte de la cultura por culpa de internet. Lanier es uno de los nuestros, me repito de forma maniquea mientras leo su currículum, como si el mundo estuviera divido en dos bandos, buenos y malos. Por dios, él acuñó el término Realidad Virtual y ha imaginado otra forma de representarnos en este mundo y en otros. Ha currado en Atari, en Second Life y en una de las tecnologías más estimulantes que el sector de los videojuegos ha dado al mundo en los últimos años, Kinect. Pero es que durante la lectura de “Contra El Rebaño Digital” (editado por Debate y que ya parte de un título traducido de forma muy poco inocente: el original es “You Are Not A Gadget”) he sentido las mismas ganas de estrellar el libro contra la pared que me vienen cuando mi padre escucha a ese radiopredicador con frenillo. Es pura frustración. No estoy en contra de sus opiniones, allá cada cual: estoy en contra de sus argumentos y de las herramientas que usa para defenderlos, como la nostalgia, el cinismo y el miedo. Así que no es que no me haya gustado su libro, lo que no me gusta es su tono de iluminado, de alguien que ha venido del otro lado a avisarnos de los peores peligros imaginables.

Pero es imposible estar en contra de “Contra El Rebaño Digital” en su totalidad, y otros gurús de su misma altura, además del propio Lanier, ya han matizado su orientación apocalíptica. En su manifiesto hay tantas tesis, muchas desarrolladas, otras solo esbozadas, que uno acaba su lectura con la cabeza llena de ideas sobre por dónde escribir esta columna. Aquí van unas cuantas, relacionadas con su intención de retirar la máscara de salvadores a empresas como Google o Facebook, que supuestamente nos hacen la vida más fácil con sus servicios gratuitos.

Como imponer verdades en la era digital.

“¿Pueden las personas reales terminar en convertirse en personas MIDI, definidas y limitadas a lo que puede representarse en el ordenador?”

En todas las culturas se producen conceptos que terminan convirtiéndose en normas, en estándares aceptados como indiscutibles, cuando no en evidentes. En la cultura digital, Lanier plantea que la tecnología y el software permiten ahora que ciertas ideas se asienten en la sociedad con más presencia o fuerza que en otras épocas en las que no contábamos con esta tecnología ni este software. Es lo que denomina anclaje y su ejemplo, como otros que utiliza en su libro, tiene que ver con la música, otra de las pasiones y dedicaciones de Lanier: se trata del MIDI, un sistema concebido para representar las notas musicales en un entorno informático. A pesar de sus grandes limitaciones, de que no puede “describir las expresiones sinuosas y fugaces que puede lograr un cantante o un saxofonista” ( “solo podía describir el mundo en mosaico de teclista, no el mundo en acuarela del violín”, ilustra Lanier), ha terminado convirtiéndose en el sistema estándar para representar la música en un software. Hoy no es posible escapar de él. Llevando esto al terreno de lo filosófico, Lanier teme que, de la misma manera, las redes sociales, Google y la llamada web 2.0 termine representando al ser humano en la red de una manera esquemática y pobre, o al menos, con mucho menos potencial del que esconde la naturaleza humana. “¿Pueden las personas reales terminar en convertirse en personas MIDI, definidas y limitadas a lo que puede representarse en el ordenador?”, se pregunta. Una personalidad compleja y llena de matices reducida a un avatar plano en 2D definido a través de un formulario (seleccione sus gustos de entre los siguientes campos) y visible por los demás en un solo vistazo.

Personalidad digital = personalidad reducida.

En el fondo, lo anterior es algo que ya ocurre. Como recuerda Lanier a la hora de hablar de Facebook, “el reduccionismo de la persona siempre ha estado presente en los sistemas de información. Cuando llenas tu declaración de impuestos tienes que declarar tu estado de forma reduccionista. Tu vida real está representada por una serie ridícula y falsa de entradas en una base de datos para que hagas uso de un servicio de una forma aproximada”. En un “acto igualmente reduccionista” como crear un perfil en una red social (profesión, estado civil, residencia), “la reducción digital se convierte en un elemento informal que media entre tus nuevos amigos. Eso es nuevo. El gobierno era famoso por su impersonalidad, pero en un mundo pospersonal eso ya no supondrá una diferencia”. Es decir: esta reducción de la vida a partir de pocas variables es lo que se difunde entre los amigos, lo que se comunica, y lo que termina convirtiéndose en verdad. Es una degradación basada en un error filosófico, en su opinión: la creencia en que los ordenadores pueden representar el pensamiento humano o las relaciones humanas, cuando en realidad son cosas que las máquinas de hoy en día no pueden hacer. Lanier pide a programadores y tecnólogos como él mismo un poco de humildad en este sentido: “No entendemos el cerebro tanto como para comprender fenómenos como la educación o la amistad a partir de una base científica. De modo que cuando recurrimos a un modelo informático para representar el aprendizaje o la amistad en situaciones que impactan en la vida real, estamos apoyándonos en definitiva en la fe. ¿Cómo podemos saber lo que estamos perdiendo?”.

Nosotros, nuestra vida, es el verdadero negocio en la red.

Cuidado, porque aquí viene un hostión en la cara: “Ese artificio, la idea de la falsa amistad [en las redes sociales], no es más que es una carnada dejada por los señores de las nubes para atraer a los hipotéticos anunciantes –podríamos llamarlos anunciantes mesiánicos– que tal vez aparezcan algún día”. Según Lanier, las esperanzas de miles de empresas de Silicon Valley es que compañías como Facebook estén recopilando información valiosa sobre todos nosotros para darle a los anunciantes lo que más desean (y más les cuesta conseguir): una audiencia potencial de consumidores segmentada por edad, gustos, residencia o estado civil, a la vez que un feedback igualmente valioso sobre marcas y costumbres de consumo. El problema es ético, como se vio con el proyecto Bacon en 2007: “Se trataba de un programa impuesto de repente y que era difícil de rechazar. Cuando un usuario de Facebook hacía una compra en internet, el acto se transmitía a todos los llamados amigos de su red. El objetivo era hallar una forma de presentar la presión de grupo como un servicio que se podía vender a los anunciantes […]. Las vidas comerciales de los usuarios de Facebook ya no les pertenecían”. Según recuerda Lanier, la idea fue “un desastre inmediato” y provocó “una revuelta” de usuarios que hizo que Facebook se echara para atrás. Obviamente, el interés por invertir y sacar dinero de las redes sociales sigue adelante (hoy mismo, podemos conectar nuestra cuenta de Amazon, por ejemplo, a Facebook para que nos recomiende regalos el día de nuestro cumpleaños en función de los “me gusta” que hayamos hecho o a otras cuentas como PlayStation Network para informar a nuestros amigos de las compras que hemos hecho), y el futuro sigue pasando por encima de nuestra intimidad. “Desde el punto de vista comercial, la única esperanza de dichos sitios es que aparezca una fórmula mágica para que se vuelva aceptable un método de violar la privacidad y la dignidad”. Y lo peor es algo que Lanier no imaginó: nuestras cuentas en Facebook o Twitter están interesadas en saber qué sitios visitamos cuando no estamos dentro de ellas, de ahí la aparición de políticas como ‘Do not Track’, disponible en Firefox, que impide que tus movimientos en la red sean rastreados mientras usas el navegador, y al que se ha sumado Twitter (Google y Microsoft también se han comprometido; Facebook no dice ni mu). Por ahora, tenemos la justicia de nuestra parte: hace unos días, Facebook se vio obligada a pagar cerca de 8 millones de euros a un grupo de usuarios por incluir información personal como publicidad bajo el nombre de “historias patrocinadas”. Puede que no sea tan lejano ese momento en que Coca-Cola esponsorizará nuestra comentario diario sobre qué hemos comido. Y cuidado con darle a “me gusta”, o formarás parte de la cadena.

"Google crea productos fantásticos que parecen gratuitos, pero en realidad pagamos por ellos con algo más valioso e insustituible que el dinero: nuestra privacidad, nuestra intimidad, nuestra esencia"

La nueva edad dorada de los monopolios.

Según Lanier, “la arquitectura de la red digital incuba monopolios de forma natural”. Habla, en concreto, de la imposibilidad de poder sacarle los cuartos a la publicidad en internet sin pasar por Google y su propio estándar impuesto hace años, un sistema digital que busca la forma de representar a las personas y los anuncios en internet y poder así relacionarlos para obtener beneficios. “Cualquiera que quiera poner un anuncio debe usarlo, o bien quedarse librado a la buena de Dios, relegado a una subcultura pequeña e intrascendente, del mismo modo que los músicos digitales deben usar MIDI si quieren trabajar de manera conjunta en la esfera digital”, escribe. Facebook lo ha intentado, incluso “ha cambiado la cultura con ánimo de obtener beneficios”, pero sin resultados, con escasos ingresos y ningún beneficio, al igual que la mayoría de los negocios 2.0. “Del mismo modo, sería extraordinariamente difícil empezar a competir con eBay o Craiglist”. Por si lo dudaban: “En el caso de Google, el monopolio es opaco y está patentado”. Otro libro editado hace pocos meses, “Desnudando A Google”, de Alejandro Suárez Sánchez-Ocaña, también subraya esta opacidad, además de poner sobre la mesa sus técnicas para pagar cantidades irrisorias en concepto de impuestos en Europa o la privacidad que perdemos cuando permitimos que filmen vía satélite o a pie de calle nuestras viviendas, lo que ha permitido que el gigante tecnológico se apoderase de datos personales, como contraseñas o e-mails a través de redes Wi-Fi abiertas con sus célebres coches de Google Street View. “Yo intenté que retiraran la foto de mi casa que exponía a los ladrones todas sus entradas y salidas. Y no logré más que perder horas en llamadas. ¿Por qué debe ver cualquiera por dónde saltar la valla de casa para entrar en mi habitación?”, decía hace poco el autor en una entrevista a La Vanguardia, en la que también opinaba que “Google no regala nada. Insisto en que los datos que recopilan de usted le sirven para segmentar la publicidad que cobra –y no sabemos para qué más, porque Google es opaco en su funcionamiento– y esa ingente información le confiere un poder inmenso. Google crea productos fantásticos que parecen gratuitos, pero en realidad pagamos por ellos con algo más valioso e insustituible que el dinero: nuestra privacidad, nuestra intimidad, nuestra esencia”.

¿Y qué diablos pasa con la cultura tradicional?

"Si se accede a los libros de la nube a través de interfaces que alienten la mezcolanza de fragmentos que difumine el contexto y la autoría de cada fragmento, habrá un solo libro"

Uno de los proyectos que más expectativas ha levantado en los últimos años ha sido la intención de Google de digitalizar gran parte de los fondos de bibliotecas en un servicio propio que, según se han encargado de vender, estará disponible para todos en una suerte de cultura libre y accesible y universal y tal y tal. Es lo que a muchos ha empujado a comparar Internet con la imprenta de Gutenberg, pero también lo que ha levantado sospechas en países como Francia, que en su día optó por su propio modelo de biblioteca virtual, viendo el riesgo que supone que tantos siglos de saber estén en manos de una empresa privada. Lanier apunta a algo que puede sonar a distopía… o no tanto: ¿Y si nos dirigimos hacia el Libro Único? Su tesis es esta: “El enfoque de la cultura digital que detesto sería capaz de convertir efectivamente todos los libros del mundo en uno solo, como propuso Kevin [Kelly, en 2006] . Puede que el proceso se inicie en la próxima década, aproximadamente. Google y otras empresas están escaneando los libros de las bibliotecas en el proyecto Manhattan de digitalización cultural, de escala masiva. Lo importante es lo que ocurrirá después. Si se accede a los libros de la nube a través de interfaces que alienten la mezcolanza de fragmentos que difumine el contexto y la autoría de cada fragmento, habrá un solo libro. Es lo que ocurre hoy en día con muchos contenidos; a menudo uno no sabe de dónde procede un fragmento citado en una noticia, quién ha escrito un comentario, o quién ha grabado un vídeo. La evolución de la tendencia actual nos hará semejantes a ciertos imperios religiosos de la Edad Media, o a Corea del Norte, una sociedad con un solo libro”. Es conocida por todo el mundo la antipatía que le tiene Lanier a lo que él llama maoísmo digital, es decir, la manera de trabajar colectiva y desinteresada, anónima y fragmentaria, y sus sospechas hacia lo que denomina el totalitarismo cibernético actual. Su ejemplo prototípico de este Libro Único es la Biblia, a la que compara con Wikipedia: “Al igual que Wikipedia, la autoría de la Biblia era compartida, en gran parte anónima y acumulativa, y la oscuridad de los autores individuales sirvió para otorgar al documento un aura digna de un oráculo, ‘la palabra literal de Dios’”.

El internet que nos pedimos y que nunca veremos.

Uno de los ecos más agridulces que me ha dejado la lectura de “Contra El Rebaño Digital” es la idea de que la representación de la realidad en internet viene impuesta por los programadores y las compañías y que no hay vuelta atrás a la hora de rediseñar alternativas. Hoy todos sabemos cómo es la red y sus páginas. Se podría decir incluso que hay un diseño propio de las páginas web: un mar de hipervínculos por el que navegar sin perderse, eminentemente visual (fotografías, iconos, pantallas desplegables, menús, submenús), de lectura horizontal más que vertical (a diferencia de libros y revistas, por ejemplo). Pero, ¿podría haber sido diferente? El sonido, por ejemplo, ¿podría haber tenido una presencia mayor, un protagonismo que hoy no tiene como elemento interactivo? ¿Podría internet haber tenido una navegación por voz en lugar de a través de un teclado? “El diseño de la red tal como la conocemos hoy día no era inevitable”, escribe Lanier en las primeras páginas. “A principios de los noventa había decenas de intentos creíbles en pos de un diseño capaz de presentar la información digital en red de una manera más popular. Compañías como General Magic y Xanadu diseñaron proyectos alternativos con cualidades fundamentalmente distintas que no llegaron a buen puerto. Una sola persona, Tim Berners-Lee, vino a crear el diseño particular de la red tal como la conocemos hoy”. Como se lamenta Lanier, “puesto que al crear tecnologías de la información inventamos muchas cosas de la nada, ¿cómo decidimos cuáles son mejores? La libertad radical que hallamos en los sistemas digitales plantea un reto moral desconcertante. Lo inventamos todo, entonces, ¿qué es lo que vamos a inventar?”. Y peor, habría que añadir: ¿Qué es lo que no vamos a inventar, eso que nunca veremos en funcionamiento? ¿Qué tal fantasear con una navegación por internet en primera persona, como la que vimos en películas o en la literatura ciberpunk, por ejemplo?

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