Columnas

El Primavera no es un festival de hipsters

El PS quiere serlo todo: gustar a todos, programarlos a todos, hacerlo todo

Audiencia ecléctica para una masa ecléctica que se movía en legión entre escenario y escenario, pasando del rock a la electrónica y de la electrónica al folk, buscando con más o menos éxito a sus amigos, haciendo cola en el baño, descubriendo directos impecables por casualidad y volviendo a casa extenuada y con la sensación de no haber sacado todo el partido a la jornada.

Fotos de Mahala Marcet y Nacho G. Riaza

Ni por la música, ni por la fiesta. Al Primavera Sound se va porque hay que ir.

Y esta autojustificación se percibe en el momento en que pisas el Forum un jueves a las seis de la tarde hasta que sales del recinto con el rimmel corrido y el piloto automático puesto un domingo a las seis de la mañana. No vamos a ver a nuestro grupo favorito ni a disfrutar del directo de alguna banda mítica. Vamos porque, sencillamente, no podemos no ir.

No es un festival para nostálgicos, ni para expertos en grupos que nadie conoce. No está consagrado al indie, ni al rock, ni a la electrónica. Tampoco es esa pasarela de moda llamada Coachella. Nunca tuvo la vocación underground que un día tuvo el SXSW (y, por lo tanto, no ha podido corromperla) ni se trata de una cita a lo Festival de Glastonbury, donde ver y ser visto importa más que cualquier concierto. El Primavera Sound es todo lo anterior, pero nada de esto podría ser utilizado en su contra.

Porque el Primavera Sound quiere serlo todo: gustar a todos, programarlos a todos, hacerlo todo. Casi 350 conciertos repartidos en más de diez escenarios dentro de un recinto prácticamente inabarcable. Nine Inch Nails sonando inmediatamente después de Kendrick Lamar, las canciones tristes de The National solapándose con la electrónica de Darkside. Son las nueve de la noche del sábado y el abanico de opciones oscila entre un concierto de Caetano Veloso y una sesión de John Talabot dentro de una burbuja. Tachar el recorrido de ecléctico sería quedarse corto.

Cuando tocar demasiado tiempo es un problema

La extenuación te domina nada más cruzar el umbral de entrada: hay que coger sitio para ver a los Pixies en buena posición, pero no podemos ver el concierto entero, que habrá que ver el inicio de Slint. Vamos a Pional, luego al baño, y luego lo cambiamos por Laurent Garnier. La ansiedad es tal que a uno de los grupos más esperados, Arcade Fire, le llovieron las críticas por "tocar demasiado tiempo".

Pero, ¿desde cuándo la música lo es todo?

Claro que hubo momentos estelares. Justin Vernon salió a tocar con The National, Nine Inch Nails metieron la caña esperada, Darkside se marcaron una sesión impecable, podremos decir que vimos a St Vincent justo antes de convertirse en la estrella que será en cuestión de meses y es poco probable que volvamos a oir en directo Marquee Moon o a disfrutar de los Neutral Milk Hotel. Los conciertos estuvieron a la altura esperada pero, salvo excepciones, al Primavera uno no va a disfrutar pausadamente de los artistas. Tampoco a darlo todo hasta perder las coordenadas espacio temporales, pues a pesar de que han sabido ver lo rentable que sale programar buenas dosis de electrónica, esto dista mucho de ser el Sónar. Al Primavera se va a celebrar la música en su sentido amplio, la música en la forma, no en el contenido, pues para eso pagamos la entrada de un concierto en cualquier momento del año; aquí uno va a ver tantos conciertos que al final tiene la sensación de no haber visto ninguno, a sentir que se está perdiendo algo importante al otro lado de las escaleras y, sobre todo, al Primavera se va para decir que has ido al Primavera.

La chica que le pidió a la dependienta de un stand el vinilo "de uno de los grupos que tocan en el festival. No importa cuál" lo sabe. Las decenas de asistentes que compraban souvenirs en la tienda de Rough Trade (se podría recorrer el Fórum saltando bolsos de tela de Rough Trade sin pisar el suelo) lo saben. El peluquero que no da abasto peinando flequillos la semana anterior lo sabe.

¿Explosión normcore?

"Ya no hay tanta distinción entre el moderno irredento y el que va a beber y a echarse unos bailes escuchando en directo su playlist de spotify"

Y pese a todo, no se puede decir que sea un festival de hipsters (si es que esa palabra todavía conserva algún sentido): es lo que tiene querer gustar a todos programando un cartel inabarcable. Por eso mismo, lo que en principio fue un evento poblado por aspirantes a itgirl se ha convertido en una cita plagada de tipos sociales de todo pelaje. Incluso había gente normal. Mucha.

Allí estaban los indies intempestivos llegando a las cuatro de la tarde para ver a las bandas nacionales (probablemente los que llegaron de día fueron los que mas disfrutaron del festival), por allí también pululaban los que no querían perderse nada y que, entre concierto y concierto, leían o hacían ganchillo. Los que llegaban recién caída la noche a ver a los cabezas de cartel, con su pareja o un par de amigos, y se iban cuando lo grande había terminado. Los fans incondicionales de NIN, Queens of the Stone Age y Pixies, con sus respectivas camisetas. Esos que se compran el abono para ir a beber, sin importar el festival, la hora, el cartel o la zona del recinto. Los que buscaban después de las cinco de la mañana otra sesión de electrónica para seguir dándolo todo y, por supuesto, los festivaleros de profesión; esos que llevan un bolso de tela de la edición 2006 de Glastonbury, RayBan wayfarer, gorro de lana y cualquier prenda comprada en la sección "festivales" de Urban Outfitters.

Y sin embargo, unas pocas rezagadas seguían llevando corona de flores, ese extraño accesorio imprescindible hace un par de años. Apenas había tocados o sombreros, ni gafas de sol enormes, incluso las plataformas han dado paso en esta edición a las Converse y el calzado plano. Quizá sea verdad eso de que el normcore nos gobierna, o es más probable que esta nueva normalidad tenga que ver con que ya no hay tanta distinción entre el moderno irredento y el que va a beber y a echarse unos bailes escuchando en directo su playlist de spotify.

Audiencia ecléctica para una masa ecléctica que se movía en legión entre escenario y escenario, pasando del rock a la electrónica y de la electrónica al folk, buscando con más o menos éxito a sus amigos, haciendo cola en el baño, descubriendo directos impecables por casualidad y volviendo a casa extenuada y con la sensación de no haber sacado todo el partido a la jornada. Por todo eso volveremos al Primavera Sound el año que viene, toque quien toque, llueva o no llueve, suban o no suban los abonos. Pocas citas culturales distinguen de una manera tan explícita a los que "están dentro" y los que "están fuera" como el Primavera Sound. Da igual lo que ocurra mientras seas el orgulloso portador de la pulsera.

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