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¿Puede el dinero de la DROGA financiar una telemaratón solidaria?

5 motivos por las que el dinero no te hace peor persona (tampoco mejor, ojo)

Desde que un montón de psicópatas enfarlopados fastidiaron la economía mundial, un meme asegura que el dinero es malo y corrompe a las personas. Michael Sandel es uno de los máximos exponentes de esta tesis, pero Eudald Espluga te explica por qué NO lleva razón (del todo).

El dinero es una fuente inagotable de dilemas morales. Permite comprar seguros de vida de homeless desconocidos para luego cobrar la pasta de su defunción (sí, esto que lees es real). Posibilita pagar a alguien para que se deje tatuar un anuncio en la frente. También tolera que se alquile el vientre a mujeres indias o que se venda el derecho a cazar animales en peligro de extinción. Hasta hace posible que contratemos una novia falsa en Facebook.

El dinero es el tema de nuestro tiempo. Se nos dice que pronto va a poder comprarlo todo. Entre tanta polémica, Michael Sandel —reconocido profesor de Harvard y filósofo de masas ha aparecido por el CCCB para presentar su nuevo libro: “Lo Que el Dinero no Puede Comprar”.

Sandel parte de la tesis que el dinero es como Atila, allá donde pisa no vuelven a crecer ni la hierba ni los valores morales. El libro es un compendio de ejemplos para horrorizar al lector: madres de alquiler, sobornos a niños para que lean en las escuelas públicas, esterilizaciones pagadas a drogadictas y sidosas, derechos de nacionalización al mejor postor, especulación con seguros de vidas y un largo etcétera.

Al igual que Sandel, muchos ven en el dinero algo maligno, forjado en los bajos fondos de Mordor. Tienden a pensar que las monedas, antipáticas ya de entrada por llevar dibujada la cara del cazador de elefantes en su dorso, son altamente corruptoras y propensas a comercializar todo aquello que nunca antes había estado a la venta. Su pesadilla es que llegue el día en que finalmente podamos comprarlo todo con una Mastercard. Sin embargo, hay algo que se nos escapa en todo esto.

1. El dinero nunca es sólo dinero.

Tradicionalmente el dinero se ha definido como un instrumento neutro, gris y despersonalizado. ¿Cómo puede ser económicamente equivalente trabajar un mes en una fábrica de bombillas que escribir un poemario? Nos repulsa que la calidad se transforme en cantidad, que se iguale aquello que ni tan sólo debería ser reducido a números, como la maternidad, el amor o la educación.

Sin embargo, creer que el dinero es siempre neutro e impersonal es como pensar que ya estamos saliendo de la crisis: una mentira que, a base de repetirla mucho, acaba pareciendo convincente.

Y es que un rápido vistazo a la manera en que nos relacionamos con el dinero demuestra que lo es todo menos impersonal. Las personas siempre introducen distinciones, dudas y directivas que desafían todo cálculo economicista. Diferenciamos entre dinero sucio y dinero limpio, hablamos de dinero doméstico, de beneficencia, y no confundimos la limosna con la propina o el salario.

"Son más fáciles de gastar los cinco euros que me acabo de encontrar en el suelo que cinco de los que he ganado escribiendo este artículo"

Pensemos en la mítica escena de “Reservoir Dogs” en la que el Señor Rosa (Steve Buscemi) no quería pagar propina. Él la interpretaba como un regalo que sólo debía ser entregado si uno estaba tan satisfecho con el servicio como para realizar tal dispendio. En cambio, los demás le reprochaban que la propina formaba parte del sueldo de los camareros: se les pagaba tan poco porque se contaba con las propinas como una parte de su mensualidad.

La misma cantidad de dinero no era cualitativamente igual en el caso de que fuera un regalo o un salario.

Marcamos el dinero, lo diferenciamos y nos relacionamos personalmente con él. A veces hasta el punto de que nuestro fetichismo se convierte en superstición y acabamos más inestables que Carrie Mathison colgando posits en las paredes de su casa: separamos el dinero en botes según su posible uso, según su procedencia o según alguna improbable clasificación totalmente irracional. Para regalos de Navidad, para el alquiler, para libros. Para comprar la saga completa de películas de Rocky. Para un busto del mismísimo Stallone.

Este fetichismo se extiende a las monedas o billetes particulares: son más fáciles de gastar los cinco euros que me acabo de encontrar en el suelo que cinco de los que he ganado escribiendo este artículo. Si el dinero fuese sólo dinero, y no tuviéramos una relación personal con él, no importaría que esos cinco euros nos hubiera costado un gran esfuerzo ganarlos. Como tampoco sería relevante que La Marató de TV3 se financiara abiertamente con dinero procedente de los cárteles de droga mejicanos. No nos habríamos inventado intermediarios como los vales regalo, ni nos esforzaríamos en redactar ingeniosas notas que hagan del dinero en efectivo un regalo de verdad.

2. El dinero no es la causa de todas las injusticias.

¿Es injusto que los que tengan más dinero puedan permitirse un pase VIP en Port Aventura mientras el populacho tiene que hacer cola? ¿No es ese el primer paso de una sociedad en la que cuanto más dinero se posee más fácil es acceder a bienes básicos como la sanidad o la educación? Por supuesto.

El problema está en que las injusticias son anteriores al dinero: dependen del tipo de sociedad y de sus leyes. También Sandel reconoce este punto: en un mundo realmente igualitario, no nos preocuparía la pasta. Lo injusto es el sistema de reglas de Port Aventura, que propone un criterio poco democrático de acceso al Dragon Khan, y no el dinero. Tener mucho, o muy poco, es el resultado de una lotería natural y social: aunque quisiéramos, no todos podemos ser hijos de Isabel Pantoja. Quizá podríamos serlo de Montserrat Caballé: pero no queremos.

3. El dinero siempre ha estado en todas partes.

El dinero está colonizando nuestras vidas. En este punto los críticos se ponen apocalípticos y parecen decir: ríete tú de la Guerra Mundial Z. Abusan del vocabulario bélico, exclamando que el mercado ha conquistado todas las esferas; que el dinero ha destruido los buenos y viejos valores; que el espíritu de comercio, cual caballo de Troya, ha tomado nuestros corazones para quemarlos desde dentro. ¡Ya no queda nada sagrado! ¡El mercado gobierna nuestras vidas!

Pero la economía y la intimidad no son mundos hostiles e irreconciliables. Sus límites se confunden en el día a día: parte de nuestro esfuerzo cotidiano consiste en sopesar y regular la relación entre el dinero y la amistad, entre el derecho y el amor. ¿Por qué debería extrañarnos? Todo el mundo parece reconocer que algo tan ajeno a nuestra intimidad como es la política está presente en decisiones que afectan a lo más profundo de nuestros corazones.

¿Son las medidas contra la violencia de género una intromisión de nuestra privacidad? ¿También vamos a gritar que ya no queda nada sagrado? Seguro que algún dinosaurio estarían dispuestos a afirmarlo. Pero la mayoría reconocemos que la vida íntima no puede ni debe entenderse al margen de la política.

"Aunque el amor no se pueda comprar, no vive al margen del comercio"

Lo mismo ocurre con la economía. Es muy ilustrativa la escena que se vivió en la conferencia de Sandel en el CCCB. Para discutir algunos casos concretos, pidió la participación activa del público. Preguntó acerca de la idoneidad moral de pagar a los estudiantes desde las instituciones públicas para incentivar la lectura y el estudio. Desde su punto de vista, el dinero introducía una razón exterior que convertía la lectura en algo instrumental, mecánico y trabajoso.

Al preguntar si alguien estaba a favor de tales medidas, un joven se levantó y explicó que, en su caso, el placer por la lectura surgió precisamente al practicar la lectura instrumental, motivado por el dinero que sus padres le ofrecían como premio. Poco satisfecho con la respuesta, Sandel le preguntó si sus padres le pagaban un cantidad por libro leído o por sacar determinadas cualificaciones académicas. Dudoso, el joven afirmó que de hecho no le pagaban. O no siempre. En todo caso, no según unas pautas rígidas. Probablemente sus padres le pagaban el alquiler de un piso que no le era del todo necesario y le compraban casi todo lo que pedía, eso sí, a cambio de que su rendimiento escolar fuera intachable. La convivencia pacífica de ambas esferas no parecía satisfacer a Sandel.

También estamos hartos de escuchar que el amor no se puede comprar. Por eso no nos extraña que el último viral que colonizó los muros de Facebook fuera la negativa pública de un millonario a una joven modelo que ofrecía sus amores a cualquiera que tuviera la cartera suficientemente llena. Nos gusta pensar que en la vida real también ganan los buenos.

Lo que se nos escapa con ello es que el amor no reacciona al dinero como un interruptor: apagado o encendido. Y esto porque las relaciones afectivas están más entrelazadas con el vil metal que los aspirantes a escritor con los Starbucks: de la dote matrimonial al sistema de citas, pasando por Meetic, aunque el amor no se pueda comprar, no vive al margen del comercio.

4. A pesar de ser un instrumento, no hay razón alguna para que el dinero instrumentalice nuestras vidas

"Sandel nos dice que la lógica del capital es cosa mala porque desplaza los valores morales, substituyéndolos por relaciones utilitarias"

Nadie duda de que con el dinero podemos tratar de instrumentalizarlo todo. Uno de los ejemplos más bestias lo encontramos en el mercado de los seguros de vida: el negocio está en asegurar a personas que probablemente van a morir pronto (enfermos de sida, homeless, o gente con cáncer), ya sean conocidos o desconocidos, para luego cobrar por su muerte. El chollo es tal que hasta hay brokers que han convertido la compraventa de esos seguros en un producto financiero para especular con él.

Por eso somos receptivos a un discurso como el de Sandel, que nos dice que la lógica del capital es cosa mala porque desplaza los valores morales, substituyéndolos por relaciones utilitarias. Digamos que es una visión que trata de acentuar la facilidad con que se cruza la delgada línea que separa el hecho de pagar cortésmente la cena a tu cita de la prostitución.

No hay que tomarse a risa esa diferencia: hay una gran cantidad de literatura dedicada a la teoría de los regalos adecuados en el marco de las relaciones amorosas. Por definición, el regalo debe escapar de la lógica utilitaria: por ello sigue siendo el archienemigo de los economistas. También debe realizarse en situación de igualdad: no podemos comprarle a la pareja una barra de pan y un poco de chóped, por mucho que creamos que necesita alimentarse. Otra condición para un buen regalo es que han de ser reflexionados y expresar intimidad. Poner un fajo de verdes sobre la mesa sugeriría lo que no es.

Capitalizar no siempre implica instrumentalizar. Que el dinero sea un instrumento eficaz no significa que siempre debamos elevarlo a finalidad última. Especular con los seguros de vida no es lo mismo que asegurar nuestra vida para que una eventualidad no deje sin sustento a toda familia, a pesar de que por ello se trate la vida como un medio.

5. La moral no es ajena al dinero.

Afirmar que el dinero «instrumentaliza» las relaciones depende de una idea más básica: negarle su carácter moral. Cuando el dinero entra en juego, se supone que nuestras relaciones son como meteoritos: se desplazan libremente sin ningún tipo de limitación o resistencia.

Nada más lejos de la realidad. Sabemos que el hombre, a pesar de llamarse a sí mismo animal racional, es bastante terco y pocas veces atiende a razones. Por eso nos suenan a risa todas las propuestas que tratan de encarrilar a los hombres solamente apelando a su razón. Un ejemplo actual lo tenemos en los llamados «patriotas constitucionales»: negando el valor de los nacionalismos, pretenden que los ciudadanos se vean conmovidos por el sex appeal consensual de la Constitución.

Try again, Albert Rivera.

Por eso la mejor arma para combatir la pasión es la pasión misma. Pero no una pasión cualquiera: la pasión por el dinero. El interés personal —cobrar a final de mes— limita nuestra conducta individual —no faltar al trabajo, no insultar al jefe, y un largo etcétera—. No podemos ir a contracorriente si esperamos sacar tajada: el dinero nos convierte en animales socialmente competentes.

Algunos defienden que la moral del comercio es intachable. Que la única forma creíble de regular el comportamiento de los hombres. Y en algo tienen razón: el dinero no lleva necesariamente a la ley de la selva. Sin embargo, hemos visto un montón de ejemplos de las perversiones a las que la mercantilización puede llevar. Que no tengamos que tirar el niño con el agua es una cosa. Pero sería un error pensar que el dinero está libre de pecado, pues podemos terminar como los personajes de la satírica Revista Dinero de Miguel Brieva: durmiendo felices porque sabemos que mientras tanto, en alguna bolsa del mundo, alguien está ganando dinero.

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