Columnas

El día que Pasolini se puso del lado de las bandas callejeras

“La culpa no es de los teddy boys”

Italia, agosto de 1959, aldea de Bracciano. Albha Sprighi, una chica de 19 años, es detenida por haber apuñalado a Benedetto Argenti, tres años menor que ella. Al parecer, Sprighi fue asaltada cerca de las vías del tren por una banda de teddy boys, entre los que se hallaba Argenti, cuando regresaba de una procesión religiosa. Varios testigos aseguraron haber visto a una decena de jóvenes de entre 14 y 17 años vestidos con pantalones vaqueros y chaquetas negras de cuero. Sprighi, desesperada, no dudó un momento. Cuando intentaron agredirla sexualmente, logró sacar su navaja, que acabó clavándosela a Argenti. Murió en el acto. Cuando la policía le preguntó por qué tenía un arma blanca, afirmó que “la mayoría de las chicas de la aldea tenemos navajas. Debemos defender nuestro honor contra las bandas”.

Alarmada, la prensa se refirió a los agresores como los «vagabundos negros», en referencia a los célebres y temidos blouson noir («chaquetas negras») franceses. Durante aquel tiempo, los periódicos italianos estaban en guardia ante lo que parecía un fenómeno de brutalidad sin objeto a manos de bandas juveniles. Sin embargo, no sólo era Italia la azotada por aquella oleado de pánico. A finales de los cincuenta toda Europa se hallaba en estado de alerta ante los ataques de una horda bárbara cuyo uniforme era la chaqueta negra de cuero. En la mayoría de los casos, se trataba de menores de edad o con la mayoría recién cumplida que se desplazaban siempre en moto, escuchaban rock and roll o jazz y no dudaban en apuñalar y agredir a quien se pusiera en su camino. Sus ataques eran arbitrarios. No tenían miedo a las consecuencias de sus actos y, cuando sus familias (la mayoría pequeñoburguesas o antiguos fascistas) no podían librarles de un castigo, daban con sus huesos en cárceles atestadas.

“La mayoría de las chicas de la aldea tenemos navajas. Debemos defender nuestro honor contra las bandas"

En septiembre de aquel año, Pasolini, al contrario que la mayoría de la prensa italiana, salió en defensa de los teddy boys. Su gesto resultó inaudito. Pero como siempre, su defensa fue atípica: prescindiendo de valoraciones sobre la culpabilidad material de los hechos, abrió un debate entre la opinión pública al afirmar que la crueldad y brutalidad de aquellas bandas era el resultado de la descomposición de Italia, que aún debía resolver su pasado neofascista. Lo que subyacía tras el crimen de Sprighi era la desesperación de las víctimas de los teddy boys y, sobre todo, la más que dudosa criminalización que rápidamente todos los medios de comunicación, intelectuales y políticos habían hecho sobre el apuñalamiento: los jóvenes eran los culpables. Pasolini, hábilmente, perseguía objetivos mayores y el título de su artículo no dejaba lugar a dudas: La culpa no es de los teddy boys. En este, arremetía contra «tanta presunción pedagógica, tanta ceguera reaccionaria, tanto paternalismo estúpido, una visión tan superficial de los valores, tanto sadismo reprimido, no pueden justificar la existencia, en muchas ciudades italianas, de una juventud intolerante y envilecida».

En Contra los cabellos largos, un brillantísimo artículo publicado en 1973, Pasolini regresó a ese mismo e inconfundible estilo. Sin embargo, entonces no eran los teddy boys sino los hippies los condenados por la prensa y el propio poder. En aquel artículo, publicado en el Corriere della Sera, Pasolini expresó su rechazo hacia una pareja de melenudos que vio en el hall de un hotel de Praga. Eran arrogantes y se sentían superiores. Los brutos, rudos e incultos (la gente del pueblo, los trabajadores poco cualificados, la gente del arrabal) eran incapaces de comprender su «protesta». Su discurso estaba tamizado y convertido en puro ensueño americano: «Comprendí y experimenté una antipatía inmediata por los dos. Luego tuve que tragarme la antipatía y defender a los melenudos de los ataques de la policía y de los fascistas: estuve, por principio, de parte del Living Theatre, de los beats, etc.; y el principio que me hacía estar de su parte era un principio rigurosamente democrático», concluía.

"La subcultura del poder ha absorbido la subcultura de la oposición y se la ha apropiado"

La mirada de Pasolini, al igual que con los teddy boys y el «caso Sprighi», iba mucho más allá de la dialéctica, muchas veces falsa, entre cultura versus contracultura. Como si jamás se hubiese levantado del sillón desde el que observó a aquellos dos melenudos, analizó a aquella pareja de hippies con una profundidad escasamente vista. Su artículo terminaba de una forma profética, regalándonos una frase tan elástica como actual: «La subcultura del poder ha absorbido la subcultura de la oposición y se la ha apropiado». El aislamiento de los hippies equivalía a regresión y su anquilosada rebelión se había transformado en moda. Cuando todos los jóvenes lucen el cabello largo, la oposición se vuelve pantomima. Los teddy boys, beatniks y hippies habían sucumbido, pero Pasolini, por una cuestión de principios, no podía estar con el paternalismo bienpensante de los adultos o del poder.  

Ahora, Nebulosa, el maltratado guión que Pasolini escribió y concluyó en menos de tres semanas a finales de 1959, ha sido rescatado y publicado por Gallo Nero, que de este modo nos aproxima al rico universo y cosmogonía de Pasolini respecto a la juventud y las subculturas. La obra, prologada por César Rendueles, está inspirada en el «caso Sprighi» y sus protagonistas son una desigual banda de teddy boys. Ninguno de ellos quiere razones. No desean saber la causa de nada, ni tampoco llegar al corazón de las cosas, sino solamente viajar al fin de la noche (la última del año), destruirse destruyendo.

"¡Qué asco, esta sociedad! Parece tan limpia, y por debajo está tan podrida, podrida, podrida..."

El nihilismo de la banda (los descampados, el arrabal, las motos) brilla en cada página de un libro quenos transporta a esa Italia en la que Pasolini, destacando con luz propia, incomodando y polemizando con contraculturales y comunistas ortodoxos, deslumbró durante años. Rospo, el líder de la banda, es pura rabia y agresividad ciega: «¡Qué asco, esta sociedad! Parece tan limpia, y por debajo está tan podrida, podrida, podrida... ¡Ay, no soporto a toda esta peña de cerdos burgueses conformistas! Esta noche, ¡sangre!», grita rojo de rabia. Su crueldad es tan cruel como la de sus verdugos. Lo mismo que su indiferencia. Todos ellos viven en la constante nebulosa, en medio de una farsa terriblemente trágica.

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