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Project X: la fiesta más bestia de tu vida

Todd Philips, el hombre detrás de la franquicia ‘Resacón’, vuelve a las juergas brutales en una nueva peli que intenta dar una vuelta de tuerca realista y adolescente al tema

Todd Philips produce “Project X”, una película centrada en el tema universal de la fiesta salida de madre que acaba, en este caso, derivando por caminos más brutales de lo que puedes imaginar. Trasfondo adolescente, música de bandas tipo The xx, y mucho vicio.

Uno.

Ya sea el centro de la historia, un episodio de la misma o la memoria más o menos lúcida de sus personajes, la fiesta ha sido tradicionalmente terreno idóneo para la comedia. Hay en cualquier celebración colectiva una estampida de ideas, asuntos y situaciones humorísticas o con potencial para serlo. La historia de la comedia está poblada por un millón de modalidades de jolgorio: despedidas de soltero, bodas, lunas de miel, cumpleaños, orgías, fiestas temáticas –macabras, de empresa y de disfraces–, noches de Halloween y, en un lugar privilegiado, deliciosas prom parties. Y hay en esas celebraciones colectivas un sinfín de situaciones y cosas que son carne de comedia: reencuentros inesperados, equívocos, confusiones, pérdida de papeles, decisiones beodas y catastróficas, caídas al vacío y con cáscara de plátano, bailes imposibles, objetos rotos, problemas de memoria, secretos a gritos y, muy de hoy, un iPhone o cualquier tipo de cámara que inmortalice sin piedad lo que al día siguiente nadie querrá ver.

Uno de los ejemplos más claros y emblemáticos de ese objetivo indiscreto, prácticamente imperceptible durante el despiporre pero una puñalada por la espalda en plena resaca, son las fotos que acompañan a los créditos finales de “Resacón En Las Vegas” (2009) y “Resacón 2, ¡Ahora En Tailandia!” (2011), las dos producidas y dirigidas por Todd Phillips, el productor de la película que ahora nos ocupa. De algún modo, “Project X” es una evolución de aquellas fotos chaladas. Si en aquellas dos películas las instantáneas eran la crónica de un blackout, el recuerdo a traición de la borrachera monumental que Phillips había mantenido hábilmente en elipsis durante toda la película, en esta el objetivo indiscreto no es el prestigio final, no es la respuesta al “¿pero qué hicimos?”. Aquí en forma de cámara doméstica, ese objetivo despiadado no se utiliza de manera inconsciente: se usa con la intención de inmortalizarlo todo, absolutamente todo.

Dos.

Phillips es experto en fiestas y resacas, es tan bueno mostrando el esplendor y la gloria como el bajón. De lo segundo dan prueba las dos películas citadas (hay una entrega más en marcha). La primera es realmente buena. La otra es más perezosa, pero tiene algunas situaciones y algunos diálogos brillantes. Lo primero queda clarísimo en sus extraordinarias “Road Trip (Viaje De Pirados)” (2000) y “Aquellas Juergas Universitarias” (2003), donde explora el placer del descontrol en grupo, del despiporre colectivo, desde ángulos distinto. En una, formulada a modo de road movie, tanteaba al pardillo adolescente, al kamikaze capaz de todo por un triple objetivo: diversión, chicas y popularidad. En “Aquellas Juergas Universitarias” se acercaba al cuarentón en crisis, con ataque de nostalgia y capaz de todo por un triple objetivo: diversión, chicas y popularidad. Vamos, lo mismo. Cambiaban la edad y las circunstancias de los personajes, pero la idea de base era idéntica: la fiesta como remisión, como única alternativa posible al tedio y al anonimato. Y con la complicidad de los colegas, claro está, como algo absolutamente imprescindible: camaradería masculina antes, durante y después del lío.

Pues bien, en “Project X” repite fórmula pero con dos variaciones importantes. Una tiene que ver con la coyuntura, la otra es conceptual y mucho más significativa de lo que el caos deja ver. En esta ocasión, Phillips se reserva la labor de productor y le confía la dirección a Nima Nourizadeh, realizador de publicidad y videoclips. Y ambos organizan la fiesta definitiva y la reproducen con el estilo visual de moda: el falso realismo, producto de un esfuerzo monumental --similar al que se advierte en la reciente y magistral “Chronicle” (2012), película con la que es imposible no entrar en comparaciones-- por simular la narrativa y el look de los vídeos domésticos, por ejemplo de las piezas grabadas con dispositivos móviles o consultadas en YouTube. Y consiguen resultados extraordinarios.

Tres.

Con la coartada del cuarto colega del trío protagonista, individuo silencioso que se esconde detrás de la cámara y promete inmortalizarlo todo, el director explica la preparación, la ejecución y la catastrófica evolución de una fiesta de cumpleaños desde el objetivo de una cámara doméstica (trampeado, claro está, pero con mucha habilidad). La realización de ese episodio en la vida de Thomas (Thomas Mann), el homenajeado, y sus mejores amigos, tres losers adolescentes ultraconscientes de que lo son (de ahí su empeño por hacer una fiesta que les haga populares), es extraordinaria. Nourizadeh describe con naturalidad el entorno familiar y escolar de los personajes. Pero su propuesta alcanza tales niveles de disparate, flirteando con un mal rollo que quizá no pretenda serlo tanto (puedes llegar a sufrir por la integridad física de los personajes), que no es justo buscar en ella una intención de apelar a la absoluta identificación del espectador de la edad de los personajes: “Project X” remite estética y musicalmente (suenan, entre otros, Four Tet, The xx y Snoop Dogg y Dr. Dre) a una actualidad reconocible, pero es la crónica casi fantástica de una celebración atroz e imposible de olvidar. Empieza anclada a lo real, y las primeras fases de la fiesta –antes de ver a un perro saltar en un colchón inflable y cómo meten a un enano en un horno– tienen incluso un aire documental, pero deriva, sin exagerar, en película de catástrofes, en una propuesta de género puro. Terreno éste en el que “Project X” brilla y crece: Nourizadeh rueda con garbo el caos, el ruido, el descontrol, el delirio más absoluto e incontrolable. Su propuesta es nerviosa y extraña e inesperadamente espectacular.

Cuatro.

Salvando las distancias, “Project X” arrasa como “Chronicle” en su uso de una estética realista para reproducir una situación desorbitada, propia del cine de género. En aquélla era irreal, pues se movía en el terreno de la ciencia-ficción, en ésta no hay un elemento fantástico pero sí un exceso bien poco probable. Otra variación de la película respecto a “Road Trip (Viaje De Pirados)”, “Aquellas Juergas Universitarias” y otras comedias americanas –más o menos recientes– con la fiesta como pretexto, telón de fondo u objetivo, tiene que ver con la moraleja final, en este caso con la ausencia de la misma. “Project X” se equivoca a veces en el humor, quiere ser tan cafre que bordea el mal gusto sin ingenio, pero acierta en su huida de algo común en la nueva comedia americana: mezclar sin suerte la provocación y la enseñanza final, el delirio ocasional y la lección moral. “Project X” es decididamente amoral, no hay ni castigo ni aprendizaje constructivo después de la batalla. Y esto, tras años de comedias adolescentes con moraleja final, es como mínimo nuevo y atrevido. Yo la compro.

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