Columnas

Quemar después de leer #002

Los diez libros y cómics del momento

A la espera de que Chuck Palahniuk golpee de nuevo (y esta vez con las memorias de una actriz a la que un escritor de segunda piensa cargarse para que la biografía que está a punto de publicar esté en lo cierto sobre su muerte), este mes pesos pesados de la talla del tipo que casi murió atropellado por un camión (alias Stephen King), el siempre explosivo Irvine Welsh, el polémico y menos conocido James Frey (que esta vez ha despachado una novela technicolor que es un cruce entre “La Invasión Divina” de Philip K. Dick y “Queer” de William S. Burroughs), la mejor Amélie Nothomb (de vuelta al mundo de los gordos muy gordos que visitó en su deslumbrante primera novela, sin duda una de las must read de los 90s: “Higiene Del Asesino”), el Enrique Vila-Matas de “Dublinesca” metiéndose a detective para seguirle la pista a una frase de Francis Scott Fitzgerald, el hijo maldito de John Fante (Dan) y el último y desconocido enfant terrible de West Virginia, un tipo llamado Breece D'J Pancake, que se suicidó a los 27 dejando sobre el escritorio un más que interesante (y sucio) puñado de relatos que nada tienen que envidiarle a los del gran Donald Ray Pollock (sí, el tío de “Knockemstiff”). ¿Empezamos el repaso?

Irvine Welsh: “Col Recalentada” (Anagrama)

Ya que hablábamos de Chuck Palahniuk, no está de más recordar que en el rincón de recomendados de su página web oficial brilla con luz propia “Col Recalentada”, de Irvine Welsh. ¿Por qué? Porque no es que sea un buen libro es que es aún mejor. Puro realismo sucio, sucísimo, escocés, un Carver que ha cambiado el motel por el fútbol en el pub y la perdición por la asfixia del fracaso ineludible y la inevitable fatalidad de cada una de las decisiones que tomamos. Aquí reunidos siete relatos (atentos al primero, “Una Avería En La Línea”, porque es uno de esos relatos que no se olvidan, en la línea del indescriptible “Tripas”, incluido en la novela “Fantasmas” de, sí, otra vez, Palahniuk) y una breve nouvelle ( “Miami Soy Yo”) que recupera al profesor Blackie y a algunos de los protagonistas de “Cola”, de la época en la que Welsh era aún agente inmobiliario y trataba de olvidar (tecleando por las noches) que había tenido un pasado, esto es, la época en la que escribió “Trainspotting”. Publicados todos (menos la citada nouvelle) en inencontrables revistas de los 90s, resucitan en una inigualable colección (más en la línea de “ Éxtasis” que de “Si Te Gustó La Escuela Te Encantará el Trabajo”) altamente disfrutable. Más aún, brutal.

Stephen King: “22/11/63” (Plaza & Janés)

Jake Epping es un aburrido profesor de instituto que acostumbra a dejar los exámenes a medio corregir para escaparse al Diner de Al a devorar una Granburguesa. Como es el único en el pueblo que no cree que las Granburguesas de Al estén hechas de carne de gato (todo el mundo las llama Gatoburguesas), no es de extrañar que Al piense en él cuando llegue el momento de compartir su Gran Secreto. ¿Y cuál es su Gran Secreto? Oh, el diner de Al tiene una despensa. Pero no es una despensa cualquiera. Es una despensa Marty McFly. Esto es, una despensa máquina del tiempo que parece sacada del Día de la Marmota. Porque siempre te lleva al jueves 9 de septiembre de 1958. Y te trae de vuelta dos minutos después. Aunque tú puedes pasar tantos años como quieras en ese otro mundo del pasado. Por eso, Al envejece por momentos. Es decir, ayer por la tarde tenía 57 años y hoy pasa de los 60 y está a punto de morirse. Cuando el médico le dijo que no podía hacerse nada por el cáncer de pulmón que padecía ( “Creéme, Al, no es suficiente con que dejes de fumar”) decidió que cambiaría el mundo. Que viajaría a 1958 y permanecería allí hasta el 22 de noviembre de 1963 e impediría el asesinato de Kennedy. Pero tuvo que volver. Conoció a Lee Oswald, sí, pero tuvo que volver. Porque se estaba muriendo. Pero Jake es joven y no se está muriendo y nadie va a echarle de menos porque su mujer se ha liado con un compañero de Alcóholicos Anónimos, así que Al le propone que acabe lo que él empezó. Que viaje a 1958 y espere hasta 1963 y mate a Oswald. Y Jake acepta el reto. Pero teme lo que puede cambiar en el mundo si Kennedy no hubiera muerto. Creedme, lo que menos importa en “22/11/63” es la vida de Kennedy. Lo que más, la sensación de privilegio (y responsabilidad superheroica) del viajero en el tiempo. Es Stephen King en estado puro. No sé cómo demonios lo hace cuando lo hace, pero NO PUEDES DEJAR DE LEER, aunque Kennedy te importe tres pimientos.

James Frey: “El Último Testamento” (Mondadori)

“No era especial. Solo un chico blanco. Un chico blanco cualquiera. Pelo castaño, ojos marrones, estatura media, peso medio. Igual que otros diez, veinte o treinta millones de chicos blancos estadounidenses. Nada especial”. Así arranca el polémico (polémico porque es algo así como la versión novela del “Gay Messiah” de Rufus Wainwrigth, esto es, aterriza en la Tierra un segundo Jesucristo que se dedica a tirarse tíos y a dejar preñadas a tías en el enloquecido y siempre despierto Nueva York de hoy) cuarto asalto (segundo que llega a España) de James Frey (hagamos memoria, es el tío de “Una Mañana Radiante”, la desestructurada historia de una pareja de vagabundos adolescentes en un Los Ángeles más parecido a las tierras baldías de “The Walking Dead” que a lo que nos promete Hollywood). Con aspecto de documental literario (monólogos de tipos y tipas que cuentan lo que saben del chico nada especial en cuestión) en technicolor (lo que dice el mesías gay está en rojo, el resto en negrita) y sobredosis de cristianos (obviamente, algunos de los personajes creen más de la cuenta y se dan de bruces con la freyniana realidad: el profeta no es lo que ellos esperaban, o el mundo, nuestro egocéntrico mundo, lo ha vuelto así), la novela supera con creces a su antecesora en ambición y se lee como se leería un caramelo si (pongamos que sí) pudiera leerse.

Dan Fante: “Fante, Un Legado De Escritura, Alcohol y Supervivencia” (Sajalín)

John Fante adoraba a Knut Hamsun. Lo sabemos porque su mejor novela, “Pregúntale Al Polvo”, es la versión Los Ángeles en los 30s de “Hambre” pero, desde que Sajalín se decidió a publicar a su hijo Dan, también lo sabemos porque decidió rescatar este valioso recuerdo e incluirlo en “Chump Change”, su primera novela: “Cogí de la librería un ejemplar de ‘Hambre’, de Knut Hamsun. Mi padre solía decir que ese había sido el libro que lo animó a convertirse en un escritor. Lo sujeté entre mis manos y pasé algunas páginas. Encontré un folio de papel de carta de buena calidad. Estaba doblado en cuatro y parecía haber sido usado como punto. La parte superior, que había quedado expuesta al aire, se había amarilleado. Desdoblé aquel punto improvisado e inmediatamente reconocí la letra de mi padre, pero la firma que se repetía una y otra vez era la de Knut Hamsun, Knut Hamsun, Knut Hamsun. Toda la superficie del papel estaba llena de rúbricas, desde el principio hasta el final. Aquella excentricidad me sacó de mi sopor: yo había hecho lo mismo cientos de veces, había llenado blocs enteros con firmas de e.e. Cummings. Parecía que, a pesar de todo, el viejo y yo teníamos algunas cosas en común”. Bien. Pues de cosas como esta está plagado “Fante, Un Legado De Escritura, Alcohol Y Supervivencia”, biografía del clan familiar que encabezó el airado mejor amigo de William Saroyan que odiaba a Hemingway ( “¡Qué demonios! ¡Nunca será tan bueno como yo!”) y soñaba, como Arturo Bandini, con el día en que el mundo lo señalaría como uno de sus Grandes Genios. Como diría Bandini: “Oh, sí, mirad todos esa baldosa, ¡la pisó el mismísimo John Fante!”. Simplemente imprescindible.

Amélie Nothomb: “Una Forma De Vida” (Anagrama)

¿Qué pasaría si fueras una escritora menuda que hubiera crecido en Japón y en un millón de sitios más y que acostumbra a publicar libros autobiográficos y de repente un día te escribiera un soldado norteamericano y te asegurara que está enfermo, que todos en su destacamento lo están pero que el gobierno mira hacia otro lado, porque la idea del soldado tiene que ser otra y cosas por el estilo? En primer lugar seguramente pensarías: “Bien, estamos hablando de conspiración. Soldados enfermos. Un gobierno que miente. Bueno, en realidad, que esconde”. Pero, ¿qué pasaría si la enfermedad, si lo que el tipo califica de pandemia, fuese una voraz obesidad? Esto es, soldados que viven para comer, porque su vida se ha convertido en algo tedioso, en escapar con vida a diario del disparo que no vas a escuchar, y la única recompensa es la que tiene que ver con pastelitos. Sí, Amélie Nothomb habla de los 2.000 fans con los que se escribe, de lo que la gente corriente espera de un escritor que, después de todo es tan buena persona que contesta a todas y cada una de las cartas que le envían, y reconstruye la peripecia del tal Melvin Mapple, el tipo que ha creado familia en su propio cuerpo, nos habla de su mujer (Sherezade) y de su hijo, ella pesa 100 kilos, él, unos 30, el total de lo que ha engordado desde que está en Irak (demonios, ¿ 130 kilos?), pero a la vez reflexiona sobre el mundo del arte, el enloquecido mundo del arte moderno que puede convertir a un tipo enfermo en un objeto a admirar y en la manera en que crear, aunque sea un monstruo, puede dar sentido a nuestra vida. Más sentido que el mejor (y más delicioso) pedazo de tarta que podamos imaginar. O Nothomb modo devorable on.

Enrique Vila-Matas: “Aire De Dylan” (Seix Barral)

No. El de “Aire De Dylan” no es el Vila-Matas de “París No Se Acaba Nunca”. Es, más bien, el de “Hijos Sin Hijos” o, como él prefiere, el de “Breve Historia De La Literatura Portátil”. No hay metaliteratura más allá de una cita presumiblemente de Fitzgerald ( “Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien”) que apareció en la película “Tres Camaradas” (con guión del escritor y otros siete tipos, más un productor metomentodo), lo que hay es historia, historia negra, la historia de un tal Vilnius, un tipo que se parece más de la cuenta a Bob Dylan, el Hombre de las Mil Caras, pero que sin embargo se siente un ser único, auténtico, al que su padre no deja de decirle que lo que de verdad tiene que hacer un escritor si quiere llegar a alguna parte es ponerse una máscara y dejar que sea la máscara y no él quien vaya a todas partes. Lucha entre la individualidad (el ser auténtico) y la adecuación (el camuflaje pretendidamente artístico), entre el inevitable fracaso (¿Acaso no es cualquier victoria un fracaso tras el momento cumbre? ¿Acaso no es todo, al final, nada?) y la ambición, una ambición perezosa, la de los jóvenes que, como Oblomov, personaje de una novela de un tal Goncharov, el aristócrata que sólo duerme, lee y bosteza y para el que la rebeldía consiste en evitar mover un dedo, se contentan con tener una buena idea al día, aunque sepan que nunca van a llevarla a cabo. Lo último de Vila-Matas es Vila-Matas cambiando de barrio cambiando de temas volviendo a intentar construir personajes de acción que siguen dependiendo de las ideas. En la línea, más activa, de “Dublinesca”.

Breece D'J Pancake: “Trilobites” (Alpha Decay)

Kurt Vonnegut dijo en una ocasión que: “Breece D'J Pancake es simplemente el mejor escritor, el escritor más sincero, que he leído jamás. Sospecho que ser tan bueno debe ser doloroso. Tú y yo nunca sabremos lo que es eso”. Breece nació en 1952. Kurt en 1922. Se llevaban 30 años. Cuatro menos de los que Breece aguantó en este planeta. El chico se suicidó a los 26, cuatro años antes de que se publicara “Trilobites”, el antecedente más claro (después de “Winnesburg, Ohio”) del “Knockemstiff” de Donald Ray Pollock. O cafeterías y tipos desesperados a los que sus chicas han abandonado para irse lejos, a Florida, y les envían postales con flamencos y luchadores de fondo, sueños que se arrastran como (otra vez, sí) muertos vivientes porque no hay esperanza, y esto es América, pero tampoco aquí hay esperanza, porque no importa lo que hagas de todas formas no vas a salir vivo de aquí. Todo eso en 12 historias que son como puñetazos en la polvorienta lona que cubre el asiento del copiloto de tu viejo Chevrolet. No necesitas una máquina del tiempo para viajar a la América de los 70s. Te basta este libro.

Astrid Lindgren: “Pippi Calzaslargas” (Blackie Books)

Astrid empezó a escribir en el periódico local (creció en un pequeño pueblo sueco) a los 14 años. Teniendo en cuenta que había nacido en 1907, era todo un hito para una pequeña señorita como ella. Le gustaba la escuela, le gustaba el periódico, pero tuvo que dejarlo a los 19 porque se quedó embarazada. Fue entonces cuando se mudó a Estocolmo y empezó a trabajar para mantener a su pequeña. Al poco se casó con el tal Lindgren al que le debe el apellido y empezó a contarle historias a Karin (su hija) cada noche. La protagonista de esos cuentos era una niña llamada Pippi (bueno, llamada en realidad Pippilota Delicatessa Windowshade Mackrelmint, el nombre se lo puso la propia Karin) que vivía con un caballo y un mono en una casucha de madera y hacía que cada día valiera la pena porque cada día vivía una aventura distinta. Normalmente se las inventaba. Como se inventaba Astrid sus historias protofeministas quizá, con la intención, y sin saberlo, de que su hija no tuviera que dejar la escuela, ni ningún periódico, a los 19 porque se hubiera quedado embarazada. El caso es que cuando la niña cumplió 10 años, Mamá Astrid encuadernó todas las historias de Pippi para regalárselas a su hija. Poco después, Astrid publicó su primera novela infantil, aunque tendrían que pasar muchos años antes de que empezara a publicar las historias de Pippi, porque eran demasiado transgresoras. Pensemos que la sociedad sueca es ese tipo de sociedad que en los 70s literalmente esterilizaba a las chicas que tenían más de un novio (en plan caza de brujas) y que, con toda seguridad, habían sido fieles lectoras de Lindgren. En cualquier caso, vuelve la niña de las trenzas, en una cuidadísima y golosa edición que reúne todas sus historias.

Daniel Clowes: “Mister Wonderful” (Reservoir Books)

Marshall, el tipo que protagoniza “Mister Wonderful”, es algo así como un primo lejano de Pussey y el resto de perdedores que pueblan la obra de Daniel Clowes. Porque ¿qué puede hacerle Clowes si le atraen los perdedores? Nada. O bueno, sí, puede dibujarlos. En cualquier caso, a todos aquellos a los que “Ice Heaven” les pareció que no estaba a la altura del viejo Clowes (sí, era Clowes pero digamos que el hilo del que podía tirarse, la trama, era algo más deprimente que de costumbre, aunque el resultado fuera igualmente brillante), les encantará “Mister Wonderful”. Entre otras cosas, porque el tema promete. Marshall es el perdedor de manual según Clowes (que es algo así como el perdedor de manual de Todd Solondz; no fue el autor del cartel de “Happiness” por casualidad), divorciado, aborrecible, insulso, triste, torpe, cincuentón, está nervioso porque unos amigos le han montado una cita con una mujer (la primera en años) que además acaba de separarse (con lo que parece presa fácil). Y he aquí la historia: todo lo que hace Marshall antes, durante y después de la cita. Tan prometedor como brillante (una vez más) es el resultado.

Brian Michael Bendis: “Ultimate Spiderman. Consecuencias 1” (Panini Cómics)

¿Si Peter Parker fue el hombre que salvó a Marvel de la quiebra (según cuenta la leyenda antes de que se estrenara el “Spiderman” de Tobey Maguire, los de Marvel estaban pensando seriamente en tirar la toalla), por qué su muerte no ha tenido la misma repercusión que la del Capitán América? Porque, oh, chicos y chicas, Spiderman ha muerto. Bueno, en realidad él no ha muerto, el que ha muerto es Peter Parker. Sí, sí, de hecho, el cómic del que estamos hablando es el primero del Mundo Después de Peter Parker. Pero, no os asustéis. No se trata de la línea regular. Es un tebeo de grapa, sí, de los que salen cada mes, pero no es la colección, digamos, oficial, “The Amazing Spiderman”, sino la llamada “Ultimate”, en la que ahora (y siempre) se hacen las cosas realmente interesantes en lo que a respecta a Universo Marvel. Esto es, lo más parecido al mundo de “The Boys”, salvando las (escatológicas y sexuales) distancias, por supuesto. Es en el lado “Ultimate” en el que los Cuatro Fantásticos pueden perder sus poderes y tener que ponerse a trabajar y en el que Peter Parker puede ser sustituido por un fan, porque a todas luces eso es lo que ocurrirá (creemos) después del intermedio “Consecuencias” que firma Brian Michael Bendis, uno de los pocos tipos con auténtico talento que figuran en estos momentos en Marvel. Aunque bastante más teen que la serie oficial, infinitamente más recomendable (desde el número 1, éste que acaba de salir es el 14, ninguno de ellos en cualquier caso supera los tres euros: tiempos de crisis, cómics de grapa) por guión y, qué demonios, arrojo.

BONUS TRACKS

Fabián Casas: Ocio (Alpha Decay)

A Fabián Casas hay que seguirle la pista. Porque todo lo que escribe es tan de verdad que asusta. En “Los Lemmings y Otros” hacía un repaso, en forma de cuento breve, a algunos de los episodios clave de su adolescencia (peleas de matones a las puertas del colegio incluidas) y en “Ocio” vuelve a la carga con dos historias (pequeñas nouvelles recién horneadas) que ponen los pelos de punta: infancia, ratos muertos, prosa áspera (a lo Jack London) y esa sensación de invencibilidad que sólo la escritura hace posible.

Steve Martin: “Un Objeto De Belleza” (Mondadori)

Sí, Steve (El-Padre-De-La-Novia) Martin se ha metido a escritor. Y resulta que es bueno. Al menos, ha debutado con una novela buenísima. Ambientada en el Nueva York de los 90s, “Un Objeto De Belleza” es la historia de una jovencita dispuesta a todo (y esto es, a acostarse con todos) con tal de convertirse en una pieza clave del mundillo artístico de la época. Hay cameos de lujo y buena, sorprendentemente buena, prosa del tipo del pelo blanco.

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