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Proyecto Boyero: el crítico que engañó a un país llega al museo

Recientemente, el Palais De Tokio de París anunciaba en su web la programación de “Proyecto Boyero: The Art Of Faking Movie Reviews”. ¿En qué podía consistir aquella misteriosa muestra? Tiramos del hilo y hablamos con sus promotores.

¿Qué podía haber detrás de un crítico que se ha pasado toda su carrera desafiando al sentido común? ¿Cómo puede ser que un periodista presuntamente serio diga cosas como “acabo de katanas y de sangre hasta los huevos” (al hilo de Kill Bill), o “ese experimental y tortuoso autor tan venerado por los modernos de cualquier época” (al hilo de David Lynch), o “qué estafa la gran estafa” (al hilo de La gran estafa)?

Ilustración de Joaquín Aldeguer

La idea era presentar el proyecto en la dOCUMENTA, una de las exposiciones de arte contemporáneo más celebradas del planeta, en su edición número 13, año 2012. El “Proyecto Boyero” llegaría allí, donde pondría su punto final mediante una instalación que descubriría por fin el secreto y explicaría algunas de sus claves. No pudo ser. Según parece, la directora artística de esta última edición, Carolyn Christov-Bakargiev, no estaba dispuesta a “repetir el numerito de los españoles”, en alusiones al hecho de que en la edición anterior, en la dOCUMENTA (12), año 2007, Ferran Adrià ya protagonizó una boutade que al parecer los alemanes no estaban dispuestos a tolerar de nuevo. Adrià fue invitado con todos los honores y cierta algarabía. Y tras crear no poca expectación, nuestro cocinero más universal decidió que él, la cocina y las ollas y las bombonas de nitrógeno y en general todo lo que necesitaba para cocinar sus innovadores platos lo tenía en Roses, Girona, y por tanto llevarlo a Kassel sólo por unos días iba a ser un follón. De modo que si alguien quería conocer su propuesta artística iba a tener que pillar un avión, no sin antes llamar por teléfono a ver si había mesa libre. Como resultado, el mapa que te entregaban aquel año en la garita de información, un mapa en el que figuraba la ubicación de las distintas sedes de la muestra —repartidas como viene siendo habitual en varios lugares de la ciudad—, incluía un recuadro como el de las Islas Canarias en los mapas de España de toda la vida. Allí indicaba que la obra del artista español Ferran Adrià no estaba en Kassel, ni siquiera en Alemania, sino en el bar restaurante El Bulli.

“Una vez y no más”, se dijo Christov-Bakargiev. Y el “Proyecto Boyero” no fue admitido a trámite. Ahora sus creadores han decido cambiar de estrategia y que sea el Palais de Tokio en París quien destape el pastel y le ponga la guinda a una esforzada propuesta de arte relacional que se ha prolongado durante varios años. Nosotros nos hacemos eco de ello. Pero empecemos por el principio.

Cómo convencer a un fondo de inversión para que compre un corazón con lacito

Desde hace siglos, la firma del artista constituye uno de los elementos fundamentales de la institución Arte. Cuando Sotheby's vende por una millonada “un Jeff Koons” o “un Damien Hirst”, no está vendiendo un corazón con lacito ni un tiburón disecado, sino mucho más que eso. Para convencer a un fondo de inversión o a un coleccionista de que vale la pena adquirir el corazón con lacito o el escualo detenido en el tiempo resulta indispensable que los hayan firmado Koons o Hirst. Si no, ¿para qué? Precisamente por eso, cuando el Arte se propone reflexionar no sólo sobre el mundo que hay ahí afuera, sino también sobre sí mismo, la firma es uno de los primeros elementos que se pone en cuestión. Lo hizo Marcel Duchamp con su célebre urinario firmado por R. Mutt (R. Mutt no era nadie, nunca volvió a firmar una obra con ese nombre), y tras él, toda una pléyade de artistas que a lo largo de los años ha seguido jugando al mismo juego: inventar una identidad falsa para firmar la obra, como estrategia de ruptura del mito romántico del artista, pero también como forma de ganar un espacio de libertad y de confusión —entre la duda y la sospecha—, imprescindible para el desarrollo de ciertas propuestas.

Así lo hizo por ejemplo el ciudadano Albert Porta al convertirse en artista plástico. Dijo que él se llamaba Zush, firmó sus cuadros con el nombre de Zush, creó toda una mitología alrededor de Zush (lo habría bautizado con ese nombre un paciente en un frenopático tras ser él recluido, en 1968, por posesión de sustancias ilegales) y construyó, en resumidas cuentas, una carrera enterita, repleta de obras y exposiciones (por cierto, él sí estuvo en la dOCUMENTA, edición 6, año 1977) alrededor de este nombre inesperado. Con un ánimo más postmoderno y en tiempos más recientes, algo similar han hecho distintos colectivos como Los Carpinteros, YoMango, Democracia o B·L·A·C·K·T·U·L·I·P.

Pero si nos interesa especialmente el Caso Zush, es porque en cierto momento el ciudadano Albert Porta decidió poner fin a su proyecto, en un acto público y con cierta ceremonia. Así, en la exposición Zush. La campanada (2001, Museu d’Art Contemporani de Catalunya, MACBA), moría Zush y nacía Evru, mezcla en esta ocasión de artista, científico y místico.

Es en este contexto donde hay que entender el “Proyecto Boyero”, nacido hace ya muchos años. El caso no es exactamente el mismo, claro —de ser así, ¿qué gracia tendría?—. Cuando iba a ver una exposición de Zush, gran parte del público conocía los entresijos de la identidad artística de Zush. En cambio, cuando leía las críticas cinematográficas del señor Boyero en distintos periódicos y revistas especializadas de este país sorprendente, gran parte del público creía que iban en serio. Nadie podía imaginar que era un juego. Nadie, hasta hoy, sabía que la de “Boyero” era una identidad artística, inventada como parte de un proyecto de arte contemporáneo que por fin se revela como tal.

Cuando en 2001 Zush se despidió de las muestras de arte y del circuito de exposiciones en una performance final, su obra quedaba concluida. Albert Porta le estaba poniendo el punto final. Sin embargo, ahora que sabemos que detrás del Nombre Boyero se ocultaba un grupo de inquietos artistas que coincidieron por primera vez en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Salamanca, el “Proyecto Boyero” no termina, sino que empieza.

Boyero viaja al museo de arte contemporáneo

"Este proyecto es colectivo, y queremos que así siga siendo, de modo que de momento nos reconocemos bajo el nombre común Proyecto Boyero"

En el origen de todo esto está París. Concretamente en su museo de arte contemporáneo, la clase de sitio donde nadie imaginaría nunca encontrar al Señor Boyero…

La cuestión es que el Palais de Tokio acaba de programar en su web una retrospectiva con las reseñas de nuestro hombre hacia el verano: justamente, fue investigando la previsión de sus exposiciones futuras como hallamos este material impagable. ¿Qué significaba aquella exposición bajo el título “Proyecto Boyero: The Art Of Faking Movie Reviews”? A partir de ahí, y tirando del hilo de los organizadores de la muestra, llegamos a sus responsables. Dar con los autores reales del Proyecto Boyero no fue fácil. Convencerlos de que nos cediesen la exclusiva de su presentación, previa a la expo en París y a lo que quiera que vayan a hacer con esta historia en el MIT, tampoco.

Otra prueba de que esta propuesta artística no ha hecho más que arrancar es que sus responsables han preferido no desvelar sus nombres, por lo menos no de momento. “Nos conocimos en Salamanca hace mucho y allí hicimos un pacto. Cada uno de nosotros —son tres, dos mujeres y un hombre; más, de momento, no sabemos— tiene sus propias carreras en solitario. Este proyecto es colectivo, y queremos que así siga siendo, de modo que de momento nos reconocemos bajo el nombre común ‘Proyecto Boyero’.”

La entrevista que sigue la hicimos vía Skype el pasado domingo 23 de marzo. Por más que nos esforzamos en subir la luz de la pantalla, tocar el contraste e intentar varias artimañas menos evidentes, en toda la tarde al otro lado no conseguimos ver más que tres sombras que utilizaban además algún tipo de dispositivo para distorsionar la voz. Al principio eran ellos los que lanzaban mayor número de preguntas —“No, en serio, nos interesa mucho calibrar cómo eran recibidos nuestros textos”—. Las revelaciones que nos ofrecieron son asombrosas.

PlayGround: ¿Cómo empezó todo? ¿Cuál era la idea?

Proyecto Boyero: Al principio no había una idea muy clara, se nos ocurrió que podría tener gracia hacer crítica de cine al revés. Pensábamos que nos iban a pillar enseguida, de algún modo contábamos con ello. Pero la realidad siempre supera la ficción, y nos convertimos en algo así como un crítico de referencia. Entonces decidimos seguir, más por comprobar hasta dónde podíamos llegar que otra cosa.

PlayGround: ¿Crítica de cine al revés?

Proyecto Boyero: Tampoco te creas, ya nos han preguntado si estamos influidos por Derrida, si nos interesa la deconstrucción. Pero lo cierto es que nosotros en la facultad las clases de teoría nos las saltábamos. Decimos críticas de cine al revés por decir algo. La jugada era escribir críticas de cine desafiando al sentido común. Con el tiempo hemos desarrollado varias estrategias, pero la fundamental era escribir como la abuela de esta (y las dos sombras de los costados señalan a la sombra central), que es muy salá y sólo le gustan las de Paco Martínez Soria y alguna que otra de Clint Eastwood. Por poner ejemplos más o menos recientes, cuando escribimos sobre Kill Bill, de Quentin Tarantino, dijimos “A mi me aburre un montón […] Acabo de katanas y de sangre hasta los huevos”. Nosotros pensábamos que nadie se iba a tomar en serio a un crítico que dice de una película “Acabo de katanas y de sangre hasta los huevos”. En realidad nuestra apuesta era por el humor grueso, casi físico.

"Siempre nos ha gustado mucho el Juan Manuel de Prada columnista. Y en cierto momento advertimos que no estábamos tan lejos, mucho más que eso, que estábamos peligrosamente cerca"

PlayGround: La verdad es que suena raro.

Proyecto Boyero: Ese ha sido nuestro libro de estilo, por decirlo de alguna forma. Otra estrategia era aceptar nuestra ignorancia en un territorio u otro (paso 1), pero no dejar por ello de ejercer el noble ejercicio de la crítica destructiva (paso 2), que es donde siempre nos hemos ganado a nuestros fans. Sobre Lars von Trier, por ejemplo, admitimos que no entendíamos sus películas (“ Rompiendo las olas y Bailar en la oscuridad. El resto, o no las entiendo, o me ponen de los nervios”) pero enseguida añadimos: “La imbecilidad con ínfulas de transgresión siempre goza de infinitos adeptos”. Y así la crítica ya quedaba fetén. Con su última película, Nymphomaniac, volvimos a hacerlo. En este caso de un modo más sintético, por una parte, y retorcido, por otra. Retorcido porque escribimos “la ninfomanía tiene innegable relación con la pesca de los peces, con Bach, con la polifonía medieval, con la vida de la naturaleza representada en el ritmo interno de la evolución del fresno, el abeto, las hayas, yo que sé...”, sabiendo desde el principio que ni la película ni el director han pretendido nunca que la relación entre la ninfomanía y los peces, Bach o la polifonía medieval sea “innegable”, sino una opción estética como cualquier otra. Tampoco todos los murciélagos son necesariamente justicieros —sólo Batman—, ni todas las personas que se llaman Chanquete viven en un barco varado en la arena —sólo el de Verano Azul—. Es decir, hacíamos uso de lo que técnicamente se llama una falacia. Y la crítica era también sintética porque redujimos nuestra posición de autoridad intelectual a sólo tres palabras y tres puntos: “Yo qué sé…”. Este sistema en dos pasos es algo que nos ha gustado mucho. Sobre A propósito de Llewyn Davis, de los Coen, no hace mucho volvimos a hacerlo: “Por mi parte, debido a carencias sobre el significado del arte o de no entender las narraciones heterodoxas y oblicuas, me resulta arduo o imposible encontrarles ese punto presuntamente genial” (paso 1); y: “Allá ellos” (paso dos). Pero vamos… esos son métodos más bien sofisticados que en realidad no suponen sino una excepción. A nosotros nos va más el Método Cachiporra, del estilo “Los vampiros de Jarmusch son una tontería”; o bien: “ Érase una vez en Anatolia es un truño importante”; o bien: Embriagado de amor es “una memez”; o bien: “Qué estafa la gran estafa”, donde, si te fijas, utilizamos parte del título de la película ( La gran estafa americana, de David O. Russell), para mostrar nuestra opinión al respecto de un modo desenfadado a la par de meridiano. Ese es nuestro estilo.

PlayGround: Todo un hallazgo.

Proyecto Boyero: ¿Sí, o qué?

PlayGround: Impecable. De modo que Proyecto Boyero es una fake, ¿es eso?

Proyecto Boyero: Bueno —dudan—, a nosotros, la verdad sea dicha, nos gusta más el concepto de propuesta artística o proyecto artístico. El arte contemporáneo es lo que tiene. No en vano vamos a ponerle el punto final en un museo de París. Pero sí, supongo que si lo analizásemos desde una óptica estrictamente periodística, podría hablarse de fake.

PlayGround: ¿Os habéis mirado en algún espejo a la hora de realizar vuestro trabajo? ¿Tenéis algún maestro?

Proyecto Boyero: No, la verdad es que ha ido saliendo todo muy natural. Que hay que escribir sobre Hierro 3, de Kim Ki-duk, pues “Me da igual lo que le ocurra al taciturno asaltacasas y a su maltratada acompañante”, sin más. Que toca Old Boy, de Chan-Wook Park, pues “Todo me pareció histérico y gratuito”. Lo importante es lanzar ideas sencillas, fáciles de entender y de cierta contundencia. Eso siempre gusta mucho, lo hemos comprobado. Que hay que escribir sobre El club de la lucha, de David Fincher, pues “Me parece una idiotez, para modernos bobos”. A lo de los modernos, lo cierto es que le hemos estado sacando bastante punta. También suele funcionar muy bien. A David Lynch, por ejemplo, David Lynch así en general, le colgamos ese mismo sambenito: “Ese experimental y tortuoso autor tan venerado por los modernos de cualquier época”. De forma que, maestros, lo que se dice maestros, nunca tuvimos ninguno. Si bien es cierto que… —añade uno de los componente de Proyecto Boyero tras un silencio meditado—, en realidad algún que otro referente sí hemos tenido.

PlayGround: ¿Por ejemplo?

Proyecto Boyero: Siempre nos ha gustado mucho el Juan Manuel de Prada columnista. Y en cierto momento advertimos que no estábamos tan lejos, mucho más que eso, que estábamos peligrosamente cerca. ¿Había alguien copiado nuestro método? Porque, la verdad, es una delicia. No hay más que recordar sus críticas de David Foster Wallace, con esa impermeabilidad a la sofisticación y ese vocabulario con tan sabroso y nutritivo regusto a garbanzos: "Algunas de las lacras ya las habíamos detectado en sus obras de ficción. Quizá la más molesta de todas ellas sea la propensión al fárrago". Pero cuando de verdad temimos por nuestro proyecto artístico fue no hace mucho, al publicar su maravillosa crítica de Juego de tronos, la serie de David Benioff y D. B. Weiss para HBO, basada en las novelas de George R. R. Martin: "Porque lo más llamativamente característico de Juego de tronos es que... no se entiende. […] Que la gente finja que Juego de tronos se entiende en realidad carece de misterio (es un fenómeno de sugestión colectiva […])”. Parece suficientemente probado que Juan Manuel visionó la serie en castellano y que el problema de comprensión no tenía que ver con su manejo del inglés, de ahí que su crítica gane una relevancia mucho mayor. Por un momento, ya te digo, creímos que se nos estaban adelantando. Sobre todo si además tenemos en cuenta aquella conmovedora estampa familiar en que el aplicado Juan Manuel anunciaba su matrimonio en directo, codo con codo con la afortunada, ¡en su propio programa de cine! Por un instante, temimos que existiese un Proyecto Prada —risas—. Nos llevamos un buen susto. Así que, por lo que pueda suceder, aquí y ahora damos nuestra palabra de personaje inexistente: de existir tal Proyecto Prada, nosotros no somos los responsables.

"Al principio temíamos que nos pillasen enseguida por estar nuestras críticas desprovistas del menor sentido"

PlayGround: ¿Y eso es todo? ¿Simplemente os dejabais llevar?

Proyecto Boyero: Bueno, con el tiempo empezamos a trabajar con cierto sistema. No te creas, nada muy sofisticado. Más que trabajar con sistema, podríamos decir que lo hacíamos con recurrencias.

PlayGround: ¿Cómo cuál?

Proyecto Boyero: Como “ destroyer”, por ejemplo. Decidimos utilizar la palabra así, en inglés, que viste mucho, y desvinculada por completo de cualquier significado que pudiese hacer de ella un término adecuado para hablar de cine. En nuestro vocabulario crítico, “ destroyer” era algo así como “moderno” (por estar en inglés) y “pretencioso” (porque… sí). Un par de ejemplos sobre obras de autores ya mencionados: “Película con excesiva vocación de destroyer” ( Old Boy); “Lars von Trier y su complejo de artista destroyer, también necesita disfrazarlo con discursos psicológicos”. Aunque nuestro hit es “pretencioso”.

PlayGround: ¿Cómo…?

Proyecto Boyero: La palabra… “pretencioso”, así, sin más; si vas con cuidado igual te sirve para un roto que para un descosido. Fíjate:

Sobre Dogville: “El tema me interesa, pero me distancia absolutamente el PRETENCIOSO rollo teatral”.

Sobre Paul Thomas Anderson: “También se ha metido algún patinazo notable, como en el caso de la PRETENCIOSA, irritante y absurda Embriagado de amor”.

Sobre Wayne Wang: “Sus coqueteos con la gran industria no han dejado ningún título memorable, pero sí películas relamidas, PRETENCIOSAS, rutinarias y vacuas como El club de la buena estrella, Sucedió en Manhattan y Mi mejor amigo”.

Sobre Death Proof: “El resultado se titula Death Proof y estoy convencido de que el abucheo que se hubiera montado al final de la proyección en Cannes sería legendario si el personal no supiera que el autor de este engendro tan PRETENCIOSO se llama Tarantino”.

"Nos ha tocado destapar a nosotros el pastel, hartos de esperar a que viniese alguien a desenmascararnos…"

PlayGround: Ya, ¿y no teméis caer en la repetición?

Proyecto Boyero: Qué va… Ahí está la gracia.

PlayGround: Entiendo. Hablando del Festival de Cannes, no es muy del gusto de Proyecto Boyero, ¿no es cierto?

Proyecto Boyero: Para nada. Tampoco era un a priori, fue surgiendo así.

PlayGround: ¿Por eso dijisteis aquello de que en Cannes “Veo unas 40 películas. Me duermo no en una, sino en la mayoría”?

Proyecto Boyero: Ni más ni menos. Esa fue buena, no me digas que no…

PlayGround: Yo, la verdad, siento mayor simpatía por otras formas de encarar la crítica, como cuando sobre El gran salto dijisteis aquello de “No es mala, pero tampoco buena”; aunque vaya, lo de Cannes no está mal. Ahora me gustaría que me hablaseis un poco sobre la cuestión política. Porque Proyecto Boyero también escribe sobre política.

Proyecto Boyero: Sí. Nos pareció que era una forma de crear un personaje más redondo y dinámico. Nuestro punto de vista sobre el cine está, como ya sabes y hemos comentado, más basado en la risa y la parodia. En cambio, cuando Proyecto Boyero escribe sobre política, en realidad expresamos lo que pensamos.

PlayGround: Como cuando en aquella entrevista, a la pregunta “¿Qué haría si le quedaran 24 horas de vida?”, respondisteis: “Intentar cargarme a un banquero o a un obispo, o a un jefazo militar. Contarle a determinada gente que la quiero. Por supuesto, follar. Pero sospecho que no me daría tiempo para tantas cosas en 24 horas”.

Proyecto Boyero: Eso es. Al principio, ya lo hemos dicho, temíamos que nos pillasen enseguida por estar nuestras críticas desprovistas del menor sentido. Por ese motivo decidimos abrir un segundo frente, trabajar en la imagen de alguien que también opina sobre política, y en esta faceta hacerlo en sentido opuesto: diciendo cosas absolutamente sensatas, llenas de sentido e inteligencia, para compensar.

PlayGround: Aunque nunca acabasteis necesitando este contraataque. La gente se tomo tan en serio al Boyero que habla de cine como al que opina sobre política.

Proyecto Boyero: Así es. Por eso nos ha tocado destapar a nosotros el pastel, hartos de esperar a que viniese alguien a desenmascararnos…

PlayGround: Menudo contratiempo el no de la dOCUMENTA, ¿no?

Proyecto Boyero: Al principio sí, la verdad, teníamos mucha ilusión y lo habíamos planeado todo al dedillo. Pero vaya, es agua pasada. Y al final vamos a acabar en el Palais de Tokio, en París, que es un sitio bien chulo.

PlayGround: Y entonces… ¿esa persona que aparece a veces en la tele, en los periódicos, personificando vuestro proyecto?

Proyecto Boyero: Un actor. Se llama Lucio Sanz, un viejo compañero de la facultad de Salamanca.

PlayGround: ¿Queréis añadir algo?

Proyecto Boyero: Por ahora es suficiente. Quedan algunas perlas en el tintero, pero entenderás que nos guardemos algo para la gente del Palais de Tokio y del MIT.

PlayGround: Imagino que, entre ese “algo”, estarán vuestras identidades reales.

Proyecto Boyero: Imaginas bien.

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