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Un Superman a la manera de Batman: la fórmula fallida de “El Hombre de Acero”

Zach Snyder, en colaboración con Christopher Nolan, dirige el reboot de la franquicia Superman con un atractivo impacto visual, pero resultados artísticos que no están a la altura de las grandísimas expectativas creadas

La industria de Hollywood vuelve a apostar por Superman para arrasar en taquilla, a rebufo del éxito de los últimos blockbusters de superhéroes. En “El Hombre de Acero” forman equipo Zach Snyder (“Watchmen”) y Christopher Nola (trilogía Batman), y aunque la película impacta, también tiene su parte negativa, su kryptonita.

Uno.

Siempre y cuando no anule por completo su esencia, la libertad en la aproximación a un personaje mítico y absolutamente integrado en la cultura popular no tiene por qué ser algo malo, aún menos si se trata de una figura observada desde distintos ángulos incluso en su propio medio. Aunque en algunas escenas sea bastante difícil reconocer al Superman que forma parte del inconsciente colectivo, el problema de “El Hombre de Acero” no se debe tanto a la lectura del superhéroe que proponen Zack Snyder y sus comparsas (el productor Christopher Nolan y el guionista David S. Goyer, este último también vinculado a los guiones de la trilogía sobre Batman del primero), con la que el espectador puede o no conectar, como a lo deslavazado y caótico del resultado. Al margen de si acierta en su apuesta estética (e incluso en “Sucker Punch”, de 2011, película de la que no entiendo su culto), la habilidad de Snyder para levantar películas visualmente contundentes es incontestable, tanto como su pulso rodando acción. Con dos ejemplos es suficiente: el glorioso prólogo de “Amanecer De Los Muertos” (2004) y la irregular pero compleja e interesantísima “Watchmen” (2009), fiel adaptación de la novela gráfica de Alan Moore. A priori, su elección para dirigir un reboot de Superman tenía todo el sentido; y, a posteriori, el resultado confirma la capacidad del director para armar películas con un empaque rotundo, flashes de buen gusto e ideas formales interesantes.

Dos.

A la vez una libre aproximación a los orígenes-infancia del personaje y el relato de una aventura alienígena, “El Hombre De Acero” es, a ratos, visualmente alucinante y, aunque acaba derivando en la reiteración y provoca cierta sensación de embrollo, tiene una estructura narrativa sorprendentemente libre (abundan las elipsis y los saltos en el tiempo). Snyder persigue con desespero la originalidad, desea abordar al personaje desde otros ángulos y renovar o aportar cosas nuevas a su historial e imaginario. Y, aunque no conecto con el barroquismo del prólogo de “El Hombre De Acero”, parte que imagina el origen de Superman, admiro el esfuerzo del director por crear un universo propio y ampliar el imaginario del personaje. La película de Snyder carece de escenas con potencial para pasar a la historia, algo común y preocupante en el cine espectáculo contemporáneo. Nos llegan filmes visualmente apabullantes, con una factura increíble, pero (excepciones, como el soberbio plano secuencia de “Los Vengadores” al margen), rara vez dejan huella en el espectador: días después de ver esas películas, te queda un recuerdo más o menos agradable pero eres incapaz de recordar una escena concreta. Algunos pasajes de “El Hombre De Acero” son formalmente alucinantes, pero faltan situaciones asombrosas y como mínimo una escena icónica (quizá la que esté más cerca sea la del tornado, cine de catástrofes de pura cepa).

Tres.

La estampa de Christopher Nolan es evidente. El Hombre De Acero no llega a tener la solemnidad de sus películas sobre Batman, pero el esfuerzo por detenerse en los conflictos morales de Superman y abordarlos con cierta seriedad es indudable. Se agradece la voluntad de describir con precisión al personaje, pero el resultado no está a la altura de ese esfuerzo. Más que describir la evolución del protagonista y marcar su arco, la película de Snyder gira una y otra vez, con constantes flashbacks, sobre la misma idea, el sentido de aceptar la naturaleza de superhéroe, y poco a poco cambia el enfoque moral del asunto y se lo lleva a un terreno directamente religioso al dar al personaje un tratamiento mesiánico. Aún así, los momentos más interesantes de “El Hombre De Acero” están en la parte que se ocupa de describir al personaje, enfrentarle a sus orígenes y exponer su dilema. No comparto, por cierto, los ataques a Henry Cavill: su interpretación de Superman no es brillante, pero, tal y como está planteado, el personaje tampoco pide más. El actor tiene presencia y un carisma a años luz del de Brandon Routh, el anodino protagonista de “Superman Returns (El Regreso)” (2006), el filme de Bryan Singer. Es más discutible la elección de Amy Adams, magnífica actriz pero insulsa Lois Lane. Russell Crowe, Kevin Costner y Michael Shannon, en cambio, no pueden estar mejor elegidos.

Cuatro.

Tras esa larga presentación y el planteamiento del conflicto, la película de Snyder se desnorta, pierde la personalidad que (con mayor o menor suerte) ha buscado hasta el momento y se convierte en un titánico producto de acción más cerca de Michael Bay que de Nolan, como sugería la promoción del filme. La comparación con el director de “Transformers” (2007) es descriptiva, no despectiva. Ojalá “El Hombre De Acero” tuviera el maravilloso grado de locura y el incontestable sentido del humor de las películas de Bay, director clave del cine de acción. Pero no. El filme de Snyder no contempla ni la comedia ni la extravagancia. El símil está en la forma de representar la acción. Convertida en su tramo final en una grandilocuente película de invasiones extraterrestres, “El Hombre De Acero” acaba ahogándose, y arrastrando consigo al personaje (que pierde poco a poco sus señas de identidad que forman parte del imaginario colectivo), en un tornado de efectos digitales, caos y ruido.

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