Columnas

Perros callejeros: un análisis de los nuevos capítulos de “Hermano Mayor”

La joya de la cadena Cuatro ha vuelto a la programación de los viernes con su quinta temporada, un buen momento para escrutar las claves de su éxito entre la audiencia

El regreso del programa estrella de Cuatro, del que se ha estrenado la quinta temporada, es una buena noticia para todos aquellos que sintonizan, ya sea en serio o con actitud irónica, con este programa que ha convertido la pedagogía y la psicología adolescente en uno de los espectáculos más intensos y atractivos de la telerrealidad actual.

Cuando la cadena Cuatro inició su andadura lo hizo con la intención de proponer una televisión de calidad alejada de la telerrealidad, el chismorreo y los programas de dudosa moralidad. Esbozaba aquello de ‘Practica Cuatro’ como un emblema que le distanciaba de Telecinco o la Antena 3 de entonces, pero poco le duraron los propósitos y las buenas intenciones: mucho antes de ser comprada por Mediaset, Cuatro llenaba su parrilla de programas de la misma catadura moral que los de sus cadenas rivales. De hecho, ya por entonces figuraban en su programación espacios como “SOS Adolescentes” o “Hermano Mayor”, ambos cortados por un mismo patrón y argumento –jóvenes problemáticos intentan ser reconducidos por un coach o instructor–, y, casualmente, ambos consolidados como dos de los principales éxitos de audiencia de su oferta.

"Presenta muchos argumentos para engatusarte y, te lo tomes como te lo tomes, te invita a tomar partido y a involucrarte en su mecanismo trampa"

Tres años después del estreno de su primera temporada, “Hermano Mayor” inició su quinta temporada el pasado viernes. Y lo hizo, una vez más, con magníficos resultados de audiencia –13.1% en prime time–, nueva demostración de su poder de convocatoria y, sobre todo, de su magnetismo televisivo, con toda probabilidad el principal factor que le diferencia de otros competidores. A la personalidad de su líder, el ex jugador de waterpolo Pedro García Aguado, se le suman toda una serie de elementos que lo convierten en uno de los guilty pleasures del momento, muy guilty pero también muy pleasure. Cuando ves “Hermano Mayor” es difícil adoptar una actitud distante: bien sea porque sientes deseos irrefrenables de meter entre rejas –y otras ideas inconfesables– al adolescente protagonista; porque entiendes su contenido como una metáfora del fracaso general del sistema educativo en los tiempos que corren; porque tiene mucho de manual de autoayuda en la relación entre padres e hijos, pero también en la superación de problemas de adolescencia –adicción a las drogas, desconcierto existencial, impulsos violentos…–; o bien porque aceptas el peaje moralista del programa a modo de divertimento y placer con ligero sentimiento de culpa, lo cierto es que es complicado mantenerte impasible o indiferente ante su propuesta. Presenta muchos argumentos como para engatusarte y, te lo tomes como te lo tomes, más en serio o más en broma, te invita a tomar partido y a involucrarte en su mecanismo trampa, incluso si tienes la sospecha, lícita y razonable, de que hay mucha teatralización en su contenido para conseguir los efectos perseguidos.

Convertido en el manual de propaganda perfecto de la generación Ni-Ni, “Hermano Mayor” tiene algunos logros desde un punto de vista estrictamente televisivo: primero, su aportación formal, basada en un montaje incisivo, un lenguaje directo y una factura impulsiva, que le dan un aire notablemente más actual y moderno que el que tienen muchos compañeros de parrilla. Segundo: un proceso de casting hecho a imagen y semejanza del programa, que siempre ha tenido claro el perfil que necesitaba para llamar la atención al espectador. Perros de presa, potenciales delincuentes, futuros maltratadores, drogadictos en potencia o ya consolidados, o personajes con más índice de agresividad que un luchador de vale tudo responden al prototipo de teenager problemático que casa con su estética y, sobre todo, con el volumen de ruido que quiere hacer. Y tercero: su capacidad para proponer términos, ideas y recursos novedosos e influyentes en el ámbito de la televisión hecha en España. En este sentido, dos muy claros y elocuentes: la popularización de la figura del coach y la apuesta por un concepto de programa-ONG en que se busca un efecto terapéutico para solucionar los conflictos planteados.

"Lo más peligroso y peliagudo es el componente de programa-terapia, de ONG televisiva que se autoimpone “Hermano Mayor” en su modus operandi"

El coach es una figura –dentro y fuera del circo televisivo– muy asentada en la sociedad estadounidense que en España empezamos a conocer de la mano de programas como “Supernanny” o “El Encantador de Perros”. Pero no fue hasta la aparición de Pedro García Aguado al frente de “Hermano Mayor” que tuvimos conciencia de que aquí también podíamos tener nuestras propias versiones de estos instructores especializados en rearmar juguetes rotos y, sobre todo, ejercer de guías para padres, propietarios de mascotas o cocineros con falta de liderazgo. En el caso de “Hermano Mayor” queda clara su perversa maniobra: utilizar un caso extremo, generalmente vinculado a clases sociales bajas y con problemas de diversa índole, para aleccionar y servir de manual a todos aquellos padres que están viendo la televisión y sienten que algo falla en la educación que están inculcando a sus hijos. La función del coach no pasa tanto por encauzar el camino torcido y lleno de piedras de los adolescentes protagonistas como por presentar una serie de pautas, consejos y trucos psicológicos para ayudar a quienes necesitan un espejo catódico en el que mirarse para mejorar su vida. El coach es el gurú del siglo XXI, una figura que encarna con todos los vicios y defectos posibles el concepto de autoayuda, siempre tan presente y solicitado en tiempos de crisis. Aguado vive constantemente en ese juego de la autoayuda, uno de los aspectos menos atractivos para quien esto escribe, pero el gancho para muchos telespectadores que buscan un faro que les ilumine el camino.

Quizás más peligroso y peliagudo es el componente de programa-terapia, de ONG televisiva que se autoimpone “Hermano Mayor” en su modus operandi. Este no pretende únicamente mostrarnos una realidad concreta de nuestra sociedad, sino que también tiene como objetivo ayudar y ‘curar’ a los protagonistas, padres e hijos. Esta es la parte menos creíble y seria de su engranaje, básicamente porque parece ridículo pensar que unos días bajo la tutela de Aguado y sus cada vez más rocambolescas pruebas psicológicas puedan convertir a un yonqui con tendencias violentas en una hermanita de la caridad que respetará a sus padres y se comportará como un ciudadano civilizado. Creer en la televisión como un medio capaz de adoptar el papel de terapeuta, psiquiatra e incluso de policía es la exigencia más ambiciosa y difícil de seguir y asimilar que se atribuye a sí mismo “Hermano Mayor” y la faceta que más me molesta. Menos lobos. Parece mucho más razonable contemplar el programa como un espectáculo televisivo puro y duro que te reconcilia con la vida y contigo mismo, sobre todo después de asimilar que te has criado en un entorno normal y no te has convertido en un monstruo.

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