Columnas

“¡Robin Thicke y Justin Timberlake son dos hijos de puta racistas!”

Y otras cosas sobre música popular que chillaré por la calle cuando sea homeless

Un experimento: adoptar la voz de alguien que no tiene nada que perder para decir todo lo que piensas sin autocensura. En boca de un homeless, escucharemos cómo los blancos han expoliado la música negra, y cómo ningún disco blanco superará jamás nada de John Coltrane. Lo dice Carlo Padial mientras te pide unas monedas en la calle.

Resulta deprimente el nivel de autocensura actual. Es asqueroso. Nadie se atreve a expresarse con libertad por miedo a perder su pequeña parcela de poder, por ridícula que sea, muchos ni siquiera se atreven a expresarse con sinceridad no tanto por lo que podrían perder (no tienen nada) sino por lo que no llegarán a conseguir de forma hipotética algún día si hablan de forma honesta y libre. La mayoría de gente hace y dice lo que se espera de ella, también las transgresiones están calculadas para conseguir un beneficio concreto, y son del todo previsibles y asimiladas al instante. ‘Transgresor’ es un adjetivo que siempre se utiliza para describir un tipo de cosas que jamás me interesan. La provocación tal y como se utiliza actualmente es una forma de autocensura más.

Por eso, estoy deseando ser homeless para poder decir lo que pienso de verdad. DE VERDAD. Sin contrastar mis opiniones, ni verificar mis datos en la Wikipedia. Dejarme llevar por un puro torrente de emoción irracional. Los homeless son los únicos que se expresan libremente, el precio que tienen que pagar es un poco alto: por un lado no tener dinero, por el otro dormir en la calle (con el riesgo evidente de ser apaleado o quemado) y tampoco parece muy agradable tener que llevar la ropa interior sucia por encima de los pantalones. Pero aparte de esto, no parece estar tan mal. Al menos, los mendigos son, a estas alturas del siglo XXI, el único colectivo libre (junto con las cuentas falsas de Twitter) para decir lo que piensan, aunque sea desde la psicosis y el delirium tremens provocado por el licor, cosa que no podemos decir la mayoría, que estamos coartados por el Súper Yo represivo creado por la generación más conservadora, cobarde, catatónica, triste y previsible de la historia reciente.

A medida que me voy haciendo mayor, me identifico más con la gente que habla sola por la calle, o con esos hombres de mediana edad con aspecto de científico despistado y cubierto de una extraña capa de polvo blanco, que rebuscan en las papeleras del metro.

"¿No sería divertido leer una columna escrita desde la lógica irracional de un homeless furioso, que chilla cosas, algunas sin sentido pero ciertas?"

Si yo fuera homeless, lo primero que haría, aparte de localizar cuanto antes los supermercados en los que venden la cerveza más barata, es gritar a los cuatro vientos que el rock hecho por blancos es un puto fraude, cagarme en la música popular blanca, en la música hecha por blancos, y en especial en la gentuza asquerosa (blanca) que de forma sistemática y desde principios del siglo XX roba descaradamente y sin ningún tipo de vergüenza a la música negra hecha por afroamericanos. ¡Es lo que haría! Estoy obsesionado con ese tema. En la actualidad, como no soy homeless, tengo que razonar mis opiniones, medirlas y atemperarlas, moderarme añadiendo que respeto a ciertos cantantes y músicos blancos. Que hay artistas musicales blancos que me merecen la mayor admiración, como Frank Zappa, Leonard Cohen o Joni Mitchell, pero si fuera homeless no tendría que hacer todo esto.

Podría pasar directamente a la parte sustancial, a la zona divertida, que es opinar alegremente, con pasión callejera, desde lo irracional, casi rozando el delirio. ¿No sería divertido leer una columna escrita desde la lógica irracional de un homeless furioso, que chilla cosas, algunas sin sentido, pero que no obstante son ciertas? ¿No sería increíble que un homeless escribiera artículos (o al menos alguien transcribiera sus gritos) en una revista de tendencias? Hacen falta más homeless-drama-queen en las revistas de moda.

Eso es lo que propongo para esta columna de hoy: expresarme como si fuera un homeless, de forma espontánea, desde la esquina, con la cerveza en la mano, chillando insultos a Justin Timberlake, Robin Thicke, Daft Punk y al resto de bandidos culturales que de forma sistemática expolian la música afroamericana desde hace mas de cien años.

Ya me veo, de pie, junto a la salida del metro, en la plaza Lesseps, hablando solo, entre toses y carcajadas, gritando que Robin Thicke es un racista encubierto por el sistema que roba lo mejor de otra cultura para lucrarse sin mirar atrás realmente, dejando a su paso los cadáveres de músicos negros arruinados cuya uña meñique del pie contiene muchísimo mas talento y soul del que tendrá él en su puta vida de farsante, de mono de repetición, la música hecha por y para gente blanca es un fraude, la música popular del siglo XX y lo que llevamos del XXI es la historia de un robo, de un expolio a la cultura afroamericana, una industria creada por el hombre blanco, una maquina de hacer millones (todavía hoy), manchada por la sangre de miles de artistas negros que nadie recuerda. El blues, el gospel, el soul, el rock, las raíces de toda la música popular son negras. En cambio, cuando se habla de rock and roll, todo el mundo piensa en Elvis Presley, cuando el verdadero rock lo representan Chuck Berry, Little Richard y gente ajena al rock, cuya actitud representa mejor al género, como Nina Simone, Charlie Parker, John Coltrane, Funkadelic, Sun Ra, Living Colour, Fishbone, the Last Poets, Public Enemy. Entonces, ¿por qué la gente escucha a Robin Thicke cuando puede escuchar a Marvin Gaye? “Porque me gusta”, dirán algunos idiotas. ¡Ja! Escuchan a Robin Thicke en lugar de a Marvin Gaye porque es lo que quieren que hagas. Igual que escuchan a Daft Punk en lugar de a Zapp. Hablo de la maquinaria. Quieren que consumas la copia blanca. ¿No te das cuenta? Y eres tan perezoso que ni tan siquiera te preocupas por saber de dónde sale eso.

"Toda la discográfica de Justin Timberlake es un robo a cara descubierta de Michael Jackson"

“Blurred Lines” es un plagio descarado de “Got to Give it Up” de Marvin Gaye, hecho con el consentimiento y la colaboración de un House negro [nota: término peyorativo para referirse a los esclavos que vivían dentro de la casa del amo, como Samuel L. Jackson en “Django Desencadenado”] llamado Pharrell. ¡No giréis la cara al salir del metro! ¡Miradme a los ojos! Toda la discográfica de Justin Timberlake es un robo a cara descubierta de Michael Jackson. Timberlake, Thicke, son la versión comercializada de una música arrinconada por el mercado. Porque la mayoría de blancos no ha escuchado nunca a Marvin Gaye, mas allá de la canción “Let’s Get it On”, que aparece en cincuenta mil películas, y “Ain’t no Mountain High Enough”, que aparece en otros tantos anuncios, y aunque lo hicieran probablemente no tendrían el oído suficiente para reconocer la superioridad del original. Marvin Gaye y Michael Jackson suenan mil veces mejor que esos marranos.

Quítate a los Arctic Monkeys de los auriculares y escucha esto: los únicos signos distintivos y originales de la música popular blanca son la decadencia, la arritmia, el plagio y la ñoñería seudo romántica típicamente inmadura propia de los cretinos que la interpretan, echemos un vistazo al pop británico, los mas grandes exportadores de música para niñatos nostálgicos de todo el globo. Los ingleses son tan torpes que casi parecen originales. Por supuesto, si toda esta música de mierda sobrevive es porque es mucho mas fácil de digerir (y de comercializar) que la música a la que están copiando, por eso lo llaman pop. Y como dice mi crítico musical favorito, Mr. Pringle’s, cuando haces pop ya no hay stop. ¿Tienes dos euros para una bolsa de patatas? Soy adicto al Tex-Mex.

"No deja de ser triste ver a grandes creadores como Nile Rodgers, o Charlie Wilson trabajando de comparsas para alimentar una maquina que les ha sido robada"

Vayamos a esta esquina, hablemos tranquilos, ¿tienes un cigarro? No te haré daño. Sólo quiero hablar de música. Retrocedamos atrás en el tiempo, hagamos un flashback, no tengo enfermedades venéreas, todavía. En ese sentido, lo que sucedió con la música disco de los años setenta y principios de los ochenta es un buen ejemplo de lo que trato de chillar/explicar en esta esquina de la red, las bandas de funk de la época eran demasiado autenticas, demasiado duras para el gusto del consumidor medio, es decir, blanco (hablo de ti), que tiende a sentirse amenazado cuando una canción contiene demasiado groove, así que ante el éxito del fenómeno de la música de baile rápidamente se buscó la manera de poner en circulación una versión edulcorada, descafeinada y monótona con melodías simplonas y pegadizas que pudieran bailar y disfrutar los que no pueden bailar nada. Por supuesto, al igual que pasa ahora con los Pharrell y los Timbaland del mundo, los negros no se quedaron al margen, tomaron posiciones, no tienen mas remedio que adaptarse a la situación del mercado, jugar el rol que les asignan las discográficas, bordeando el minstrel show, el rol de acompañante simpático y exótico, que aporta autenticidad al jefe blanco, llámese, Justin Timberlake, o quien sea. No deja de ser triste ver a grandes creadores como Nile Rodgers, o Charlie Wilson trabajando de comparsas para alimentar una maquina que les ha sido robada. Pero tú sabes cómo va esto. ¡No me mires así! ¡Te he dicho que no tengas miedo!

Y el que no se adapta a las normas ya sabemos como acaba, arruinado y casi viviendo en la calle, como George Clinton, Sly Stone, y un larguísimo ectera. La mayoría de la población mundial con poder adquisitivo es blanca, por lo tanto son ellos los que nos dictan lo que tenemos que escuchar, son ellos los que crean el estado de opinión, la critica, la gente que escribe sobre música (blancos) se han creído todo lo que les cuelan con un embudo, trabajan al dictado.

Para que te hagas una idea, en su momento hasta se creyeron que Björk era buena.

Por supuesto, no se trata de negros contra blancos. Esta claro que la cultura negra ha sido expoliada y es un crimen que tiene como base el racismo inherente en la sociedad, pero no es menos cierto que son muy pocos los artistas negros que saben como gestionarse. La mayoría de ellos se arruinan a las primeras de cambio, toman malas decisiones financieras, derrochan sus fortunas, dilapidan sus carreras con malas decisiones, etc. Tienen el talento, pero no siempre saben manejar la parte empresarial, política de la industria musical, por lo que las discográficas absorben su talento y en cuestión de dos o tres años los expulsan, los echan a la calle, en busca de la siguiente moda, de la nueva tendencia hot. Todavía hoy, los medios de comunicación siguen segregados, los medios dirigidos por blancos nos dicen lo que debemos escuchar, cuales son los 100 mejores discos del siglo XX, mientras los medios negros siguen subdesarrollados y en un ghetto cultural. ¡La mayoría de gente que tiene dinero para gastar sigue siendo blanca! ¡O son de otras razas, pero quieren adoptar el estilo de vida blanco que han visto en las películas, en Internet, y en la TV! Los medios que crean tendencia siguen dominados por blancos. No hace falta ser muy inteligente para ver que detrás de esta vejación constante subyace el racismo todavía presente en nuestras cabezas blancas, el miedo al hombre negro, sobre todo en Estados Unidos. Por suerte en Europa todo esto nos pilla muy lejos. Aquí la música negra sigue siendo una nota al pie, una curiosidad de recopilatorio navideño, de lista de Spotify exótica. Ver que la gente solo conoce a James Brown por “Sex Machine” y “I Feel Good”, o a Stevie Wonder por “I Just Called to Say I Love You” me pone frenético, es como para irse de España y trasladarse a vivir a Compton, un gueto de Los Ángeles donde probablemente un imbécil como yo no duraría ni cinco minutos. Hay muchas bandas en esos barrios. Pero no tengas miedo, no te vayas. Tenemos que hablar de Europa. De los gourmets europeos que creen conocer la música negra a través de una estrechez de miras escandalosa, que reducen y resumen las carreras de artistas extraordinarios, a una serie de álbumes imprescindibles que siempre son los mismos. Creen conocer a Funkadelic porque se han descargado “One Nation Under a Groove”. O a Public enemy porque cuando tenían quince años les gustaba “Fight the Power” y tenían una camiseta del grupo con las caras de Chuck D y Flavor Flav. Esta suele ser la misma gente que tiene en casa todos los discos de Amy Winehouse, o de cualquier otra petarda de las que construye una carrera a golpe de plagio.

Entiendo que tienes que irte, pero antes de marcharte, atiende: al llegar a casa escucha entero “A Love Supreme” de John Coltrane o el “What’s Going On” de Marvin Gaye. Cuando hayas acabado, intenta pensar en un disco hecho por blancos que sea mejor que ese. Y no me vale el “Pet Sounds”, de los Beach Boys. Si lo encuentras es que eres tonto, he perdido el tiempo contigo, más allá del tabaco que te he sustraído durante la conversación/monólogo, y te mereces lo que tienes, tu música mediocre, sin alma. Pero si reconoces esos discos de John Coltrane y Marvin Gaye como las obras insuperables que son, a partir de entonces entenderás de lo que hablo y a partir de ese momento cada vez que te mencionen a U2 te sentirás como yo, un marginado que habla solo en mitad de la calle, rodeado de fans de Bruce Springsteen.

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