Columnas

Periodista busca curro

Carlos Vareno

Llevo una semana pensando en dedicar esta columna a hablar de Star Trek, pero coño, no me apetece un pijo. Aunque muy seductora la pantalla nítida de mi nuevo Vaio P, la verdad es que últimamente no tengo ni la más remota idea sobre lo que decir, de lo que pretender que tengo una idea formada, de que vosotros, lectores de esta publicación digital, creáis que estoy informado, que soy alguien del que os podáis fiar; o en el peor de los casos, un capullo al que contrarrestar en el apartado de comentarios un poco más abajo.

Un periodista, al fín y al cabo. De eso va el juego, ¿No? Pero hoy, maldita sea desde el momento en el que me desperté, no tengo ni la más absoluta idea sobre lo que escribir, sobre lo que contar, sobre lo Que. Mierda, el bloqueo empieza a ser exponencial. Podría callarme, eso es cierto, dejar que el tiempo vaya supliéndome la vitaminas y los oligoelementos necesarios, para que en el día menos pensado, a mi cerebro anquilosado le de por escupir palabras, ametrallando así al personal, a base de adjetivos alados y demás fosforescencias del lenguaje. Pero por momentos, temo que eso ya no será posible. Dicen que el oficio del periodista se va al garete, que estamos presenciando el fin definitivo del papel, el fin de los días, y esas cosas muy de nuestra época, oigan. Una depresión que lleva ya un tiempo dejándome postrado en la cama, así, al borde del ataque de pánico, sin saber cómo, ni qué demonios escribir. Y tengo miedo, la verdad, ciertamente un miedo de tres pares de cojones. Mi madre anda preocupada de que le llame a altas horas de la noche para preguntarle por Corso, el perro de la familia muerto tiempo atrás, y mis compañeros de piso, empiezan a murmullar por debajo de la puerta de mi cuarto tapiado en extraños dialectos que no consigo comprender. Mi futuro tiembla, tiembla de veras, y el frasco de los anisolíticos situado en el epicentro exacto de mi mesita, se consume a ritmo de la noche y de rua brasileira. Ay, ¡Ay!

150 periódicos han cerrado en lo que va de año en Estados Unidos. 15000 periodistas que a día de hoy, pasean sus curriculums vitae por entre las redacciones de periódicos que muy posiblemente también vayan a cerrar. Canturrean lo gurús de la cyberdelia que el futuro está en la web, pero está más que demostrado que una redacción no puede vivir de un par de banners parpadeantes que ejercen el efecto inverso en el consumidor: un odio desmesurado hacia la marca en cuestión. Quién sabe si el Kindle, el nuevo libro digital de Amazon, vaya a ser la panacea donde los usuarios puedan consumir las páginas virtuales de sus periódicos preferidos en posición ergonómica, prescindiendo así del estrés de leer aerodinámicamente en la pantalla del ordenador engullendo titulares de Google news sin tener que recurrir a las profundidades insondables del artículo original, de donde precisamente, el buscador ha robado su titular pagado con sudor y sangre de redacción. Pero ese futuro, al menos de momento, es un escenario a contemplar más bien a largo plazo. O eso a mí me lo parece, ay.

La gente ya no confía en los popes de la información, dicen algunos listillos en los corrillos de la transmodernidad, bien contentos de que una de las profesiones más antiguas de la humanidad, junto con la del puterío y las ganas de dar mamporros, se asfixie sin remedio en las aguas de la incertidumbre. El futuro de la información es de los blogueros, se atreven a argüir entre sentencias dictatoriales de cyber café y recelos no confesados por una posible falta de inteligencia de base, denotada principalmente por su falta de contextualización entre su polo a rayas del Zara, y sus pantalones a cuadros marrones de He. Uno, ante estas aberraciones del espíritu, no puede dejar de preguntarse, ¿Y estos blogueros, estos entes fantasmagóricos sin rostro, responsables de salvarnos a todos de la ignorancia del mundo, de qué comen? ¿Cómo pagan el alquiler, la compra, los psicofármacos? No me lo explico, cojones. ¿Estaremos realmente dejando el futuro de la sapiencia de nuestros días en apasionados, pero amateurs pseudo periodistas, que después de una ardua jornada de trabajo en la era de la crisis múltiple, actualizan sin ánimo de lucro durante un par de horas en su blog sus pensamientos sobre macro economía, política, cultura, ciencia, y el qué sé yo? ¿Acaso no es más de fíar, no sé, perdonen por mi beligerancia, alguien que se dedica en cuerpo, alma, e hipoteca, a su trabajo de periodista las horas necesarias del día para poder así, divulgar la información más precisa y objetiva posible? Personalmente, entre el Guardian o el blog de Federico el de la esquina, elijo al diario inglés por goleada para saber con rigor sobre el conflicto entre Israel y Palestina y la caida del Dow Jones. Simple as that. Llamadme viejuno, pero yo siempre seguiré apelando a la lógica universal del dos más dos igual a un mundo necesitado de profesionales de los de verdad, no de los de cartón piedra y una cuenta a 12 euros al mes en Rapidshare.

Ya lo dijo Jaime Gil de Biedma 'que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde'. Ahora tan solo espero que no tardemos demasiado en darnos cuenta de que el futuro del conocimiento está en una crisis de la que posiblemente no salgamos en algún tiempo. Aunque Kerry esté al mando del comité del Periodismo de los Estados Unidos, y a Google le de por comprar algunos medios en contrapartida del sableo de titulares y su buenrollismo de futbolín de sala de juntas de su sede en Parkway Mountain View, más que nunca, necesitamos un modelo de negocio sin parpadeos ni buenas intenciones, por qué o sino... O si no... Pues eso, que yo de aquí no me levanto. Postrado sin remedio en mi cama, anonadado ante el salvapantallas psicodélico de mi nuevo Vaio P, esperando a contar la buenas nuevas de una profesión que se tambalea ante la risa del mundo entero. Algo así como ¡Jaja, jaja, que idiotas que nos volveremos todos! Crucen los dedos bien cruzados señores, que este periodista en ciernes lleva ya un tiempo en búsqueda de trabajo.

To be continued, o eso espero.

Carlos Vareno es un total desconocido que semana tras semana envía a nuestro correo electrónico textos, dibujos y diagramas, columnas esbozadas. En el asunto siempre pone "Desde la azotea del edificio", y cuando hemos querido ponernos en contacto con él, conocerlo personalmente (como hacemos con todos nuestros colaboradores), simplemente deja de contestar nuestros mails.

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