Columnas

“Salvajes”, narcotráfico y desmadre

Oliver Stone regresa a la variante más chiflada y violenta de su cine en un thriller de acción ambientado en las redes de trapicheo entre México y California

Oliver Stone vuelve al cine de acción y desmadre con “Salvajes”, un retrato de las redes de narcotráfico entre México y la baja California al que sólo se le puede achacar no ser todo lo ‘salvaje’ que podría ser. Completa la cartelera la “Blancanieves” de Pablo Berger en blanco y negro.

Uno

Una película como “Salvajes” puede ser dos cosas, y esperemos que sea la segunda. La primera, un ejercicio de nostalgia, una especie de auto-homenaje puntual (probablemente con voluntad rejuvenecedora) de su director al cine más chiflado que abandonó hace unos años. La segunda, la decisión de Oliver Stone de aparcar la relativa seriedad de sus últimas películas para volverse loco otra vez… Aunque sea poco a poco. Poco a poco porque, si bien el filme que nos ocupa pierde la compostura con bastante gracia, viene a ser una versión light de sus psicóticas “Asesinos Natos” (1994) o “U-Turn, Giro Al Infierno” (1997). En tiempos de reivindicación –justa, sin duda, pero también tardía y tristemente oportuna– del cine de Tony Scott, se corre el riesgo de sobredimensionar películas como las dos citadas, cuyas conexiones con algunos de los filmes más definitorios del director recientemente fallecido son incontestables. Personalmente, no creo que sean dos películas brillantes (aunque sí emblemáticas, sobre todo la primera, que es directamente fundamental), pero sumaban unas cuantas y muy efectivas variables que definen parte del cine de acción de los 90 y ahora Stone recupera sin atreverse del todo, pero con cierta gracia. Serían, básicamente, una violencia festiva, enloquecida y vistosa, la misma que asentó Quentin Tarantino en “Reservoir Dogs” (1992) y brotaba en “Amor A Quemarropa” (1993) de Scott; una tendencia impulsiva a lo rocambolesco, delirante y retorcido; un uso espontáneo del humor negro y, sobre todo, la intención de crear personajes carismáticos, bajo ningún concepto intercambiables.

Dos

Inspirada en la novela homónima del estadounidense Don Winslow, escritor especializado en literatura negra del que no hace mucho se adaptó también “Muerte Y Vida De Bobby Z”, “Salvajes” tiene todas esas cosas que se resumen en dos: desparpajo e intensidad. Y, sin ser una película brillante, pues le falta inventiva, tiene problemas de ritmo y a veces se dispara de una forma un poco desafortunada (fruto del síndrome de los cineastas veteranos que quieren ser modernos), funciona bastante bien. El golpe de mala suerte de Ben (Aaron Taylor-Johnson) y Chon (Taylor Kitsch), dos traficantes de maría que viven como reyes en Orange County, California, y comparten a la bella Ophelia (Blake Lively), una niña pija que les ama y de la que ambos están enamorados, es el arranque de un relato esquizo que ata y desata durante más de dos horas drogas, sexo y varias modalidades de crimen. Stone, que trabaja a partir de un guión que ha escrito con Shane Salerno y el propio Winslow, levanta un thriller con nervio y agradecidamente descocado. Acierta en su apuesta por una violencia macarra y jaranera, en su utilización de un eficaz humor negro que invita desde el minuto uno a devorar la película como lo que es: un descarado gran guiñol, un cómic fronterizo pasado de rosca –aunque, insisto, todavía podría estarlo más– y, sobre todo, en el diseño de personajes. Los “buenos” dan el pego: Stone le saca la obscenidad y la mala leche a dos actores que no parecían tenerlas (Taylor-Johnson y Kitsch), y Lively es perfecta como objeto de deseo compartido y convencido. Pero cuando “Salvajes” coge realmente fuelle es cuando salen los malos y disparan contra el trío protagonista su arsenal de perversiones. Por una sencilla razón: los villanos carismáticos (sin contar a los heredados del cómic, que ya vienen hechos, perfeccionados y alicatados por la nostalgia) escasean en el cine de entretenimiento contemporáneo. Deliciosamente cartoonescos, los miembros del despiadado cártel mexicano de La Baja, interpretados por una Salma Hayek desatada, en la piel de una reina y señora del crimen, y por Benicio del Toro, como la mano derecha de la mafiosa, son el principal atractivo de una película que tiene en un descaro de otra época, rotundamente noventero, su mejor aliado.

Tres

El otro estreno fuerte de esta semana es “Blancanieves”. Casi diez años después de su magnífica “Torremolinos 73” (2003), Pablo Berger propone una lectura profundamente personal del cuento de los hermanos Grimm. Sólo tiene un problema y es externo a ella. Llega un año después que la popular y oscarizada “The Artist” (2011), película con la que comparte dos cosas que entonces sorprendieron pero que ahora, por una cuestión de proximidad temporal con el filme de Michel Hazanavicius, no chocan tanto: está rodada en blanco y negro y es muda. Son dos similitudes fruto de la casualidad, pues es “Blancanieves” un proyecto en el que Berger ha trabajado durante muchos años; pero, evidentemente, atenúan el efecto sorpresa de la propuesta. No es problema. Hay muchas otras cosas que la hacen sorprendente, para empezar la originalidad con la que reinterpreta el célebre cuento, trasladado en esta ocasión a Sevilla en los años 20, alimentado del folclore español, sobre todo de la tauromaquia y el flamenco, y donde coincide la simbología de ambos ámbitos (en “Blancanieves”, los siete enanitos son enanos toreros). También destaca por su incontestable belleza, más intensa en la primera mitad (más poética y contemplativa) que en la segunda, donde rivaliza con una acertada y puntual comicidad; hay mucho en “Blancanieves” de Guy Maddin a nivel formal y en su manera de generar a la vez placer estético y profunda emoción. Y, sobre todo, brilla en su búsqueda de nuevos mecanismos, de nuevas fórmulas para contar historias, así hasta el punto de hacer pasar por nuevo y sorprendente un relato que conocemos desde niños.

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