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Por qué “¿Quién Quiere Casarse Con Mi Hijo?” no tiene ni p*** gracia

#QQCMH es uno de los mejores ejemplos de televisión tuiteable: todo lo que suceda puede resumirse en poco más de 100 caracteres.

El último reality (en diferido) que está sacudiendo Internet vuelve a poner sobre la mesa una pregunta habitual de la televisión: ¿Tiene algo de malo la incorrección política? La respuesta es sí. Sin duda. Bob Pop te cuenta por qué recuperar el humor de Arévalo sólo puede comprenderse como un retroceso cultural.

Un ‘reality’ en diferido y con guión es la antítesis de la esencia del ‘reality show’. Hasta que entra en juego Twitter y convierte el diferido en directo gracias a la interacción de esos receptores que se han hecho emisores después de haber destrozado hace tiempo la cadena perpetua de la comunicación de Saussure. Y hasta ahí está bien, y aquí no pasa nada, y viva el 3.0 y el 2.0 que lo parió.

Lo peliagudo llega cuando le hincamos el diente al mensaje y descubrimos que, entre los chistes ingeniosos en formato tuit que genera cada semana la emisión de “¿Quién Quiere Casarse Con Mi Hijo?” (en adelante #QQCMH) se cuelan asuntos de los que –a estas alturas de siglo, de revolución no televisada y de tono general en nuestros timelines de gente que mola en Twitter– ya no estaríamos haciendo chanza.

De repente nos encontramos bromeando con la mayor o menor actividad sexual de una mujer, con la condición sexual de otra, con la sospecha de que una sea puta y otro un maricón armarizado. De pronto, los guionistas de #QQCMH se convierten en los guionistas de nuestros propios tuits. Es más, se convierten en los coordinadores de guión de nuestros propios chistes. ¿Graciosos? Claro. Pero con unas gracias que nunca haríamos en público, en frío o ante lectores casi desconocidos en otras circunstancias ajenas al ‘reality’ mejor editado de nuestra televisión.

#QQCMH logra un prodigio perverso: que tuiteros con nombres y apellidos reales, con foto de su propia cara en su perfil, asuman el papel de la @masaenfurecida y se lancen a chistes políticamente incorrectos que nunca escribirían de no ser por la coartada del programa. ¿Acaso tiene algo de malo la incorrección política?, sería la pregunta a formular en este momento. Sí, lo tiene. La incorrección política tiene mucho de malo cuando lo que consigue es reventar las barreras de empatía, humanidad y liberación de prejucios que nos habían hecho menos crueles, más empáticos y habían logrado que los chistes de Arévalo no tuvieran gracia. Al fin.

Los chistes de Arévalo interpretados por actores y actrices ‘amateur’ que ejercen de concursantes anónimos (o casi) vuelven a hacernos gracia. De pronto, los protagonistas de esos chistes regresan de su vida más o menos plácida, de ese mundo mejor que pensábamos haber construido y donde nadie se burlaba del habla gangosa, ni del tartamudo, ni de las rubias supuestamente tontas, de homosexuales con pluma, o de chicos y chicas feas. De ese mundo donde la soltería no era soledad sino desesperación. De ese asco de entorno mental que creíamos haber dejado atrás. Y no.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, hay algo más que asusta y perturba en el formato de #QQCMH y las reacciones que genera: #QQCMH es uno de los mejores ejemplos de televisión tuiteable. De televisión cuyo éxito reside en que lo que pase, lo que se diga o lo que se vea pueda ser resumible en los poco más de cien caracteres que contiene un tuit. Oraciones más largas que eso, situaciones complejas o personalidades que no puedan resumirse con una descripción que quepa en un tuit no sirven. No funcionan. No venden.

"Madres que niegan cualquier victoria del feminismo por encima de todas las cosas y apuestan por hembras reproductoras para que sus cachorros las fecunden"

Madres que les depilan el culo a sus hijos, que les cortan las uñas de los pies, que obligan a las pretendientas de sus retoños a ir a comprarse bragas en su compañía y a mostrar cómo les quedan. Madres que niegan cualquier victoria del feminismo por encima de todas las cosas, que apuestan por hembras reproductoras para que sus cachorros las fecunden, que nos retrotraen a lo peor del siglo XX cuando se llevan las manos a la cabeza ante el concepto ‘bisexual’ o muestran un racismo maternalista repugnante. Madres que no provocan el asco, sino la risa cómplice de una comunidad de espectadores que, seguro, no sabía que acabaría riéndoles las gracias a según quién.

“¡Pero todo eso es mentira! ¡Son personajes! ¡Todo lleva guión!”, podría ser una buena réplica en este momento que sirviera para bajarme esos humos incensarios con los que estoy impregnando este texto que, lo admito, a veces apesta a santón. “¡Pero todo eso es mentira! ¡Son personajes! ¡Todo lleva guión!” Pues mucho peor. Porque todas esas ficciones televisivas, esos roles recreados, esas delirantes líneas de diálogo fruto de algún guionista genial obran el espanto de sacar la peor verdad de nosotros, nuestro humor menos piadoso y ese don que creíamos olvidado en el patio de colegio para arremeter contra los otros, que esta vez no son el infierno sino un puesto del pimpampum de la feria. Con tuits como pelotas de risa.

"¿Nos reiríamos tanto si pensáramos que lo que estamos viendo es verdad? ¿Sería posible un programa televisivo donde eso fuera verdad?"

Pero, ¿por qué nos hacen tanta gracia? ¿Por qué nos generan ocurrencias tan brillantes las situaciones y los personajes de #QQCMH? ¿Qué pasaría si fueran hombres y mujeres que andan, realmente, buscando el amor en televisión? ¿Qué pasaría si alguien tuiteara nuestros ridículos intentos de dar con el amor fuera de la televisión? ¿Si alguien tuiteara nuestros mails de amor? ¿Las conversaciones con afán seductor en los chats de las aplicaciones móviles de ligue? ¿Nos reiríamos tanto si pensáramos que lo que estamos viendo es verdad? ¿Sería posible un programa televisivo donde eso fuera verdad? ¿Por qué “Lo Que Necesitas Es Amor” de Isabel Gemio nos daba vergüenza ajena y #QQCMH nos da risa? ¿Por qué nadie se acuerda más de ese poema que Pessoa firmó como Álvaro de Campos, ese “Todas Las Cartas de Amor Son Ridículas”? Pues eso.

¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? ¿Por qué un programa de búsqueda de pareja se ha convertido en un desfile tan ridículo que solo nos mueve a la burla? ¿Por qué escribo ridículo? ¿Por qué no me hace ni puta gracia? No lo sé. Probablemente tenga un problema y me esté tomando demasiado en serio lo que no lo es. Seguramente no entienda que, al final, el éxito colectivo de las bromas compartidas de #QQCMH reside en que cuanto más ridiculicemos vía tuiter a sus personajes, a sus aspirantes a esposos o esposas televisivas, más contribuimos a su condición de celebridades y a que tengan un futuro mediático más allá del programa. Lleguen o no al final. Es posible que no haya entendido nada, que lo que para mí es un chiste humillante no sea más que una contribución a un ‘crowfunding’ de limosnas de notoriedad para la posteridad. Seguro que es así.

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