Columnas

Paganismo pop

Rituales sin mito y liturgia como contenido en el underground ocultista

La exposición Ritual Without Myth que actualmente se presenta en Londres da pie a Javier Calvo para explorar ciertas conexiones entre la liturgia, lo ritual y la brujería en ciertos grupos y proyectos audiovisuales del underground más escurridizo.

Leo con interés sobre la exposición colectiva comisariada por los alumnos de último curso del Royal College of Art de Londres, bajo el título Ritual Without Myth. (Para quienes no lo conozcan, el RCA, una escuela de arte de élite con una espectacular nómina de ex alumnos que va desde Frank Auerbach hasta Ian Dury, pasando por Ridley Scott e incontables premios Turner, ocupa un espectacular edificio de los años 60 en la frontera sur de Hyde Park, puerta con puerta con el Royal Albert Hall). Ritual Without Myth se expone durante el presente mes de marzo y toma su título de la idea formulada por Lygia Clark de que el arte es un ritual sin mito, es decir, que la obra carece de sentido representativo más allá de la interacción con los espectadores/participantes. El participante, según Clark, interactúa con la obra usando todos sus sentidos, y esas interacciones rituales, o “experiencias en vivo”, junto con las transformaciones afectivas que producen en el participante, se convierten en el objetivo “terapéutico” de la obra.

Una de las performance rituales más conocidas de Lygia Clark, “Baba Antropofagica”:

Tomando la noción de Clark, la exposición colectiva Ritual Without Myth “se plantea el potencial del ritual como catalizador de la experiencia transformadora”. Y “explora prácticas artísticas que combinan repertorios culturales (es decir, agregados de acciones y símbolos que estructuran sistemas sociales), liberándolos así de la autoridad de un mito unitario y dominante”. Citando a la crítica cultural brasileña Suely Rolnik, especialista en la obra de Clark, la exposición defiende que “la ausencia de una identificación absoluta y estable con cualquier repertorio es una condición de la que pueden emerger formas culturales híbridas que socaven una ideología dominante”. Uno de los rasgos de la exposición que me han llamado más la atención es su conexión barcelonesa. En RwM no solamente se exponen piezas del artista mexicano afincado en Barcelona Erick Beltrán, sino que se exponen por primera vez en Inglaterra muestras del trabajo de José Pérez Ocaña. En concreto, filmaciones de las procesiones carnavalescas de Ocaña por el centro de Barcelona.

Esa idea de ritual sin mito me parece muy útil para entender algunas transformaciones recientes de la música en vivo. Una de esas transformaciones consistiría en que el espectáculo musical en directo ha ido perdiendo aspectos del rito tradicional del rock en vivo (el aspecto sexual, el sudor, el baile) para adoptar otros de la liturgia ocultista o religiosa. El uso de sigilos y salmodias por parte de Jhonn Balance, las túnicas y los gestos sacerdotales de Sunn O))), los discursos evangelizadores de Jaz Coleman, los disfraces litúrgicos de Fever Ray o hasta los elementos simbólicos en el escenario de una artista mainstream como Bat For Lashes. Si el traslado a la escenografía de esos elementos rituales es obvio, lo es mucho más en los videos musicales. Aquí los ejemplos son simplemente demasiado para mencionarlos siquiera.

Bandas que organizan el contenido de su música en torno a mitos “unitarios y dominantes” las hay a miles. Véase el caso de la mitología nórdica en Burzum, por ejemplo, o el animismo del Noroeste Pacífico americano en Wolves In The Throne Room, o la Inglaterra pagana en casi cualquier grupo de la escena de Canterbury. Lo que me interesa aquí es el fenómeno contrario. Tomemos por caso al músico americano Burial Hex. Sus videos más conocidos son escenas remezcladas de películas donde aparecen rituales. Es el caso de los videos de “The Tower” (la escena de la danza fálica de “Sebastienne” de Derek Jarman); “Book Of Delusions” (la escena del desfile ceremonial de moda ante el papa de “Roma” de Fellini) y “Hunger” (que usa imágenes de “Divine Horsemen”, el documental de Maya Deren sobre el vudú en Haití). Ese gesto de tomar prestadas imágenes de rituales de procedencias diversas alude a otro fenómeno típico del paganismo pop, que es el sincretismo de su imaginería. El mismo proyecto de Burial Hex se define a sí mismo como “un ciclo cthónico” de composiciones inaugurado “en el Día de Todos los Santos de 2004” y destinado a “prepararse para los misterios finales de este Kali Yuga”. Como suele pasar, lo más habitual en el mundo del paganismo pop es que una sola banda aluda a la mitología mesopotámica, a la nórdica, a Lovecraft, a Crowley y a mil cosas más. Da la impresión de que cuanto más espontánea es la hibridación, más lejos puede llegar.

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Los famosos vídeos de Cosmotropia de Xam para Mater Suspiria Vision son un caso extraño de simbiosis entre videoartista y músico, empezando por el hecho de que se pueden interpretar muy fácilmente al revés, como bandas sonoras de MSV para Cosmotropia. Cuando la asociación empezó, hace dos o tres años, Cosmotropia elaboraba “vídeo-collages” o remezclas de películas de serie B de los 70, eróticas, de terror y exploitation. La “banda sonora” de estos experimentos, que se presentaban como “video collages promocionales sin ánimo de lucro”, era el sonido marca de la casa de Mater Suspiria Vision, un goth electrónico con elementos de trance y psicodelia, trufado de sampleados cinemáticos y con alusiones musicales a proyectos tan dispares como los italianos Goblin, los ingleses Alien Sex Fiend o los Psychic TV de antaño. De este periodo son sus vídeos del tema musical de la película “Picnic At Hanging Rock” o del tema “Das Haus der Hexe”.

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Resulta muy sorprendente que un proyecto audiovisual tan centrado en la cita y en el metraje encontrado haya empezado recientemente a introducir material original. Es el caso del vídeo de “A Giant Snake That Eats Itself”, donde una serie de sacerdotisas danzan lánguidamente con sigilos, espejos y piezas de fruta. Y especialmente, del de “Seduction Of The Armageddon Witches”, cuya pareja protagonista se encuentra enfrascada en la consagración de un objeto mágico (una versión pagana del Sagrado Corazón) a partir de rituales con fruta, hielo, sangre y tierra. Aunque este último vídeo está producido por Cosmotropia de Xam, en los créditos de la dirección aparece el vídeoartista colombiano afincado en Madrid Diego Barrera. Barrera ya había introducido el simbolismo de la naturaleza y la transformación de la realidad en liturgia en su cortometraje “Síntesis De Amor Orgánico”, que se estrenó hace un par de años en la Casa Encendida de Madrid.

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Obviamente, la idea de ritual que encontramos en Lygia Clark es casi opuesta a la que maneja alguien como Barrera, cuyo barroquismo compositivo encuentra sus referentes más obvios en Peter Greenaway, Alejandro Jodorowsky o Matthew Barney. En su texto, “Un Mito Moderno: El Instante Como Nostalgia Del Cosmos” (1965), Clark encuentra precisamente en la inmediatez la fuente de toda trascendencia.

“Es preciso encontrar un sentido nuevo que le devuelva al hombre su integridad. Ese sentido no puede constituirse a partir de valores míticos que le sean externos. Si él tiene conciencia de sus propios límites –puesto que le falta una razón profunda para justificar su existencia, tras desaparecer los valores espirituales que antes le satisfacían–, el hombre debe posicionarse ante sí mismo, con la independencia que ha adquirido en su terrible soledad. (…) Es del vacío espiritual que surgirá el nuevo sentido. En él se inscriben todas las opciones posibles. (…) Ahora el hombre común comienza a llegar a la posición del artista. Nunca el hombre ha estado tan cerca de su plenitud: ya no tiene más disculpas metafísicas. Ya no tiene nada sobre lo que proyectarse. Está libre de irresponsabilidades. Ya no puede negarse a sí mismo como ser total. Si ya no hay ninguna transferencia posible, le queda vivir en el presente, en el arte sin arte, como nueva realidad”.

Se trata de dos posiciones extremas: la totalidad del instante de plenitud sensorial, sin mediación alguna, contra la cita infinita, la liturgia que se remite una y otra vez a ella misma. Y sin embargo, a mí me parece que coinciden en lo esencial. Sostener el ritual que hace soportable las cosas cuando el mito tradicional ya se ha esfumado. El gesto ceremonial que sobrevive a la religión que lo generó, y que ahora cobra sentido en su representación misma, convertida en performance. ¿Liturgia sin contenido? Más bien liturgia como contenido.

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