Columnas

Paseo alrededor de la tumba

Guillermo Fadanelli

Comencemos con una afirmación: la novela es un método para ejercer la vagancia. A su vez la vagancia permite construir mundo desde nuestra experiencia: sólo los vagos (aunque no salgan de su recámara) son capaces de tener experiencias. El espíritu de la literatura, es decir el impulso que se apropia de la herencia literaria de los siglos anteriores se encuentra, en estos tiempos más que nunca, de parte del derroche, de la ausencia de meta definida, de la pasión que corroe sin más asunto que encontrarse a sí misma, y no de su promoción en el mercado: no de otro modo la concebía Bataille siempre reacio a considerar la novela como un medio para la obtención de fines precisos (una especie de método con orientación). Es por eso que las máquinas y los ordenadores aún en su concepción más ambiciosa no piensan (por más que los filósofos de la tecnología llamen pensar a los modelos de inteligencia artificial), y no lo hacen porque carecen de experiencias, los ordenadores no se trasladan de una ciudad a otra para visitar a sus padres, no lamentan haber sido despreciados por una mujer, y no acuden a un templo a profesar una religión. El día que descubra a mi ordenador rezando por una deidad que lo ha sumido en la contemplación entonces lo echaré de mi casa a puntapiés, mientras tanto no representa para mí ninguna presencia incómoda lo considero un objeto más entre las creaciones humanas, un florero o un medio de entretenimiento comunicativo para pasar inadvertido en esta entelequia que nombramos con un arrogante sentido de propiedad nuestra época. El día que descubra a mi ordenador bebiendo más vodka entonces me sentiré suplantado.

Los filósofos de la ciencia se han preocupado por refutar la idea de que los hombres son máquinas de Turing, es decir autómatas cuyos actos pueden ser calculados con cierto grado de precisión, máquinas que computan funciones recursivas en un periodo corto de tiempo (en un periodo que tiende a infinito se implantaría el caos). Es verdad que se fabrican autómatas para simular la inteligencia humana y conocerla desde un modelo aproximado, pero no para suplantarla, cosa imposible debido a que para ello sería necesario dotarlas de un lenguaje complejo (es decir oscuro e imposible de dominar o predecir), una conciencia y la posibilidad de aprender de su entorno (los intentos por simular estas tres capacidades son aún caricaturas). En esencia, la informática einteligencia artificial crean modelos que nos permiten hacer hipótesis acerca del funcionamiento de nuestro cerebro, y en ese sentido no se diferencian de ningún juego que busque conocer la verdad. Esa verdad es la liebre del conocimiento, una liebre que ha provocado aparatosos sistemas conceptuales, pero que se escapa antes de ser capturada por las ávidas manos de las ciencias físicas. Es la cacería y la persecución de la liebre lo que da frutos: así se han descubierto las vacunas, se han puesto naves en órbita y se han efectuado trasplantes de corazón. La meta de una inteligencia artificial que simule en su totalidad el proceso de la inteligencia humana tiene menos fundamentos que los mitos de las tribus polinesias: el proceso que tendría que seguir una computadora para aprender de los seres humanos y por lo tanto aprender a pensar por sí misma no es sencillo: el conocimiento previo o a priori, los esquemas conceptuales, la herencia de sus antepasados, las relaciones fantasiosas, la cultura, la tradición, los juegos de lenguaje, los genotipos y el amor desmedido por las rubias son un obstáculo imposible de salvar, un input tan extenso como la evolución misma de los seres humanos (si los robots heredaran genes desde miles de años atrás entonces el conocimiento previo, la información que la vida misma ha acumulado por millones de años estaría a su disposición y su lenguaje sería inteligente). El lenguaje, la representación, las ideas continúan perteneciendo a un mundo poco conocido que no puede ser vivido más que como aventura o rodeo. Apenas se han dado dos o tres paseos fuera de la cuna, la tumba se aparece diáfana en el horizonte. Este pesimismo no lo es en lo absoluto, sólo quiero decir que la verdad, el progreso, el futuro no nos corresponde como individuos, sino como especie (como seres concretos o solitarios la verdad que nos concierne es la que Simone Weil define como amor al vacío y aceptación de la muerte: "La verdad se halla del lado de la muerte.")

Afirmar que la verdad, el conocimiento como progreso es un asunto que le concierne sólo a la especie parece una opinión arriesgada y parcial, pero a los individuos no nos queda más que administrar una verdad a medias: cuando nacemos el mundo se ríe de nosotros y nos permite creer que podemos marchar a contra corriente, pero la especie camina como un saurio sin prisa: ¿a dónde se dirige? Nadie lo sabe, la respuesta tendría que ser, "marcha como un soldado rumbo a su propia conservación", ¿pero después de la experiencia histórica podemos aún sostener eso? Y no obstante su aparente ir hacia adelante, la especie humana no posee una sola dirección, ni siquiera sabe cómo o cuándo perecerá, la especie se imagina su muerte como el fin de los tiempos o el advenimiento de la verdad, no puede concebirla de otra manera más que elaborando tragedia o guiones cinematográficos. En cambio, para un individuo, lo cree así Edgar Morin, la muerte es la idea traumática por antonomasia, una idea sin contenido, un presentimiento constante, "la más vaga de las ideas vacías", ¿cómo se puede pensar la nada? Acaso el arte nos ofrece por un momento la visión instantánea de la nada, o la vida misma cuando se nos muere un ser amado, pero en lo cotidiano la muerte es impensable para el individuo, sólo ve su sombra, aguarda su llegada, escucha sus pasos inaudibles y se angustia.

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