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Edu Mas

Osama Lama Ché Obama

Ultimamente creo que Aznar tenía razón al entrar en guerra con Iraq. No es que esté exactamente de acuerdo con la guerra en sí misma, pero sí creo que ese fardo de hombre tuvo que hacerlo por alguna razón. Y no se me ocurre otra mejor que la mejor de las razones: dinero. No es nada personal, debió pensar. O entro en este juego o me quedo fuera pasándolas putas para reflotar la acuciante necesidad de verdes de este país patrio. Yo, que fui de los gilipollas –porque no tenemos otro nombre- que fui a acamparme por la paz y que participé de mítines, manis, boicots y otras mierdas diversas para tratar de llamar la atención y templar el miedo atroz que tenía ante la caída de las torres, la guerra, los muertos de Cristo o todas las cosas que le dan miedo a alguien de veinte años. Yo, que fui el último Barcelonés en salir de la acampada, movilizada por el propio ayuntamiento que primero nos quiso colocar en el Fórum (hace falta valor), que luego nos dijo que en la zona universitaria íbamos a estar en un vergel con duchas y todo. Yo, que sabía que en terreno público íbamos a durar menos que Obama sin guardaespaldas en Mississipi, me fui el último del lugar, vencido, maldiciendo mi fracaso y viendo cómo los camiones que transportan normalmente los muebles viejos en Barcelona se iban en alegre procesión con todos los perroflautas, macarrones, hippies o cándidos que quedábamos en aquel lodazal. Yo, que defendí lo contrario, hoy digo que entiendo por qué ese pobre hombre, haciendo oídos sordos a toda una nación apretó el botón de ON y maricón el último que nos vamos para Iraq.

“All in the game yo” – dice Omar con la sonrisa amartillada en la mejor serie que yo haya visto. Y quieres a ese tío. Está sosteniendo el cañón colosal de su magnum del calibre 35 largo contra tu nariz y tú le quieres. Aunque sepas que puede que te deje la cara como un sueño húmedo de El Bosco, tú ya le estás amando. La serie se llama The Wire. Omar es negro, ladrón, asesino y más feo que el culo de un elefante.

Hay algo magnífico en las tripas, en la verdad radical de las tripas.

“El guerrillero” o “A Revolutionary Life” dice el cartel de la segunda parte de la narración de la vida de Guevara de Soderbergh. Tengo que confesar que llevo años proyectando asco hacia la figura del Comandante, lo digo sin ningún pudor, así sin más. Odio al Ché. Creo que es un asesino y no creo para nada que haya ninguna causa que merezca la muerte ni la matanza. Punto. Claro que todo espectador va a ver lo que quiera en esta narración con poca épica y mucho cansancio que te llena la boca de arena y cuya imparcialidad, (prácticamente imposible cuando se hace un biopic, más aún si se trata de este hijo de Hércules el pampero), se corta de pronto con una canción preciosa que acompaña al cadáver del Ché en la penúltima secuencia de la película. No es un spoiler. Sí, al final, el Titanic se hunde. Para mi, la escena más agresiva de toda la película y, tal vez de las dos películas, es cuando un granjero boliviano es presionado para dar información del paradero de Guevara y, sosteniendo un fajo enorme de billetes el pobre hombre le dice: -“Se llevaron mis chanchitos, mis vacas, mis burras y me dieron todos estos pesos. Bah, como si aquí hubiera tienda”-. Esta escena, tan tonta así a priori es la declaración definitiva de que al querido guerrillero, ni se le pasó por la cabeza pensar qué coño quería el pueblo boliviano. Ni el pueblo ni nadie. Él era el libertador, el salvador de la América latina y hasta la victoria siempre, cueste lo que cueste. Su victoria, sin embargo, fue la ambigüedad y el genial Fidel. Es lo único que le salva a día de hoy de ser puesto junto a Franco (revolucionario donde los haya), Osama (el Ché a su lado parece un novato de la academia), Pol Pot (grandísimo revolucionario camboyano) y otra lista de nombres ilustres que han dejado huella en los libros de historia, todos; y en camisetas, sólo uno.

Me hace gracia pensar que de Osama a Obama hay sólo una letra. Del diablo al mesías, una sola consonante.

No sé por qué hay buenos y malos últimamente. De una forma tan alarmantemente incuestionable, además. Israel malos, Palestina buenos. Obama buenos, ETA malos. Constructoras malos, propietarios buenos. Vaticano malos, ONG’s buenos. Se está construyendo toda una nueva ideología sobre lo que es bueno y sobre lo que es malo, sobre lo que es correcto y lo que no que me acojona y me cabrea a la vez. Casi tanto como cuando Osama y sus torres, como Aznar y su guerra.

En “The Wire” nada es tan cierto. Ni tampoco en Gomorra, ni en ningún otro relato que cuente nuestro tiempo en tiempo real. Ya sé que necesitamos valores, que somos una generación sedienta de principios, de límites, de cosas que nos definan el espacio vaciado por la blanda ideología de nuestros padres. No creáis que no adolezco de ésos y de otros males pero aún así no estoy seguro de querer que me lo den todo tan masticado, tan claro, tan despacito. Como decía, a Omar le quieres porque sabes qué se propone y aún así resulta fascinante. Matarte sí, pero de todos modos. Todo este elenco de personas que he nombrado no me caen bien, no los quiero en absoluto. No sé lo que se proponen, no me enseñan nada, no me dan ninguna pista.

¿Qué se propone Zapatero regalando dinero? ¡Dinero gratis! ¡Libre de impuestos, hijos de putaaa! ¿Es que no ve qué flaco favor hacen estas políticas sociales? Que son muy bonitas, muy progres, muy de molar pero que las estamos pagando igual y es que no tenemos dinero. Que los jóvenes hoy en día curramos como perras para no llegar a ningún lado. Que se meta sus doscientos euros de alquiler en el culo y que al menos no tase mi tabaco. Joder, es que mira que soy buena persona pero hay veces que me siento el último malo verdadero sobre la tierra. Coño, Zapatero retira las tropas de Iraq y venga festival. Aquí todo el mundo es bueno, es solidario, sensible, capaz, futurible, bien nacido y angelón. Ni siquiera si algún idiota de 20 a 40 años, soltero, de alquiler, fumador, de profesión liberal, apóstata, asocial, agnóstico, apolítico y anormal como yo se canse y se levante en armas matadoras contra este gobierno tan permisivo, tan buenrollista, tan de puta madre se iba a arreglar nada, porque ya estamos hechos al tragar y tragar, venga quien venga de las urnas.

Si quieres ser buena persona, lo eres y te callas. Mira el Dalai Lama lo callado que está, todo el día sonriendo con esas gafas maravillosas, haciendo un favor aquí otro allí, quejándose lo justo cuando le pisan el Tíbet. Porque sabe que no es la única invasión del mundo, que bueno que ya dejará de llover y pone todas las mejillas que puede.

Si el juego va de dinero, pues es que no hay otra. O juegas o te juegan ¡Omar presidente! Por eso digo que entiendo al cabestro de Ánsar asegurándose la pasta con el oficio más antiguo aún que el de las putas: el de la guerra.

¿Qué si estoy de acuerdo? No. ¿Qué si yo haría lo mismo? Joder, espero que no. Pero qué gusto da ver el fulgurante cañonazo apuntándote a la nariz y saber que este tío que tienes delante tiene, dadas las circunstancias y que no hace ningún ademán por esconderlo, todas las ganas de obviarte del mundo.

No existen los hombres de pro, los de la mano fuerte y la voz grave que dicen Manel. Somos completamente vulnerables, sobretodo a lo pequeño, a lo que no parece demasiado importante pero que, poquito a poquito, nos coloca en lugares completamente incómodos, no recomendables o, totalmente desastrosos. Eso es “The Wire”: una epopeya interminable de hombres sencillos con un trabajo complicado, una mujer indiferente, un amor incontenible o una adicción incontrolable. Historias que conforman una historia más grande. Una que atraviesa a todos y a todo y nos muestra el lado humano más sobrecogedor y el más luminoso. Es el rayo sin lugar a dudas, las instrucciones de uso para los ojos. Por eso me encanta. Porque a veces se agradece un poco de transparencia, de falibilidad, de imperfección: un remanso de tripas sin héroes ni villanos.

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