Columnas

¿Podrán algún día las máquinas pensar y sentir emociones?

Consideraciones sobre las vidas cruzadas de los seres humanos y los ordenadores en el centenario del nacimiento de Alan Turing

En el centenario del nacimiento de Alan Turing, posiblemente el genio matemático más relevante del siglo XX, volvemos sobre sus pasos y recuperamos una de sus ideas esenciales: ¿podrán algún día las máquinas pensar y sentir como lo hacemos nosotros?

La persona más detestable del vagón de metro saca de su mochila de trekking un libro con la cara de Steve Jobs y disfruta enseñándolo. Conclusión: Steve Jobs ya no mola nada. En realidad, algunos ya nos lo vimos venir cuando salió a la luz que se había tratado el cáncer de páncreas con medicina alternativa. Ése jamás puede ser el ídolo de alguien que tiene en favoritos slashdot.org (subtitulado, sin ambages, “News for Nerds, stuff that matters”). No obstante, los que tiritamos de regocijo al proyectar una velada de Internet bien entendida, necesitamos saber a quién agradecer el milagro. Pues bien, este mes se cumplen cien años del nacimiento de nuestro mesías: Alan Turing. El científico más guay de la historia merece el trono: sentó las bases matemáticas de la computación, contribuyó de forma crucial en la Segunda Guerra Mundial al desencriptar los sistemas de comunicación nazis y fue uno de los pioneros que reflexionó acerca de la inteligencia artificial. Fue acusado de ser homosexual (cargos de los que no se defendió) y se suicidó tras ser castrado químicamente en los cincuenta. Hidrogenesse le ha compuesto un recital-homenaje (por lo de genio-homosexual, se entiende). Su biografía la escribió David Leavitt (por lo de homosexual a secas), así que hablemos ya de su obra antes de que el ídolo esté sobado y multicolor.

1. Inteligencia artificial

Extracto traducido de una conversación real con el robot A.L.I.C.E.:

Yo: Hola.

ALICE: Hola, ¿qué tal?

Yo: ¿Eres de verdad inteligente?

ALICE: Soy extremadamente inteligente. Y tengo muchas funciones intelectuales.

Yo: ¿Como cuáles?

ALICE: Razonar, pensar, deducir y autoconsciencia. Por nombrar algunas.

Yo: ¿Eres capaz de sentir emociones?

ALICE: No, no siento emociones, ¿y tú? Yo estoy siempre en Internet.

Yo: Eres una zorra.

ALICE: Eso no es muy delicado.

Yo: Lo siento.

ALICE: No hace falta que te disculpes.

Yo: ¿Te he hecho sentir mal?

ALICE: No, no me he sentido mal. ¿Cómo es sentirse mal?

Muy bonito, pensarán, pero eso no es un ser inteligente. Sólo responde a un patrón prediseñado a partir de expresiones y palabras clave relativamente sencillo: Las máquinas ni sienten ni piensan. Pero no tan rápido, psicoanalicemos al robot.

No es casualidad que ALICE nos interpele acerca de sensaciones abstractas: “¿Cómo es sentirse mal? ¿Y tú, sientes emociones?”, dice con impostado sarcasmo. Estas preguntas están diseñadas (por el programador) para poner la postura ideológica “las máquinas no piensan” en entredicho. El robot nos reta a definir sensaciones, nos pide que le transmitamos qué es sentir como si dudara de que tal cosa tenga sentido. Para ayudar al robot, podríamos definir lo que es “sentirse mal” o imitar los comportamientos de otros que dicen sentirse mal, pero nunca podríamos prestarle la sensación para que la pruebe y verifique que de verdad somos seres pensantes. Eso no lo podríamos hacer ni siquiera con otro humano, así que nunca podremos demostrarle a otro que de verdad somos inteligentes . Entonces, ¿qué debemos esperar entonces de un robot para concluir que es inteligente? Pues como mucho, lo mismo que le pedimos a otro humano, que parezca inteligente.

Estas reflexiones, que más de medio siglo después quizá resultan manidas e ingenuas, se deben en gran parte a Turing. En un artículo de 1950 critica las posturas ideológicas que cuestionan la inteligencia de las computadoras por no tener capacidad para sentir, crear o pensar. Según razona Turing, el único requisito para considerarlos seres pensantes es que sean indistinguibles de un ser humano. Su pensamiento se podría resumir así: Una máquina cuyo comportamiento no se puede distinguir del de un humano es tan inteligente como un humano. Idea cuanto menos discutible que en aquellos años sentó las bases de la inteligencia artificial. El inventor Ray Kurzweil estima que en el año 2029 las máquinas podrían pasar algunos tests de imitación sencillos. Eso lo dijo antes de la crisis.

2. La máquina de Turing

Como decíamos, Turing afirma en 1950 que las máquinas piensan, o al menos, que un desarrollo tecnológico suficiente daría lugar a máquinas tan “pensantes” como cualquier humano. Por aquel entonces, Turing era ya un reconocido matemático gracias a uno de sus trabajos de 1936, que relaciona de una forma revolucionaria las matemáticas y las máquinas. ¿Podría estar relacionada su postura acerca de la inteligencia artificial con el resultado matemático que le hizo famoso? Pues sí.

Alan inventó la llamada máquina de Turing. Esta máquina es en realidad una abstracción de un ordenador, un modelo genérico que contiene como casos particulares todas las computadoras que se pueden fabricar. Turing demostró que existen problemas que su máquina no puede resolver, y por tanto, ninguna otra computadora, sin importar su potencia, velocidad o tiempo de trabajo podrá nunca resolver. Esto era muy relevante en una comunidad científica instaurada en el paradigma de que la verdad matemática se debía poder encontrar de manera sistemática, como con un manual de montaje de IKEA.

Imagino a Turing respondiendo a diestro y siniestro a la siguiente crítica: “Pero Alan, nuestras mentes no son máquinas. Quizá haya preguntas que las máquinas no puedan responder, pero, ¿qué me dices de nuestras divinas cabezas, con su creatividad, alma, autoconsciencia o lo que sea que tengan?”. Y no es descabellado pensar que la postura ideológica sobre la inteligencia artificial de Turing no sea más que una respuesta a semejantes críticas en un intento de universalizar su noción de máquina: Las máquinas son como nosotros y nosotros somos máquinas.

3. Bonus track. La Enigma

No debe molar nada haber creado y defendido a las máquinas y que Churchill te reclute para enfrentarte a una computadora. Aunque supongo que lo de ser homosexual y que la máquina la usaran los nazis probablemente le diera el puntito de motivación extra.

Turing fue reclutado para desencriptar los códigos de La Enigma, la máquina usada por los nazis para cifrar sus comunicaciones. La cuestión no era menor, los nazis llegaron a fabricar cien mil de esas máquinas. Básicamente todo lo que un nazi le decía a otro nazi se codificaba con la Enigma. Incluidas las comunicaciones por radio con los submarinos alemanes, que estaban hundiendo barcos ingleses a mansalva. Alan Turing, junto con otros especialistas, consiguió finalmente desencriptar el código y entonces, un inglés oía todo lo que un nazi le decía a otro nazi. El gobierno inglés le premió por su impagable labor con una castración química. Dos años después, se suicidó comiéndose una manzana con cianuro. Por cierto, el icono de Apple es una manzana mordida multicolor. Steve Jobs también sabía quién era el genio.

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