Columnas

Ruge, Madrid, ruge

El ocio nocturno en Madrid está amenazado por el Ayuntamiento, dispuesto a controlar la oferta de salas en el centro de la ciudad para limitar el ruido. Elena Cabrera reflexiona al respecto y opina que Madrid debería mas ruidosa

Tras la tragedia de Madrid Arena, el Ayuntamiento de Madrid, controlado por el Partido Popular, acelera una normativa para controlar el ocio nocturno en el centro de la ciudad. Elena Cabrera reflexiona al respecto y apunta las contradicciones de este intento de legislación en caliente y populista.

Me gusta el ruido. Pongo mucha atención a lo que escucho porque el ruido es información. El ruido es importante. Cuando en el verano de 2011 el Ayuntamiento de Madrid amenazó con recortar aún más las fiestas del Orgullo Gay porque, según dicen, molestan a los vecinos de Chueca, escribí un reportaje para la revista Madriz donde defendía los decibelios. No sé si fue muy escuchado.

El sonido se convierte en ruido cuando supera los 65 dB. Lo normal es que la música de una discoteca se escuche a 100, sólo 10 decibelios más que el rugir de una motocicleta. El infierno de los atascos, el pitido de los coches, los martillos percutores de las obras, los helicópteros, las alarmas de las tiendas que saltan por la noche y nadie acude a desconectar, las sirenas de la policía y los bomberos, el aviso sonoro de una maquinaria pesada que circula marcha atrás, mi vecino de abajo que amenaza de muerte a sus padres y canta libretos de musicales y mi vecina de arriba que cada tarde sale al balcón con la guitarra para cantar “ Creep” de Radiohead molestan más, mucho más, que los bares y los botellones.

Alguien escribió una vez que Madrid es una de las ciudades europeas más ruidosas. El dato quedaba bien en los titulares y viene siendo repetido una y otra vez. Pero es falso. En la almendra central de Madrid el volumen de nuestros ruidos, haciendo la media durante 24 horas, es de 66,83 dB. El objetivo para las zonas de ocio es que no supere los 73 decibelios de día y los 63 de noche. A pesar de todo esto, la ley del silencio es una fijación del gobierno municipal del PP –y en particular de Ana Botella, primero como concejala de Medio Ambiente y ahora como alcaldesa– desde hace años y cualquier excusa es buena, cualquier sensibilidad pública electrizada por algún festejo reciente es el momento propicio para darle un empujoncito de endurecimiento a las zonas de Protección Acústica Especial, como la Aurrerá en Chamberí o el Distrito Centro. Ya sabemos que al Partido Popular le gusta legislar en caliente, por si luego el tema se enfría y la opinión pública recupera la cordura.

El PP sabe que en los bares de Malasaña no están sus votantes, pero quizá sí estén tras esas sábanas amarradas a los balcones donde puede leerse “¡QUEREMOS DORMIR!”. Por supuesto, el votante del PP quiere dormir y el PP no quiere que despierte. El madrileño que le gusta al PP es el que se queda en casa a dormir y habla en voz baja, el que cuelga una sábana del balcón para defender su sueño y el que saca una bandera de España por la ventana para defender su patria o su equipo. No le gusta el que discute y debate en las plazas, el que monta un grupo para decir ciertas cosas en lugar de convertirse en emprendedor y generar riqueza. Digo PP, pero ante la inconcebible hipótesis de que otro partido gobernara en la ciudad, las siglas serían otras pero los propósitos los mismos.

"Quieren que Madrid sea una ciudad dócil que pague por su ocio y, si no tiene dinero, que se quede en casa durmiendo"

Ahora no quieren renovar las licencias, quieren el ocio nocturno fuera del centro. Pero cuando lo sacan y se lo llevan al Madrid Arena o la Explanada del Puente Rey en Madrid Río tampoco saben cómo controlarlo. Todo el mundo está por la pasta, para ganar lo más posible, para invertir poco en lo que no vaya a ser recuperado. El Ayuntamiento que arrenda los espacios para sacar dinero sin acometer las obras necesarias para adecuar un pabellón que sirve para ver el baloncesto en una gran sala donde la gente baila y bebe. El promotor que va siempre a los mínimos, que contrata empresas de control de accesos para el interior y vigilancia de seguridad para el exterior cuando, nos preguntamos ¿no debería ser al revés? La SGAE que cobra por entrada emitida y sellada y ha provocado la habitual picaresca del sector. Las empresas de seguridad que no forman a sus vigilantes y les pagan poco. La Policía Municipal y los Bomberos de la Comunidad de Madrid bajo mínimos, explotados, mal pagados. Los empleados públicos del Ayuntamiento que deberían coordinarlo todo con sus sueldos congelados, sus despidos, su falta de medios. Una alcaldesa que en mitad de un gran desastre como la fiesta de Halloween de la empresa Diviertt en el Madrid Arena decide tener vida privada e irse de viaje a relajarse con su marido en un spa portugués de lujo.

Quieren que Madrid sea una ciudad dócil que pague por su ocio y, si no tiene dinero, que se quede en casa durmiendo. Van a plantar árboles e instalar terrazas en la puerta del Sol para que dejemos de ocuparla cada dos por tres con nuestras feas pancartas y molestos gritos. No podemos comprar una botella de vino a las once de la noche. Delegación del Gobierno prohíbe que las manifestaciones del 14N y 15N pasen por Neptuno por si acaso hubiera una “alteración del orden público” cerca del Congreso de los Diputados. Ahora se desalojan centros sociales sin órdenes judiciales y hay tanta gente identificada que a la Policía le convendría coger el censo del DNI y tachar a tres o cuatro, de esos que se quedan durmiendo, que lo mismo acaban antes.

Por estos argumentos y otros tantos que vosotros sabéis muy bien, considero que Madrid es una ciudad demasiado silenciosa. Ni las caceroladas en Génova ni las pitadas de funcionarios los viernes al mediodía provocan los suficientes decibelios. Madrid se merece estar, efectivamente y como decía ese falso titular, entre las ciudades más ruidosas de Europa, sino la que más.

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