PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

¡¿Dónde demonios está la Revolución Twee?!

H

 

Bienvenidos al enésimo timo del Mundo de las Tendencias

Óscar Broc

03 Octubre 2014 12:05

Modernillos de Mierda es una rapaz paciente y observadora. Un cernícalo que jamás se cernirá sobre el roedor hasta que este no haya mostrado todas sus cartas y agotado sus truquitos. Ha valido la pena dejar que muera septiembre para certificar que el Nuevo Orden Modernillo Twee, anunciado con alnafires sarracenos por todo el periodismo cool en pleno mes de agosto, no era más que otra memez de la densidad de la papada de Pepe el Marismeño. ¿Dónde está ese batallón de twees que venía a arrancar la costra hipster? Estamos en octubre y el cambio de era del que se hicieron eco todos los medios no llega. ¿Han perdido el autobús o algo? ¿Algún twee en la casa?

El Mundo de las Tendencias, esa entidad maligna que jode mentes y aborrega lectores en cadena, ese vertedero pestífero al que trataré como una abstracción viva y autoconsciente, el puto Mundo de las Tendencias, decía, descubre el libro “Twee: the gentle revolution in music, books, television, fashion and film” de Marc Spitz y encuentra un clavo ardiendo al que aferrarse en un verano escaso de noticias. Hay hambruna de clics, el hipster ya no vende y el libro es un caramelito porque ofrece titulares, vaya si los ofrece. Gordos, llamativos, in your face, que es lo que mola ahora. Nadie se detiene a pensar si lo que dice el infumable libraco tiene el más mínimo fundamento; tanto da si el autor se lo ha dictado por teléfono a un mono tití encadenado a una Remington. Tenemos revolución cultural y punto, joder.  

El asunto es que, por alguna razón insondable, una mano negra a la que llamaremos Marc Spitz asume que los twees son los nuevos hipsters (sic), los medios especializados yanquis soplan la flauta travesera parapetados en el manuscrito del periodista, e infinidad de notarios del coolness patrios se ponen a bailar al son de la melodía. En El País Semanal hablan de la muerte del hipster y el advenimiento del twee y, a partir de ahí, se precipita el borbotón periodístico español producto de la inercia: todos los portales cool comienzan a sablear el artículo. Toca llenarse la boca. ¡El hipster ha muerto, España, que no estás al día! Lo dice Marc Spitz, un tío que no conocemos de nada y de cuyo libro no hemos leído ni la solapa, pero nos da igual. ¡Revolución gorda!

Mire usted, pues no. No a ultranza. La fiebre twee ha durado lo mismo que un adolescente virgen en manos de Mariló Montero: visto y no visto. Ha sido uno de los inventos más charangueros e insustanciales del Mundo de las Tendencias en años, una nueva postal con demasiado Photoshop que, por obligación gubernamental, debería presentar un Post-it con la advertencia: “esta parida se autodestruirá en cinco segundos”. Detrás de la hinchazón sensacionalista y los titulares que daban por hecha una nueva revolución juvenil, solo hemos encontrado pis rancio y mendrugos de pan seco para las palomas: si lo analizamos fríamente, el twee redimensiona por completo el concepto gilipollas hasta conferirle una dimensión cósmica. No es creíble. Vaya que nació muerto y remuerto, si es que alguna vez existió. Un puto fantasma.   

Dos nombres, Wes Anderson y Zooey Deschannel, han bastado para inspirar toda una mitología twee que, según los épicos titulares iba a hacer jirones el sistema de creencias hipster. A vista de guacamayo, el twee es un hipster pasado por un filtro absurdo que le convierte en un engendro a medio camino entre un indie tontaina sensiblero y un miembro de las juventudes del Opus Dei; un jovenzuelo tímido, pulcro, afeitado, neutro y educadísimo que rehúye el postureo hipster, lo suyo es el antipostureo. Y lo más lamentable es que lo hace no tanto por el rencor que pueda sentir hacia los barbudos ególatras con fixed, como por la infantilización de hostia bien dada que aplica al mundo que le rodea.

Para el twee la auténtica revolución es ser ñoño, comer galletas con jengibre, perseguir pajaritos, entusiasmarse con la vida, colgar fotos en Instagram con amigos risueños y guitarras acústicas, desayunar huevos ecológicos en locales luminosos con posters de “Blow-Up” y música de Belle & Sebastian. …. Efectivamente, la carga de grima y repelús es insoportable. Desde el creador los anuncios de Mediterráneamente, no veía a alguien pedir a gritos y con tanta insistencia un Minipimer en el cerebro. El twee, en definitiva, es tan perfectamente odiable que resulta imposible atribuirle la más mínima espontaneidad: ha salido de un laboratorio. Un laboratorio que nos toma a todos por gilipollas, por cierto. 

Parece una broma de mal gusto que la revolución cultural definitiva, la que Spitz compara con el punk y el hip-hop antes de eyacular sobre el teclado y bailar una polka con un mapache en la cabeza, esté comandada por clones de Elijah Wood que ponen la otra mejilla, no levantan la voz, escuchan folk con sentimientos, saludan a los abuelitos, dibujan gatos en servilletas y se bañan en la concordia día sí día también. Unos tipejos que, según Spitz, hunden las raíces de su infantilismo hasta la mismísima época dorada de Walt Disney. Por eso parecen habitar un plano dimensional de tonadillas amables, aves cantarinas, conejitos parlanchines y jovialidad al límite. Por eso se revelan como hipsters tuneados por el sistema para liderar la era de la corrección política. La idea que el Mundo de las Tendencias tiene de un seísmo juvenil es esta, amigos: un insípido ejército de gente neutra y asquerosamente cordial que no molesta ni se molesta. La peor pesadilla imaginable. 

Tenía entendido que las revoluciones juveniles, el rock’n’roll, el punk, el hip hop, se forjaban en un caldo primigenio a pie de calle, nunca en los despachos de algún publicista de Brooklyn enganchado a la nieve boliviana. A partir de ahora, así es como funcionan las nuevas olas culturales urbanas, al dictado de una maquinaria industrial que las viste y domestica a su medida. El Mundo de las Tendencias es ahora quien tiene la última palabra en materia de tribalismo urbano, pero el Mundo de las Tendencias es torpe, lelo, algo retrasado; joder, no tiene ni puta idea de jugar sus cartas. Ya pisó mierda con el hipster y todavía hoy está intentando sacarse los grumos de excremento de la suela del botín. Porque el hipster es a los modernillos lo que Bin Laden a la CIA: ellos crearon el monstruo y el monstruo se ha vuelto un problema. Tanto, que los intentos a la desesperada por sustituirle, ofreciendo apresuradamente a la juventud nuevas directrices de consumo y comportamiento, se quedan en patochadas, chapuzas, buñuelos; titulares que atraen clics, pero cuyos enunciados están destinados a deshincharse rapidísimo y con pedorreta, como un globo en un guateque, como todo hype.      

Pulir al hipster: despojarle de la ironía y el ego, mitigar su exhibicionismo hasta convertirlo en discreción máxima, convertirle en un ser invisible, domesticar sus prejuicios. Conseguir un perfil juvenil que no cuestione el siglo XXI, que lo abrace, lo acurruque y le dé las gracias  por todo. La bondad por delante. La sonrisa antes que el haterismo. Opiniones tibias para agradar a todos los colectivos. Cero selfies. Cero humor negro. Muchas fotos de desayunos cucos, gatos. Ah, y conciencia ecológica de verdad; nada que ver con el postureo gastronómico hipster. Así hasta el infinito.

En plena era del Caos, cuando es más necesario que nunca estar cabreado, odiar y patear culos, la respuesta no se encuentra en un rebaño de ovejitas que viven en el Hotel Budapest y se portan muy pero que muy bien. La nueva chapuza del Mundo de las Tendencias ha engañado a los medios afines, pero no a al resto del mundo: la gran revolución twee pronosticada a grito pelado por los oráculos de la moda se ha evaporado como nieve bajo una meada y ha puesto en evidencia el auténtico papel de los medios, timoratos de pro que se dejan engatusar fácilmente cada vez que alguien proclama la llegada de una nueva era.

Dejemos de hacer el ridículo, por favor. Ya no es posible substituir al hipster porque se ha atomizado. Porque hace tiempo que dejó de ser una pústula fácilmente discernible y se convirtió en un virus imparable. Porque los movimientos juveniles no son apacibles. Y no los avanzan las marcas, publicistas, influencers, bloggers, it girls y columnistas de moda. Los movimientos juveniles solo los creas y los destruyes tú. Say you want a revolution.  

share