Columnas

Sister Ray

Antonio Luque

Sister Ray Antonio LuqueUnos ciudadanos celebran el ascenso de su equipo de fútbol a la división de honor. De sus segundos equipos. En otras grandes ciudades, mayores ciudades, les acusan de vagos cuando se enfrentan, vociferando acerca del plan de empleo rural, describiendo la pobreza de una región desfavorecida con la crueldad de una guerra. En la peña del Barcelona el pescado frito se baña en mares de humo de Ducados. Las leyes son el entretenimiento estúpido del rato que media entre las batallas. Los coches hacen el paseo insoportable, la gente presiona el claxon con furia española (demasiadas alegrías en tan poco tiempo, casi parece que podríamos estar de acuerdo en algo).

Presidentes anteriores huyeron impunemente dejando a su paso la ruina, cobardes sobre el caballo de Atila: la hierba vuelve a crecer después de los conciertos del verano, del descanso obligado en el país desértico, pues hay dinero, el de los aburridos. La celebración es ensordecedora gracias al único accesorio imprescindible en un vehículo, el pito, prolongación ya de la virilidad y la feminidad por igual, en un logro que pronto se anotará en la cartera alguna ministra desconocedora hasta del significado de la palabra que da nombre a su ministerio.La gente bebe, conduce y reproduce de golpe y porrazo la bella melodía de órgano del “Sister Ray” de la Velvet Underground. Es una celebración sincera, más parecida a la guerra que a la paz. Lejos queda Madrid; más aún los demás países, y la mierda de canción de campeones de Queen. Si fuese baloncesto habría que soportar la no menos abominable tonadilla del "I Will survive". Si no hubiese nada que celebrar salvo que el estío y el hastío han llegado de la mano de los festivales y los secarrales, buscaríamos bajo las piedras melodías infalibles. Que describan una armonía falsa, cuanto más engañosa, mejor. Del tipo "Love is in the air". Haríamos sonar el CD. Haríamos playback, o casi. Las canciones serían como las de los anuncios de televisión, para que todos viviesen en la ilusión del consumo permanente. No habría banda, ni orquesta. Los músicos aparecerían en pantalla de plasma, sincronizados, sin ensayar. Ni beben, ni fuman, ni protestan. Así es como debería ser el público que celebra la ausencia de razones para no estar celebrando. Después del show, nos esconderíamos en una casetilla de obra, con las manos limpias del que no construye ni destruye, a la espera de que la obra para la que hemos sido preparados comience de verdad: la guerra, simbolizada para la ocasión por un camión cargado de pastillas para encender barbacoas. Porque yo prefiero “Sister Ray”.

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