Columnas

Spoiler Room, #S1 Ep3

Las mejores series de televisión para vampiros catódicos y sibaritas de la pantalla plana

1. Main Feature

La serie que tienes que ver antes que tus amigos. Hoy, “Derek”. Channel 4, primera temporada. Primera emisión, 12 de abril de 2012.

Sonrisas y lagrimones. Los fans de la bilis británica saben que hay que seguir todos los movimientos catódicos de Ricky Gervais con los párpados pegados con esparadrapo en la frente. Después de revolucionar la sitcom inventando un nuevo código humorístico en “The Office”, después de exponer los estragos de la fama con hilarante crueldad en “Extras”, después de humillar a un enano fracasado con delirios de grandeza en “Life’s Too Short”, el cómico ha vuelto a amasar su fórmula hasta darle unos contornos mucho más afilados y cortantes. El episodio piloto de “Derek” (Channel 4) es una experiencia televisiva que no deja indiferente. Golpea en la nuez. Con crueldad. Gervais ha dado con punto de no retorno en el que la risa es amarga como el mismísimo demonio y cada carcajada, un drama.

La premisa argumental de “Derek” podría sugerir que a Gervais le ha vuelto a dar por meter el dedo en las llagas más delicadas de la incorrección política y la burla dura. El protagonista absoluto de la historia es un personaje que bordea el ‘mongolismo’ y se encarga de cuidar ancianos en un apolillado asilo británico. Con esta simple sinopsis cabría esperar un producto sangriento y ofensivo que se recrease en la miseria de los abuelos decrépitos y el retarded tuercebotas. Ahí es donde la serie se crece y te pilla por sorpresa. Porque en lugar de bañarse en gags ofensivos, que los hay, por supuesto, y en la risa histérica, que la hay, por supuesto, persigue desafíos mucho más estimulantes: conmover profundamente al incauto después de llevarle por terrenos humorísticos al límite del patetismo. Y lo consigue. Con creces. Te coge por sorpresa y te deja con el sabor cobrizo de la sangre y la salazón de las lágrimas en el gaznate. Comedia y drama fundidos una montaña rusa de media hora en la que hay tiempo para reírse de un borderline, reflexionar sobre la muerte y terminar sintiendo una profunda ternura por el pobre diablo.

Es el paradigma de lo que aquí en España conocemos como el tonto del pueblo. Un ser diezmado por una naturaleza cruel, empeñada en dotarle de todas las maldiciones estéticas posibles. Por si fuera poco, Derek es retrasado. Hay que decirlo así.

La serie transcurre en una modesta residencia de ancianos con un extraño equipo de trabajo, un grupo formado por esa estirpe de perdedores que habita las ficciones de Ricky Gervais. Derek convive con una enfermera-cuidadora atrapada por su trabajo; una mujer de treinta y tantos que se aferra a su asumida esclavitud en el asilo para justificar su condición de triste solterona. El encargado de mantenimiento, interpretado por Karl Pilkington, el desastroso freak de “An Idiot Abroad”, es un tipo calvo, agrio y resentido que trabaja en una oficina sepultada bajo toneladas de polvo y montañas de material ortopédico para gente de la tercera edad. También aporta generosas dosis de patetismo. Alrededor de este triángulo de perdedores gravita una nebulosa de abuelos agonizantes que no entienden de la misa la mitad de lo que pasa, pero que se dejan querer por un ser contrahecho al que Dios ha dado el coeficiente intelectual de un minipimer, amén de un rictus bobalicón que parece homenajear al arquetipo slapstick del pazguato de toda la vida.

Gervais construye un personaje extremo en su físico. Giboso, amarillento de piel, con un rictus facial deformado por la estupidez, mandíbula desencajada, boca eternamente abierta, peinado ridículo, flequillo grasiento flotando sobre las cejas… Es el paradigma de lo que aquí en España conocemos como el tonto del pueblo. Un ser diezmado por una naturaleza cruel, empeñada en dotarle de todas las maldiciones estéticas posibles. Por si fuera poco, Derek es retrasado. Hay que decirlo así. No se alude a su condición en ningún momento, no se hacen referencias a ello, pero es evidente que tiene un problema mental. Se trata de un ser desvalido e inocente que vive en un mundo monocromo y no entiende de sutilezas o dobles lecturas. No obstante, su alisada planicie cerebral le hace entrañable. Es un personaje transparente y, a su manera, posee un gran corazón. Eso no evita que muchas veces se convierta en objeto de la crueldad más sangrienta de los que le rodean –durísima la escena en la que unas poligoneras se mofan de él en un pub– e incluso del espectador. Pero avanzado el episodio piloto, los destellos de humor físico de este cuidador torpón se desintegran paulatinamente para dar paso a una explosión dramática desconcertante. Y sumamente efectiva. Es la forma en que Derek afronta la muerte de una de las abuelas que están a su cargo. En las postrimerías del capítulo, el personaje se vacía en un monólogo sobrecogedor delante de cámara que te corta el aliento. Unos momentos de dramatismo a cara de perro que te abocan a la ternura más absoluta e incluso a la lágrima. Quizás es la forma que tiene Ricky Gervais de vernos ante la muerte: contrahechos, frágiles, patéticos y expuestos, con el gesto contraído. Con cara de tonto.

La misma que se me ha quedado a mí al saber que a lo mejor esta pequeña pieza de orfebrería emocional, esta comedia despiadada, se va a quedar en un simple episodio piloto. A la espera de que Channel 4 decida hacerse con una temporada entera, de momento tendremos que alimentarnos con estos 24 minutos de emociones mezcladas y sensaciones contrapuestas. Hacía tiempo que la carcajada y el dolor no se tocaban tan de cerca ¿Quién ama a Derek? Cuando sea un anciano le quiero a mi lado.

2. Cliffhanger news

“Juego de Tronos”, canción de ‘share’ y fuego: habrá tercera temporada. Después de sentir la fricción de placas tectónicas que ha acompañado al estreno de su segunda temporada, que “Juego de Tronos” (HBO) es la nueva “Perdidos” es algo que todos los carnívoros catódicos deberíamos aceptar ya como verdad absoluta. Evidentemente, la comparación no va encaminada hacia el formato y el estilo –lo digo porque seguro que sale el clásico listillo seriófilo para recordarnos que no tienen nada que ver–. Hablo de las proporciones del fenómeno y de la excitación salvaje que ha generado entre los televidentes de todo el mundo. “Juego de Tronos” es ahora mismo La Serie, y sus vicisitudes la hacen quizás más merecedora del elogio que “Perdidos”. Hay un mérito enorme en la estrategia de calidad seguida por HBO. La cadena la ha dado un baño de seriedad de insondable magnitud y calado a la fantasía medieval, arrastrando a millones de personas que no saben ni lo que es un huevo de dragón y, por supuesto, no tienen ni idea de que ahí fuera hay un vejete barbudo llamado George R.R. Martin comprándose una villa imperial de 15 millones de euros a su costa.

“Juego de Tronos” ha trascendido las fronteras de lo que conocemos como producto de culto para devenir producto de culto masivo. De ahí que las audiencias se hayan disparado y alcancen los casi 4 millones de espectadores en la segunda campaña en Estados Unidos.

La tensísima espera que ha mediado entre el final de la primera y el comienzo de la segunda temporada es un claro indicativo de la virulencia de esta fiebre: nos hemos vuelto locos, hemos agotado todos los teasers, promociones y cualquier cantidad de alpiste, por pequeña que fuera, lanzada por HBO. La propagación exponencial del virus ha golpeado entre los devoradores de series con la misma fuerza que la gripe aviar surgida tiempo ha de la isla de JJ Abrams. De ahí que las cifras sean abrumadoras y revelen que “Juego de Tronos” ha trascendido las fronteras de lo que conocemos como producto de culto para devenir producto de culto masivo. De ahí que las audiencias se hayan disparado y alcancen los casi 4 millones de espectadores en la segunda campaña en Estados Unidos. Razón más que suficiente para que el canal por cable confirmara, días después de su estreno, que habrá tercera temporada. Buenas aunque predecibles noticias, no en balde estamos ante la producción que mejor maneja las pulsiones adictivas del personal. Nueva droga.

La clave de “Juego de Tronos” es que en esencia se trata de una serie mafiosa. Porque si despojamos este relato de la costra fantástica y su mitología, nos queda en el plato una sabrosa crudité de ambición, de hambre de poder, de violencia y amoralidad; un ravioli envenenado y relleno de sangre que concentra en su interior, con maestría y salvajismo, la mezquindad humana. Adoro esta guerra de clanes alimentada por el odio, la lealtad, el amor, la superstición y la lujuria. Y en la nueva campaña se suman todavía más pretendientes a la fiesta, nuevos jugadores que tendrán mucho que decir en el transcurso de esta gran partida de ajedrez a vida o muerte. Visto el apabullante comienzo de esta nueva travesía, la segunda temporada de “Juego de Tronos” se perfila como la antesala del frenesí. Porque la serie no sólo sigue manteniendo intacto su espíritu y arquitectura megalómana, sino que ha añadido más actores y contendientes al caldero. Y el consomé, aderezado con bilis de dragón, ha ganado muchísimo. Por eso, con toda seguridad nos enfrentaremos a una andadura destinada a presentar como es debido a los nuevos personajes. Una vez asentados los recién llegados en la cuadrícula, se intuye que será en la tercera entrega cuando el hervor de las hostilidades alcance mayor agitación.

Resulta complicado glosar las bondades del retorno de “Juego de Tronos” sin destrozarle la vida a los que no han visto todavía la primera temporada. Diré simplemente que los primeros episodios de la segunda no devalúan un solo ápice el precio de las acciones de esta gran empresa. Grandiosidad. Casting perfecto. Nuevas localizaciones espectaculares. Sexo. Épica. Nieve. Hemoglobina. Dragones. Rencillas irreparables. El universo de “Juego de Tronos” no languidece ante su propio éxito, antes al contrario, se hace más fuerte, más amplio y acentúa sus rasgos más angulosos. Y si eso pasa por incrementar la hijoputez y la carga venenosa de la lengua de Tyrion, joder que así sea. Nunca un enano había sido tan grande (aplausos enlatados).

3. Carne de Emmy

Personajes de culto de la jungla televisiva. Hoy, Stephen Holder, de “The Killing”

El bueno, el feo y el malo (todo junto). Aunque las audiencias se han resentido en el estreno de la segunda temporada, “The Killing” (AMC) sigue siendo con diferencia el thriller más absorbente que se puede ver en antena. Una hipnótica y lluviosa mezcla de “Fargo” y “Twin Peaks”. Exquisita. Lenta. Adictiva. Después del brutal cliffhanger con el que terminó la primera campaña –muchos se encolerizaron por ofrecer más interrogantes que respuestas sobre el asesinato de Rosie Larsen–, un personaje ha adquirido el estatus de mito y ha conseguido centrar las miradas, odios y filias de los fans. Se trata de Stephen Holder, un detective de homicidios sui generis con un pasado turbulento y dudoso. Este fumador empedernido seduce por los claroscuros que le definen: siempre mirando al cemento, arrinconado en las sombras, con el flequillo lleno de grasa, barba mal cuidada, lenguaje callejero y una forma de vestir más propia de un adicto al crack que de un poli. Vaya, que la perla tiene más peligro que Froilán con una Lüger.

Al viejo Stephen le encanta la parte sucia de su trabajo, disfruta nadando en la mierda y siempre te deja con la maldita duda de si es un detective honesto o un perturbado; el complemento perfecto para ese homenaje con patas a la timidez y la introversión que es su compañera Sarah Linden (soberbia también Mireille Ennos). Holder es un personaje que jode con tu mente, te inquieta, te pone nervioso y es más importante de lo que puede parecer. Y los que han visto la primera temporada pueden certificarlo.

Obligatorio, pues, concederle al menos una nominación el mejor secundario en los próximos Emmy a Joel Kinnaman. Por dos razones: porque está inmenso y porque seguramente tendrá que buscarse trabajo pronto. Después del santo collejón del share y la fría acogida de estos nuevos episodios –aunque la calidad no ha bajado–, la tercera temporada de “The Killing” se intuye como una victoria del Barça en la Liga en palabras de Pep ‘Patum’ Guardiola: imposible.

4. El rincón del pack

“Treme”: segunda temporada (17 de abril). Confieso que despotriqué de “Treme” (HBO). Mucha trompeta y poca metralleta, me decía. Estando David Simon detrás del invento, las células me pedían otra “The Wire”. Algo me fallaba en esa serie. Me repelió el excesivo protagonismo de la música, el aroma izquierdoso y el tono reivindicativo de los guiones. La dejé aparcada, pero volví a ella meses después, percatándome por el camino de lo gilipollas que puede llegar a ser uno. Con las series siempre hay segundas oportunidades, y esta maravillosa radiografía de la Nueva Orleans post-Katrina prendió en mí de tal modo que me zampé los Blu-rays de la primera temporada como si fueran makis de toro. Imperdible, por tanto, este pack recién salido del microondas. “Treme” es una serie que hay que ver en casa, con la calma, capítulo a capítulo, y este mes no encontraréis en Amazon nada mejor que esto. Es una de esas gemas que sigues en Blu-ray o en DVD, nunca a tiempo real o apelando a la cultura del gratis. Se puede decir más alto pero no más caro: el pre-order que me acabo de marcar debería figurar en el álbum de fotos favorito de Jeff Bezos.

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