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“Stoker”: terror onírico en el salto americano de Park Chan-Wook

El afamado director de “Oldboy” estrena su primera película rodada para un estudio de Hollywood, una cinta de suspense, violencia y poesía en imágenes con Nicole Kidman en el papel protagonista

Después de un listado impecable de películas en Corea, Park Chan-Wook ha dado el salto a Estados Unidos y su primer trabajo es “Stoker”, una cinta de suspense llamada a ser de culto en la que se citan sus temas de siempre: el lirismo, la violencia, el vampirismo y las relaciones atípicas.

Uno.

Un corpus temático consistente y atractivo, un universo estético lleno de ideas visuales fascinantes y una dirección apabullante. Éstas son sólo algunas de las cosas que han convertido al surcoreano Park Chan-Wook en uno de los mejores directores contemporáneos, impulsor en sus películas de un diálogo fascinante entre el cine de género asiático y el occidental y estímulo de la creatividad de otros directores de su país que han heredado sus constantes temáticas, narrativas y formales. El autor debuta en Estados Unidos con “Stoker”, deslumbrante híbrido genérico que se estrena este viernes, y se define con ella como uno de los directores asiáticos que han salido más airosos de su adaptación al cine occidental. El responsable de “Oldboy” (2003), uno de los thrillers más importantes de la década pasada, no ha sacrificado nada en el transvase. Si sus actores principales no fueran Mia Wasikowska, Nicole Kidman y Matthew Goode, sería imposible advertir que “Stoker” es una producción estadounidense (con participación británica) por su absoluta coherencia con el cuerpo central de la filmografía asiática del cineasta.

Dos.

Especifico “cuerpo central de su filmografía” porque, aunque todas sus películas están unidas por un hilo invisible resistente, tiene algunos filmes donde las constantes que le definen están más diluidas o introduce algunos elementos atípicos en su obra. Es el caso, por ejemplo, del magnífico drama bélico “Joint Security Area” (2000) o del cuento emo-pop “Soy Un Cyborg” (2006), probablemente su trabajo menos inspirado hasta la fecha. Pero, más o menos visibles, más o menos crispadas, las decisiones clave de su filmografía, las que aglutinan, por ejemplo, sus extraordinarias “Sympathy For Mr. Vengeance” (2002), “Sympathy For Lady Vengeance” (2005) y “Thirst” (2009), están en “Stoker” y se despliegan con aplomo y elegancia. El director trabaja en esta ocasión a partir de un guión ajeno que bien podría ser propio. Escrita por el actor Wentworth Miller, protagonista de la serie “Prison Break” (FOX: 2005-2009), la película que nos ocupa aísla en una mansión anacrónica (los escenarios, el diseño de vestuario y las atmósferas corresponden a un lugar y un tiempo imprecisos, lo que concede al filme un clima fascinante de ensoñación, como de extraña duermevela) a una madre joven (Nicole Kidman) y a su hija adolescente, encarnada por una extraordinaria Mia Wasikowska.

Tres.

Las mujeres protagonistas acaban de perder al hombre de la familia, esposo de una y padre de la otra, del que acaban de celebrar el funeral, y reciben la visita de otro varón que podría llenar por un tiempo el hueco dejado por el patriarca a su marcha. Se trata del hermano pequeño del desaparecido (Matthew Goode), hombre joven, elegante y misterioso, con un pasado enigmático, que fascinará a madre e hija de maneras distintas. En torno a ese ambiguo triángulo, ambiguo porque director y guionista proponen un juego de relaciones (reales e imaginarias) excitante por difícil de descifrar, pivotan muchas de las ideas y de los temas clave en la filmografía del cineasta. Para armar la historia, Park Chan-Wook reincide en la hibridación genérica extrema: “Stoker” está entre la historia de iniciación, el culebrón familiar, la fantasía en clave onírica y el terror escurridizo. Vuelve también a estilizar la violencia (más en la línea de “Thirst” que de su díptico sobre la venganza, es decir, apostando más por la poesía envenenada que por la pirotecnia sofisticada) y a filtrar un humor negro, marca de la casa, que pulsa con inusitada distinción las teclas de lo macabro. Y se confirma como uno de los cineastas contemporáneos capaces de diseñar las imágenes más bellas y formular las ideas visuales más alucinantes: “Stoker” es una película formalmente exquisita.

Cuatro.

Pero la conexión de “Stoker” con la obra anterior del cineasta va más allá del gesto, de cuestiones de tono o de la puesta en escena. Es una película-secreter, de hecho, está llena de cajas que esconden historias, tradiciones y misterios (qué increíble es el plano de los zapatos sobre la cama), y de enigmas bajo llave, y gran parte de su poder está, precisamente, en cómo su autor conjuga los secretos y la libertad que otorga al espectador para descifrarlos (no es un filme críptico u opaco, pero tampoco es un puzle perfecto, y ahí está su encanto). No es justo, por tanto, dar demasiada información sobre los giros de la trama. Si me atrevo a disparar la presencia en “Stoker” de algunos de los temas que más interesan a su autor, a los que suele acercarse (aquí vuelve a hacerlo) desde ángulos totalmente inesperados. Es el caso, por ejemplo, de la venganza cocinada a fuego lento, de la perversión de los lazos familiares, del peso de la herencia (aquí es alucinante cómo plantea la posibilidad de la maldad como algo atávico), de la atracción irracional y en espiral por la violencia y del vampirismo en su sentido más amplio.

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