Columnas

“Prometheus”, viaje terrorífico a los orígenes de la saga “Alien”

Ridley Scott vuelve a la franquicia en la que firmó su primera obra maestra para entregar una cinta de ciencia-ficción filosófica, a la vez que apabullante y descocada

Ridley Scott regresa al universo de “Alien” en “Prometheus”, la precuela anterior a la primera película. Un trabajo que combina terror y sangre con filosofía y una honda exploración del alma en un 3D espectacular y secuencias locas. Ciencia-ficción fascinante.

Uno

Es complicado hablar de una película de la que nadie quiere oír nada, sobre la que nadie quiere leer por miedo a que le estropeen la sorpresa, a que le desvelen los secretos, le avancen algo revelador o, simplemente, condicionen de alguna manera su recepción de la misma. Más aún cuando esa película podría suponer el rebufar de un director que deslumbró años atrás y, sobre todo, viene precedida de una campaña publicitaria de campeonato, por una colección de trailers, virales y demás híbridos online a los que era tan difícil resistirse como no enfadarse por picar y verlos. Es el caso de “Prometheus”, una de las películas importantes de este año, el filme en el que Ridley Scott se adelanta –más o menos– a los acontecimientos de “Alien, El Octavo Pasajero” (1979), una de sus dos obras maestras y el arranque de una de las sagas fantásticas más importantes de todos los tiempos.

"Los clips de avance de “Prometheus” hacen presagiar una película meditabunda, una reflexión en clave de ciencia-ficción cerebral sobre la condición humana, la vida, la muerte y la posibilidad de otros mundos"

Por paradójico que parezca, esa campaña publicitaria es tan poco acertada que, de alguna manera, le hace bien a la película porque no sólo mantiene intacta su sorpresa, sino que insinúa una propuesta bastante distinta. Los clips de avance de “Prometheus” son, indiscutiblemente, una propaganda alucinante. Son elegantes y asépticos. Pero hacen presagiar una película meditabunda, una reflexión en clave de ciencia-ficción cerebral sobre la condición humana, la vida, la muerte y la posibilidad de otros mundos. Y, aun igual de alucinante (o más), la película de Scott no es exactamente eso. Escrita al alimón entre Jon Spaihts, guionista de la espantosa “La Hora Más Oscura” (2011), y el muchísimo más interesante Damon Lindelof, uno de los creadores de la serie “Perdidos”, esta aventura espacial trata todos esos temas; y tanto el director como los guionistas filosofan a placer y buscan conexiones mitológicas. Ese poso reflexivo, por otro lado intrínseco a la ciencia-ficción, es evidente. Pero la fuerza motora de “Prometheus” no es la mente, sino el impulso, incluso lo irracional. Es, en ese sentido, tremendamente fiel al espíritu de la serie a la que sucede-precede y la obra de un cineasta (de unos cineastas, si lo hacemos extensible a los autores del guión) que conoce y ama el género hasta el punto de confiar ciegamente en las premisas, los mundos y las situaciones fantásticas más increíbles y chifladas sin sentir la obligación de la trascendencia, la solemnidad o la interpretación encriptada de la realidad. Scott tiene una obra maestra, “Blade Runner” (1982), que responde, en parte por el relato de Philip K. Dick que le sirve de base y en parte por la nostalgia intelectual en torno a ella, a esa ciencia-ficción cerebral que se pregunta con gravedad sobre la existencia (como “2001: Una Odisea Del Espacio” y “Solaris”, por citar dos clásicos incontestables y ejemplos evidentes). Pero, sin perder de vista al ser humano, “Alien, El Octavo Pasajero” enfocaba la ciencia-ficción desde otro ángulo más lúdico y visceral.

Dos.

En relación a esto último, recomiendo muchísimo la lectura de “Sesión Sangrienta” (T&B Editores, 2011) de Jason Zinoman, una crónica adictiva y divertidísima de los orígenes del terror moderno y de las ocurrencias, pataletas, choques de egos, aciertos (muchos) y desaciertos (muchos también, pero siempre estímulos de posteriores genialidades) de sus protagonistas, entre ellos muchos de los hombres que pivotan en torno a la saga a la que “Prometheus” pertenece: Scott, el gran Walter Hill (en la película que nos ocupa ejerce de productor, en el resto de entregas de la serie no se sabe con exactitud lo que hizo porque entre la realidad y lo que él cuenta hay un mundo) y el artista H. R. Giger, creador de la criatura original. En ese libro, documentado de primera mano y contado con mucha gracia, se habla perfectamente de lo impulsivo y arrebatado de las decisiones que desembocaron en “Alien, El Octavo Pasajero”, también de lo ajetreado de un proyecto al que Scott se incorporó tarde y que –creo– supo manejar con picardía. Cuenta ese ensayo que Dan O’Bannon, guionista del clásico, se despertó en la madrugada y corrió al dormitorio de su amigo Ronald Shusset, coautor de la historia original, y le dijo: “El monstruo sale del estómago”. El monstruo salía del estómago: no se me ocurre imagen que funcione mejor como símil del concepto espontáneo y visceral de la saga, al menos de su primera entrega, pues cada uno de los cineastas que revelaron a Scott aportaron su impronta personal.

Pues bien, “Prometheus” tiene el reverso filosófico y mitológico antes citado, todavía más sencillo y superficial de lo que es en contraposición con las expectativas creadas en torno al filme, pero su verdadera fuerza, lo que la hace poderosa y una gran película es precisamente ese brote de impulsividad, de irracionalidad y de locura (algunas de las decisiones, tanto narrativas como visuales, son deliciosamente insensatas).

"Prometheus es una de las películas de ciencia-ficción más bellas que ha dado el cine reciente"

Tres.

Ese arrojo fluye en varias direcciones. La primera, una puesta en escena apabullante, fiel al espíritu de la serie –con la que dialoga continuamente– y, al mismo tiempo, abierta a la búsqueda de locas posibilidades antes no exploradas en ella. Scott juega al decorado alucinante, espectacular sin caer en la estampa, y al diseño prodigioso de criaturas y demás amenazas; y firma una propuesta que integra con elegancia el efecto visual más sofisticado y etéreo con el FX y de maquillaje más físico y verosímil (el 3D es bueno, busca con acierto un efecto inmersivo). “Prometheus” es una de las películas de ciencia-ficción más bellas que ha dado el cine reciente. La segunda, una absoluta falta de miedo a jugar con lo imposible. Como tantas películas de ciencia-ficción, entre ellas algunas de las películas de las que bebe la saga ( “It: The Terror From Beyond Space” o “Terror En El Espacio”), el filme encuentra una lógica propia extraordinaria e inaudita que hace verosímil incluso la decisión más chiflada, la que no aguanta una explicación medianamente razonable. La tercera, probablemente la más valiosa de todas, es su desparpajo en la mezcla de géneros y subgéneros (la fantasía etérea sobre el origen de la vida, la aventura en bruto, el melodrama romántico afectado y el terror más carnal) y su osadía cuando explora el horror desde lo físico, cuando acciona el peligro que tiene forma e hiere y malhiere a los protagonistas de la historia. Hay una escena en esta línea que ya es historia del fantástico. No es una película perfecta, pero sí rotunda y poderosa. Mis únicas dudas vienen con el casting. Michael Fassbender y Charlize Theron tienen una presencia escénica brutal, son tan obscenamente guapos y gélidos como exigen sus personajes; pero no veo clara la elección de la sueca Noomi Rapace. En la piel de la intrépida arqueóloga Elizabeth Shaw, miembro de una expedición que busca en el espacio exterior resquicios de civilizaciones primigenias, la protagonista de “Millennium 1: Los Hombres Que No Amaban A Las Mujeres” (Niels Arden Oplev, 2009) se entrega sin reservas a su sufrido personaje. Pero, aunque le pone ganas y su papel es muy potente, su carisma está a años luz del de Sigourney Weaver como la mítica Teniente Ripley.

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