Columnas

Skyfall: un Bond finísimo

Sam Mendes firma un vibrante thriller que engrandece aún más la línea reciente de entregas de la saga del agente 007

“Skyfall” prosigue la línea de máxima calidad de las entregas de la serie Bond con Daniel Craig en el papel de 007, asimilando elementos del thriller clásico y ofreciendo un retrato vibrante del mundo confuso en el que vivimos. Obligatorio su visionado en cine.

Uno

Sam Mendes se ha marcado un James Bond extraordinario, y sorprendente en cuanto a la dificultad de intuir en sus anteriores películas hacía dónde tiraría en la 23ª entrega de la saga, el título que celebra el 50 aniversario de la serie sobre el mítico agente imaginado por Ian Fleming. ¿Podía brotar una propuesta personal de un cineasta que se distingue por la fragilidad de su autoría, que cambia tanto de voz en sus películas que es prácticamente imposible rastrear en ellas su huella? Contra todo pronóstico, sí. Mendes no es, ni mucho menos, un mal director. Tiene un título discretísimo ( “Un Lugar Donde Quedarse”) y otro que, por diversas razones –el revés del hype, entre ellas–, ha envejecido bastante mal ( “American Beauty”). Pero también suma varias películas que, sin destilar originalidad, tienen detrás a un director con pulso, elegante en la ejecución y con un concepto claro de sus propuestas. Más o menos redondos, el noir “Camino A La Perdición” (2002), la interesante “Jarhead (El Infierno Espera)” (2005), escurridizo ensayo sobre las heridas físicas y psicológicas de la guerra, y la muy superior “Revolutionary Road” (2008), excelente adaptación de la novela homónima de Richard Yates, tienen detrás a un cineasta preparado para meterse en buenos fregados. Y ha salido bien parado del último. Escrita entre Neal Purvis, Robert Wade y John Logan, que ya ha firmado para las dos siguientes entregas de la serie, “Skyfall” es una película magnífica por las más diversas razones.

Dos.

Hablamos de una saga que cuenta 23 entregas, a cargo de distintos directores y en la que varios actores, algunos con personalidades rotundas, han encarnado al protagonista. Sin perder escandalosamente su herencia literaria y los tics asentados en los primeros capítulos de la saga, el mítico 007 (sus rasgos, sus manías y sus preferencias) ha mutado durante cinco décadas. Por lo que el vicio de cuestionarse cada nueva entrega de la serie en términos de traición o fidelidad al personaje cada vez tiene menos sentido. Obviamente, Bond se adapta casi por inercia al modelo de héroe cinematográfico imperante en cada época; pero su elegancia y su encanto añejos, a los que en “Skyfall” se hace constante referencia (en un guiño constante y finísimo a otras entregas de la serie), permanecen intactos por intrínsecos al personaje. El 007 de la película de Mendes, encarnado por tercera vez por Daniel Craig, es coherente con el de la también magnífica “Casino Royale” (2006), dirigida por Martin Campbell, y la menos inspirada “007: Quantum of Solace” (2008), a cargo de Marc Forster. Su gesto y su leve desencanto son idénticos. Pero guionista y directores le conceden aquí un reverso de resentimiento, una aguda sensación de sentirse traicionado, que afila su desconfianza y está en perfecta sintonía con un relato lleno de mascaradas, donde todas las piezas sobre el tablero, personajes clave incluidos, ocultan algo.

Tres.

Sin desvelar demasiado, “Skyfall” otorga a Bond la misión de proteger a M (Judie Dench), perseguida por su pasado y con la que últimamente no tiene una buena relación, velar por la seguridad del servicio de inteligencia y vérselas con el todopoderoso villano Raoul Silva. Es un argumento estándar, en principio con pocas posibilidades para la sorpresa. Pero tanto los guionistas como Mendes le sacan buen partido. Los primeros, al apostar por un diseño de personajes –y de los vínculos, tanto del pasado como del presente, entre ellos– más elaborado de lo habitual en propuestas de este perfil: M cobra un protagonismo interesantísimo (que estimula un replanteamiento retrospectivo del personaje) y Silva, al que da vida Javier Bardem, es uno de los villanos más potentes que ha dado el cine de género reciente: tiene un look alucinante, un carisma arrollador y un delicioso as en la manga… Y Bardem, que ya suma dos malos magníficos, no puede está mejor. También fragmentan con picardía la narración y disfrutan del juego con las expectativas del espectador. Aunque la estructura de la película es convencional y el look, medianamente uniforme, “Skyfall” desconcierta con los cambios de tono, incluso de espíritu, de las distintas setpieces que la componen, algunas con unos códigos extrañísimos que obligan al espectador a activar distintos mecanismos (tantos como tradiciones del thriller y del cine de acción a las que remite la película) para enzarzarse en la historia.

Cuatro.

“Skyfall” es hija de su tiempo, y tiene sin duda el estigma del mejor –y del más significativo– thriller y cine de acción contemporáneos: aludir a la saga sobre Jason Bourne y a las películas de Michael Mann, James Gray o Christopher Nolan es una obviedad difícil de esquivar. Diferencias de toda índole a un lado, estos cineastas imprimen a sus películas un estado de ánimo compartido, estrechamente vinculado al sentir de los tiempos, y determinadas constantes temáticas y estéticas que también se leen en la película de Mendes. Pero hay en ella un brote de imprevisibilidad y de locura transitoria irresistible que le da un inesperado plus de unicidad.

Rodada con un pulso asombroso, jamás cansina pese a su larga duración, “Skyfall” remite a Nolan, el director que más se cita en las críticas, al menos en tres direcciones. La primera, un enfoque serio del cine de entretenimiento, entendiendo esa seriedad como una huida concienzuda de la trivialización del género. La segunda, cierta necesidad (mayor en las películas de Nolan que en la de Mendes) de establecer una analogía entre sus historias y un mundo presente a la deriva. La tercera, una debilidad casi sobrenatural por la narración en clave épica de las historias. Pero, aún flirteando como el director de “The Dark Knight Rises” (2012) con lo operístico en la ejecución de la acción y la búsqueda de links con el presente, Mendes antepone la acción, el espectáculo multiforme [me atrevo a señalar, pespunteando las escenas más pirotécnicas y colosales, que las hay y están rodadas con pulso y sin caos, ecos del thriller setentero à la “Pelham1-2-3” (1974) en la escena del metro e incluso a “Perros De Paja” (1971), “Dillinger” (1973) y a “La Banda De Los Grissom” (1971) en el tramo final], a la metáfora intensa y pretendidamente trascendente del mundo como es hoy.

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