Columnas

Res-Akh-Ul y los 8 tentáculos de la bestia

Sobre la resaca física (RF) y la metafísica (RM): un diagnóstico práctico

Kingsley Amis afirmaba que la resaca es “un camino privilegiado hacia el autoconocimiento y la autorrealización”. ¿Será cierto?

"I feel like a pig shat in my head" Withnail & I (Bruce Robinson, 1987)

Oh, Dios: tengo que escribir un artículo sobre la resaca, y tengo resaca. Qué asquerosamente previsible. En momentos así me veo obligado a contradecir al maestro Kingsley Amis, cuando en su libro Sobre beber (Malpaso, 2014) afirma que la resaca es “un camino privilegiado hacia el autoconocimiento y la autorrealización”. ¿De veras? A mí, en estos momentos, solo me parece el camino privilegiado hacia un sepelio prematuro. Así que, si me permiten, saltaremos toda la parte que anticipa la resaca. Es decir: el beber, aunque sea la única sección gozable de este indecente asunto. Me duele horrores la cabeza y no tengo tiempo que perder. Además, si ustedes no son menores de catorce ya deberían haber extraído sus propias conclusiones sobre cuándo, cómo, por qué y con quién beber. No puedo hacerlo todo yo, caramba.

A título personal solo puedo decirles que sufro un resacón que me ha dejado el cuerpo como el atolón de Bikini post-nuclear. La razón por la que me siento de este modo es que litros de alcohol corrieron por mis venas, mujer, y quisiera añadir que no tengo problemas de amor, y que lo único que pasa es que estoy loco por privar, etc. Un amigo de Sant Boi cumplía ayer la cuarentena y, buscando hacer proverbial leña del árbol caído, decidió ejecutar el modo Orgía Insensata para olvidar su decrepitud, melancolía y voluntad de inmolación. Por supuesto, sus igualmente decrépitos amigos decidimos acompañarle en su desazón como un solo hombre. Y lo hicimos de la única forma que sabemos: palmeando su espalda con contundencia, alzando la voz, farfullando lugares comunes sobre cómo el amigo “mejora con la edad, como el buen vino” y reclamándole más tickets para beber gratis. Por fortuna, en este artículo no me corresponde hablar sobre lo que sucedió ayer, porque lo cierto es que no recuerdo ni jota más allá de los ensordecedores berridos de “CHUPITOS, CHUPITOS” y que —pese a estar rodeado de acres de sabrosa pitanza— no ingerí otra cosa que un cacahuete remullit y unas cuantas rodajas de naranja con canela (¿?) que el ladino barman no cesaba de sumergir en mis coscorrones. Tequila, naranja y canela: Cinnamon Girl, lo definió él con su invitante carraspera, aunque lo cierto es que era el viejo venenazo de toda la vida, y que podría haberse llamado Iron Maiden Run To The Hills y yo lo habría engullido con el mismo rictus de feliciano simplón.

Así, hoy me siento inestable, estimados lectores. Raro. Enfermo. Espeso, como si —en efecto— un cerdo hubiese defecado en el interior de mi cráneo. Pues el alcohol, ya lo aseguraban los viejos moralistas pro-sobriedad forzosa, es un veneno, y en estos momentos no soy más que un organismo primitivo luchando por desembarazarse de la ponzoña que le fue inoculada a traición. Como en las pelis de aventuras, cuando a un fulano con tez cadavérica le tienen que chupar la toxina de mamba negra en mitad de la espesura. Así estoy: faz amarillo-turquesa, sudor glacial e incontrolables espasmos musculares. Una resaca “de capitán general”, decía el viejo Amis, que de estas cosas sabía un rato (en sus últimos años de vida no hizo otra cosa que beber y sufrir resacas, y de vez en cuando pergeñar una columnilla que versara sobre ambas cosas).

A Amis le debemos también la doble definición de Resaca Física (RF) y Resaca Metafísica (RM), dos sintagmas la mar de útiles cuando conviene dirigir a los señores del desfibrilador en pos del diagnóstico adecuado. Podríamos descomponer ese migrañazo after-etílico en muchas subdefiniciones; pues, aunque la resaca es una sola, suele presentarse con ocho tentáculos. Como una monstruosidad lovecraftiana.

1) La Zozobra en Alta Mar: Dícese de la dolencia post-alcohólica que consiste en estar mareado a perpetuidad, como si navegáramos sobre una cáscara de nuez a merced del embravecido mar. Es curioso que llamemos “resaca” a la resaca, un término marino que define el oleaje que se gesta en la orilla y retrocede hacia el mar. La resaca mareante es así: una inversión de los términos por el cual un hombre solo puede hallar un cierto respiro yaciendo, exangüe, en espléndida simulación de la catalepsia, y sin pronunciar palabra más allá de un angustioso y apagado ghghghghg ocasional. La oceanografía nos explica que “el peligro real de las corrientes de resaca no es el ser arrastrado por ellas mar adentro, sino la forma en que la persona reacciona”. En efecto, el peligro de la resaca estriba en reaccionar de la única forma en que parece posible: terminando nuestra vida. La zozobra post-privosa, por añadidura, es incurable a corto plazo. No hay nada que uno pueda hacer, más allá de continuar yaciendo, implorarles compasión a los niños (que, siguiendo los instintos sádicos de su raza highlander, seguramente estarán usando nuestro vientre de cama elástica) y rezar porque alguna alma caritativa nos dé muerte de forma piadosa. No abandonen la cama bajo ningún concepto, ¿me oyen? El “aire fresco” no les irá bien, ni tampoco “comer algo” (un acto imposible, a no ser que se lo empujen gaznate abajo con un palitroque, como se hace con las ocas del paté): solo la quietud y el silencio del sepulcro, y el avance del minutero hacia el final de la jornada.

2) Conducción del autobús de porcelana: Ocasional culmen de la mencionada Zozobra. En otras palabras: la socorrida y pedestre potada. También denominada “llamar a Raúl”, “depositar una pizza en el asfalto”, “toser sólido”, “bostezar en tecnicolor”, “bailar tango con el retrete” y un sinfín de imaginativos símiles (si le pusiésemos este entusiasmo inventor a la investigación médica, las curas contra cáncer y sida se habrían descubierto hace décadas). El vómito parece una noticia infecta, pero no lo es. Tras unos segundos de agonía peristáltica y tortura traqueal, verán cómo se encuentran notablemente mejor y el día pinta cuesta abajo. Ese será el momento de practicar el “ hair of the dog”, como los más veteranos de ustedes ya intuyen (la fórmula se desvelará al final de este artículo).

3) La Falsa salud: Es cuando, tras una encarnizada refriega noctámbula con el botellero de alguna caverna, y habiendo descabezado un agitado sueñecito posterior, nos levantamos con una sensación de imposible euforia, poseídos por una delirante carga de jovial energía y con una engañosa percepción de nuestras capacidades amatorias y continencia rectal. En este tipo de resaca uno se siente como el traciano Espartaco en la III Guerra Servil: heroico, henchido de diabólica determinación, capaz de escribir monumentales tomos sobre la condición humana, fornicar como Rocco Sifredi y doblegar imperios con las manos desnudas. En realidad, todos esos síntomas son falsos: el simulacro de bienestar anatómico esconde tras su frágil sudario a un nonagenario senil con severa artrosis. Lo que confundimos con hercúlea dicha es solo nuestra vieja conocida, la mamadez de siempre, que —por culpa de insuficientes horas de reposo— no ha tenido tiempo de replegarse. Es decir: no es que ya hayan pasado lo peor y se encuentren bien. Oh, Dios, no. Es lo contrario: la resaca no se ha presentado aún. Pero acudirá a la cita con pavorosa puntualidad, no lo duden, como la parca, los cíclicos cracks capitalistas o las novelas de Amelie Nothomb. Y lo hará justo cuando ustedes estén insensatamente enfrascados en coronar el Naranjo de Bulnes mediante la fuerza de sus falanges o encaramados de forma grotesca sobre alguna exigente belleza teutona (a la que prometieron “te voy a meter cuatro” en un fugaz instante de demencial autoconfianza).

4) La cucaracha: No la que no puede caminar porque le falta la patita de atrás (que también), sino más bien el escarabajo pisoteable en el que se transforma el protagonista de La Metamorfosis. Como avanzábamos antes, Amis llama a esto Resaca Metafísica, y consiste en una ineludible sensación matutina de irrelevancia, vergüenza inconfesable, culpa infernal y pensamientos suicidas. Todo junto. En innumerables resacas me levanto con la sensación ominosa de haber hecho algo espantoso que nadie va a olvidar jamás, como Albert Speer cuando reparó de repente en lo que había edificado con Hitler durante los últimos años del Reich. Hay pedófilos certificados que saludan al sol con muchos menos remordimientos que yo, se lo digo de veras. Cuando padezco La Cucaracha recuerdo cada indignidad, cada traición, cada acto miserable e indigno, cada perversión indecible, cada maniobra vil, rencorosa o simplemente necia. Mía o ajena, pues también suelo tener a mano las actas fundacionales de mi Lista de Enemigos, no fuese a olvidárseme la que me hincaron por la espalda aquella lejana semana de 1989.

Por supuesto, no es agradable sentirse así; imaginando cómo sería el mundo (¡mucho mejor!) si a la madre de uno le hubiesen practicado un eficaz aborto preventivo en algún punto legal de 1970. Kingsley Amis proporciona algunos métodos para sortear la feroz RM, si bien uno de ellos consiste en echar un bravo quiqui matutino, algo que yo precisamente desaconsejo con gran vehemencia. Porque a) Si funciona, se sentirán algo mejor, sin duda, pero b) Si no chuta y ya estaban atrapados en una sima de irracional abatimiento, imagínense lo bonito que será cuando, tras un precioso gatillazo al alba, el hado les sirva un frío plato de tristeza con blanduras.

Mi técnica: rodearme de seres queridos que no dejen de repetirme lo buena persona y fascinante y bien plantado que soy. O sea: mis hijos, los únicos suficientemente subjetivos y ciegos para ignorar la escalofriante verdad. Luego, pinchar algo de música pop absurdamente benigna e inocente (como The Free Design). Y finalmente, el esperado... En efecto: “ hair of the dog” (déjenme que rompa el misterio y les adelante que todas las soluciones terminan con él).

5) La Memento: O resaca amnésica. Puede culminar en La Cucaracha, si uno se pone a recordar con demasiado ímpetu, así que mi consejo es no esforzarse para ello. Además, ¿qué importa lo que hicieran ayer? A no ser que sean ustedes Reinhard Heydrich, es improbable que ayer tomaran parte en algo realmente atroz. Veamos: ¿Llevan un machete ensangrentado en la mano y una cabeza cercenada en la otra? ¿Yacen en el suelo de un vestuario de hombres (o peor, niños) con los pantalones por los tobillos y un charquito de sangre acumulándose bajo su trasero? ¿Intentan mover una pierna y son incapaces porque, simplemente, todo lo que divisan es un muñón torpemente torniqueteado con un jirón de cortina? ¿Una bruma ominosa les insinúa que ayer se alistaron en los Mossos d’Esquadra, o manosearon los pechos de su suegra, o aceptaron participar en una antología de jóvenes escritores españoles? ¿O las tres cosas a la vez? ¿Se han mirado en el espejo del baño para descubrir un imperfecto emblema de la Hermandad Aria tatuado beodamente en su frente? ¿Con faltas de ortografía? ¿No a todo lo enumerado? Pues no pasa nada, amigos, y a la vejez viruelas. Puedo garantizarles que solo practicaron las gansadas de siempre: se bebieron un pequeño estanque de cualquier brebaje inmundo, expusieron unas cuantas risibles teorías político-artísticas (y encima incomprensibles, pues lo hicieron con un metafórico zapato de clown en la boca), lloraron de risa con una ristra de bobadas enloquecedoras y chistes guarros, lloraron luego (esta vez de veras) por algún pesar arcano que se agazapa en la zona más negruzca de su alma, y luego llegaron a casa de una forma que no puede explicarse con leyes de la física. Pero sanos y salvos.

6) La Santboiana: En la resaca santboiana uno tampoco se acuerda de nada, igual que en la Memento, pero por fortuna la cama está rodeada de entrañables recuerdos de la noche pasada que van a explicar, como en una alocada teoría de Sherlock Holmes, todos y cada uno de sus pasos nocturnos. Ahí está, elemental, el carro de supermercado, que prueba la compulsión competidora-motriz que suele asaltar a todo borracho que se precie (lo afanaron acompañados de otro subnormal e hicieron carreras juntos). A su vera yace el cono de tráfico, elegante imagen iconográfica del tajas universal, que con su presencia nos recuerda lo divertidísimo que parecía a las cuatro de la mañana aquel desfile de sombrerería inspirado en los modelitos de Hugo Ball. Algo más allá está la bolsa de plástico, mundana prueba del infructuoso (o, mucho peor, exitoso) intento de vómito post-postración. A su izquierda descansa un zapato solitario, que tras una concienzuda investigación se revelará como verdaderamente solitario (es decir: extraviaron el otro par chutando una lata de cerveza vacía, y esta mañana ambos –lata y envoltorio podal- acampan satisfechos encima de un kiosco).

Uno de mis recuerdos más cachondos de la resaca santboiana, por cierto, es aquella vez que me levanté abrazado a Eddie Murphy. Como lo oyen. Pues habíamos robado un troquelado a tamaño humano de El Príncipe de Zamunda que olvidaron en la puerta de algún videoclub y, tras pasearle abrazado a nosotros por medio pueblo y presentarle oficialmente en todos los garitos (“Sr.Murphy, aquí la peña; peña, el Sr. Murphy”), el bueno de Eddie se vino a dormir a mi cama. No veas qué susto cuando abrí los ojos. Y luego qué tremenda panzada de reír.

Para finalizar, podría ser que a su lado en la cama yaciera una beldad húngara, modelo de lencería fina y titulada en ingeniería aeronáutica, archimillonaria y amante del Dunedin Sound y paladín de mil causas benéficas y voluntaria condecorada en los cascos azules, y la sorprendieran contemplando con ojos de adoración su pedorreante, hirsuta e inerte figura, pues al fin se cumplió el sueño de toda una vida: yacer con el misterioso, brillante e inspirador escritor de proximidad. Si esto es así recomiendo abofetear con urgencia sus mofletes y meter la cabeza bajo un vigoroso chorro de agua polar, pues lo que sucede es que están aún soñando, y no tardarán en despertar y enfrentarse a la espantosa verdad: siguen en Sant Boi, es 1992, son las seis de la mañana y tienen que ponerse en pie a toda prisa para fichar en la fábrica de mermelada. Jesucristo, no.

7) La lujuriosa: Ya saben de lo que les hablo, bribones. Cuando amanecen con aquel tipo tan peculiar de calentón irreductible, cuando el desfile entero de la Creación se antoja perfectamente cubrible, el vaivén de centrifugado de la lavadora les parece una sensual danza de apareamiento y son incapaces de ver Pocahontas (de Disney) sin que les asalte una depravada serie de sonrojantes ensoñaciones freudianas. Si existe una explicación científica para este extraño subproducto de la resaca, lo desconozco. Pero doy gracias a Dios por no ser pastor de cabras, y estar perdido en mitad del monte sufriendo uno de esos arcanos ataques sin otro consuelo a mano que el... Bien, que el rebaño que estaba pastoreando.

8) La Feliz: Se trata de cuando uno amanece con la cabeza como el doble bombo de Keith Moon, pero contento al fin y al cabo, pues ayer lo hizo todo refetén: se rodeó de sus mejores amigos, bebió con ganas pero sin cruzar la zanja del desperfecto vergonzante, sostuvo conversaciones con enjundia y pathos (seguidas de batallitas y trastadas sin tanto contenido espiritual pero inconfundiblemente ingeniosas), engulló viandas que se asentaron a la perfección en su estómago, rehusó con caballeresco aplomo la constante tentación de insuflar basuco peleón en los baños, y culminó esa cálida velada despidiéndose a una hora razonable. ¿Qué falla en este razonamiento? Exacto: que es imposible. Lo normal es pasar noches inacabables con pelmazos redomados, jóvenes poetas o criminales de guerra, sin una corteza de cerdo que echare al buche, en lugares odiosos llenos de gentuza guapa y asesinable, y autorregulándote la propia dopamina con paletada tras paletada narizal de alcaloides de dudosa procedencia. Solo muy ocasionalmente lograrán vislumbrar esa quimera por la que merece la pena vivir: la resaca satisfecha, que le aporta al hombre plenitud, trascendencia, sabiduría y capacidad de abstracción. No dejen de intentarlo, por todo lo que hay de elevado y bueno en su interior.

Apéndice: Cómo curar la resaca

Hay tantos métodos y tantas majaderías escritas sobre ellos que no vamos a intentar resumirlos aquí. Además, la mayor parte son mentira, y los que no —especialmente aquellos que incluyen la ingesta de algún tipo de alcohol camuflado en zumo de tomate y yemas de huevo— funcionan a base de crear una nueva borrachera. No tenemos nada en contra de este encomiable método, que los ingleses llaman, en un alarde de fantástica poesía borrachuza, “ hair of the dog” (“tomarse un pelo del perro que me mordió ayer”) pero una cosa está clara: eso no es curar la resaca. Eso es volverse a poner to’ fino, listos.

Respecto a la falacia de beber un litro de agua antes de ir a dormir, Kingsley Amis, siempre sabio, afirma en Sobre beber que si hemos recordado hacer todos esos procesos (el agua, el Alka-Seltzer, hacer el pino, nombrar el abecedario al revés, danzar un minué) es que estábamos vagamente sobrios; ergo, no íbamos a necesitar la cura de todos modos. Alguien que llega a casa hecho unos zorros nunca sería capaz de recordar algo tan complicado. Además, no apetece. Apetece un curry, una palmera de chocolate, otra cerveza final, un menú chino con extra de pan (chino), una pizza rococó de 54 ingredientes dispuestos en bello zigurat y un tupperware de sobras del cocido de ayer. Todo junto y al minipimer. ¡Yupi!

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