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¿Puede la raza humana llegar hasta Laurent Garnier sin doparse?

Crónica de dos días en Sónar en las antípodas del moderno alimentado por la química y de la participación gonzo para responder la pregunta de todas las preguntas: ¿se puede resistir? Sí, se puede

Un experimento: vivir dos días completos de Sónar, con sus noches hasta el final, sin usar drogas. Verlo con ojos lúcidos, como si fuera un análisis diferencial de gran complejidad. Actitud anti-gonzo: no somos los protagonistas, sino lo que ven nuestros ojos. Una mirada distinta a un Sónar épico.

Yo, a diferencia de la inmensa mayoría de vosotros, asistí gratuitamente a la vigésima edición de Sónar. Esto podría ser motivo de fanfarronería. O a mí desde luego me lo habría parecido hace un año, cuando tras mucho meditar la responsabilidad de acudir o no al festival –en un momento en que todo el mundo anunciaba que la economía del sur de Europa se deslizaba hacia una conflagración infernal como un bobsleigh pilotado por jamaicanos–, al fin desembolsé la cantidad requerida por las entradas, cautivado por la implacable vehemencia de sus publicistas. Pero como todo en la vida, el don de las entradas gratuitas apareció en un momento en el que ya no lo disfrutaría como imaginaba en tiempos pretéritos. Este año me propuse asistir al Sónar tranquilo y atento como una rana.

Nada de fiesta.

Y nada de fiesta significaba, obviamente, nada de drogas. Nada de cigarrillos y nada de alcohol. Una decisión fundamentada en la dimensión artística del acontecimiento, con el fin de recuperar esa experiencia casi museística de sus primeros años de andadura.

"Si una sesión exige drogas, entonces es que el DJ no está haciendo bien su trabajo"

Por otro lado imaginé que tenía que ser levemente frustrante el hecho de ser un músico profesional que participa en Sónar y se encuentra a un público cognitivamente inoperante. Conducir a una manada de inconscientes enlazando bucles de house es una tarea que puede emprender cualquier músico amateur en un after de provincias, pero la mayoría de músicos electrónicos que me atrae carecen de ningún componente dramático que haga pensar que se lo están pasando salvajemente bien. (Nada de montarse en lanchas neumáticas o ingenios parecidos). Es decir, sabes que se lo están pasando bien, pero nadie adivina en ellos una actitud relajada. Su comportamiento hace ver que manipulan los botones como un cirujano que estuviese reparando una retina, como el conductor de un camión cisterna que contiene líquidos explosivos, o con el nervio de Homer Simpson si supiese utilizar apropiadamente su reactor nuclear.

Probablemente ésa sea la razón por la que Red Bull, la bebida de los malos estudiantes, está presente cerca de todas las mesas de mezclas del mundo.

Estableciendo una comparación odiosa, digamos que los músicos electrónicos actúan con una seriedad en las antípodas de numerosos escritores y periodistas, a los que Hunter S. Thompson les sigue pareciendo un tipo muy duro y muy auténtico

Por favor.

Sólo a un espantaviejas podría parecerle osado ir colocado a un festival de músicas avanzadas.

Lo verdaderamente imaginativo pasaba por mantenerse dos días despierto con el apoyo ocasional de una cantidad insana de bebidas energizantes (lo que, bien es cierto, podría considerarse que en el cuerpo humano actúa como un gramo de cocaína o espiz al día, rebajado con litros de alcohol).

Nada de fiesta, pues.

Si una sesión exige drogas, entonces es que el DJ no está haciendo bien su trabajo.

Al lío.

Con Foreign Beggars, mi Sónar empezó mal. A los de Londres los conocía desde “Asylum Agenda” y desde entonces la virtuosa versatilidad de sus flujos vocales siempre me agradó, incluyendo sus incursiones en el dubstep; pero pasados los primeros minutos de exhibición de ritmos tronchavértebras, aquello empezó a parecer dubstep fallero en donde las voces eran tan accesorias como las vuvuzelas. Por supuesto, este mal pie me puso nervioso. Pasar exitosamente una yincana así sin trampas farmacéuticas parecía una tarea que de pronto se hacía mucho más cuesta arriba.

Y además nunca nadie se lo pasó mal en Sónar.

En realidad, a la altura de la teoría de los campos mórficos y de la conjetura de Collatz se encuentran los índices de satisfacción entre los asistentes al festival de música avanzada, un misterio para la mente humana que año a año se agrava conforme las cifras de espectadores se vuelven más y más inmanejables. Este año, 121.000. Y de todos ellos apenas es posible escuchar ningún comentario desaprobatorio. Sobre la prensa siempre recaerá la sospecha de que opera conchabada y financiada por las industrias culturales, con miedo a perder sus privilegios (un pase a los espectáculos y una coqueta mochila Adidas, para el caso). Aunque por otro lado el público corriente también está sometido a condicionantes. Al igual que no es probable escuchar comentarios negativos de lectores que se acaban de enfrentar a obras de dimensiones monumentales y que ya han sido avaladas por todo el mundo, por miedo a hacer el ridículo (‘¿Entonces por qué has gastado todo ese tiempo y dinero en “El Hombre Sin Atributos”, tío?’), nadie desea hacer un mal uso de sus tickets para el Sónar, ni admitir que su compra fue un error. Finalmente, las críticas a la organización siempre aparecen pronunciadas desde una convicción tan firme que hace pensar que procediesen de personas que llevan 20 años yendo religiosamente a Sónar y que ya están en posesión de su entrada para la edición de 2014, o directamente por gente que nunca ha estado allí. Me refiero, claro, a las eventuales apreciaciones por las cuales: ‘el Macba era mejor’, o ‘con Skrillex esto se va a la mierda’.

Pero tras Foreign Beggars vino bRUNA, y todo empezó a enderezarse.

MÚSICOS EN LOS QUE CONFIARÍAS PARA QUE CUIDEN DE TU GATO EN VACACIONES

bRUNA forma parte de una casta de músicos contemporáneos de los que, como Francesco Tristano o Nicolas Jaar, te puedes fiar sólo mirándoles a los ojos. bRUNA, Tristano y Jaar es gente en la cual confiarías para que cuidasen de tu mascota en vacaciones. Gente con la cual te gustaría casar a tu hija o a tu hijo. La clase de personas a la que vuestros padres y los míos aludirían como “la juventud sana”. Otra prueba más de que el punk es para carcamales. Y poco importó que bRUNA llegase allí con el equipo averiado porque, dejando a un lado su espléndida música, a todos nos emocionó la manera en la que se enfrentó a una tecnología defectuosa. Como el piloto que es capaz de hacer aterrizar un avión comercial con un ala en llamas. Héroe de la tarde.

Diamond Version fueron pulgares enhiestos.

"Hay algo estridente en el hecho de ser recibido en un festival de música avanzada por unos sexagenarios cuyo espectáculo necesita gafas hechas de celofán"

Y a la noche Sónar desveló uno de los principios morales que hacen de todo esto un festival de magia además de un festival musical. Me refiero a su voluntad de “docere et delectare”, instruir y deleitar. Para entrar al recinto que alberga la sesión nocturna del festival sólo existe un modo, y ese es pasar por delante de Kraftwerk, que tiene algunos empleados haciéndote entrega de gafas 3D de cartón. En principio, hay algo estridente en el hecho de ser recibido en un festival de música avanzada por unos sexagenarios cuyo espectáculo necesita gafas hechas de celofán. Claro que el subtexto de semejante acción por parte de los organizadores no es otro que:

–Da igual si eres un mocoso que ha caído aquí sólo para escuchar sonido fallero de dubstep; primero, ve a saludar a los abuelos, chaval.

Sónar inculca valores familiares positivos a sus espectadores porque Sónar se cimenta en la mejor tradición intelectual, aquella en la que la voluntad transgeneracional prevalece sobre las vindicaciones generacionales, que siempre cargan con un pequeño componente de mediocridad. A su vez, los espectadores comparten de buen agrado estos valores.

En la actuación de Kraftwerk, es posible encontrar en los aseos masculinos a un montón de varones empotrados contra sus respectivos urinarios, mirándose el pene que orina con las gafas de cartón y celofán necesarias para disfrutar del espectáculo de Kraftwerk.

Esto, y no otra cosa, es lo que popularmente se conoce como tener actitud.

Nicolas Jaar aportó un espectáculo divertido y agradable. Delante de su ordenador se le ve brincar de una manera tan despreocupada que hace pensar que sus artefactos tecnológicos bien pudieran ser sustituidos por un gato chino que saluda con el brazo o por un pajarito bebedor. Aunque esto no es inconveniente para que todos los que estemos allí pasemos un buen rato.

10 REGLAS PARA TENER SEXO EN EL MARCO DEL FESTIVAL DE MÚSICA AVANZADA

La primera es: “Asiste con tu pareja”.

Las otras nueve son demasiado improbables para merecer ningún espacio aquí.

De hecho, la publicidad oficial de Sónar nunca apela a la posibilidad de apareamiento dentro de sus instalaciones. Mientras la mayoría de industrias recurren a it girls cuando quieren vender algo a personas interesadas en la vanguardia cultural, Sónar pone en sus anuncios a mujeres barbudas, o a hombres con pechos, haciendo una coreografía con pompones.

Cierto es que el segundo canal publicitario de Sónar son los reportajes fotográficos de publicaciones interesadas en asuntos musicales, y los propios hashtags vinculados al evento que en las redes sociales exhiben a un montón de divertidos chicos y chicas pasándoselo bien, al tiempo que activan la insana envidia de los no asistentes. Pero, stricto sensu, Sónar va a lo que va y está por encima de cualquier vulgaridad sexual.

Nuevamente: si lo que quieres es compañía afectiva, al Sónar se va emparejado. Lo cual es algo que queda un poco demostrado al cierre de Two Door Cinema Club. Cuando suena el estribillo de “What You Know”, “you don't want to be alone”, a mi alrededor la gente que baila con más vigor son parejas experimentadas en todos los conflictos de querer y que ya han meditado en más de una ocasión las perspectivas de procreación. Parejas muy pro.

“What You Know” es un buen cierre para un concierto cuyas pistas suenan aún más intercambiables que las de Paco Osuna, al menos a mis oídos muy poco entrenados en este género.

Entonces la noche se pone seria. Enter, con Maya Jane Coles, Paco Osuna y Richie Hawtin, trae consigo cuatro horas de tecno con pistas 100% shazameables.

Atopísimo.

EL PUBIS DE LAS OYENTES DE SKRILLEX

Ni mi mujer ni yo podemos reprimir la curiosidad morbosa que despierta Skrillex, y así aprovechamos la transición de Maya a Osuna para hacerle una visita. Una cuenta atrás de cinco minutos infla las expectativas de la sala, y mi mujer y yo matamos el rato intercambiando previsibles ordinarieces sobre el espectáculo.

– ¿Tú crees que las seguidoras de Skrillex se depilarán el pubis siguiendo los patrones capilares del músico, mitad pelón, mitad pelado?

La cuenta atrás da pie a un video en el que el músico californiano me expone los hitos arquitectónicos de la ciudad en la que yo resido –aquí un Gaudí, allá un pene de Spiderman–, seguido de otro que alberga el imaginario que cautiva a los adolescentes de hoy –aquí un chico haciendo una pirueta con un patín, allá otro bebiendo cerveza–, que es exactamente el mismo que cautivaba a los adolescentes de mi generación. Sonny John Moore aparece envuelto en la camiseta del F.C. Barcelona. La sofisticación de sus vídeos hace pensar que han sido producidos por el propio músico en el avión de camino aquí, sirviéndose de iMovie, Photoshop y Google.

"La música de Skrillex suena como el despertador por las mañanas. O como una ventosidad anal"

Era de prever. Su música suena como el despertador por las mañanas. O como una ventosidad anal. Su manera de hacer girar las muñecas manipulando botones es la misma que emplearía para hacer arrancar una motocicleta de pequeña cilindrada. Pero hacer bromas a costa de Skrillex resulta despreciable a estas alturas, y al menos yo disfruto de los instantes que resisto mirando su espectáculo bailando de manera absurda, como el protagonista de un Harlem Shake.

Me cae bien, Sonny John Moore.

Mi mujer y yo empezamos la tarde del sábado dando paseos por Sónar día mientras hacemos apreciaciones sobre la indumentaria de los asistentes. Como además de un festival de música avanzada, Sónar también es un carnaval, en el cual es posible encontrar personas vestidas de conejo de peluche o de portero de fútbol, emitir sentenciosos juicios estéticos carece de sentido. Nunca sabes cuándo una indumentaria tiene fines políticos (“ese joven con barba jasídica y cráneo rematado por una kipá, ¿denuncia el hostigamiento de Israel contra las poblaciones palestinas sitiadas en Cisjordania?”) u ortopédicos (“¿corregirá una galopante alopecia esa llamativa gorra del revés, todo guapa?”, “¿qué desagradable rostro oculta ese desproporcionado bigote?”). Mismamente yo estoy asistiendo a Sónar con unas gafas de montura circular tan gruesas que nadie podría adivinar si su fin es irónico, estético u ortopédico.

ESPANTAVIEJAS DE LA WHITE CUBE

Krystal Klear es el primer nombre que tengo registrado para visitar la tarde del sábado. Sin embargo, al leer en Twitter una encarecida recomendación de Dinos Chapman improviso un cambio de rumbo. Aunque luego sabría más de los hermanos Chapman mirando en Internet, en ese momento nunca en mi vida he oído hablar de Dinos.

Trabajo demasiado para ser el ocioso intelectual que me gustaría.

La información suministrada por la app del festival asegura que Dinos Chapman es una persona habituada a “escandalizar a los defensores de las buenas costumbres y la moralidad establecida”. Como me considero una persona de costumbres y moral corrientes y estrictas, el argumento me resulta aún más estimulante.

El espectáculo de Chapman está instalado en el auditorio del Complex. Para llegar hasta allí antes hay que esperar en una cola de personas ordenada por dos guardas de seguridad. La publicidad de Dinos me hace pensar que los guardas tal vez estén allí para alertar a los espectadores de que detrás de aquellas puertas nos espera una filmación en directo de esas matanzas a mamíferos que tanto nos importan a los vegetarianos. No es así. La función de los empleados de seguridad se ocupa de que nadie entre al recinto sin ningún tipo de bebida, salvo agua embotellada.

Bebedor de agua y con valores convencionales, soy el espectador perfecto para Chapman.

"Nunca en todo el Sónar me he sentido más cómodo que en aquellos butacones"

Dentro del auditorio nadie asesina a ningún mamífero. Simplemente hay un hombre haciendo sonar una interesante música electrónica y proyectando imágenes.

– Es bonico.

Esto es lo que mi mujer me susurra en un momento en que un melancólico gato o perro es proyectado en pantalla. Yo pienso igual; el animal es bonico. A pesar de sus provocaciones, nunca en todo el Sónar me he sentido más cómodo que en aquellos butacones. Después de tantas horas allí, los asientos del Complex son camas con baldaquín, incluso en relación al relajante astroturf. Chapman está bien y es estimulante asistir sentado a un espectáculo de electrónica que en cualquier otro escenario tendría bailando a parte del aforo.

El único problema que me distrae entonces es una molestia ocular, motivada quizá por el cansancio o por alguna alergia. Entrenado en la filosofía post-crisis de transformar la escasez en una virtud, aprovecho la lesión ocular para descansar la vista. Cierro los ojos y utilizo la mano a modo de pantalla delante de mi rostro para evitar que entre ningún destello de luz a mi retina, y concentrarme así solo en la música. En un festival de música avanzada, el oído debería ser el sentido más valioso. Para entonces el aforo ya está desplazándose a otros sitios. Como yo me encuentro sentado en un extremo de una fila trasera, se me ocurre que toda la gente que pasa a mi lado abandonando el auditorio tal vez crea que el show de Chapman me ofende tanto que me he visto obligado a taparme los ojos. Esto es yoga para mi cuerpo.

Al salir del Complex encuentro a algunos amigos con los que paseamos por la zona de descanso. Les cuento mi proyecto de Sonar anti-gonzo y naturalmente esto les escandaliza.

– En posesión de una nariz trocchista como la tuya, es una pena tu decisión de doparte sólo con redbull.

–Eso es verdad, Dios da pan a quien no tiene hambre. Ya la quisieras tú para ti.

LA PROPORCIÓN ÁUREA

Hasta Maceo Plex nada me motiva mucho en la noche del sábado. El arco que va de Breakbot a Justice me trae a la memoria el sonido de Zombie Club en Madrid hace algunos años. Para mí es música de ascensor en ese contexto. Lo cual no es un problema. Un palacio tiene que tener sus pasillos, diría Samuel Johnson, y una buena sesión sus subidas y bajadas. Esa es la diferencia esencial entre una sesión ordinaria, en la que el oyente experimenta una fiesta, y festivales como Sónar, donde festeja una experiencia. Ninguna gran historia puede ser una imparable sucesión de clímax, a no ser que suceda dentro del cráneo de Sonny John Moore. Mi propósito pasa por reservarme energía para tres horas de baile, a repartir entre Maceo Plex y Laurent Garnier. Hasta el inicio de Justice esperamos sentados en un lateral del pabellón SonarPub mirando cosas.

Es probable que alguna gente que teme a los jóvenes modernos crea que Sónar es un infernal apocalipsis con decenas de miles de jóvenes modernos, pero la verdad es que más allá de las inmediaciones de la plaza del Macba la proporción de jóvenes modernos en el mundo es limitada. A esta hora, SonarPub es poco más que un contubernio de universitarios corrientes con los exámenes concluidos, tiempo libre y ganas de pasárselo bien.

En algún momento de la noche dos jóvenes en edad universitaria cuyo atractivo físico es indudable empiezan a atraer varones. Ellas se convierten en el punto de partida de una forma que vista desde el espacio parecería una proporción áurea, en donde los varones más próximos a ellas son los más bravos. Uno a uno van siendo rechazados. Aunque los chavales provocan una cierta lástima, la tragedia es recíproca. A efectos prácticos cabe pensar que ellos y ellas acabarán cosechando un mismo final. No es fácil encontrar pareja cuando eres un post-adolescente poseído y atontado por los combinados, como tampoco debe serlo encontrar pretendientes a la altura cuando tus encantos desbancan la media.

La primera regla para encontrar amante en el marco de Sónar es asistir con pareja, bis.

También paseamos por el espectáculo de Melé. Se le ve demasiado enfadado con el mundo. Lleva gorra, blande una botella y tiene gafas de empollón. Sus beats no están mal, pero tanta agresividad hace pensar en la clase de adolescente con problemas de sociabilidad que salda sus complejos encerrado en su habitación con música del infierno, y un historial en el explorador de Internet lleno de videos para adultos con historias amorosas protagonizadas por tres personas.

Maceo Plex fueron pulgares realmente enhiestos. Bailé junto a un divertido homosexual extranjero interesado en conocer la marca de galletas de chocolate que digería (¿OOOGGGEEEOOO?) y otra persona que pivotaba sobre sí misma como un bolo recién tocado por la bola, a punto de venirse abajo. Plex baila con mucho salero a los platos.

A Kalkbrenner lo estuve mirando un rato junto a las gradas de atrás, sentado sobre el cemento en la misma posición de loto que eventualmente empleo para meditar, mientras me interrogaba si era legítimo disfrutar de Paul en aquella posición, y en caso de que no lo fuese, si la música techno no sería entonces una disciplina artística aplicada al fin superior de la danza, o directamente al negocio de la restauración, al igual que la publicidad es expresión creativa aplicada al comercio.

En fin.

Una de las funciones más espectaculares de la música es la recuperación de ciertos momentos vitales asociados a ciertas canciones, que es lo que popularmente se conoce como “la banda sonora de una vida”. Y en los veinte años que en 2013 cumplió Sónar, Laurent Garnier ha sido un leitmotiv recurrente. Escuchar a Garnier –que pincha con la sobreactuación de un genio romántico, impostando rostros de dolor por algún tipo de error inmenso que sólo debe estar ocurriendo en sus auriculares, porque a este lado del escenario todo es perfecto– es desenterrar de la memoria ediciones pasadas de Sónar, y así amanecimos bailando una vez más himnos como “Crispy Bacon” o “The Man With The Red Face”. Ellos nos recuerdan el gran misterio de Sónar como un espectáculo con un 100% de satisfacción en sus asistentes.

SÓNAR Y BARCELONA

A las 7 de la mañana nos recoge un taxi en cuyo equipo suena más house. El taxi bordea la montaña de Montjuïc junto al mar y pasamos delante de un crucero con el significativo nombre de «EPIC». Así fue. Entramos en Barcelona y entonces caigo en la cuenta de que Sónar se parece mucho a la ciudad que lo albergó por primera vez. En su mayoría está tomado por guiris. Luego está la cuota de residentes locales enfadados con la degradación del espacio que trae consigo su crecimiento, y con su progresiva proyección hacia el turismo. Curiosamente, ésta es la clase de razonamiento que solo puede proceder de gente lo bastante obtusa para no haber advertido que si alguna virtud tienen los espacios grandes, como Sónar o Barcelona, ésa es que puedes disfrutar de ellos a tu aire, sin necesidad de tener que tratar con personas con un gusto poco refinado. Aquí hay sitio para Skrillex y para Tristano. Hace calor, pero se está guay. #EpicSonar13.

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