Columnas

Spoiler Room, #S1 Ep2

Las mejores series de televisión para vampiros catódicos y sibaritas de la pantalla plana

Segundo episodio de Spoiler Room, la columna de series de PlayGround. Hoy os llevamos a Lillyhammer a conocer la nueva vida del ‘mafioso’ Steven Van Zandt, hablamos del hijo de puta de “Boss” y honramos la muerte equina de “Luck”.

1. Main Feature

La serie que tienes que ver antes que tus amigos. Hoy, “Lilyhammer”. NRK1 / Netflix, primera temporada de ocho episodios. Primera emisión, 25 de enero de 2012.

Noruega state of mind. Vive Dios que Silvio Dante era uno de los hampones más entrañables de “Los Soprano”. Y no sólo porque lo interpretaba Steven Van Zandt –el guitarrista hipster de la E Street Band, el zíngaro con pañuelo de bucanero en la testa–, sino porque se trataba de uno de los personajes más tiernos de esa jauría italo-americana que gravitaba alrededor de los michelines de Tony. Crudeza callejera y buen corazón se conjugaban en los adentros de tan peculiar y contradictorio mafioso: aterrador cuando era necesario reventarle la cabeza a algún pringado; descacharrante cuando, a petición de su troupe, se imponía una buena imitación de Al Pacino para amenizar la tarde.

Silvio y familia han desparecido para siempre, todos los sabemos, todos estuvimos ahí contemplando no sin congoja los estertores de “Los Soprano”. Ya nada nos devolverá esa épica. No obstante, gracias a “Lilyhammer” –hilarante experimento que bien podría considerarse un spin off encubierto de Silvio–, los que vivimos aquejados por el delirium tremens de la abstinencia tendremos un respiro y, al menos durante una temporada, dejaremos de buscarnos insectos bajo de la piel. Esta miniserie, que podréis disfrutar a través del portal online Netflix, vuelve a vestir a Van Zandt con la misma ropa de galán italiano de los 70 –abrigos de piel de camello, mocasines horteras, pañuelos de seda a lo Arturo Fernández–, le calza una vez más la misma pelambrera planchada hacia atrás y, lo más importante, resucita el cadáver televisivo del viejo Dante, tal y como lo conocimos cuando navegaba entre tetorras lecheras y bocadillos de pastrami en el Bada Bing.

La historia no tiene más truco que el de poner a un mafioso acostumbrado al fragor de la lucha urbana en medio de la nada.

El mobster protagonista de “Lilyhammer” no se llama Silvio, de acuerdo, responde al nombre de Frank Tagliano, pero el personaje es idéntico en todos los sentidos al molde original. Es una forma de mantener vivas las brasas que dejó el incendio televisivo de “Los Soprano” en nuestro salón a través de un secundario redivivo, en lo que podríamos llamar una realidad televisiva paralela. Un in memoriam paródico que en ningún momento deshonra el legado de la serie de David Chase, antes al contrario, funciona como divertido y desmitificador complemento. Porque “Lilyhammer” es una comedia negra con aspecto de entremés, pero termina siendo algo mucho más alimenticio que un simple sainete: gracias a su dislocado juego de contrastes, este delicioso delirio se convierte desde el primer minuto en una de las risas más recomendables del momento.

La historia no tiene más truco que el de poner a un mafioso acostumbrado al fragor de la lucha urbana en medio de la nada. Frank Tagliano, criminal de la Vieja Escuela de Nueva York, se ve empujado a colaborar con el FBI para poner entre rejas a uno de los capos más peligrosos de la ciudad. Sólo una condición antes de ser enterrado en el programa de protección de testigos: que le envíen donde Dios perdió la zapatilla. Fanático del deporte, Tagliano recuerda lo bien que se lo pasó viendo por televisión los Juegos Olímpicos de Invierno del 94 en la bucólica ciudad noruega de Lillehammer. Es allí, a petición suya, donde las autoridades le dejan tirado; un pueblo de mala muerte sepultado en la nieve, a punto de ser engullido por una masa boscosa palpitante y habitado por el equivalente noruego de la Basura Blanca estadounidense.

“Los Soprano”, “Doctor En Alaska” y “Fargo” se solapan en perfecta armonía en una trama tan disparatada como sorprendentemente bien resuelta por los guionistas. La gracia de todo este invento es observar las evoluciones del tipo en un entorno que parece sacado de otro planeta. Lejos de adocenarse, entregarse al estudio del apareamiento de los renos silvestres y disfrutar de la comunión con la naturaleza, Tagliano se ve incapaz de abandonar sus antiguas costumbres. A pesar de encontrarse en el trasero del planeta, rodeado de gente extraña que le habla en noruego y a duras penas chapurrea el inglés, el muy bastardo decide aplicar los mismos métodos expeditivos y barriobajeros de mafioso neoyorquino para resolver todas las situaciones que se le plantean en su retiro nórdico. Extorsiona a su profesor de idiomas con fotos comprometedoras del pobre diablo en plena orgía. Aplica la vendetta italiana a un lobo pulgoso que devora la oveja de sus amigos y vecinos. Intimida a un motero lanzándolo a pelo por la pista olímpica de salto de esquí de Lillehammer. Se monta su propia versión del Bada Bing, con una cohorte de camareras jamonas y cantidades ingentes de alcohol ilegal –camuflado en botellas de aceite de oliva La Masia, por cierto–.

Son sólo algunos de los apuntes humorísticos que hacen de esta serie algo especial. Pero también hay injertos de drama. Paralelamente al cachondeo, vivimos la relación del mafioso con una oriunda y la investigación que la curiosa pareja de policías de Lillehammer –un Elvis impersonator y una señora que recuerda mucho a la agente de “Fargo”– realiza sobre la procedencia de su nuevo vecino. En este sentido, los secundarios, casi todos actores noruegos, están magníficamente trazados y despiertan la misma sensación de extrañeza que los habitantes de esa Cicely alienígena que acogió en los 90s al neurótico Joel Fleischmann. Pero a diferencia de “Doctor En Alaska”, en “Lilyhammer” no es el recién llegado quien se adapta a las vicisitudes del pueblo, más bien es el pueblo quien no tiene más remedio que adaptarse a él. Ahí está el principal reclamo de esta coproducción americana y noruega. En el placer adictivo de disfrutar con los estragos de un tipo entrañable y violento a partes iguales –Van Zandt lo borda– en una llanura helada, muerta y llena de freaks que hablan un idioma marciano, pero entienden perfectamente el lenguaje universal de la mafia. Capisci?

2. Cliffhanger news

“Luck”, cancelada: depresión de caballo. Apocalíptico. Aterrador. Lluvia. Nieve… No soy Pedro Piqueras, me llamo Óscar Broc y he venido para hacer público mi cabreo. Mi cabreo con la paranoia hiperbólica que el asunto de la protección de animales ha metido en la sesera de la sociedad “civilizada”. Habéis leído bien en el título. La mejor serie de la mid season con diferencia, renovada por una segunda temporada –que, por cierto, se había comenzado ya a rodar–, ha sido cancelada indefinidamente. A la francesa. La excitación de la crítica, los elogios unánimes, la calidad indiscutible que supuraba este producto de alta alcurnia catódica, nada de eso ha servido para evitar el mazazo.

Se pierde una referencia de artesanía, una de esas maravillas que HBO mantiene vivas solo por el prestigio y que los sibaritas de la tele seguimos con devoción.

No han sido las audiencias. No han sido los recortes. No han sido las almorranas de Dustin Hoffman: han sido los caballos. La muerte de tres equinos, para ser exactos. En lugar de utilizar material de archivo para grabar las carreras, “Luck” apostó por el rodaje in situ, con caballos y jinetes reales. La mala suerte se ha cebado con unos bichos que, seguramente por su edad, terminaron lesionándose y recibiendo el toque de gracia en la cuadra. Un riesgo que, al menos yo como espectador (y amante de los animales), asumo gustoso en aras de un realismo sin el que la serie no habría tenido ningún sentido. De hecho, la forma casi suicida de rodar las carreras es una de las claves de esta producción de la HBO: gracias a ese acercamiento imposible a equinos reales compitiendo crin a crin, uno se siente totalmente integrado en el hipódromo, es una primera toma de contacto imprescindible para entrar en este mundo con buena, ejem, pata.

A día de hoy, las noticias son profundamente descorazonadoras, y aunque Michael Mann y David Milch ya han dicho que piensan colaborar juntos en el futuro, todo parece indicar que a la serie hay que darle la extremaunción prematura. Se pierde una referencia de artesanía, una de esas maravillas que HBO mantiene vivas solo por el prestigio y que los sibaritas de la tele seguimos con devoción. Ahora cabe preguntarse si merece la pena dejar en la estacada a todo un equipo de producción, técnicos, actores, etc., sólo porque tres caballos decrépitos han pasado a mejor vida durante el rodaje. Creo que es un impuesto que todos estábamos dispuestos a pagar, salvo las valquirias de la corrección política, claro. Hay rabia. Hay mala leche.

3. Carne de Emmy

Personajes de culto de la jungla televisiva. Hoy, Tom ‘Boss’ Kane

Hijo de puta, hay que decirlo más. No dejéis que os engañe esa capacidad craneal más propia de Joseph Merrick que de un ser humano sin el ADN hecho jirones. No dejéis que os engañe el único papel que hasta ahora le había dado la fama: el del psiquiatra tiquismiquis Frasier Crane. Kelsey Grammer ha hecho zorrón y cuenta nueva y ha dado el giro que necesitaba a su actualmente maltrecha carrera. Más de 20 años interpretando al mismo mentecato te pueden volver majara, pero, sobre todo, te pueden condenar al encasillamiento más radical, ese encasillamiento que tanto regala cuando funcionan las cosas, pero que tanto daño hace cuando tienes que cambiar de aires y renovar tu repertorio. Muchos se han quedado en el camino, pero Grammer ha conseguido lo imposible gracias a la magnífica serie “Boss”: que olvidemos a Frasier y, coño, que le tengamos ahora más miedo que a al fantasma de Encarna Sánchez. En la serie de la cadena Starz interpreta al alcalde de Chicago, Tom Kane, un tiburón sanguinario de la alta política, capaz de sacrificar cualquier cosa –incluso el amor de una hija– para colmar un apetito perruno de poder. Víctima de una enfermedad neurológica degenerativa destinada a consumirle, Kane no tiene reparos en mantener en secreto su grave problema de salud para perpetuarse en la poltrona y seguir sintiéndose el rey del mambo. Maquina, conspira, ambiciona, manipula, engaña y mueve hilos en la sombra sin cesar, sin mostrar un ápice de generosidad, gratitud o cariño por la gente que le rodea. Es un depredador sin amigos, un déspota, un robot asesino hecho por y para las corruptelas, un ser despreciable, intimidante, colérico. 100 kilos de auténtico hijo de puta, colegas: gramo a gramo, Grammer a Grammer.

4. El rincón del pack

“Mad Dogs”: temporada 2 (DVD). Una de las grandes sorpresas de la televisión británica, una de esas series concebidas como un divertimento que acaban convirtiéndose en título de culto. Conocida por reunir de nuevo a John Simm y Philip Glennister después de la recordada “Life On Mars”, “Mad Dogs” ofreció mucho más de lo esperado en su primera temporada, merced a una hábil combinación de drama psicológico, comedia negrísima y thriller de acción. Una mezcla llevada al extremo y escrita con una mala baba de aúpa que ha convertido esta producción en el título estrella de Sky 1. Si en la primera temporada veíamos cómo las vacaciones de cuatro amigos británicos en Mallorca terminaban convertidas en un caos incontrolable de asesinos a sueldo, policías corruptos y mafiosos chungos, en esta nueva entrega la acción se traslada ni más ni menos que a Ibiza, otro emplazamiento idílico para que los tipos luzcan ese color de piel rojo crustáceo y vuelvan a liarla muy gorda en aguas baleares. ¿Sería mucho pedir una tercera temporada para que puedan viajar a Menorca y vuelen la isla por los aires? ¿Sería mucho pedir que no dejen ni un solo talayot en pie? ¿Sería mucho pedir que compréis este pack y disfrutéis como perras?

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