Columnas

Pan y Deivid

Antonio Luque

Pan y Deivid Antonio Luque Foto: matoroa

Este verano sólo he ido a un festival. Un summer festival. Fui andando, no quiero tragedias. Después de tantos eventos, quedará para la historia como el verano de Spanair. O de Fomento, más malagueño, mira. Dos kilómetros de paseo marítimo me separaban de David Bisbal. Patrocinado por la MTV. Gran tinglado en mitad de la playa, La Malagueta. Preludio de fuegos artificiales. Nube de humo gigantesca. Simulacro de guerra para la muchedumbre. De guerra hortera, de colorines, como sus ropas de mercadillo, de piojillo, como se les llama por aquí a esas congregaciones de vendedores ambulantes que dejan un rastro de cajas de cartón y bolsas de plástico que ya desordenadas no cabrían en las furgonetas ni queriendo, aunque no quieren. Piojillo. Nostalgia de tiempos mejores, en los que la loción antiparásitos venía de regalo con el lote de libros del colegio y el profesor podía obligarte a lavarte los pies en un cubo. Por fin, la traca final con los cohetes que se abren como palmeras. 80 dólares vale una palmera en Egipto. 3000 euros pagan aquí al vivero. De una cifra a otra, el rastro, el desorden, síganlo. ¿Me siguen?

Ciudad plagada de palmeras plagadas de escarabajos, picudos y peloteros, así en la tierra como en el cielo. Todo para el pueblo, dirá algún déspota todopoderoso. Los coches con alerón o spoiler decoraban el césped del paseo. La policía multaba, pero sin ganas. ¿Por qué jamás me he atrevido a aparcar sobre un jardín? Siento que me estoy perdiendo algo, desde que alcanzo a recordar, lo siento. Toda la gama del espectro visible, esta vez en forma de contaminación lumínica, salió disparada de una de esas gigantes cajas negras de tela en las que se representan estos shows. David comenzó a cantar, y el viento me trajo junto a su voz una orquestación MIDI que perfectamente podría haber sido de una orquesta de pueblo a la que le hubiese tocado la quiniela. Me lo imagino en su salsa. Me lo imagino en una furgoneta. Hay quien lo ha visto todo ya. A veces tengo esa sensación, y sin embargo, avancé para ver más. Mientras, observé a la gente, rodeada de cubatas en vasos irrompibles y chorros de ketchup: el simulacro de guerra va bien, pensé; están disfrutando, son muchos pero aún no sobran. Dije: "La feria ha comenzado y los ejércitos de polillas se están preparando para surcar los mares de bombillas y comerse las bolitas de los chalecos que, bien atados, tapan los mejores traseros, en mi opinión". Metí la pata, no iba solo. Faltaba mucho aún. Cada vez más gente. Un éxito tras otro. ¿Cómo es posible que las conociese todas? Las canciones, quiero decir. Si no tengo tele ni escucho música en la radio, ¿cómo es posible?

Antes de salir de casa sabía que llegaríamos exactamente cuando se acabase el espectáculo. Me encantó que fuese así, no porque le tenga manía a David (sí, léase Deivid), sino por mi pasión por el orden, las adivinanzas y las coincidencias. Puede que ralentizase el paso adrede, vale, lo confieso. Una vez allí, la polvareda (lo de las playas de Málaga capital es polvo, no arena –salvando los Baños del Carmen-), la muchedumbre, que aprovechó el descanso para revolcarse o hacer cola en los kioscos de lo que fuese, circulando en cualquier dirección (como cuando a las hormigas se les tapa de golpe su hormiguero), el humo del hachís, del Fortuna y el LM Lights, a cual peor, y el hecho indudable de que me estaba meando, relajado tras el paseo y ya filtradas las bebidas que me hicieron pasar el mal trago de los fuegos, mal fakir soy, me llevaron a la fuerza a la orilla del mar, con la esperanza de ver un poco de horizonte. Lástima. Los cientos de barquitos que sólo navegan ese día del año, para disfrutar desde el agua del evento y justificar la compra de la embarcación saltándose el límite de los doscientos metros de distancia mínima a la orilla, esperando que la luna o el técnico de luces de David iluminen sus rostros y les permitan ser reconocidos como propietarios de barco por quien les mire con curiosidad o por incontinencia, a falta de horizonte, me impidieron unos momentos de calma en los que pretendía dar la espalda a la humanidad. Allí estaban, flotando como polillas en el aire las familias enteras en sus botes. No tengo nada que ocultar, y en Málaga no hay muchas depuradoras, de modo que los ríos de orín que bajan de las torres gigantes del barrio de la Malagueta (me temo) no tenían inconveniente en contar con la suma en último término de mi afluente, que desembocó en las sacudidas de mano de rigor. Cuando me di la vuelta distinguí los uniformes de dos agentes de Protección Civil. Ya iba a argumentar que no había salpicado a nadie cuando me di cuenta de que iban a dejarme en paz. ¡A mí la autoridad!

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