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Primavera Sound: indicios de envejecimiento

Aprovechando que fue a Primavera Sound a emborracharse, Javier Calvo regresa de su periplo con una crónica personal del evento con dos temas principales: el mal rollo mola y, contra la juventud lozana, deterioro físico sin tapujos

Javier Calvo, traductor, escritor (penúltimo premio Biblioteca Breve por “El Jardín Colgante”; todos en pie) y aficionado a la música del lado oscuro, tiene una costumbre anual: ir a Primavera Sound a emborracharse y olvidarse de todos los conciertos. Así que a la vuelta le pedimos una crónica de su fin de semana donde hay tanta buena literatura como bilis negra.

Los haters del Primavera Sound tienen razón en considerar el festival un espanto ultracaro y celebrado en un campo de concentración que ha destruido el circuito de conciertos de Barcelona en base a la malvada lógica del capitalismo avanzado. Todo cierto. No obstante, está demostrado que si te arreas un buen golpe justo en la sien con un objeto contundente, puedes olvidarte por completo de esta amarga realidad y proceder a ponerte hasta el ojete de todo durante tres días. Este truco sirve para todas las edades y condiciones. Yo, por ejemplo, tengo cuarenta años y cada primavera voy religiosamente al Primavera a ponerme hasta el ojete. De esta manera he conseguido olvidar por completo veintenas de magníficos conciertos a los que (supuestamente) he asistido. En muchos casos podría haberme quedado perfectamente en casa y haberme emborrachado en la cocina y el resultado habría sido el mismo.

Este año, sin embargo, debido a mi condición recién adquirida de cronista del festival, me impongo la consigna de la moderación. Seré irreconocible, intachable. El hermano gemelo sobrio del que me separaron al nacer.

Empiezo, de hecho, por saltarme el primer día. En solamente dos días no tendré tiempo de destruir mi cerebro por completo, razono, y además así tendré que escribir menos. En un momento dado de la noche, sin embargo, me vence la curiosidad y pongo el canal de YouTube que pasa el festival en streaming, con la mala pata de que es la hora en que están retransmitiendo el concierto de Grizzly Bear. Vomito. Y no hablo de una náusea de tipo existencial. Vomito de verdad. Qué asco.

"La vocalista de Guardian Alien está tan insoportablemente buena que hace pensar en eugenesia y en casarte con ella para contribuir a mejorar la especie"

Así pues, el Primavera Sound 2013 empieza para mí el viernes a media tarde, cuando llego justo a tiempo para ver el primero de los dos shows que hacen este año la banda de Brooklyn Guardian Alien. Como es tradicional en todas las bandas del primavera que tocan dos veces el mismo día, el primer concierto es de tarde y dentro de una caja del tamaño aproximado de mi dormitorio patrocinada por Ray-Ban. Un par de seguratas vigilan que nadie beba alcohol dentro de la caja. Lo cual me obliga a consumir las primeras cervezas en la periferia del concierto. De todas maneras, Guardian Alien son quizás mi descubrimiento del Primavera de este año. Su noise brutalmente psicodélico me recuerda a los Boredoms de “Vision Creation Newsun”, con la diferencia de que la vocalista de Guardian Alien, que se expresa mediante gorgoritos y chilliditos dadaístas, está tan insoportablemente buena que hace pensar en eugenesia y en casarte con ella para contribuir a mejorar la especie. Es como si Damo Suzuki fuera una actriz porno. Cuando el batería enajenado rompe el pedal del bombo en el tercer tema, obligando a abortar el concierto, todos nos quedamos mirando con melancolía cómo la vocalista horrorosamente eugenésica se retira dando tumbos con cara intoxicada. El disco de Guardian Alien se llama “See the World given to a One Love Entity” y también está muy bien.

Un par de cervezas más tarde, asistimos al concierto de Om. ¿Qué decir de Om que no se haya dicho? Hacen música religiosa, basada en el efecto espiritual de las vibraciones, y su directo se basa en un sonido de bajo que tiene el mismo efecto sobre ti que la onda expansiva de un atentado con Amonal. El set de este año se basa en su disco del año pasado, “Advaitic Songs”, que es el que no les gustó a los fans del grupo porque no sonaba nada metalero. Aunque oficialmente Om es un dúo, en directo se les une un tipo rarísimo que se parece mucho a Marvin Gaye y que toca una guitarra de sonido indescifrable, hace una especie de canto tímbrico y cuando no se requieren sus servicios le da a la pandereta. En realidad, aunque los sigo desde hace una década, es la primera vez que veo en directo a Om, y aunque el set me parece acojonante, descubro que son una banda cuyo directo se puede apreciar mucho mejor si no los miras. El problema es que el batería mola, pero el líder, bajista y cantante, Al Cisneros, está bastante gordito, viste mal, tiene el pelo grasiento y un body language y repertorio facial totalmente mongolito. Al segundo tema sus muecas ya amenazan con destruir toda la atmósfera mística de la música y me obligan a “presenciar” el resto del show con los ojos cerrados. El tío que se parece a Marvin Gaye también queda bastante raro.

Todavía luce el sol cuando salen a tocar Neurosis. A los diez minutos de concierto descubro afligido que están tocando un disco que yo no tengo. En efecto, resulta que el año pasado Neurosis sacaron un álbum, “Honor Found in Decay”, poco después de su concierto en la Sala Apolo, y yo no me enteré. Su directo es maravilloso, como siempre, aunque resulta un poco más plano si no conoces los temas, porque con Neurosis siempre es importante saber con precisión dónde poner las sacudidas cervicales y los clímaxes del headbanging; si no lo sabes, todo es un poco lío. Supongo que es por eso que me paso la última parte del concierto en la barra, bebiendo cervezas y defendiendo la existencia de Dios ante un colega escéptico. (Tengo una acusada tendencia a hacer esto, tanto en estado de embriaguez como en su contrario). Para entonces, sin embargo, el sol se está poniendo y el frío polar empieza a hacer insostenible la vida humana en el Parc del Fòrum. Para colmo de males, la raska hace que la legión de hermosas hipsterettes que normalmente se pasean por el festival ligeras de ropa vayan todas tapadas de los pies a la cabeza para combatir la hipotermia. Yo intento beber un poco más para calentarme, pero no funciona y me veo obligado en invertir 35€ (= 7 cervezas) en una sudadera.

Por cierto, de camino de un concierto a otro pasamos por el show de The Breeders (performing “Last Splash”). Por lo que me cuentan mis amigos, el principal atractivo de este concierto parece ser constatar el deterioro físico de la pobre bajista de los Pixies, que dicen que ha llevado mala vida. Personalmente no le veo mucha gracia a esto (aunque paradójicamente, al día siguiente encontraré un gran placer en constatar elementos de deterioro físico en Nick Cave). De todas maneras, The Breeders no son un grupo de rock, ni lo fueron nunca. Son un engendro para mediocres a quienes no les gusta realmente la música.

El siguiente concierto de la jornada es (glups) The Jesus and Mary Chain. Confieso que yo vi una vez en directo a The Jesus and Mary Chain, en la sala Zeleste, 1992, hace 21 años, en la gira de “Honey’s Dead”. Su presencia en este Primavera Sound, igual que la de The Breeders, supongo, obedece a la simple nostalgia camp, aunque en muchos de estos casos desenterrar a estos pobres individuos derrotados por la vida es completamente de mal gusto. En el caso de los hermanos Reid, es de tan mal gusto que casi mola. Su actuación es tan funcionarial, desangelada, deprimente y mecánica que solamente se entiende a partir de la hipótesis de que los han desenterrado literalmente. Los han reanimado con electrodos y los han dejado allí de pie a interpretar sus viejos hits con la memoria reptiliana. Zombie shoegazing.

"No tengo gran cosa que decir sobre el directo de Swans: es una de esas experiencias que se han de vivir, resulta bastante indescriptible"

Unas cuantas cervezas más y por fin ya soy yo el que empieza a dar tumbos. Mi siguiente concierto de la jornada es Swans. Por supuesto, el hecho de que Swans hayan tocado tres veces en Barcelona en los últimos dos años le quita un poco de magia a su convocatoria, aunque no demasiada. Teniendo en cuenta las edades avanzadas de sus integrantes (salvo tal vez el batería que se parece a Thor y se llama Thor), el régimen workahólico de gira incesante que les está imponiendo su líder pronto se cobrará alguna baja, seguro. En todo caso, durante el último año Swans han ido reemplazando gradualmente en su set los temas de “The Seer” por los inéditos, lo cual atenúa felizmente la sensación de dejà vú. La verdad es que los temas nuevos suenan increíbles, sobre todo el extrañísimo “Toussaint Louverture Song” que cierra el concierto, y que demuestra que los Swans ya no se están poniendo ninguna barrera en materia de experimentación estilística. En realidad no tengo gran cosa que decir sobre el directo de Swans: es una de esas experiencias que se han de vivir, y da igual que sea uno un genio de las palabras (no es mi caso), resulta bastante indescriptible. En realidad, hay una sola cosa que me gustaría decir de Swans, que tiene que ver con la marabunta de nuevos “fans” de la banda que salieron de debajo de las piedras después de su reunión. Quiero decir que yo me pasé desde finales de los 80 amando y reivindicando a esta banda ante la indiferencia y el odio de absolutamente todo el mundo. En Barcelona, durante los 90, y no exagero, los fans de Swans éramos dos, literalmente, y cada vez que yo me atrevía a poner un tema en algún lugar público me echaban a patadas. Me escupían a la cara. Eso era antes de que fuera guay que te gustaran los Swans, claro. De manera que mi mensaje a todos los advenedizos que se han subido al carro es el siguiente: YO soy un verdadero fan de Swans: vosotros no tenéis ni puta idea.

Poco después del concierto de Swans se me funden los plomos. Quienes me conocen saben que me gusta beber como al que más, pero los años de práctica no me han ayudado a dominar el arte de la bebida. Por lo menos me pierdo la bochornosa coreografía de la nueva gira de The Knife.

Para el inicio de la tercera jornada del Primavera Sound, que es la segunda para mí, mi deterioro físico ya es considerable: básicamente me duele todo y no me sostienen las piernas. Pero ya se sabe que el oficio de periodista musical es todo sacrificio y superación personal, de manera que ahí estoy otra vez al día siguiente, deambulando bajo el sol ártico de media tarde, intentando no mirar la noria para no marearme. A falta de otra cosa que hacer me acerco un rato a ver a The Sea and Cake. Con The Sea and Cake pasa un poco lo contrario que con Om: la música no es mi rollo, claramente, pero es una banda que mejora mucho si uno los ve en directo. Porque The Sea and Cake son señores, coño. Señores dignos y elegantes de mediana edad. Dan un poco la misma sensación que Wire: saber envejecer es un arte, y estos cuatro individuos lo tienen.

"Dead Can Dance es música para egiptólogos dementes que se han pasado demasiado tiempo en la Biblioteca de Miskatonic estudiando libros prohibidos"

Otro que ha sabido envejecer de forma admirable es Brendan Perry de Dead Can Dance. No estoy tan seguro sobre Lisa Gerrard, que se presenta con la cara horrendamente cosida a liftings y con su habitual indumentaria de reina de los elfos de “El Señor de los Anillos”. De todas maneras, hay algo primordial y lovecraftiano en el aspecto actual de Gerrard que acaba funcionando de forma paradójica, o quizás no tan paradójica, en combinación con su música. Dead Can Dance, que de hecho hacen mi concierto favorito de este año en el festival, vuelven a tocar mayoritariamente temas de su último disco, “Anastasis”, pero la verdad es que no me importa, porque es un discazo, uno de los mejores que han hecho nunca, que ya es decir. Su estilo no ha cambiado ni un pelo: rock gótico de Oriente Medio, místico y oscuro, tan oscuro de hecho que a veces, sobre todo en vivo, puede dar bastante miedo. Dead Can Dance es música para egiptólogos dementes que se han pasado demasiado tiempo en la Biblioteca de Miskatonic estudiando libros prohibidos. Las canciones de Perry tratan del sol y el mar y los dioses, pero luego llega Lisa Gerrard con su cara horripilante y su voz de criatura de otra dimensión y nos vuelve a hundir en las simas de lo Innombrable. En un momento dado, Brendan Perry explica con su sonrisita afable que va a cantar un tema sobre la bancarrota económica en Grecia, por ejemplo, solamente para atacar otro tema cthuliano que pone los pelos de punta. Como además lo canta en griego, tampoco sabemos si está hablando de los bancos o de Nyarlathotep. A fin de cuentas, sin embargo, su concierto me roba el corazón. Brendan Perry y Lisa Gerrard son buena gente, está claro, gente que cree en Dios y sabe que es bueno. Eso es importante. Michael Gira también cree en Dios. Al Cisneros también cree en Dios, y hasta tiene un disco que se llama Dios es bueno. Creer en Dios es importante porque Dios existe, queridos lectores ateos, y vosotros os asaréis en el Infierno para toda la eternidad.

Ya de noche, acabo sin saber muy bien cómo en las inmediaciones del escenario de The Oh Sees. Música para chavales. Los chavales tienen que divertirse, imagino. El cantante interrumpe en dos ocasiones el concierto para quejarse de que el personal de seguridad está zurrando a los chavales que intentan saltar la valla y a mí me llama la atención el hecho curioso de que cuando yo era chaval los grupos ya usaban el mismo truquito populista para ganarse al respetable. El mundo gira pero no cambia.

"Definitivamente, en 2013 hay algo increíblemente equivocado y espantoso en el pelo de Nick Cave. El pelo de Cave solía molar"

La siguiente cita de la noche es el señor Nick Cave. Los datos sobre Nick Cave son los siguientes: hasta “Tender Prey” era bueno pero después inició un largo y trágico descenso a los abismos de lo lamentable que parece no tener fin. Yo por lo menos no me imagino adónde llegará. Este año él y su banda de postureros trajeados presentan su álbum “Push the Sky Away”, que tiene toda la pinta de haber sido compuesto en diez minutos. Con una pausa para fumar en medio. En particular, el tema que abre el set, “We Know Who U Are”, es un verdadero prodigio de desidia compositiva. Cualquier imitador del músico australiano podría haberlo hecho mejor; puro Nick Cave de garrafón. Para el resto del set, Cave decide desempolvar viejos clásicos de su época malrollera, intercalados con un par de baladitas soporíferas del nuevo disco interpretadas con cero ganas. Personalmente le agradezco que haya decidido dar marcha atrás, recuperar el registro goth y olvidarse de la incursión en el funk pitopáusico que fue su anterior disco, “Dig, Lazarus, Dig!!!”, uno de los discos más risibles de la historia del rock. Debido a que el show de esta noche es uno de esos conciertos donde nadie puede ver a los músicos, sino que hay que mirar un par de televisores gigantes, tengo la ocasión de pasarme el set entero estudiando de cerca la imagen personal de Cave. Definitivamente, en 2013 hay algo increíblemente equivocado y espantoso en el pelo de Nick Cave. El pelo de Cave solía molar. Por ejemplo, en el vídeo de “Nick the Stripper”. Luego se integraba de forma correcta en su estudiado look de pimp. Hoy en día, sin embargo, es un claro obstáculo para su proyecto personal de ser un dandy del submundo. Es una especie de casquete muerto y teñido con Grecian 2000, y sus entradas se han reducido visiblemente en los últimos años por culpa de los injertos.

Pero bueno, esta noche Cave va claramente taja y es algo a celebrar. Para deleite y euforia de su entregado público, decide hacer ruido y chillar como cuando era joven. En realidad, importa poco lo que haga; si Nick Cave saliera a cantar temas de El Canto del Loco, su público chillaría y se volvería loco exactamente de la misma forma, así de entregados son los fans de este hombre. Hacia la mitad del concierto, sin embargo, lo pierde su culto a sí mismo, que lo obliga a mantenerse en equilibrio precario sobre la valla para dejarse tocar por sus adoradores. Sus músicos lo miran con cara de “te la vas a pegar”. El cántaro va a la fuente una y otra vez, en un bucle de adoración gótica riefenstahliana que termina, cómo no, con el señor Cave arreándose un guantazo de espaldas que, para qué negarlo, me ayuda a cerrar el Primavera Sound con una sonrisa en mi corazón.

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