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Rick Rubin, el productor que lo transforma todo en oro

Es posiblemente el productor musical más importante de los últimos 30 años. Repasamos la historia del hombre que sentó las bases del hip hop moderno, resucitó a Johnny Cash y no ha parado de coleccionar Grammys como si fueran rosquillas

Su trabajo con Beastie Boys, Jay Z, Slayer, Johnny Cash, Kanye West, Black Sabbath o Run-DMC han hecho de Rick Rubin uno de los productores fundamentales de los últimos 30 años de música popular. Aprovechando su involucración en “Yeezus”, es un buen momento para detenerse en los logros y méritos de su dilatada carrera profesional.

Cuando emergió el primer teaser de “Magna Carta Holy Grail”, muchos de los fans más jóvenes de Jay Z debieron preguntarse quién era ese tipo con pinta de vagabundo zen que escuchaba la música con los ojos cerrados estirado en un sofá. Al averiguar de quién se trataba y teclear su nombre en Google, probablemente lo primero con lo que se toparon es que ha sido uno de los principales artífices del sonido de “Yeezus”. ¿Un tipo de mediana edad y barba de Gandalf implicado en los dos discos de hip hop más importantes del año? Nada nuevo bajo el sol. Para la mayoría de productores actuales, que Kanye West acuda a tu auxilio para terminar su última obra maestra o que Jay Z busque tu aprobación aún sin haber movido un dedo en la gestación de su nuevo disco sería un hito. Pero para Rick Rubin es el pan de cada día. La punta del iceberg de una carrera que le ha encumbrado como el productor más reputado de los últimos 30 años (dentro del hip hop y fuera también).

Rubin nunca fue bueno con ningún instrumento. Su experiencia como músico se limita a su paso por la banda punk The Pricks, cuyo mayor logro fue ser expulsada del CBGB tras pelearse con el público durante una actuación, y la fundación de HOSE, un combo art-punk que pasó con más pena que gloria por el underground americano. Esta falta de destreza se hace extensiva a sus casi nulas nociones técnicas; aún hoy, él mismo reconoce no saber manejar los botones de una mesa de mezclas. Y aún así, estamos hablando del hombre que sentó las bases del hip hop moderno, que resucitó a Johnny Cash de sus cenizas y que ha coleccionado Grammys produciendo a artistas tan diversos como Neil Diamond, Dixie Chicks, Red Hot Chili Peppers, Weezer o Slayer. Lo que en otros productores se considerarían requisitos mínimos, para él son elementos superfluos. Rubin lo ha fiado todo a los intangibles. Siempre ha tenido un instinto, un oído y una clarividencia sobrenatural. Y de ello ha hecho su bandera.

La profunda huella de Rick Rubin en la música popular de las tres últimas décadas empezó a perfilarse en 1982 en una habitación de la residencia de estudiantes de la New York University. Lejos de frustrarse por sus pocos progresos en el manejo de la guitarra, Rubin tomó prestados 5.000 dólares de su madre y fundó Def Jam para poder dar salida a sus grabaciones con HOSE. A pesar de que el primer EP de la banda fue moderadamente bien recibido por la crítica, pronto todo su interés se volcó en la entonces incipiente cultura hip hop neoyorquina. Se asoció con el productor discográfico Russell Simmons y, a base de moldear los talentos de jóvenes como LL Cool J, Jazzy Jay, Beastie Boys o T La Rock, le cambió la cara al estilo para siempre.

Antes de la irrupción de Rubin y Def Jam, las grabaciones comerciales de hip hop estaban lejos de capturar la crudeza que transmitía el estilo en las calles. Los primeros clásicos del género solían consistir en la repetición de samples de disco o R&B sobre los que rapeaba el MC –sirvan los seminales “The Breaks” de Kurtis Blow o “Rapper's Delight” de Sugarhill Gang como ejemplos–. Esta manera de construir las canciones, sin embargo, contrastaba con lo que se podía escuchar en los clubes, donde los DJs preferían recortar las canciones y encadenar diversos breaks de percusión para que los bailarines tuvieran más oportunidades para mostrar sus habilidades. Fascinado por la energía que transmitía esa manera de pinchar, Rubin decidió aplicar la misma receta en el estudio.

"La clave de su sonido fue exprimir al máximo una herramienta por entonces novedosa como la caja de ritmos Roland TR-808"

Su primera producción de hip hop fue el single “It's Yours” de T La Rock y Jazzy Jay. Además de ser el primer lanzamiento que apareció con el logo de Def Jam, fue el primero en incluir la coletilla “Reduced By Rick Rubin”, una expresión que resumía perfectamente su estética. Para esquivar la tradición –eso es, el sonido de una banda tocando en vivo–, el productor decidió quedarse únicamente con los elementos indispensables; una caja de ritmos y la voz. La clave de su sonido fue exprimir al máximo una herramienta por entonces novedosa como la caja de ritmos Roland TR-808. Construyó el ritmo a base de apilar muestras de un mismo sonido moduladas en frecuencias distintas. El bombo, por ejemplo, contenía una muestra poderosa en subgraves, otra que abarcara las frecuencias medias y otra de un sonido mucho más afilado. Aplicando la misma receta a cajas y hi-hats, daba con ritmos extremadamente poderosos pero que, al no contener sintetizadores o bajo, dejaban mucho espacio para las voces y efectos como los scratches. Esa técnica no solo fue una revolución en su momento, sino que se convirtió en uno de los recursos de más largo recorrido en la historia de la producción hip hop. Ahí está la presencia que sigue teniendo la 808 en los hits actuales para corroborarlo.

El hecho de tener el control absoluto sobre las herramientas y no depender de la repetición de samples, permitía ser mucho más flexible a la hora de dar forma a las canciones. Así fue como, mientras trabajaba en el álbum de debut de LL Cool J –otro de los nombres clave en los primeros pasos de su carrera–, Rubin empezó a sugerir al rapero que amoldara sus letras en estructuras clásicas de puente-estribillo. Por primera vez, los raps dejaban de ser freestyles sobre un beat constante para tomar forma de canción. Un paso adelante que acabaría transformando la manera en que el hip hop era percibido por el gran público. “Radio”, el primer disco de LL Cool J, fue el gran punto de inflexión. El revolucionario enfoque de Rubin, centrado en canciones más cortas y concisas, mucho más cercanas al concepto clásico del pop –no en vano, Rubin ha afirmado que la idea probablemente surgió de su obsesión con la perfección pop de los Beatles–, hizo que el sonido fuera mucho más apetecible para las radios. Esta nueva exposición permitió que el disco se convirtiera en uno de los primeros grandes éxitos comerciales del hip hop, sembrando el terreno para la conquista del mainstream que llegaría años más tarde.

Otra de las grandes vuelcas de tuerca que introdujo Rick Rubin en sus primeros años como productor fue la fusión del hip hop con otros estilos, especialmente el rock. Gran culpa de ello la tuvieron tres chavales blancos de clase media-alta que se hacían llamar Beastie Boys. Habían empezado siendo una banda de hardcore-punk pero Rubin, al que habían conocido cuando le contrataron para que fuera el DJ en sus conciertos, les reclutó para Def Jam y les convenció de que se pasaran al hip hop. En 1986, tras dos años de trabajo en el estudio, vio la luz “Licensed to Ill”, el álbum de debut del trío y otro de los discos que puso patas arriba la concepción clásica del género. Su estructura fragmentada, sus collages de samples rockeros y colaboraciones como la Kerry King de Slayer dotaron al lenguaje hip hop de una complejidad desconocida hasta la fecha. El disco fue un éxito de ventas sin precedentes, convirtiéndose en el primer disco del estilo en llegar al número 1 y certificando definitivamente el infalible olfato de Rubin para aunar méritos artísticos y potencial comercial. Por aquel entonces, el productor tenía 23 años y seguía operando desde su habitación en la residencia de la NYU.

Paralelamente a la llegada de “Licensed to Ill”, Rubin ideó otras de sus jugadas maestras, esta vez con Run-DMC como protagonistas. El trío de Queens había reclutado al productor para producir su tercer disco, “Raising Hell” y, con el álbum prácticamente acabado, Rubin tuvo la idea de versionar el “Walk This Way” de Aerosmith. La idea inicial era que Run y DMC rapearan sobre un sample de la canción, pero Rubin insistió para que fuera una cover propiamente dicha y consiguió que Steven Tyler y Joe Perry participaran en la misma. El resultado no solo acabaría convirtiéndose en uno de los mayores éxitos de la historia del grupo sino que, gracias a tender puentes con el rock, jugó un papel capital en la consolidación del hip hop en el panorama musical americano. El videoclip de la canción funciona como perfecta metáfora de lo que significó. Empieza mostrando a las dos formaciones ensayando en salas contiguas separadas por un muro. Aerosmith empiezan a tocar la canción pero, en el momento que Tyler tiene que cantar, son los MCs quienes toman la palabra. En un primer momento la formación de rock se muestra contrariada pero para cuando ha conseguido derribar el muro que les separa Tyler se une a ellos en el estribillo. Al final, ambos grupos acaban juntos en el escenario, con las Adidas de Run y DMC compartiendo planos con las melenas de Tyler y Perry. “Esa canción permitió que gente que no entendía la música rap pudiera escucharla en un formato que no les era tan extraño, ayudando a que muchos de los que pensaban que el hip hop no era música ataran cabos”, recordaba el propio Rubin en XXL.

"“Reign In Blood” de Slayer fue su primera gran producción al margen del rap y se acabó convirtiendo en uno de los discos de thrash metal más influyentes de todos los tiempos"

A finales de los ochenta, con veinticinco años, Rubin ya era toda una institución del hip hop, pero antes de que finalizara la década el productor decidió cambiar de rumbo para alcanzar hitos mayores. En 1988, poco después de de haber ejercido de productor ejecutivo del “It Takes A Nation Of Millions To Hold Us Back” de Public Enemy, Rubin y Russell Simmons se enfrentaron por la dirección que debía tomar el sello y decidieron seguir sus caminos por separado. Rubin se mudó a Los Ángeles, vivió durante nueve meses en el Chateau Marmont y puso en marcha un nuevo sello, Def American. Lejos de acomodarse en el hip hop decidió olvidarse del estilo y centrarse en el rock duro, fichando a bandas como Slayer, Masters Of Reality o Danzig.

Este cambio de dirección pudo desconcertar a aquellos que le tenían como el máximo preceptor del rap, pero las barreras entre géneros nunca han tenido sentido en la visión de Rubin. Ya en 1986, en la cúspide de su actividad como productor de hip hop, había producido el “Reign In Blood” de Slayer. Fue su primera gran producción al margen del rap y se acabó convirtiendo en uno de los discos de thrash metal más influyentes de todos los tiempos. Hasta ese momento, las bandas de metal extremo habían hecho de la velocidad y el volumen mastodóntico sus principales señas de identidad. Sin embargo, la gran mayoría de discos del estilo habían sido grabados con presupuestos y equipos precarios, lo que implicaba un sonido extremadamente lo-fi. Para evitarlo, Rubin reclutó al reputado ingeniero Andy Wallace y le dio instrucciones precisas sobre qué era lo que quería oír. Una de las principales directrices fue que evitara el uso de reverb, algo que acabaría convirtiéndose en una de las grandes señas de identidad de su filosofía sonora. Este enfoque, la pericia de Wallace con las mezclas y el uso de equipamientos de calidad muy superior de la que habitualmente tenían acceso las bandas del estilo permitió que Slayer alcanzaran un sonido de una claridad y definición hasta entonces desconocida en el género.

Más allá de las innovaciones técnicas o de su influencia en el proceso creativo –esta vez no intervino en la composición de las canciones–, su papel fuera del estudio también fue clave para llevar “Reign In Blood” a buen puerto. CBS, hasta entonces la distribuidora de Def Jam, se negó a comercializar el disco debido a su contenido lírico. Lejos de acatar la decisión Rubin, se enfrentó al sello y firmó un acuerdo con Geffen para que se encargaran de distribuir el disco. Todo ello, sin que la banda llegara a saber que había surgido el problema. Esta manera de actuar pone de manifiesto dos de los rasgos de personalidad que le han acompañado a lo largo de toda su carrera; su negativa a que prácticas de las grandes corporaciones interfieran en el proceso creativo y su ausencia de prejuicios ante los contenidos teóricamente ofensivos. No en vano, años más tarde acabaría enfrentándose al propio David Geffen por la edición del álbum homónimo de The Geto Boys. El disco incluía letras cargadas de asesinatos, misoginia o necrofilia. Geffen se negó a distribuir el disco y Rubin se plantó. Acabó despedido pero permaneció al lado del grupo y firmó un acuerdo con Warner para sacar adelante el disco.

Su implicación con los artistas es tal que, a menudo, los invita a instalarse en The Mansion, una casa-estudio que posee en Hollywood Hills. Construida en 1918, cuenta la leyenda que ahí vivió Harry Houdini y muchos de sus huéspedes han afirmado haber experimentado experiencias sobrenaturales en ella. A pesar de que Rubin ha estado fascinado por la magia desde pequeño, la razón por la que decidió hacerse con esa casa aparentemente embrujada fue los buenos resultados que le dio grabar ahí con Red Hot Chilli Peppers.

"Rubin alentó a la banda a reinventar su sonido, olvidasen las limitaciones de su paleta primigenia –fusión de metal, rap y funk– e incorporaran un giro melódico y mucho más lírico a su música"

En 1991, la banda de Anthony Kiedis buscaba un espacio fuera de lo convencional para grabar lo que iba a ser su quinto álbum de estudio. Rubin, a quién el grupo había recurrido para que produjera el disco, sugirió una misteriosa casa en el 2451 de Laurel Canyon Blvd. El productor mandó construir un estudio y se instaló ahí junto a la banda. Para que pudieran dedicarse al completo a componer y grabar, Rubin incluso contrató a un chef de confianza para que cocinara para ellos. En ese contexto inmersivo, Rubin alentó a la banda a reinventar su sonido. Su objetivo era que olvidasen las limitaciones de su paleta primigenia –una suerte de fusión de metal, rap y funk– e incorporaran un giro melódico y mucho más lírico a su música. En contra de lo que dictaba la moda de las grandes producciones de la época, Rubin propuso un sonido mucho más limpio –libre del exceso de reverb y de efectos como el slapback delay–, cuya potencia radicaba en la cohesión de ritmos y texturas más que en la distorsión de las guitarras. La clave del proceso, sin embargo, fue cuando Rubin se fijó en un poema de Anthony Kiedis sobre las consecuencias de su adicción a las drogas y animó al grupo a ponerle música. El resultado fue “Under The Bridge”, la canción que catapultó a la banda al éxito masivo y pieza central de “Blood Sugar Sex Magik”, aún hoy considerado uno de los discos seminales del rock alternativo de los noventa.

A principios de la década de los noventa Rick Rubin ya era el productor más solicitado de la industria, pero el mayor hito de su carrera aún estaba por llegar. Cuando Rubin entró con contacto con Johhny Cash en 1993 la leyenda del country estaba en el punto más bajo de su carrera. La vieja guardia de Nashville le había dejado de lado y el público rock que le había descubierto a finales de los sesenta se había olvidado de él. Columbia había rescindido y había recalado en Mercury, donde firmó una serie de álbumes mediocres. Con Cash al borde de la retirada, Rubin entró en escena y le propuso fichar por su recién renombrado sello American Recordings –poco antes había oficiado un funeral para la palabra Def cuando esta entró en el diccionario–. Cash aceptó y Rubin logró lo que parecía imposible; no solo le hizo renacer de sus cenizas sino que le convirtió en un icono para una nueva generación.

La solución fue, una vez más, aparentemente simple; grandes canciones y el envoltorio que mejor se adaptara a las características de Cash. El cantante siempre había estado convencido de que su voz funcionaba mejor con arreglos minimalistas y ello le había granjeado no pocos enfrentamientos con productores. Rubin optó por llevar la idea al extremo y acompañó la cavernosa voz del cantante únicamente con una guitarra acústica. Así nació “American Recordings”, el primer gran éxito de Cash desde los sesenta y el disco que relanzaría su carrera hacia una nueva dimensión. Dos de las grandes claves de que el álbum llegara al público joven fueron el repertorio escogido, que incluía versiones de Tom Waits o Nick Lowe, y el vídeo de “Delia's Gone”, co-protagonizado por Kate Moss y emitido hasta la saciedad en MTV. Ambos fueron idea de Rubin.

"Rubin supo capturar la esencia del potencial interpretativo de Cash y revelar su capacidad para dotar de una profundidad y solemnidad a las canciones, fueran del tipo que fueran"

La relación entre Rubin y Cash se alargó hasta la muerte del cantante en 2003, dejando tras de sí cinco álbumes y una caja recopilatoria que se cuenta entre uno de los conjuntos de grabaciones más reverenciados de las últimas décadas. Todos ellos fueron éxitos comerciales y fueron condecorados con diversos Grammys pero, más importante que esto, sirvieron para definitivamente elevar a Cash al Olimpo de la música americana. Rubin supo capturar la esencia del potencial interpretativo de Cash y revelar su capacidad para dotar de una profundidad y solemnidad a las canciones, fueran del tipo que fueran, solo al alcance de los más grandes. Sus versiones de éxitos tan diversos como “Personal Jesus” de Depeche Mode, “One” de U2 , “Hurt” de Nine Inch Nails o “Mercy Seat” de Nick Cave fueron hitos que, en muchos casos, superaron a las grabaciones originales. Al fin y al cabo, eran canciones sobre el dolor, las adicciones, el amor, el miedo, la vida y la muerte. Sentimientos con los que Cash había convivido a lo largo de su tormentosa vida y que Rubin logró que transmitiera al público como nunca antes lo había hecho.

Más allá del legado musical, la unión entre ambos sirvió para reforzar la dimensión espiritual de Rubin. Nacido judío pero sin convicciones religiosas, Rubin tomó la comunión junto a Cash cada día durante los meses finales de su vida. Tal y como explicó al NY Times, incluso tras la muerte del cantante Rubin seguía escuchando las bendiciones de Cash si cerraba sus ojos: “era como escuchar una canción que amas. Estaba ahí, conmigo”.

La espiritualidad siempre ha jugado un papel importante en el modo que Rubin afronta la vida y la música. Medita prácticamente a diario y su manera de escuchar música es cercana a la un trance; siempre con los ojos cerrados, a menudo estirado y balanceando su cuerpo al compás del ritmo. En una pequeño documental para Nowness, comparaba el proceso creativo detrás de la música con distintas manifestaciones de la naturaleza, afirmando que su objetivo cuando produce música es acercarse a la perfección con la que las olas llegan a la playa. Esta dimensión mística con la que observa la música hace que, muchas veces, sus respuestas no se sustenten en apreciaciones técnicas o en argumentos racionales. Simplemente siente cuando algo funciona. “ No pulso botones ni toco los mandos. No tengo habilidades técnicas ni nada que se le parezca. Pero estoy ahí cuando el artista necesita que esté ahí. Mi principal activo es que sé cuando algo me gusta o no. No estoy ahí para cogerles de la mano o hacer de niñera, pero si estoy ahí cuando hay que tomar decisiones creativas clave”, declaró al New York Times en 2007. Y suele estar tan convencido de sus opiniones que el artista no puede más que seguirle.

La clave de su método no solo está en las respuestas, sino en las preguntas. Aún sin ser partidario de forzar a tomar determinadas direcciones a los artistas con los que trabaja, siempre busca actuar a modo de espejo para que trasciendan la propia visión que tienen de ellos mismos. Esto es lo que le hace tan valioso para artistas que buscan dar un giro a su carrera. El caso de Cash es el más paradigmático, pero algo similar logró cuando produjo el “12 Songs” de Neil Diamond. En la fase inicial del proyecto, invitó al legendario cantante a que repasaran juntos algunas de sus mejores canciones de los sesenta y los setenta, algo que, en primera instancia extrañó a Diamond. Lejos de recrearse en la nostalgia, lo que buscaba Rubin era que el cantante volviera a tomar contacto con lo que fuera que había motivado esas canciones primigenias. Como siempre, funcionó; el disco se convirtió en el trabajo más aclamado de Diamond desde los setenta.

En 2003, poco antes de la muerte de Cash, Rubin había regresado al hip hop por primera vez en muchos años para producir “99 Problems” de Jay Z. Hova tenía planeado retirarse y quería incluir una canción que le recordase a sus primeros años como consumidor de hip hop. Sus raíces estaban en las producciones neoyorquinas de Rubin y le pidió al productor que hiciera algo que recordara a la crudeza de sus trabajos con Beastie Boys. Para ello, juntó un riff de guitarra y el sample de batería de “The Big Beat” de Billy Squier, todo un clásico en las producciones de los ochenta. El resto es historia. La gestación de la canción, además, dejó para la posteridad una grabación de las sesiones de estudio que se incluyó en el documental “Fade To Black”. En ella, Jay Z hace un retrato de las particularidades de Rubin con frases para el recuerdo como “estábamos grabando hardcore rap en el sótano y en el piso de arriba había unos tipos ensayando un concierto para la libertad del Tíbet. ¿Cuándo fue la última vez que viste un bisonte en el estudio de un productor?”

Este amago de regreso al hip hop fue solo un alto en el camino antes de embarcarse en retos aún desconocidos para él. En mayo de 2007, con la crisis discográfica en fase galopante, Columbia le fichó como co-director para que intentara reflotar la compañía. Rubin siempre había recelado del entramado corporativo y entre sus condiciones para aceptar la oferta figuraban no tener que pisar una oficina y no tener ningún número de teléfono asociado al sello. Estas demandas, sumadas a su clásico uniforme de camiseta blanca, pantalones cortos y sandalias, le convierten en el más improbable de los directivos, pero, al fin y al cabo, Sony –propietaria de Columbia– no estaba fichando a un trabajador sino que buscaba disponer de su legendario olfato para señalar el camino correcto. Desde el punto de vista estrictamente musical, los frutos de la relación fueron un tanto discretos. Aún así participó en el mayor éxito de la compañía en muchos años, siendo uno de los productores principales del “21” de Adele. Su privilegiada posición, sin embargo, si le sirvió para que algunas de sus convicciones tuvieran un alcance mucho mayor del que nunca hubiera imaginado. Bajo su mando, y en consonancia con sus inquietudes medioambientales, Columbia fue el primer sello en dejar de utilizar plástico en las carcasas de los CDs que comercializa.

Rubin dejó Columbia en 2012 y desde entonces pasa sus días produciendo en los legendarios Shangri-La Studios, que adquirió en 2011. Construido por The Band en 1976 y situado en un bucólico enclave de Malibú, se trata de uno de los espacios de grabación más mitológicos de Los Ángeles. Ahí vivió Bob Dylan –uno de los antiguos propietarios–, se filmó el documental de “The Last Waltz” de Marin Scorsese y Eric Clapton grabó sus mejores trabajos. Recientemente, fue donde Adele grabó “21”. Pero más allá de su imponente historia, las razones que llevaron a Rubin a comprarlo fueron casi esotéricas. “Siempre he pensado que hay una cierta magia que habita en determinados estudios. Hay alguna razón por la que se sigue grabando buena música en ellos. Es algo así como un elemento de mojo”, explicaba recientemente a Daily Beast. Otra de las razones podría ser su localización a orillas del Pacífico, donde practica paddle-surf a diario. Una afición que, unida a una dieta extra-proteica, le ha llevado a perder más de 60 kilos. El sol mantiene su piel bronceada y sus horas encima de la tabla han llenado su barba grisácea de reflejos rubios. Vive en una mansión que rezuma karma new age y ha transformado sus costumbres para abrazar la vida sana. Su existencia es idílica, pero esta paz no ha afectado a su instinto. Este año, sin ir más lejos, ha logrado la hazaña encadenar dos números unos en la lista Billboard con “13” –el sorprendentemente convincente regreso de Black Sabbath– y “Yeezus”. Para cualquier otro productor fantasear con eso sería una osadía. Para él, una vez más, un año cualquiera.

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