Columnas

¿Sabe envejecer el pop?

Por primera vez asistimos al envejecimiento mediático de muchos de los ídolos del pop, y eso lleva a una cuestión espinosa: ¿cómo conciliar talento, edad y mensaje en un mundo que tiene la juventud como valor principal?

Con el cambio de siglo asistimos a un fenómeno nuevo: las que fueron las primeras estrellas del pop están ya en la tercera edad y muchos de los grupos que triunfaron en los 80 y 90 se acercan a la senectud en un mundo en el que la juventud cotiza al alza. Es el momento de preguntarse cómo se enfrentan público y estrellas a la madurez: ¿sabe envejecer el pop?

A excepción de Elvis, a quien vimos sobre los escenarios de Las Vegas reencarnado en una nueva “dramatis personae” (mucho más interesante, por cierto, que la de sus inicios como rompecorazones del rock’n’roll), las estrellas de la cultura pop no habían pasado por el escrutinio de la opinión pública al alcanzar cierta edad, ya fuera por muerte prematura, por retirada o porque simplemente todavía no habían llegado a viejos. Pero ahora que buena parte de los iconos de los últimos años se acercan a –o superan ampliamente– la cincuentena, descubrimos que el pop (entendido en sentido amplio) no siempre sabe envejecer: son muchos los músicos que piensan que basta con meter tripa (en sentido figurado) para seguir adelante, que se niegan a crecer y que se aferran con uñas y dientes a lo que una vez fueron. Ahí está, sin ir más lejos, esa hornada de grupos de la edad dorada del brit-pop que siguen sacando rédito a sus canciones de amores juveniles y “angst” existencial pese a tener casi edad para ser abuelos y que las siguen explotando con la coartada de la nostalgia, con la diferencia de que su público también ha crecido.

Escuchar a grupos como Suede o Blur cantando a día de hoy “So Young” o “ Boys and Girls” mientras un público entrado en años baila pogo en la medida en que buenamente aguanten sus pulmones mientras tuitean fotos en las que el cantante se adivina más que se ve, ya no tiene nada de rebeldía: más bien es una suerte de ritual colectivo generacional e institucionalizado con un el único fin de llenar las arcas de festivales, grupos, patrocinadores y fabricantes de “merchandising”. “Siéntase como si tuviera veinte años aunque le aceche la hipoteca y asomen las canas”, parece ser el mensaje. Y funciona, vaya si funciona: basta con echar un vistazo a los lanzamientos que llevamos estos meses o a los cabezas de cartel de los grandes festivales de los últimos tiempos, cuyo principal reclamo son grupos que hace años que no tienen el mismo rendimiento creativo. Se trata de vivir una especie de Woodstock sin riesgos y con guardería para los niños: rebeldía de fin de semana antes de volver a fichar de nueve a cinco. El caso más flagrante, quizás, sea el de Peter Hook: con la creatividad en dique seco, sólo puede dedicarse a explotar los hits de New Order y Joy Division, así le den la espalda hasta sus compañeros de grupo. El día menos pensado nos lo encontramos fingiendo en el escenario un ataque de epilepsia. El problema de buena parte de estos grupos es que su carrera se ha interrumpido en algún momento y vuelven ahora como si para ellos no hubieran pasado los años... y al otro lado encuentran un público aquejado de síndrome de Peter Pan que se niega a crecer y que sí, está convencido de que cualquier tiempo pasado fue mejor, sobre todo si lo vivió con veinte años. ¿El resultado? La pescadilla que se muerde la cola y un espectáculo más cercano al bochorno que a la revisión crítica, como aquella edición del Summercase en el que en dos escenarios coincidieron Happy Mondays cantando “ 24 Hour Party People” y New Order con “ Love Will Tear Us Apart”: un espectáculo que ni Simon Reynolds habría podido inventar para justificar su “Retromanía”.

Pero el problema va más allá de la autocomplacencia de artista y público: como decía Keith Richards en “Vida” (su autobiografía), por qué aceptamos que un músico de jazz, blues o folk toque hasta la muerte y no que lo haga un músico de rock. Efectivamente, hasta hace unos años, lo de ver a un abuelo en escena tocando himnos de pop era una rara avis, y tal vez por esos los Rolling Stones han sido objeto de burla desde el principio. Pero a diferencia de un Bernard Sumner que se toma a sí mismo excesivamente en serio, los Stones son los primeros en hacer bromas con el asunto, tal y como ya hicieran también los Sex Pistols en su primera reunión, a cuya gira llamaron “In It For The Money Tour”. Parece mucho más honesto, y también más fiel al espíritu de la cultura pop, ese “lo hacemos por la pasta” que las clásicas excusas del tipo “nos echamos de menos” que esgrimieron en su momento The Jesus and Mary Chain (y cuya gira de regreso, las cosas como son, dejó bastante que desear).

En el extremo opuesto tenemos a grupos y artistas que con los años han ido evolucionando musical y estilísticamente, centrándose en la exploración de nuevas formas creativas. Músicos como Nick Cave, Sonic Youth, Scott Walker o, más recientemente, David Bowie, contradicen con hechos esa idea preconcebida de que el pop es intrínsecamente por y para jóvenes y que las grandes obras se firman en los comienzos. Aunque el propio Thurston Moore ha bromeado en alguna ocasión con la contradicción que supone llamarse “juventud sónica” a ciertas edades, parece que los grupos que han apostado desde el principio por la vanguardia han envejecido mejor, tal vez porque sus intereses se centraban menos en el carpe diem y en conquistar el mundo y más en explorar nuevas formas de creación. Por supuesto, hay excepciones: Scott Walker, pese a los hiatos en su carrera, ha sabido trascender su pasado crooner para convertirse en uno de los músicos de referencia cuando se habla de vanguardia. Otros artistas como Nick Cave o David Bowie han optado por dar un tono más grave a su música, por convertirla en un vehículo para la reflexión sobre la vida, el entorno y el paso del tiempo, rompiendo así ese círculo vicioso que pasa por el ensimismamiento, el culto al yo y el utilizar al mundo como espejo en vez de trascender la mismidad e interrogarse por lo que sucede alrededor: pese a que toma su nombre de “popular”, la cultura pop, en realidad, tiende a un narcisismo que además alimenta su propio público. Creerse el mito de la eterna juventud y el del ídolo infalible o ir un poco más allá es lo que con el tiempo marca la diferencia. No hay más que pensar en dos iconos pop por antonomasia: John Lennon y Paul McCartney. El primero mató al “beatle” para poder crecer; el segundo sigue convencido de ser el joven prodigio de los sesenta y no duda en subirse a un escenario con Dave Grohl y Krist Novoselic en el lugar de Kurt Cobain. O Morrissey, que cada vez que habla hace que sea más difícil disociar sus canciones de sus declaraciones de señor excéntrico que ha olvidado tomarse la pastilla.

Matar al ídolo, renunciar al culto a la personalidad, autoparodiarse o contribuir a la desmitificación no es fácil: supone renunciar a esa gloria obtenida en plena juventud y dejar de lado el ego para centrarse en la música. Un público dispuesto a perdonar cualquier desliz y tener recorrido buena parte del camino son demasiado tentadores como para ponerse a experimentar. Lo cómodo es seguir anclado en el pasado, repetir la fórmula o directamente reunirse de tanto en tanto para tocar los grandes éxitos sin despeinarse, sabiendo que una legión de fans está dispuesta a asistir a la enésima gira de reunión aunque las entradas cuesten riñón y medio. Hay que elegir: el ídolo juvenil o el artista; el Elvis que despierta pasiones entre adolescentes o el que emociona hasta la médula cuando canta “Suspicious Minds” desde la experiencia. Pero los dos, pasada cierta edad, son irreconciliables: ni siquiera David Bowie quiere volver a ser Ziggy Stardust.

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