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Quemar después de leer (0)

Abel Hernández

Quemar después de leer (0) Abel HernándezFoto: Miguel Oriola

Todavía vuelan con el viento (1) los ecos del último caso denunciado de préstamo sin permiso en la musiquilla de por aquí (lo de Bunbury y algunos versos ajenos pillados). Y en los corrillos aún se escuchan susurros que acaban subiendo el tono y el volumen del amplificador hasta el once (2) terminando como ardorosas disputas, exaltados monólogos favorables o amargos ¡ay! sobre el asunto del plagio, la copia, el hipertexto, la intertextualidad, el kitsch y demás profanaciones.

No es mi intención contribuir con estas líneas a la estrellada polémica entre los partidarios (grupo en que me encuentro) de la elegancia de reconocer los préstamos sin permiso, y aquellos (con los que tampoco puedo menos que coincidir plenamente) que mantienen que cualquier hecho cultural, y tanto más la canción, proviene en grado nada despreciable de la reproducción, fijación, variación y reconstrucción de lo ya antes hecho por otros, se trate de conocidos o de anónimos, sea con o sin aclaraciones al pie. La inspiración viene de algún sitio, vaya. Tradición-Traición es la base de todo.

Valga, eso sí, como aclaración sobre el pormenor que ha dado pie a estas (ya demasiadas) líneas, que disfruto desde hace algunos años de la poesía del malogrado Pe Cas Cor y que en absoluto me sorprende que escritores de la índole que sea hayan podido inspirarse, o usen de forma más o menos evidente, alguno de sus luminosos versos (y, dicho sea de paso, seguramente los de Joseba Sarrionandia no serán para menos). Con o sin la elegancia de reconocerlo y por mucho que personalmente siempre me haya resultado mucho más divertido ver (e incluso intentar) solucionar el cubo de Rubik sin desmontarlo, quitar las pegatinas ni tirar de patrones matemáticos. En fin, que sobre el particular de este último e irrisorio “escándalo”, votos a favor 1, en contra 1, abstenciones 1. (3)

Pero, como decía, no es ese manido e irremediable asunto de la deuda y su confesión lo que me ha dado qué pensar estos días, sino otro que quizá se escondía en el revés de jersey (4) de la cuestión.

Partiendo de la base, difícil de neutralizar, de que en el origen de toda música está la emulación (aunque sea porque no se inventan las reglas del juego), me preguntaba por qué ello da lugar a resultados tan dispares. Y es que, a veces, lo que sale cuando se hace música intentando llegar a un lugar concreto y ya explorado tiene tanta gracia que resulta no oído o, incluso, suena como algo que estaba ahí, en el aire, pero no había sido expresado antes. Mientras, otras, se busca ese algo tan bien que se obtiene recompensa y acaba uno por encontrarse con una evidente y magnífica copia, casi una falsificación.

Me parece que el primer caso es un avance y el segundo un estancamiento. (Y ruego se disculpe que no me detenga aquí a hablar de las imitaciones baratas, aunque haya a quién hacen mucha gracia…) Y, sin embargo, muchas veces se prefiere lo segundo a lo primero, o se aprecia antes.

¿Se escoge la buena copia antes que el hallazgo imprevisto? Y, en todo caso, ¿qué marca la diferencia entre ambos? Me puse a pensar si depende de las intenciones del que toca o escribe y obtuve que quizá sea así en cierta manera pero no del todo. Tanto el descubrimiento de algo en la oscuridad como la perfecta imitación de un canon o invención de otro, pueden proceder tanto de una búsqueda consciente como surgir de manera inconsciente, modo en que, obviamente, las primeras intenciones no tienen mucho que ver.

Sí parece en cambio guardar más relación con cómo cada cual decide qué traspasa y qué no las compuertas de su intimidad creativa. Habrá quién elija dejar pasar aquello que le parezca singular y quién sólo permita ver la luz a lo que considere más cercano a los modelos que le sirvieron de referencia. Esta segunda opción podría explicarla el hecho (no por paradójico menos veraz) de que, a menudo, en un contexto cultural contemporáneo a ambas composiciones (en el día después de su publicación, digamos) se aplauda con mucha mayor facilidad la buena copia que el hallazgo.

Confluyen así ambas cuestiones: diferencia y preferencia. En este caso suelo preferir lo contrario que mis contemporáneos. Lo que más me interesa de la diferencia entre hallazgo y réplica perfecta es el factor error de lo primero. El defecto de la copia, lo imperfecto de la mezcla de referencias y gustos, la excepción, la mugre de la plantilla más fuerte que la forma en ella dibujada, la interferencia… Que se emule o copie a algún nivel (el que sea) es normal, es lo suyo, es inevitable. Pero lo chulo es copiar mal, sin prestar excesiva atención, casi sin mirar. La gracia está en el resultado de quién se desplaza o despista mientras lo hace, quién acaba pasando olímpicamente del modelo o lo usa al revés encontrando, quién se queda con algo distinto de lo que se pretendía.

El de la música “no mainstream” española de hoy parece un contexto muy apropiado para mirar hacia todo esto. ¿Es en los últimos tiempos la homologación con la exquisitez foránea un valor en alza? Mientras que esa familiaridad fallida con modelos propios o extranjeros que dio brío a la escena de la Nueva Ola y el Punk de los 80 o el Indie de los 90 parece pasada, no es raro encontrar a nuevos talentos de la musiquilla patria que hacen sonar algo similar a lo que muchos de sus antecesores ya resobaron hace pocos años aquí mismo. Eso, o una correctísima falsificación de un suceso de rabiosa actualidad en el globalizado escaparate de lo cool. Habrá excepciones, claro. Acaso en cuatro días sean ellas el cebo para más y más fascinantes malas copias.

Sirvan estas notas para indicar citas, referencias o préstamos tomados sin permiso alguno por el firmante:

(0) De la jerga de toda la vida de espías y eso, pero hoy título españolizado de la nueva de los Coen.(1) De “Blowin’ in the Wind”, de Bob Dylan, quién a su vez se inspiró en el gospel “No More Auction Block” y en versos del Antiguo y Nuevo Testamento.(2) Creo recordar que algo así sirve como base de un gag en “This is Spinal Tap” de Rob Reiner.(3) Y me parece que algo así se usa como chiste en “La vida de Brian”, de Monty Python.(4) Julio Cortázar usó un símil parecido en alguna parte.

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