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Lo que Sasha Grey ha aportado al porno: un perfil X

En un mundo tan mal visto como el del cine para adultos, hay figuras que logran alcanzar relevancia cultural y cambiar las reglas del juego. Sasha lo hizo y aquí explicamos cómo

Si crees que el porno es todo sexo sin domesticar, tienes razón… en parte. El cine X también tiene su dimensión cultural, su relevancia en los tiempos en que vivimos más allá del folleteo, y cuenta con sus figuras principales. Sasha Grey dejó huella en sus tres años en los que se dedicó a la pornografía, y aquí explicamos las razones.

El momento en el que Sasha Grey entró en la maquinaria del cine X, alrededor de 2006 y con 18 años recién cumplidos, la industria estaba en un pleno proceso de convulsión. Básicamente, las viejas estructuras empresariales –un star system de cachés disparados y distribución física del producto vía sex shops y otros canales tradicionales– estaban derrumbándose para dar paso a la incertidumbre del actual reinado digital que ha sumido al sector en una extraña crisis. Lo que antes había sido una especie de trasposición del esquema de Hollywood al mundo del sexo, con grandes productoras en todo el mundo que producían cintas de vídeo y DVDs a granel utilizando como reclamo no únicamente el sexo duro, sino también una bien cultivada galería de rostros famosos con legión de seguidores, empezó por aquellas fechas a adquirir rasgos del derrumbe del sector discográfico. En resumen, llegó un momento en el que nadie compraba películas porque la mejora en los sistemas de compresión de vídeo digital hacía ya posible bajárselas de internet en poco tiempo y con una calidad aceptable (que hoy ya es totalmente HD). El consumidor de porno es proclive a adquirir comportamientos silenciosos y clandestinos: es más fácil pulsar un click con el ratón que descorrer la cortinilla de abalorios que separa la sección porno de la de cine romántico –tan distintas y, a la vez, tan similares– en la compartimentación de los videoclubes; es más fácil descargar una escena (o comprar por internet a tanto la pieza) que arriesgarse a pisar un sex shop, sobre todo si tu pareja vigila las cuentas de la tarjeta de crédito.

Al estar constreñido en un mercado pautado con escalones de producción, distribución y venta final al cliente, el porno había ido adquiriendo una serie de hábitos orientados a contentar a la mayoría: había que hacer dinero, y el dinero estaba en lo straight. Por supuesto, quien sepa del tema es consciente de que esta afirmación está efectuada con un poco de brocha gorda, porque no existe un único tipo de porno: aunque el mainstream corresponda al estereotipo de escena heterosexual con actrices y actores de una cierta constitución física –donde se premia la rubiez, el culo redondeado, el pecho grande, la verga enorme y el cuerpo ligeramente musculoso–, hay infinitas alas laterales para las minorías étnicas, lo gay, las MILFs y filias tan diversas, y a veces tan repugnantes, como los animales, las embarazadas, la tercera edad y el BDSM. Sin embargo, ahí no está el verdadero dinero. Los paradigmas de empresas triunfadoras en el porno –Vivid en los 80, Private en los 90– raramente salían del esquema del mete-saca entre chicos y chicas guapas, en mansiones lujosas con piscina, lugares paradisiacos y destinos turísticos con encanto, muchas veces parodiando también blockbusters del cine convencional. En ese contexto, no todo el mundo tenía acceso para trabajar en la industria del porno: no bastaba con querer, como ocurre ahora –hay más oferta de ‘mano de obra’, o carne de cañón, que demanda de producto–, sino que además había que tener un potencial visible. Y salvo excepciones raras como Belladonna, había mujeres que tenían fácil la entrada en la industria (especialmente si estaban operadas como una muñeca Barbie, en un momento en el que todo el mundo estaba buscando a la nueva Jenna Jameson en América o a la nueva Sylvia Saint en el este de Europa), y otras que lo tenían prácticamente imposible. Sasha Grey era una de esas chicas que lo tenían difícil.

Hoy parece imposible que esto sea así. Viendo trabajar en la actualidad a nuevas starlettes como Valentina Nappi, que parece un calco exacto de nuestra californiana morena, parecería como que ese tipo de chica normal pero guapa, natural y sin apenas tunning carnal, de senos tirando a pequeños, fuera la opción lógica para representar una escena de sexo. Pero en 2006 no existía la idea de un ‘porno alternativo’, que justamente empezó a cobrar forma en este momento liminal, de cambio fluido –nunca mejor dicho–, en el que el porno audiovisual comenzaba a ocupar toda la red de la misma manera en que años antes se había instalado el dominio de las imágenes de desnudos. El cambio de paradigma conllevó un cambio de negocio, con el declive, o directamente el derrumbe, de los viejos imperios (Private, Wicked), y la fuerza se desplazó hacia empresas que operaban directamente en internet y vendían sus escenas online, quizá con un pequeño margen de negocio para el vídeo físico. Tan sencillo como ir a la web (puede ser Brazzers, Evil Angel o, aquí en España, Cumlouder), abonar la cuota de acceso y descargar una pieza de vídeo para hacer con ella lo que se estimara oportuno. Esto reforzó el dominio del género gonzo, en el que la película porno prescinde completamente de cualquier percha argumental (ejemplo clásico: la chica visita al mecánico porque se le ha averiado el coche; el mecánico en vez de inspeccionar el coche le inspecciona a ella, hay intercambio de sexo oral, luego un poco de bombeo y finalmente una eyaculación) y comienza directamente yendo al grano: ya no hay diálogos, ni excusas, ni rodeos; todo empieza con un morreo, o una comida, como si dos extraños protagonizaran un encuentro furtivo o una pareja de toda la vida entrada en faena con una simple comunicación visual.

La eliminación de preámbulos del gonzo eliminaba, otras cosas, decoraciones especialmente pensadas para la escena, localizaciones complejas, vestuario, y lo dejaba todo en el poder de los cuerpos. Más que en pornografía (que según la raíz griega sería una elaboración grosera, pero también artística, del erotismo), se convertía en un documental de zoología humana –ejemplo práctico e hiperrealista de cómo se aparean un macho y una hembra en nuestra especie– con varias concesiones a la gimnasia o al barroquismo, sobre todo si de dúo se pasa a trío, de trío a cuarteto, y de gang bang a orgía. Al ampliarse el público, también se amplía el gusto, y como siempre ocurre en el porno, todo funciona por fases y modas, y la época de la rubia siliconada estaba en retirada; era el momento de la chica de enfrente, un prototipo al que Sasha Grey se ajustaba. Y cuando el paradigma cambió, coincidiendo con sus primeros años de profesión –un camino que ya habían labrado previamente, no lo olvidemos, chicas como Jenna Haze, Taylor Rain y Gauge, que combinaban zorrerío extremo con apariencia aniñada–, Sasha causó sensación.

"Se sentía como la protagonista de “Belle du Jour”, entrar en el porno era la manera más fácil e intensa de experimentar con su sexualidad y conocer los límites de su cuerpo"

Ella entró en el porno con 18 años. Su caso es peculiar, porque no lo hizo por necesidad (el porno suele ser el refugio de muchas fracasadas del instituto que no quieren ver su vida limitada a limpiar mesas en un bar, y también la versión pobre de la bailarina de strip-tease), sino por curiosidad. Estudió cómo funcionaba la industria, qué posibilidades de entrada había y qué opciones de negocio se barajaban. Como ha dicho más de una vez, se sentía como la protagonista de “Belle du Jour”, en un momento de su vida cargado de inseguridades y de fantasías, y entrar en el porno era la manera más fácil e intensa de experimentar con su sexualidad, conocer los límites de su cuerpo y proyectar su interior –que responde al arquetipo siniestro-gótico-intelectual– en una expresión exterior tan chocante como un texto del Marqués de Sade. Sasha Grey entró haciendo escenas gonzo, y desde el principio quiso ir a los extremos. Es habitual que una actriz porno desarrolle el tipo de escenas que realiza por etapas: se puede comenzar exclusivamente con números lésbicos (para el ojo del hombre, nunca el de la mujer), se continúa con el típico intercambio hetero y se salta al siguiente nivel cuando se prueba el sexo anal delante de la cámara; a partir de ahí, cualquier tipo de combinaciones que se nos ocurran, hasta extremos bárbaros incluso; ahí está el ejemplo de Asa Akira, la número 1 del momento. Sasha Grey no se tomó ningún tiempo: en sus primeras escenas ya practicaba anales, aceptaba gang bangs de felaciones (y luego de perforaciones), hacía incursiones puntuales en la doble penetración – one in the pink, one in the stink– e iba probando opciones. Su apariencia en cámara era rompedora: de pechos pequeños y cara guapísima, sin tatuajes (y sólo un piercing en el ombligo) rompía el molde de la actriz anterior y sublimaba el de la reina del momento, que era la teen –en Estados Unidos es legal hacer porno a partir de los 18 años; las actrices que ruedan sus primeras escenas con 18 y 19 años son todavía teens, adolescentes, están en ‘edad legal’ siendo a la vez unas niñas–, con lo que se desplazaba el eje del gusto estético de la mirada opulenta, como diría Román Gubern, hacia la actriz-lolita, natural, todavía virgen de bisturí.

Con los años, este tipo de gonzo –con sus variantes: latinas, interracial (una nueva edad dorada para el binomio black on blondes)– se fue renovando con una escalada en truculencia, pero también se fue estandarizando. Actualmente, una actriz completa es la que no se ha operado, conserva la cara de joven inocente, dispone con facilidad la apertura de la puerta de atrás, no tiene reparos en montárselo con más de dos varones y, si además, tiene el don del squirting entonces ya es la repanocha: por eso hoy dos de las actrices más codiciadas son Riley Reid y Remy Lacroix, que son al porno lo que Cesc al fútbol, algo así como box-to-box. Sasha Grey tenía (prácticamente) todo esto, e incluso algo más: una de sus escenas más legendarias es en “Fuck Slaves 5”, con la MILF rumana Sandra Romain –célebre a mediados de la década pasada por lograr con éxito la difícil disciplina de la triple penetración (o cuádruple si además incluíamos a otro señor trabajándole la glotis)– y el semental francés Manuel Ferrara, donde a mitad de escena se introduce un enema de leche por la alcantarilla de su cuerpo lozano y al rato comienza a expulsar lactosa como si fuera un géiser islandés mientras Romain, cerda como ella sola, se lo bebe como si fuera agüita del Carmen.

"Sasha Grey ha aportado al porno la idea de que se puede estar en este mundo de semen y sudor, de comportamientos homínidos, y aportarle una dimensión intelectual"

Protegida por Bellandonna, Sasha Grey aspiraba a ser la reina del porno (y lo fue durante un breve tiempo hasta su retirada) porque precisamente no se negaba a nada: cumplía con su cuerpo todo tipo de fantasías dignas de David Cronenberg y de la cibercultura, llevándolo hasta terrenos sólo para valientes. [Inciso: aprovecharemos para matizar las varias ocasiones en las que, habiendo escrito sobre Sasha Grey para El Mundo, un subtítulo o un destacado de mano ajena apuntaba a que Sasha Grey era la reina del ‘porno cultureta’: sus gustos cinematográficos (Godard, Noé, Buñuel), literarios (Sartre, de Sade, Bataille) y musicales (Throbbing Gristle, KMFDM) sí lo son, pero su porno siempre ha sido más duro que el de Rocco y Nacho en el bando masculino]. A la vez, su trabajo entraba en una fase primitiva del porno chic o lo que ahora se llama ‘glamcore’ –sexo duro rodado con buena iluminación, camas limpias, ventanas soleadas y gente guapa–, a la vez que incurría de vez en cuando en el alt-porn, que es ese género, hoy desplazado por el anterior, en el que se busca la excitación con armas de las suicide girls: tatuajes, piercings, pelos teñidos de colores llamativos, delgadez extrema, piel pálida.

Otra de las aportaciones de Sasha Grey fue apostar por el pubis sin depilar, toda una osadía en una época en la que gustaban las almejas bien rasuradas, y que ahora se ha revertido: es habitual encontrar pelo ahí abajo, y no únicamente el típico ‘bigotito de Hitler’, con triángulos capilares sugerentes y recortados como el césped del Camp Nou y, en algunos casos, incluso matojos ochenteros como el que luce orgullosamente Dani Daniels, una de las estrellas del momento, ganadora del premio al mejor lésbico en los AVN de 2012, y que es toda una oda a la ladilla y la enemigo público número uno de las esthéticiennes brasileñas. Pero sobre todo, lo que ha dejado Sasha Grey en el porno es la idea de que se puede estar en este mundo de semen y sudor, de comportamientos homínidos, y aportarle una dimensión intelectual, que no todo –aunque por desgracia lo sea en un 99%– tiene por qué ser hombres descerebrados (o con el cerebro en la punta de su herramienta) y ninfómanas ávidas de zapatos, vestiditos y cenas en clubes náuticos que tienen como única vía de comunicación con sus fans una whish-list en Amazon para que algún incauto le regale perfumes o joyas.

También por eso, en 2011, y cuando ya lo había dicho todo, Sasha Grey tomó la decisión de abandonar el porno: tras un año de tanteo y tres de frenética actividad que le llevaron a participar también de la cultura pop (participando en videoclips de Marylin Manson y The Smashing Pumpkins, a rodar con Steven Soderbergh y entrar en el cast de “Entourage”, hasta culminar en su grupo ambient aTelecine, la nueva película con Nacho Vigalondo con Elijah Wood y la publicación de su primera novela, “La Sociedad Juliette”), lo dejó en lo más alto, sin haber alterado ni su cuerpo ni su mente nada más que para su mejora personal, habiendo mostrado caminos alternativos en la representación de la pornografía y dotando una disciplina tan sucia y tan primaria de una evidente relevancia cultural. Mujeres como ella sólo aparecen muy de vez en cuando en la industria X, y estas son las razones por las que ha dejado una huella que todavía se siente profunda y viva.

* Aquí puedes ver una galería con los diferentes rostros de Sasha Grey.

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