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¿Es Putin el tipo más macarra del mundo?

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El presidente ruso levanta pasiones entre comentaristas de Intereconomía y la izquierda antiimperialista. ¿Cómo lo hace?

Rafa Martí

15 Enero 2014 07:48

El mes que viene arrancan los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi, Rusia, en un entorno salpicado por el enorme gasto público que han implicado sus obras y la violencia en Rusia. ¿Por qué Putin es hoy un personaje tan fascinante? Con Rafa Martí repasamos algunos de sus grandes éxitos.

Cazador, pescador, motero de Harley, piloto de caza, bombero, ciclista, leñador, ligón (pregunten si no a las chicas de la facultad de Periodismo en Moscú [imagen del calendario]), tirador, ex KGB… Con formas de portero de discoteca, puede que el presidente ruso sea la figura internacional que más quebraderos de cabeza está dando ahora al mundo. Ante los polémicos Juegos Olímpicos en Sochi, todo apunta a que Vladimir Putin tendrá que plantar cara a largas semanas de examen internacional. Como personaje es incuestionablemente fascinante.

Guste o no, el aprendiz de Zar es la clase de persona que levanta pasiones desde la izquierda de la Red Voltaire a la derecha de Intereconomía. Paco Segarra, quien ha colaborado en los medios de la cadena, recientemente publicó una columna titulada “La Santa Rusia”. En su opinión, el país eslavo es la “reserva espiritual de Occidente”, donde obviamente hay “cárcel para las mercenarias del capitalismo —las Pussy Riot—, por gamberrismo motivado en el odio religioso”. Del otro lado, en el de Thierry Meyssan, Putin se ha erigido como bastión contra el imperialismo yanqui, protagonizando hitos como el bloqueo de la intervención de la OTAN contra Bashar Al Assad en Siria.

Putin también ha conseguido que quienes le critican por su animadversión a los homosexuales, le aplaudan paralelamente por dar asilo al exanalista de la CIA Edward Snowden, que se ha convertido en una especie del último símbolo de la libertad de expresión.

A pesar del buenismo mal disimulado de Time al nombrar personaje del año al papa Francisco; Forbes y The Washington Post no han dudado en apuntar que el más influyente en 2013 no podía ser otro que Vladimir Putin.

¿Es Putin esquizofrénico? ¿Lo hace bien, mal? No. El presidente ruso hace su papel, el del malote del patio, que sabe cuándo ha dar su desayuno al que no tiene, y agredir a quien pretenda hacerle sombra. Hasta ahora, él siempre gana.

A su imagen de aventurero polivalente se une un lenguaje implacable con sus adversarios. “A fin de cuentas, podrían probar Viagra y puede que les fuese bien en la vida”, dijo a quienes cuestionaron el número de medallas olímpicas de su país. (Ojo a los que se enfrenten a Rusia en los juegos de Sochi). Tampoco dudó, por ejemplo, en llamar en 2006 al presidente israelí Moshe Katsav algo así como “campeón”, cuando este fue acusado de abusos sexuales. O contestar a Hillary Clinton, que le acusó de no tener alma por haber pertenecido al KGB: “Un dirigente estatal debe tener, como mínimo, cabeza”, concluyó.

De este cóctel de personajes de película surge Vladimir Putin. Un líder nato a quien no hay quién le pare. ¿Qué puede hacer un Obama en mangas de camisa comiendo un Big Mac al lado de un cazador de osos en el invierno siberiano y a pecho descubierto? Callar y dejar de lado la intervención en Siria, por ejemplo.

Putin: “Continuaremos la lucha contra los terroristas de manera segura, despiadada y consecuente hasta su completa eliminación”

Los recientes ataques terroristas en Volgogrado, al sur de Rusia, han provocado una vez más la mejor versión del personalismo y el matonismo políticos encarnados en Vladimir Putin. El senador demócrata Charles Schumer no pudo definirlo mejor, cuando dijo el pasado agosto: “El presidente Putin se está comportando como un matón de patio del colegio. Según mi experiencia, he aprendido que, a menos que te enfrentes a ese matón, sigue pidiendo más y más”.

Y así se expresaba Putin en su discurso de año nuevo, dando a entender cuál sería su fijación en 2014: “Continuaremos la lucha contra los terroristas de manera segura, despiadada y consecuente hasta su completa eliminación”.

Quienes recientemente quisieron probarle ahora fueron los terroristas, presuntamente islámicos y procedentes del Cáucaso, que han despertado al oso más terrible. Como el zar Iván. Con los atentados que terminaron con la vida de 33 personas, los criminales han puesto en peligro el mayor reto del Kremlin para 2014: organizar los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi, que serán el evento más grande que organiza la Rusia no comunista después de 1991. Con ellos, Putin pretende mejorar una dañada imagen internacional creada por todas las controversias en torno a los homosexuales, los derechos humanos y la falta de pluralidad democrática.

Además de la imagen, las inversiones y los contratos con empresas estatales o de oligarcas amigos ponen muchos millones en juego. 51.000 millones de dólares, de hecho, según Businessweek, superando los 40.000 de los Juegos de verano de Pekín 2008. Esquire calcula que, con lo que se ha invertido en la construcción de la autopista principal a Sochi, podría haberse cubierto el pavimento con un centímetro de caviar de beluga. Otro de los macroproyectos, por ejemplo, es la construcción de una red completa de ferrocarril para conectar al sur del país.

Así, los terroristas le han dado una nueva excusa para extender su política de estilo zarista, y con la opinión pública de lado. ¿Quién será el listo que quiera bloquear los juegos de Sochi cuando son los chechenos los primeros interesados? Por mucho que el pintor Piotr Pavlenski vuelva a clavarse (literalmente) los testículos en la Plaza Roja en señal de protesta, nada va a detener a Putin, ese matón de patio de colegio.

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