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Columnas

Quemar después de leer

Los diez libros (y cómics) del momento

Si te interesan los libros, esta pieza te interesa: aquí te señalamos y te explicamos algunas de las novedades literarias más jugosas (y también unos cuantos comics) que están a punto de llegar –o recién aterrizados– en nuestras librerías. El rincón del papel impreso en PlayGround.

Hablemos de Burroughs. Burroughs escribió un puñado de libros esquizoides (no traten de leer “El Ticket Que Explotó” porque, sencillamente, no es una buena idea), y luego recibió la visita de Kurt Cobain y decidió que, por qué no, podía grabar un disco. Por entonces Burroughs (William S. Burroughs, el mismo beat que escribió una novela a medias con Jack Kerouac y que compartió con él el secreto de un asesinato) tenía un millón de años (en realidad, sólo 79). Y hacía tres que había publicado “Bladerunner: Una película”, uno de los libros del momento, es decir, uno de los libros que acaban de aterrizar (por fin) en los estantes de las librerías españolas. Así que vamos a echar un vistazo a lo que sea que esté pasando en el mundo de libro (y del cómic), y a señalar unos cuantos títulos que nos parezcan especialmente reseñables para ponernos al día de los estrenos literarios y darte el gustazo de saber lo que vas a encontrar en la mesa de novedades de tu librería favorita (si la tienes) antes siquiera de entrar.

Todos los libros esperan que les demos una oportunidad, pero ninguno de nosotros tiene la capacidad del noble y estúpido Johnny 5 –el ridículo pero cultísimo robot de párpados extensibles de la película “Cortocircuito”– así que no vamos poder hacerle sombra. Quizá, en el mejor de los casos, podamos mantener un par de conversaciones sobre, ¿qué? Esa es la cuestión. ¿Qué ha pasado este mes? En este punto es cuando volvemos a hablar de Burroughs. Y de su intento de adaptar “The Bladerunner”, la novela de Alan E. Nourse, que nada tiene que ver con “¿Sueñan Los Androides Con Ovejas Eléctricas?”, de Philip K. Dick (ni con la película que Ridley Scott hizo con ella). Pero también del accidente de coche que casi le costó la vida al clan Auster. Porque este mes de febrero las librerías están llenándose de extraños artefactos (una obra de teatro que se convirtió en guión de serie para la HBO de Cormac McCarthy), inesperadas novelas de espías (el regreso de Javier Calvo: “El Jardín Colgante”), confesiones metaliterarias (o las 21 habitaciones en las que ha escrito a lo largo de su vida Paul Auster) y recuerdos de infancia (desde el psiquiátrico) de Knut Hamsun. ¿Qué? ¿Echamos un vistazo a los libros (y cómics) que no hay que perderse en las próximas dos semanas?

Javier Calvo: “El Jardín Colgante” (Seix Barral)

Concebida como la segunda entrega de la trilogía policial que Javier Calvo inició con la espectral “Corona De Flores”, “El Jardín Colgante”, nos presenta a Arístides Lao, un superdotado agente de la inteligencia antiterrorista española que aún vive con su madre y que acaba de ser derivado a una nueva Unidad de Apoyo Especial, formada por él, una secretaria que aprovechará la ausencia de protocolo para coger la baja indefinida, y Melitón Muria, un agente con principios que sueña con montar una gasolinera. Su objetivo es el de desarticular una nueva banda terrorista de extrema izquierda llamada TOD. Para conseguirlo, tendrá que ponerse en contacto con Teo, Teo Barbosa, el tipo que tiene una novia punk (o, mejor, ex) y que es en realidad un agente infiltrado que está a punto de atracar un banco, auspiciado por el Gobierno de la Nueva España, el país colgante, que necesita el Mal, aunque sea un Mal pequeño, aunque sea un Mal ridículo, para mantenerse en el poder. El año es 1977. El año del Meteorito. Y nada es lo que parece. Un vistazo a la Transición, esa época gris y aburrida en la que se fraguó La Gran Mentira del país que no es un país, que es otra cosa, que es una canción de The Cure ( “The Hanging Garden”), que es cualquier cosa menos un país, made by Calvo.

William S. Burroughs: “Blade Runner: Una película” (Ediciones Escalera)

Al final de los títulos de crédito de “Blade Runner”, Ridley Scott incluyó una (hasta ahora) enigmática mención a William S. Burroughs, el tipo que escribió “El Almuerzo Desnudo” (un clásico del cut-up alucinógeno) y luego “El Ticket Que Explotó” (distopía sobre órganos sexuales hipertrofiados), que fue amigo de Jack Kerouac (con quien compartió una novela y un secreto, el del asesinato de un ex amigo por parte de otro ex amigo con gafas) y, por lo tanto, escritor beat. ¿Por qué lo mencionó Ridley Scott al final de los títulos de crédito de “Blade Runner”? Porque William S. Burroughs debía haber sido el guionista de “Blade Runner”. Demonios, ¿qué? ¿William S. Burroughs? No se asusten. No estamos hablando del “Blade Runner” resultante. El que se basó en la hondísima novela con búhos que valen millones de dólares de Philip K. Dick “¿Sueñan Los Androides Con Ovejas Eléctricas?” sino de “The Bladerunner”, de Alan E. Nourse, autor de “Los Invasores Llegan”, “Mineros Del Espacio”, “El Planeta Gris” y cosas por el estilo. A finales de los 70s un estudio contrató a Burroughs para que intentara convertir en guión la historia de Nourse, que no estaba protagonizada por un matarreplicantes sino por un camello farmacológico, un distribuidor clandestino de medicamentos en un mundo en el que el colapso sanitario ha dejado a la mayor parte de la población en la cuneta (esto es, no hay medicamentos, a menos que seas uno de los grandes, un tipo importante, o conozcas a alguien como Bill, el bladerunner).

A Burroughs, adicto hasta el último de sus días a todo tipo de sustancias, el proyecto le venía como anillo al dedo, pero en Hollywood a veces pasa que los encargos no son más que eso, encargos. Así que, en un momento dado el estudio llamó al escritor y le dijo que la película era historia. Lo que Burroughs había escrito hasta la fecha, una suerte de novella que no eran en realidad más que sus planes para el bueno de Bill, acabó publicándose en 1979, dos años antes de que muriera Philip K. Dick y de que Ridley Scott estrenara su obra maestra, que nada tiene que ver con Burroughs ni con Nourse, pero que, por su esfuerzo sin sentido (después de todo, el estudio debió cambiar de opinión y sugerir el cambio de título) merecía estar en los títulos de crédito. En cualquier caso, más de 30 años después esa pequeña joya llega a las librerías españolas. Un sistema caníbal ( “¿Podrá permitirse pagar 300 dólares diarios por una cama de hospital?), una América en ruinas, el cáncer relámpago ( “los médicos hablan de epidemia”), las segundas oportunidades (para Billy, el bladerunner, “y para la humanidad al completo”) y (Mr. Cut-Up) Burroughs. Must have.

Camille de Toledo: “En Época de Monstruos y Catástrofes” (Alpha Decay)

Hace poco os hablábamos de Stewart Home y su “Memphis Underground”, flamante desembarco en España del antitodo inglés de la mano de Alpha Decay. Pues bien. Ahora toca hablar de otro desembarco. En este caso, monstruoso. El de Camille de Toledo. ¿Y quién demonios es Camille de Toledo? Un tipo de Lyon que acaba de cumplir los 36 y al que Mathias Enard considera el único escritor francés imprescindible (y no muerto). A juzgar por el calado y la ambición de su “En Época De Monstruos Y Catástrofes”, primera entrega de una arqueología de ficciones que inició en 2005 y que pretende recrear la era Dubái del capitalismo en la que estamos inmersos (en la que ciudades enteras se exportan e importan como bolsos), no le falta razón. Ambientada en un París recreado en Texas (un París más parecido a Las Vegas, a Disneylandia, o a la Inglaterra marciana que aglutinaba elementos turísticos en el “Inglaterra, Inglaterra”, de Julian Barnes), el protagonista es LWK, un tipo extraño que habla poco y nunca se mete con nadie, eso sí, es un emprendedor y la suerte está de su bando, porque al poco de lanzar al mercado unos misteriosos Pleasure Sweets y una también misteriosa, pero a todas luces placentera, Pleasure Box, se hace rico. Y, como un enloquecido personaje de cualquier novela de Bret Easton Ellis, empieza a codearse con una élite globalizada e igualmente enloquecida y parasitaria. El ambiente es el de un cuadro de El Bosco sin pecado, como advierte la contracubierta, un cuadro que, por cierto, está a punto de arder en el infierno. Un lisérgico y nutritivo (literariamente hablando) viaje a ninguna parte (o a todas a la vez) altamente recomendable.

Kenneth Bernard: “Entre Los Archivos Del Distrito” (Errata Naturae)

Considerado por el ensayista Richard Kostelanetz como el ultime fringe writer (esto es, escritor marginal por excelencia), el neoyorkino Kenneth Bernard es autor desde los 60s de una inclasificable (y vasta obra) que incluye ficciones, poesía y teatro. La primera muestra de ello que llega a las librerías españolas se titula “Entre Los Archivos Del Distrito” y es, en realidad, el diario orwelliano de un tipo llamado John que vive en un mundo que es como una caja de zapatos (asfixiante, cerrado), dominado por una extraña Delegación, que obliga a los distritos a vigilar a sus habitantes, regulando su inquietante sexualidad y organizándolos en clubs que tienen nombre de complejos funerarios. Estos entes sin nombre, estos distritos, conservan archivos de cada uno de ellos, y eso incluye al propio John que, mientras tanto, le cuenta a su diario qué ha hecho hoy en la cola del supermercado y por qué le cae realmente mal su vecino. Las cosas se pondrán realmente feas cuando John decida iniciar una pequeña (en realidad, ridícula) rebelión. Retorcido y algo angustioso, especialmente apto para una lluviosa tarde de domingo.

Cormac McCarthy: “El Sunset Limited” (Mondadori)

El mercado editorial no puede andar metiéndole prisa a un tipo acostumbrado a la seguridad que da una despensa llena hasta los topes de judías en lata como Cormac McCarthy (su pasión por esta especialidad quedó más que clara en “La Carretera”, o eso nos hicieron creer todos aquellos que tenían a McCarthy por un escritor huraño que no dejaba su cabaña ni para ir al supermercado antes de que pudiéramos verle en la gala de los Oscar de 2007, cuando la adaptación de los Coen de su “No Es País Para Viejos” se llevó un puñado de estatuillas). De ahí que, a la espera de que el buen señor se ponga manos a la obra con su siguiente masterpiece (la última es la “La Carretera” y es de 2006, es decir, de hace seis años), sus editores anden nerviosos, buscando material por publicar. De ahí que hayan decidido rescatar ese extraño artefacto llamado (de forma igualmente extraña) “El Sunset Limited”, una obra de teatro que fue llevada a escena el mismo 2006 (en Chicago) y que el año pasado se convirtió en miniserie de televisión (la produjo HBO y la protagonizaron Tommy Lee Jones, que además era el director, y Samuel L. Jackson). En cualquier caso, ¿de qué va todo esto? De la vida que no valoramos. O, mejor dicho, que los blancos (y entiéndanse aquí blancos como tipos acomodados) no valoramos. La acción transcurre en una habitación cerrada. Y lo único que pasa es que un blanco y un negro (llamados simplemente BLANCO y NEGRO, así, en mayúsculas, en plan partida de ajedrez entre dos peones) discuten. Uno, el blanco, es un profesor universitario que está pensando en colgarse (lo tiene todo, pero no ve futuro más allá de la viga del salón) y el otro, el negro, es un ex yonqui que ha estado en la cárcel y que, pese a que todo tiende a salirle mal, cree que la vida es sagrada. Que debe respetarse hasta el último minuto. Es decir, McCarthy trasladando su crudo far west existencial a una habitación de motel. ¿Maniqueo? En apariencia, demasiado. Pero estamos hablando del tipo que creó al juez Glanton. Démosle un voto de confianza.

Paul Auster: “Diario De Invierno” (Anagrama)

Paul Auster es un tipo reservado. Su mujer, Siri Hustvedt, también. Su mujer dice que nunca habla de él en sus novelas. Pero también lo dice la mujer de Martin Amis y luego admite que, como el protagonista de “Vínculo”, Amis es de los que suele dejarse los calzoncillos a los pies de la cama. Así que nunca se sabe. Pero como Paul Auster no quiere que lo que se sepa de él provenga únicamente de las novelas de su mujer (las confesiones están ahí, sólo que perfectamente maquilladas) ha decidido escribir una autobiografía. Bueno. “Diario De Invierno” no es exactamente eso. Aunque tampoco es un diario. Es, más bien, un puñado de notas desordenadas, escritas en segunda persona del singular (sí, Auster juega a que eres y no él quien ha vivido todo eso, incluido el accidente que casi le cuesta la vida a Siri y a su hija Sophie y que fue, confiesa, culpa suya, oh, bueno, en realidad culpa tuya), que incluyen la pormenorizada descripción de las 21 habitaciones en las que Auster ha dormido (durante algún tiempo) a lo largo de su vida. Tal vez hubiese bastado con incluir una fotografía y dedicar las líneas en que se enumeran objetos a hablar de lo que pasó allí dentro, pero así son las cosas. Aceptemos el exorcismo de Auster como un recuento de lo vivido, un inventario (con la sensación de encontrarse en lo más alto de la colina, a punto de iniciar el descenso hacia El Otro Lado) más que como la segunda entrega de “A Salto de Mata”, aquella novela de iniciación en la que nos contaba lo mal que lo pasó currando en el petrolero y cómo fue que decidió dedicarse a escribir. En otras palabras, no hay pasión en “Diario De Invierno” sólo el apocalíptico desasosiego de quien acepta que lo mejor de su vida (y, quién sabe, quizá también de su obra) ya ha pasado.

Knut Hamsun: “Por Senderos Que La Maleza Oculta” (Nórdica Libros)

En mayo de 1945, Knut Hamsun (el escritor noruego por excelencia, el tipo que renovó y, qué demonios, creó el noruego literario, el tipo del que Thomas Mann aseguró algo parecido a “creo en el Nobel desde que se lo han dado a Knut Hamsun”) y su mujer fueron arrestados después de que el escritor intentara hacerle llegar a Hitler su Premio Nobel, fascinado por su figura. Por entonces tenía 84 años y pasaría el resto de sus días recluido, primero en una residencia de ancianos y más tarde en una clínica psiquiátrica, después de que el Tribunal Supremo le condenara por traición a la patria. Hamsun pasó de ser el escritor más amado de su país a ser el más odiado y dedicó los primeros cuatro años de su reclusión a la redacción de este “Por Senderos Que La Maleza Oculta”, un thomasmanniano libro de confesiones en el que se dan cita desde recuerdos de infancia hasta sus últimos paseos, pasando por su alegato de defensa ante el tribunal, esto es, las razones por las que Hamsun decidió apoyar el régimen de Quisling en la Noruega ocupada por los nazis. El misterio, por fin, al descubierto.

Seth: “Wimbledon Green” (Sins Entido)

Sabe Seth que se lo debe casi todo a Chris Ware. Y entendamos aquí todo como todo aquello en lo que Seth se ha convertido (no hay un paso de gigante sino al menos siete en lo que a narrativa secuencial se refiere entre “La Vida Es Buena Si No Te Rindes” y “George Sprott”). Y esto es, en el mejor narrador de deliciosos biopics en viñeta de personajes tan entrañables como el bueno de Wimbledon Green. ¿Bueno? Oh, no exactamente. Porque Wimbledon (quizá también Don) Green es un coleccionista feroz y como tal, está dispuesto a cualquier cosa con tal de conseguir aquello que quiere. Green es el mayor coleccionista de cómics del mundo. Y nadie sabe de dónde ha salido. Pero eso no impide que le odien. Porque Green lo tiene todo. Incluida una avioneta con la que volar a la próxima subasta o, mejor, al lugar en el que supuestamente está a punto de ser avistado el primer número de Green Ghost, una historieta en la que el mundo del coleccionismo quiere creer (como se puede creer en los extraterrestres) pero no sabe si debería hacerlo. En cualquier caso, Seth en estado puro. Seth, dedicándole todo lo que hace a Chris Ware. En una edición casi comestible. De lo maravillosa que resulta.

Jason: “Athos En América” (Astiberri)

“Athos en América” no es una historia al uso de Jason. Porque no es una historia en sí misma. Lleva el título de la primera de las historietas que recopila, precuela, por cierto, de “El Último Mosquetero”. En ella, Athos, el espadachín inmortal (y gatuno) cuenta cómo era Hollywood en los años 20, cuando se instaló allí con el fin de participar en la primera súper producción de “Los Tres Mosqueteros”. Athos tenía que interpretarse a sí mismo. Y las cosas no fueron del todo bien. A todo esto, ahora, cuando lo cuenta, Athos está acodado en la barra de un bar. En Nueva York. Hace frío fuera. Aún lleva su capa y su espada. Y sigue siendo un gato. Blanco y negro. Completan el volumen (uno de los más adictivos del amante de los gatos parlanchines noruego) “El Caballo Que Ríe”, historieta que retoma los personajes de “Low Moon”; “El Cerebro Que No Quería Virginia Woolf” (visualicen un remix de “El Cerebro Que No Quería Morir” y “ ¿Quién Teme A Virginia Woolf?” y podrán hacerse una idea de qué va la cosa), “Un Gato Venido Del Cielo”, en la que Jason se retrata a sí mismo trabajando, la muy devota “Tom Waits En La Luna” y la más sentimental “Adiós, Mary Ann”. Apto para fans y para aquellos que quieran echar un vistazo al universo antropomórfico del fan de Hitchcock Jason.

Peter Bagge & Beto Hernández: “¡Yeah!” (La Cúpula)

Por fin llega a librerías “¡Yeah!”, la divertidísima y galáctica colaboración entre Beto Hernández ( “Love & Rockets”) y Peter Bagge (el padre de la historieta grunge). La cosa va de una banda de chicas (llamada Yeah!) que es conocida (en realidad es mucho más que conocida, es famosísima) en toda la galaxia menos en la Tierra. En la Tierra las chicas trabajan en un restaurante de comida rápida y pueden pasearse sin miedo a que las reconozcan porque son unas losers de tomo y lomo. Por eso, aunque las giras fuera de nuestro planeta son interminables y fascinantemente exitosas, su manager, un tipo sin demasiadas luces, es incapaz de conseguirle un solo concierto en nuestro planeta. Y el clásico: sus padres, a la vez que se preguntan para qué les sirven las guitarras, se toman sus supuestas (y en verdad reales) aventuras en otros planetas como enfermizos delirios de grandeza. ¿Y qué hay de sus fans? Sus fans tienen nombres imposibles. Y formas igualmente imposibles. Pero las adoran. Publicados entre 1999 y el 2000, los nueve números reunidos en el volumen que está a punto de llegar a librerías, son, sencillamente, imprescindibles.

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