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“Posesión Infernal (Evil Dead)”: un remake innecesario, pero también entretenido

La revisión del clásico de terror de Sam Raimi llega este viernes a la cartelera y compite contra un nuevo thriller de Steven Soderbergh, “Efectos Secundarios”

En los últimos años han proliferado los remakes de clásicos del cine de terror. El último en llegar es “Evil Dead (Posesión Infernal)”, revisión decente de la película de Sam Raimi de 1982. Completa lo más interesante de la cartelera un nuevo título de Steven Soderbergh, “Efectos Secundarios”.

Uno.

Escribir sobre un remake al uso, más o menos convencional (cuando éste es pura deconstrucción o perversión ya es otra historia), siempre es raro. Es rarísimo porque las dos direcciones más fáciles de tomar para armar la crítica son, de alguna manera, igual de absurdas. Es absurdo, sobre todo, en casos como el que nos ocupa (es decir, cuando se trata de revisiones de clásicos o de cult movies incontestables), intentar establecer un comparativo con el original: por bueno que sea el remake, siempre va a ganar la película que vino primero, aunque sólo sea por una cuestión de relevancia en el género o, simplemente, de nostalgia. Pero también es absurdo valorar la revisión por separado de su fuente, como si la existencia del original fuera un dato baladí. Es complicado, pues, encarar un remake, y todavía más si se trata de la revisión de una película tan importante para el terror como “Posesión Infernal” (1982), primera entrega de la famosa trilogía de Sam Raimi que completan “Terroríficamente Muertos” (1987) y “El Ejército De Las Tinieblas” (1992).

Supongo que la solución más lógica es armar el artículo desde una posición intermedia. Es evidente que la aportación de Fede Álvarez, responsable de esta nueva “Posesión Infernal (Evil Dead)”, al cine fantástico y de terror no es ni mínimamente comparable a la que hiciera Raimi treinta años atrás. El director de “Arrástrame Al Infierno” (2009) hizo avanzar el género con aquella película: abrió nuevas vías en el cine sobre posesiones, corroboró que la violencia y el humor, llevados a unos límites loquísimos, podían avenirse muy bien y activó una serie de ideas narrativas y visuales (cámara subjetiva, travellings chiflados, movimientos bruscos) que serían imitadas hasta la saciedad. Álvarez, en cambio, no inventa la sopa de ajo: su película no revoluciona el cine fantástico y de terror. Pero eso no la hace necesariamente prescindible. Producido por Raimi, “Posesión Infernal (Evil Dead)” es un buen filme de género y la presentación oficial (después de varios cortos) de un director que se mueve en él con soltura y nervio.

Dos.

Sin ser tan buena como aquéllas, la película de Álvarez está más cerca de “La Matanza De Texas” (2003), “Las Colinas Tienen Ojos” (2006), “Amanecer De Los Muertos” (2004) o “Maniac” (2012; aún sin estreno comercial en España), cuatro remakes espléndidos, que de revisiones más toscas e intercambiables, entre ellas “La Morada Del Miedo” (2005), actualización de “Terror En Amityville” (1979), y “Viernes 13” (2009), en la que Marcus Nispel descargó toda la desgana que no puso en su remake del clásico de Tobe Hooper antes citado. Sobre la pesadilla de un grupo de chavales aislados en una cabaña en el bosque, activada con la lectura de El Libro De Los Muertos, “Posesión Infernal (Evil Dead)” es bastante esclava de los códigos narrativos y estéticos del cine de terror actual y le falta un brote de originalidad, algo por lo que ser recordada en unos años. Pero tiene fuerza y queda claro que su director se la toma en serio. Los diálogos no son alta literatura, pero salvo por alguna chaladura autoconsciente y cómplice con las ganas de verbena del fan del cine de género, tampoco invitan a salir corriendo; no tiene problemas de ritmo y está narrada con nervio; y, muy importante, no es nada mojigata en su representación de la violencia. No está en la línea radical de “La Última Casa A La Izquierda” (2009) o la inédita en España “I Spit On Your Grave” (2010), dos de los remakes más brutales de los últimos años. Es buen terror mainstream, pensado para las multisalas, con lo que no toca las teclas de la sordidez más agresiva. Pero, aun estilizada, es sangrienta, retorcida y, a ratos, sorprendentemente chiflada. Salvando muchísimo las distancias, conecta en esas tres cosas con su modelo, pero se distancia claramente de él en algo: el humor. Elemento imprescindible en el clásico de Raimi (también en las otras dos entregas de la famosa trilogía), donde muta de las formas más deliciosamente imprevisibles, aquí sólo brota en contadas ocasiones y sin fuerza. Y se echa de menos.

Tres.

Otro estreno fuerte de esta semana es “Efectos Secundarios (Side Effects)”, nueva película de Steven Soderbergh, uno de los cineastas en activo más prolíficos (hace seis meses se estrenaba en España, casi sin retraso, su magnífica “Magic Mike”). Sin hacer spoiler, su historia es la siguiente: un psiquiatra (Jude Law) decide hacerse cargo de una nueva paciente (Rooney Mara), una joven inestable que no pasa por un buen momento personal, y medicarla con un tratamiento nuevo para ayudarle a superar la depresión. A partir de ese argumento, el director de “Contagio” (2011) levanta un thriller poderoso por dos razones: su afilado contenido crítico y la irresistible –a la vez que incómoda– opacidad de los personajes. El director, que trabaja según un guión de Scott Z. Burns, tensa con acierto las cuerdas de la ambigüedad, la tergiversación y la mentira. Imposibilita nuestra empatía con los personajes, ilegibles y escurridizos, a la vez que hace que resulten tremendamente atractivos por eso, por imposibles de apresar. Y encierra en el relato una crítica directa y con mordiente a la industria farmacéutica (en concreto a la que se ocupa de medicamentos para la salud mental) y, por extensión, a una sociedad que tiende a poner parches individuales a males endémicos y globales. “Efectos Secundarios (Side Effects)” es muy potente en esas dos direcciones, pero la construcción de la trama, que se tuerce y retuerce una y otra vez, y el juego con las expectativas del espectador no son redondos. Algunas soluciones y determinados giros (y salidas de tono) en los personajes resultan demasiado rocambolescos y, sin ser probablemente lo que más preocupe a Soderbergh, la carta del misterio no siempre está bien jugada y la posibilidad de avanzarse a lo que va a suceder diluye poco a poco el agudo interés inicial que despierta la propuesta. Rooney Mara no puede estar mejor.

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