Columnas

“Red State”, el homenaje de Kevin Smith al cine de ayer

El director de “Clerks” saca a relucir toda su cultura basura en un film que mezcla el pulp con el terror. Le acompaña en la cartelera lo nuevo de Werner Herzog.

Dos directores de culto, cada uno con un lenguaje muy distinto, copan lo mejor de la cartelera esta semana: Kevin Smith con su homenaje al cine de género pulp y de terror en “Red State”, y Werner Herzog con su documental sobre las cuevas de Chauvet.

Uno.

No hace mucho, Ti West sacó una edición limitada en VHS de su maravillosa “The House Of The Devil” (2009). Ese gesto podría pasar por una vacilada, una vacilada con mucha clase, pero vacilada en cualquier caso. Pero va mucho más allá, resume algo tan emotivo como la nostalgia de una generación de cineastas y espectadores por un formato en desuso y, por extensión, por una forma de descubrir las películas que ha desaparecido poco a poco. La elección de la película que verás esta noche ya no es fruto de este ritual: recorrer con la mirada durante más o menos una hora las estanterías del videoclub, preguntarle al dependiente si ya han devuelto la película que siempre está alquilada, mirar las fotos y leer los argumentos de las carátulas, buscar el título que te han recomendado (ese boca-oreja que ha sido sustituido por otros mecanismos generadores de hypes más sofisticados).

Poco queda ya de eso, pero ese pasado y la nostalgia del mismo son las claves de la filmografía de algunos de los directores más interesantes en activo, evidentemente lanzados en cuerpo y alma al género, el cine que más presencia tuvo en los videoclubs (curioso, los pocos que quedan hoy lo han remplazado por el de autor). Así, a bote pronto, me vienen a la memoria tres señores con esa escuela. El primero, Quentin Tarantino, de quien siempre se ha dicho que trabajó en un videoclub (ante estas cosas siempre queda la duda de si es verdad o una simpática estrategia promocional) y que lleva toda la vida rescatando del olvido y sofisticando géneros, subgéneros y cineastas carne de esas estanterías. El segundo, el más cool del vecindario, Nicolas Winding Refn, que convirtió al protagonista de su ópera prima en dependiente de videoclub y cuya magistral “Drive” (2011) cubre un arco referencial descaradamente ochentero (los 80s, edad dorada del videoclub). Recuerden “Bleeder” (1999), su debut, y su perspicaz descripción del videoclub como escuela de cine perfecta (la presentación de personajes, con Mads Mikkelsen recitando los nombres de los cineastas que tiene censados es histórica). Y el tercero, en este orden porque me va bien para el texto, no porque merezca menos atención que los otros dos (lo que tampoco quiere decir que sea tan brillante como ellos), Kevin Smith, autor de uno de los estrenos fuertes de esta semana. Se trata de “Red State” (2011), premio a la mejor película en el festival de Sitges (también al mejor actor, Michael Parks) y no por casualidad la película favorita de Tarantino del año pasado.

Dos.

La devoción de Smith por el videoclub como escuela y espacio propicio a un acercamiento emocional a las películas es evidente: no se me ocurre homenaje más lúcido y sentido a esos lugares y, por extensión, a una forma de acceder al cine que “Clerks” (1994), su emblemática ópera prima, una película barata, todo un fenómeno independiente en su época, donde coinciden videoclubs, sus personajes-tipo y una batería de diálogos ingeniosos y mordaces sobre cómo hacer, elegir y consumir las películas. La huella de esa escuela popular está en el tramo más interesante de la filmografía de Smith (el que engloba la película citada, “Mallrats”, “Persiguiendo A Amy” y algunas cosas de “Dogma”), un cineasta que lo tenía todo a su favor para comerse el mundo, pero se despistó y, aunque hasta en sus películas más flojas hay destellos de brillo, ha dado unos cuantos pasos en falso hasta llegar a “Red State”, su mejor filme en años. En él se escapa, sin perderla de vista, de la comedia, el género al que lleva toda la vida vinculado. Y tantea un derrotero inexistente hasta ahora en sus largometrajes: el terror. Se acerca, pues, a un género en sintonía con esa formación popular; y demuestra un dominio de sus códigos y una apertura a todas y cada una de sus ramificaciones que confirma que discutió tanto sobre películas de videoclub, sobre divertimentos de género, como los personajes de sus filmes.

Tres.

Aunque podría serlo perfectamente, “Red State” no es un divertimento puro. El director de “¿Hacemos Una Porno?” (2008) propone una película de afiladísimo fondo crítico. Sobre los tremebundos usos y costumbres de una comunidad de la América profunda sometida al fanatismo religioso, este ejercicio de terror agreste tiene un pulso juguetón, y Smith usa el humor para armarlo. Manipula con suma habilidad las expectativas del espectador al exponerle a un encadenado de giros imprevistos que, pese a su virulencia, no resultan tramposos o forzados. Salta con acierto de los preliminares de un slasher a un thriller rural agónico y violento, para entrar con fiereza en la acción (terreno en el que Smith sorprende gratamente). “Red State” es imprevisible y escurridiza, en cierto modo muy loca. Y trasciende su naturaleza de entretenimiento macabro con un contenido crítico brutal. El director, que también firma el guión, se regodea en el texto: su película es pura verborrea, y aunque está claro que busca un efecto agonizante, que desea abrumar al espectador para luego noquearle, el exceso verbal y explicativo le hace caer en algunos momentos en una cierta ingenuidad. Pero es un mal menor. Las vicisitudes de un grupo de chavales en las fauces de un predicador chalado (un glorioso Michael Parks) son la base de una lúcida y contundente sátira de todo tipo de perversiones en nombre de la fe, de la corrupción como manto que cubre hasta al intachable y de la ignorancia como el peor de los males.

Cuatro. Y Herzog

El otro estreno de interés de esta semana es “La Cueva De Los Sueños Olvidados” (2010) de Werner Herzog, un documental en el que el prestigioso director alemán rueda en exclusiva el interior de las cuevas de Chauvet, en Francia (descubiertas en 1994, no están abiertas al público para preservar su estado). No es un documental convencional, aunque haya sido el Gobierno francés quien concediera el permiso al autor para entrar en las cuevas, inmortalizarlas y enseñárselas al mundo. Su signo de distinción principal es que es en 3D: Herzog rueda en 3D las pinturas rupestres del interior de la cueva. Esa decisión es para mí un enigma, básicamente porque no encuentro fascinantes sus imágenes. Pero me fascina la decisión en sí, el porqué del 3D. También sus extrañas reflexiones, y la insólita comicidad (marca de la casa) que destilan sus entrevistas a los personajes que intervienen en el filme. Todo eso hace de “La Cueva De Los Sueños Olvidados” una propuesta atractiva por imprevisible, por enigmática, por estar en un limbo extraño. El mismo (y maravilloso) limbo extraño en el que están todas las películas de Herzog.

Tags: ,

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video

cerrar
cerrar