Columnas

Sexo, alcohol y velocidad: cómo James Hunt cambió para siempre la historia de la Fórmula 1

La nueva película de Ron Howard, “Rush”, inspirada en el mundial de automovilismo de 1976, ha reactivado el recuerdo del piloto más punk que ha dado jamás el deporte del motor. Esta es su historia.

No ha habido nadie que encarnara el arquetipo del piloto playboy como James Hunt. Su régimen de entrenamiento se componía de “champán, Marlboros y sexo”, y aún así logró ser campeón del mundo de Fórmula 1. Pero más allá de sus méritos deportivos, fue su tempestuoso comportamiento lo que le convirtió en un símbolo de su época y uno de los mayores iconos que ha conocido el deporte del motor. Veinte años después de su muerte, su leyenda prevalece.

El 24 de octubre de 1976, James Hunt fue entrevistado en directo por la BBC tras conquistar el mundial de Fórmula 1 en Japón. Su padre estaba en el plató y miles de británicos permanecían enganchados a la televisión, orgullosos de su compatriota. Antes de despedir la conexión, el presentador Dickie Davies le preguntó cuáles eran sus planes inmediatos. “Voy a emborracharme”, contestó sin pestañear. Nadie se inmutó, más allá de las sonrisas cómplices. Sus rutinas eran de sobra conocidas. Durante las dos semanas anteriores al decisivo Gran Premio, su preparación había consistido en un festín de alcohol, marihuana y cocaína mientras se cepillaba a 33 azafatas de British Airways en su habitación del hotel Hilton de Tokio.

Nacido en el seno de una familia acomodada, James Hunt supo que quería ser campeón del mundo de Fórmula 1 el día que asistió, a modo de regalo de su dieciocho cumpleaños, a un Gran Premio en Silverstone. Tras una trayectoria tumultuosa, cumplió su sueño en 1976 después de una épica batalla con Niki Lauda que recientemente ha recogido la notable película “Rush”, dirigida por Ron Howard. Un solo campeonato y un puñado de carreras ganadas pueden parecer logros discretos comparados con el palmarés de las grandes leyendas de la modalidad, pero ningún otro piloto, quizá con la excepción de Ayrton Senna, ha tenido su potencial icónico. De hecho, del mismo modo que muchos aficionados jóvenes fijan el día de la muerte de Senna como el inicio de su afición a las carreras, muchos seguidores veteranos, especialmente británicos, descubrieron la Fórmula 1 gracias a James Hunt.

No ha habido nadie que encarnara el arquetipo del piloto playboy como James Hunt. Ni lo habrá. Durante toda su carrera deportiva su régimen de entrenamiento se compuso de “champán, Marlboros y sexo”. A menudo, disfrutando de todo ello minutos antes de subir al coche. Su mono de competición estaba adornado con un parche con la inscripción “sexo, el desayuno de los campeones”, y solía presentarse a los actos oficiales en chancletas y acompañado de su perro. Actualmente, es inimaginable que alguien con un comportamiento así pudiera, ni siquiera, plantearse competir. Pero en tiempos del reinado de Hunt, la Fórmula 1 era un lugar muy distinto al ascético escaparate comercial de ahora.

"El piloto se vislumbraba como un héroe romántico y la muerte estaba aceptada, como en el circo romano, formaba parte del entretenimiento"

La década de los setenta fue la era más excitante que ha vivido nunca la categoría reina del automovilismo. La profesionalidad clínica aún quedaba lejos y los pilotos campaban por el paddock como leones sin domesticar. En connivencia con el frenesí social que se respiraba, había que vivir cada día como si fuera el último. El problema es que esto podía ser muy real. Esa joie de vivre tenía una contrapartida; el riesgo era desmedido. Los coches eran máquinas indomables, las medidas de seguridad deficientes y las fatalidades se sucedían. La muerte estaba aceptada, como en el circo romano, formaba parte del entretenimiento. En este choque de fuerzas, el piloto se vislumbraba como un héroe romántico; alguien que amaba tanto la vida que no temía jugársela si la recompensa era poder disfrutarla en su máximo esplendor.

Hunt solía mostrarse como un tipo arrogante pero no escondía sus debilidades. A la vez que declaraba que su secreto para ir rápido era “tener las pelotas más grandes que los demás”, sus temblores dentro del coche antes de tomar la salida eran tan fuertes que los mecánicos tenían que comprobar si el motor seguía apagado. Otra de sus costumbres era vomitar antes de cada carrera, ya fuera por la ansiedad o por los efectos de sus habituales resacas.

Nunca fue el piloto con más talento de la parrilla, pero pocos han tenido su determinación. Sus comienzos en las competiciones de motor fueron discretos. Tenía que autofinanciarse el material y su estilo de conducción temerario le hacía propenso a los accidentes aparatosos. Los resultados eran pobres y se ganó el apodo de “Hunt the shunt” (algo así como “Hunt, el descarriado”). Lejos de frustrarse, tomó consciencia de que, para triunfar en el automovilismo, además de tener agallas era necesario atraer el dinero (una máxima que, esta sí, sigue tan vigente como entonces). Gracias a su encanto travieso, no tuvo ningún problema en conseguirlo.

Nada hubiera sido posible si Thomas Alexander Fermor-Hesketh no se hubiera cruzado en su camino. Lord Hesketh era un joven heredero con las mismas fijaciones que Hunt: la velocidad y el hedonismo. En 1972 fundó la escudería Hesketh Racing para competir en el campeonato de Fórmula 3. A pesar de la mala fama que precedía a Hunt, Hesketh le fichó para encabezar el proyecto. Tal y como recordaba el propio piloto, el extravagante aristócrata fue el único que vislumbró su potencial. “ E n lo que a mí concierne, fue un visionario. Había intuido mis posibilidades reales y logró liberarme del peso moral de considerarme un destroza-máquinas, como me llamaban mis colegas. Me transportó a un mundo de fábula”, declaró a Quattroruote. Era cierto. Pero le faltó añadir que, probablemente, Hesketh lo escogió porque vio en su carisma disoluto el perfil idóneo para encabezar la apoteosis juerguista en la que se iba a convertir la escudería.

Cuando Hesketh decidió dar el salto a la Fórmula 1 –al son de la memorables sentencia “ p uestos a hacer el idiota, mejor hacerlo a lo grande”–, el campeonato no estaba preparado para lo que se avecinaba.

"Tenían la costumbre de invitar a estrellas de rock al paddock y fueron los primeros en introducir la idea de vender merchandising del equipo"

A pesar del halo elitista que siempre había rodeado las carreras, en realidad era un mundo dominado por mecánicos manchados de grasa y tipos grises cuyo único propósito era conseguir que el coche fuera lo más rápido posible. En el séquito de Hesketh, en cambio, había más chicas guapas que técnicos. “ El equipo tenía dos divisiones”, recordaba Hunt en una de sus últimas entrevistas , “estaban los trabajadores, que se esforzaban al máximo por sacar lo mejor del coche. Y luego estaban los amigos de Alexander, que conformaban el lado social del equipo. Eran un grupo de fiesteros entusiastas. Ahí donde hubiesen estado, siempre estaban dispuestos a tomarse el primer vodka a las diez de la mañana. Al fin y al cabo, las carreras eran en fin de semana. Habrían hecho lo mismo si estuvieran en Easton Neston [nota: la casa de campo que poseía Lord Hesketh en Northamptonshire] . Lo único que hicieron fue trasladar la fiesta a los circuitos”.

En su carrera de presentación en Montecarlo, y ante el asombro de sus contrincantes, Hesketh y su equipo se presentaron al circuito con un Rolls Royce, cajas de champán y kilos de ostras y caviar. Durante las tres temporadas que duró el equipo –lo que dio de sí la cartera del heredero–, la formación dio más que hablar por sus after-partiesque por sus resultados, pero la huella de Hesketh Racing en el campeonato fue mucho más allá de las cuestiones deportivas. Tenían la costumbre de invitar a estrellas de rock al paddock y fueron los primeros en introducir la idea de vender merchandising del equipo. Nunca ganaban, pero los cámaras siempre les perseguían. La fijación por el glamour y la fanfarria sentó precedente. Si poco después la Fórmula 1 empezó su transformación en el gran circo mercadotécnico que es hoy, ellos tuvieron gran parte de culpa.

Durante sus años en Hesketh, Hunt siguió viviendo al límite. Ni siquiera el matrimonio le aplacó. En 1974 se casó con Suzy Miller. Un año y medio más tarde, la modelo le abandonó por otro ilustre bebedor, Richard Burton. Otros se habrían hundido, pero él dejó otra frase para el recuerdo: “Relájate, Richard. Me has hecho un grandioso favor llevándote la cuenta de gastos más alarmante del país”.

Las mujeres eran su recreo favorito –la cifra “oficial” de sus conquistas se calcula en 5.000–, pero su verdadera obsesión seguía siendo conseguir el campeonato del mundo.

"Su poder mediático era irrefutable, Hunt representaba lo que todos querían ser pero no tenían las agallas de intentar"

La oportunidad definitiva le llegó en 1976. Poco antes de empezar la temporada, Emerson Fittipaldi abandonó McLaren. El equipo necesitaba un piloto urgentemente y Hunt se había quedado sin asiento tras la renuncia de Hesketh. A pesar de su situación desesperada, la escudería era reticente a ficharle al considerar que se trataba de un personaje demasiado inestable. Finalmente, la operación se llevó a cabo. La clave estuvo en la insistencia de John Hogan, responsable de marketing de Marlboro, por entonces patrocinador principal del equipo.

La insistencia de Marlboro no era casual. El poder mediático de Hunt era irrefutable. Su melena rubia, su mirada socarrona y, sobre todo, su encendido apetito vital, eran un caramelo demasiado goloso para la publicidad. En los setenta, los publicistas eran menos cautelosos que en la actualidad. El modelo de hombre triunfador que vendían los anuncios tenía mucho de playboy. Y un tipo que podía levantarse después de una noche tirándose a groupies, presentarse en el circuito con una resaca infernal y, aún así, vencer a pilotos mejor entrenados, era un regalo del cielo. La publicidad es ilusión y, a fin de cuentas, Hunt representaba lo que todos querían ser pero no tenían las agallas de intentar.

Junto a otros dos célebres británicos, guapos, melenudos y mujeriegos –el futbolista George Best y el motorista Barry Sheene–, la figura de Hunt fue clave para cambiar la percepción que se tenía de los deportistas en los medios de comunicación. Se convirtieron en símbolos de una época, especialmente en su país, y fueron los primeros en demostrar que un atleta podía tener el mismo estatus que una estrella del rock. Hasta entonces, un deportista raramente era mencionado fuera de las crónicas deportivas. Con ellos, deporte y glamour ya no eran conceptos antagónicos. De repente, el mundo se interesaba por sus romances con modelos, sus declaraciones provocativas y sus fiestas sin fin del mismo modo en que se fijaba en las estrellas de cine o la realeza.

Figuras como las de Hunt sembraron el terreno para que los deportistas se convirtieran en fenómenos sociales pero, paradójicamente, alguien como él no tendría ninguna posibilidad de sobrevivir en el hipermediatizado deporte actual. ¿Alguien se imagina a Sebastian Vettel llegando borracho al circuito o a Fernando Alonso fumándose un cigarro en el podio? El ex-piloto sir Stirling Moss lo ve de este modo: “En vez de ir a perseguir chicas, como hacíamos en mis tiempos, ahora cuando acaba la carrera los pilotos le van a dar las gracias a Vodafone”. El dinero ha tomado todo el control y ha impuesto sus pautas. Los pilotos son obligados a comportarse como líderes políticos. Deben entrenarse como espartanos, vivir como ascetas y no decir una palabra fuera de lugar. Son modelos de comportamiento o, al menos, deben aparentarlo.

El problema viene cuando la imagen intachable que venden las grandes corporaciones se topa con la realidad. Uno de los lemas de Nike es que “amplifica la voz de los atletas”. Tiger Woods había sido la gran obra maestra mercadotécnica de la multinacional. Le ficharon en 1996, un día después de convertirse en profesional, y le auparon como el “chico de oro” por antonomasia del deporte global. En 2009, tras haber ganado 14 Grand Slams y con unos ingresos por publicidad que llegaron a superar los 100 millones de dólares anuales, se descubrió su otra cara. Su lista de infidelidades era inacabable y solía divertirse en millonarias timbas de póquer en Las Vegas bañadas en alcohol y puros. El escándalo fue mayúsculo. Tuvo que pasar penitencia pública e, incluso, llegó a retirarse temporalmente del deporte. A Hunt nunca le hubiera pasado. Simplemente lo hacía todo a ojos del mundo. Suele decirse que cada época proyecta sus valores en sus ídolos deportivos. Puede que los valores en los setenta no fueran modélicos, pero la hipocresía no se contemplaba.

"El mundo del deporte, y especialmente la Fórmula 1, necesita más Hunts y más Raikkonens. Gente que rompa las reglas y huya de moldes prefabricados"

Muchos de los comportamientos de Hunt no eran justificables, y no es cuestión de pretender que los deportistas actuales consuman cocaína y se paseen con una prostituta en cada brazo. Pero si existieran más personalidades como la suya probablemente el deporte de élite no sería un escaparate tan artificial.

El caso de la Fórmula 1 es especialmente sangrante. La gran mayoría de pilotos que componen la parrilla son gente aburrida que, como Vettel, pasa sus ratos libres disfrutando de una “relaxing cup of tea” (para recochineo de sus seguidores españoles). La gran excepción es Kimi Raikkonen, un tipo al que hemos visto bañarse desnudo en un jacuzzi, vacilar a periodistas o caerse de su yate totalmente borracho. No es extraño que sea uno de los pilotos más queridos por los fans. Es posible que a sus patrocinadores les incomode que, entrevistado en directo por ITV, reconozca haberse perdido un acto publicitario por “estar cagando”, del mismo modo que a Marlboro le debió incomodar el día que Hunt, en plena entrevista y tras tener que interrumpir su respuesta para toser, soltó que “había estado practicando para su nuevo espónsor”, pero esta espontaneidad es la que realmente arrastra a la gente. Raikkonen, por cierto, suele utilizar siempre el mismo pseudónimo para registrarse en hoteles y carreras amateurs: James Hunt.

El mundo del deporte, y especialmente la Fórmula 1, necesita más Hunts y más Raikkonens. Gente que rompa las reglas y huya de moldes prefabricados. Probablemente, muchas de las estrellas actuales sean tipos ingeniosos, locuaces y divertidos, pero los grilletes corporativos les hacen parecer marionetas desalmadas. No es necesario que hipotequen su salud y su carrera con ello –Hunt murió a los 45 años, pobre y alcoholizado–, pero un baño de naturalidad sería beneficioso para todos, patrocinadores incluidos. Al fin y al cabo, el público quiere reflejarse en gente real, que viva vidas reales. Si todos estos jóvenes millonarios se atreviesen a mostrar su lado gamberro, probablemente el campeonato sería algo mucho más excitante que el aburrido circo actual.

Cuando la legendaria temporada de 1976 recaló en Brands Hatch, 80.000 personas abarrotaban las graderías, marcando un nuevo récord de asistencia al circuito. Por primera vez en dos décadas, había muchas posibilidades de poder ver a un piloto local ganar en casa. En la primera curva, los Ferrari de Niki Lauda y Clay Regazzoni colisionaron. Hunt no pudo esquivarlos y el eje de dirección de su McLaren quedó inutilizable. Tendría que haber abandonado si no fuera porque los comisarios decidieron parar la carrera y repetir la salida. Cuando Hunt subió al coche reserva en la parrilla, se extendió el rumor de que eso no estaba permitido. El público, enfurecido, mostró su disconformidad coreando su nombre y lanzando una cascada de latas de cerveza a la pista. Mientras los desconcertados comisarios discutían qué hacer, los mecánicos de McLaren tuvieron tiempo de reparar el coche original y tenerlo listo para la reanudación. Tras otro de sus electrizantes duelos con Lauda, Hunt acabó ganando la carrera ante el delirio del público. Un fervor así no se había visto nunca fuera de los campos de fútbol. Ese era el tipo de reacciones que provocaba en la gente. Una fascinación que, veinte años después de su muerte, sigue tan candente como el primer día.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar