Columnas

Rodolfo Valentino, el primer suicidio que desató la locura de los fans

Illegal Pop #8

En la mañana del 24 de agosto de 1926, una impresionante multitud compuesta por unas cien mil personas bloquea varias calles del centro de Nueva York. Son adolescentes que lloran y gritan frente a la iglesia de Saint Malachy, en Broadway. Algunas se desmayan, pero todo el mundo empuja hacia adelante con fuerza para romper la gruesa barrera policial. Vista de lejos, la marea humana parece una inmensa serpiente que se bate a un lado y a otro

De pronto, tras varios minutos de absoluta locura un coche es volcado y hay sonidos de cristales rotos. Pero nada cambia y la histeria va en aumento. Los transeúntes primero y luego el mundo entero, al contemplar las fotografías de lo sucedido y devorar las portadas de los principales periódicos, no comprenden nada. Es la primera vez que ven algo parecido con una estrella del espectáculo. «¿Intervenimos para dispersarlos?», pregunta a un mando un nervioso agente policial. 

Rodolfo Valentino, la colosal estrella y primer gran sex symbol del cine, llevaba una semana ingresado en el hospital. Finalmente murió debido a una peritonitis que se había complicado después de una operación de apendicitis. Casi ningún fan creyó la versión oficial. Al principio, negaron la noticia. Luego comenzaron a ganar forma todo tipo de extrañas teorías.

Casi ningún fan creyó la versión oficial de la muerte de Rodolfo Valentino

En aquellos años primeros años veinte, eran frecuentes los rumores sobre envenenamientos con alimentos y muchos apuntaron a una conspiración contra él. Su muerte era la propia de un agente secreto: patatas y arroz envenenados. Algunas marcas de comida habían recurrido a prestigiosos médicos para acabar con la competencia, como Howard J. Force, que publicó pequeños folletos con pavorosos títulos como Poisons Formed by Aluminum Cooking Utensils o Are You Heading For Your Last Round-Up? También se dijo que el elemento fatal había sido un tónico para el pelo (se probó que usaba un tipo de tónico experimental comprado en el mercado negro). Desde París, alguien aseguró que una actriz, y antigua amante despechada, había encargado su muerte a asesinos profesionales.

Valentino fulminado por arsénico. Valentino tiroteado por desconocidos. Valentino víctima de la sífilis. 

Incluso se dijo que no estaba muerto sino horriblemente desfigurado tras un ataque furtivo con ácido a manos de una antigua amante. Ayudado por sus amigos, había perpetrado un gran fraude: el féretro estaba vacío y, arruinada su carrera, el desconsolado actor se preparaba para una nueva vida. Los fans conocían la verdad. Los fans sabían que Valentino era inmortal.

Jean Jacker lloraba desconsolada. Entonces no sabía que su hombre, conocido como el «amante supremo», le había dejado un mísero dólar en su testamento

Nadie logró llegar hasta el ataúd. El día anterior fue expuesto en el Frank Campbell Funeral Home de Manhattan y férreamente custodiado por una guardia de falsos Camisas Negras italianos (Rodolfo había nacido en Castallaneta, Italia) que llevaban varias coronas de flores en las que se leía «De Benito [Mussolini]». La escena era propia de una película de vanguardia, una comedia surrealista, algo trágica y excesiva.

Jean Jacker, su viuda, lloraba desconsolada, aunque entonces ignoraba que su hombre, conocido como el «amante supremo», en su testamento le había dejado un mísero dólar. No era la única. Circulaban otras tantas mujeres que competían en desmayos y sollozos. Todas aseguraban que días antes les había prometido la mano. Marion Brenda, una corista aficionada, afirmó a la prensa que Valentino se había rendido a sus encantos la noche anterior a caer enfermo y le había pedido matrimonio en un conocido club nocturno de la ciudad.

Toda su vida, como el rostro hermoso y el definitivo «amante de América», había estado envuelta en polémica por muy diversos motivos. El primero, el más importante y el que le acompañó siempre, fueron los rumores acerca de su homosexualidad. En sus comienzos en el espectáculo había  anunciado Valvoline, una crema para el cutis. Muchos aseguraron que ningún hombre «realmente viril» podía hacer semejante cosa. A su alrededor se sucedieron los escándalos e infidelidades, celos e intrigas.

Ramón Navarro contó que en una urna de su dormitorio guardaba un consolador autografiado por el legendario actor

El fetichismo, tal y como había alimentado a sus fans, no acabó con su fallecimiento. Ramón Navarro, sin duda el fan más afortunado, contó que en una urna de su dormitorio guardaba un consolador de grafito autografiado por el ya legendario actor. Valentino regresaba cada noche. Valentino era eterno. Así que estamos nuevamente ante el féretro y una multitud que no para de crecer. Los policías, que han decidido contenerlos y no cargar, contemplan absolutamente sobrepasados como aquellas miles de personas si quisieran podrían cometer barbaridades sin control alguno. Nunca se había visto algo semejante. La industria del cine creaba las primeras grandes estrellas masivas, los cantantes pop antes del pop, los futuros Fran Sinatra y Elvis Presley. 

La fantasía de Peggy

Pero Valentino había muerto. Así que se retiraron, casi como por arte de magia y quizás necesitando previamente aquella demostración puramente física y emocional, esa descarga de adrenalina a destajo, una causa común y una tristeza compartidas. Lo que sucedió luego fue proporcional a todo aquello. Porque fue otra forma de locura, distinta y también igual de sobrecogedora. Peggy Scott (cuyo nombre real era Margaret Murray Scott) era una de sus mayores fans. O eso decía: aseguraba ser una bailarina y actriz de clase alta que había protagonizado una aventura sexual con Valentino . Incluso decía que se había divorciado de un aventurero piloto

Su vida, sin embargo, era una farsa. Peggy era una trabajadora abnegada que llevaba una vida anodina. Sus fantasías con el actor eran muy célebres en algunos clubes nocturnos que frecuentaba. El día después de su muerte, su cuerpo yacía sin vida sobre su cama. Junto a ella, una fotografía del actor y una breve carta que decía: «Perdí el coraje con la muerte de Valentino». Se había envenenado, como la repetición de la clásica muerte romántica. Sin aspavientos. Irse suavemente. 

Los cuerpos de los fans aparecían sin vida, envenenados, cubiertos de fotografías del actor

No fue el único caso. Un joven, enamorado del fallecido, se suicidó posteriormente. Lo mismo que varias personas más, en una oleada suicida que parecía calculada y organizada teatralmente. Sus cuerpos aparecían sin vida, envenenados, cubiertos de fotografías del actor. 

El cuerpo de Valentino viajó hasta la costa oeste para ser enterrado en Los Ángeles. En cada una de sus paradas, fans de cientos de pueblos lo esperaron en las estaciones de tren para despedirse de él por última vez. Una y otra vez, en la radio sonaba una canción: «There’s a new star in heaven tonight, Rudolph Valentino» de Rudy Vallée.

Cada año, en el aniversario de su muerte, una misteriosa mujer, que la prensa denominó la «Mujer de Negro», visitó su tumba y dejó flores ante esta. Se lanzaron todo tipo de teorías sobre su identidad (actrices famosas, amantes no reconocidas), pero el misterio sobrevivió a su tiempo. 

Cantantes pop y Goethe: la última canción

La locura desatada ante la muerte de Valentino solamente encuentra un caso similar. Se trata de un suceso perdido entre los siglos, una extraña conexión que une a las estrellas del cine y, posteriormente, al pop con Goethe. Es otra prehistoria del pop o la arqueología del fan. El autor de Las penas del joven Werther, publicada en 1774, contempló aterrorizado como se desató una oleada suicida en varios países. Aquellos primeros fans del personaje de una novela en la que sufría por amor y terminaba quitándose la vida, se suicidaban tal y como lo hacía este. La imitación era casi perfecta. En ese caso la ficción se hizo terriblemente real. Lo de Peggy, en cambio, fue realidad pura y cruda.

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