Columnas

Paganismo pop

De ciervos, Jägermeister y la adivinación por las hojas del té

Hace un año me topé por casualidad con un artículo sobre un disco de un proyecto musical canadiense llamado Tasseomancy. El hallazgo me dejó deslumbrado: me daba igual qué clase de proyecto fuera, alguien que le hubiera puesto ese nombre a su banda ya merecía mi lealtad incondicional. La tasomancia, si alguien no conoce el término, es la práctica de la adivinación por medio de la interpretación de los patrones simbólicos que dejan las hojas del té o los posos del café y del vino. Se trata de una práctica cuya tradición se cree que surgió de forma independiente en distintos puntos de Asia, Oriente Medio y la Grecia Antigua, y que en su variante moderna, antes de convertirse en un popular juego de salón victoriano, se ha asociado con las culturas gaélicas y del Este de Europa. La tasomancia pertenece a la familia de las artes de adivinación mórfica, que incluye la geomancia (lectura de los patrones de la arena al caer al suelo), la haruspicia (lectura de las entrañas), la quiromancia (lectura de las líneas de la mano) y cientos de otras formas de lectura de patrones mórficos.

El procedimiento interpretativo “moderno” de las hojas del té está ya muy ritualizado, pero no deja de ser fascinante por la conexión directa con el subconsciente que entraña la interpretación de patrones abstractos y el uso de la lógica simbólica. Sabemos, por ejemplo, que el primer símbolo que uno ve representa el carácter dominante de uno o bien a alguien cercano o influyente. Los símbolos del borde de la taza representan el momento presente, y cuanto más próxima está una figura al borde de la taza, antes sucederá el acontecimiento que representa. La parte intermedia es el futuro cercano, normalmente las próximas dos semanas. Lo que esté situado al fondo de la taza pertenece al futuro lejano y también representan las respuestas o conclusiones últimas. Algunos tasomantes afirman poder leer únicamente las veinticuatro horas próximas.

Tasseomancy, la banda, es un proyecto musical muy reciente pero digno de las expectativas que despertó en mí su nombre. Sus miembros son las hermanas gemelas Sari y Romi Lightman, afincadas en Toronto pero naturales de Halifax, Nueva Escocia, y aunque Tasseomancy es uno de los proyectos más extraños y personales que he encontrado recientemente, las gemelas Lightman son más conocidas para el público como las dos bailarinas que cantan coros y danzan lánguidamente con amuletos colgados al cuello a ambos lados de la cantante de Austra en los conciertos de ésta última banda. Por un lado, “Ulalume” (Out Of This Spark, 2011), el primer álbum de Tasseomancy (antes habían grabado un mini álbum bajo el nombre Ghost Bees, recomendable pero bastante inferior), tiene un sonido familiar para el oyente de ese folk psicodélico y oscuro en la onda de Comus o The Incredible String Band que se volvió ubicuo hace tres o cuatro años. Por otro lado, resulta sorprendente por su énfasis en lo literario, la unidad de sus temas y su uso de la narración y los mitos.

“Anubis”, el tema que abre el disco, es una lenta letanía fantasmal que empieza describiendo las estaciones de un ritual ( “Break the key / Light the Leaves / Pour the salt / underneath / so the dark doesn’t leak / past the dorway”), para introducirse gradualmente en un espacio liminal salpicado de imploraciones ( “Devourer / I feel your breath / Teeth are beneath / My breathing chest, O breathe / The feather outweighs all I hide”) que precede a la aparición final del dios del submundo con su balanza. “Diana” es otra oración, que implora a la diosa y le pide sus armas para contrarrestar los presagios que la rodean ( “Who's in my cellar / For my apples have blackened and rottened / And they've taken more than they have given / And my animals frightened and sickened / Soon your crops / They will rot / This dark season”).

“Heavy Sleep”, posiblemente el punto álgido del disco, es otro tema sobre cruzar umbrales, una investigación del reverso de la conciencia, o tal vez de la vida ( “When you go / Can I only breathe again? / Words un-spoke / Fester slowly in the skin / Demons come to harm / Paralyze the spine / Weighing on the chest / Demons come to harm”). El tema es otra lenta letanía gótica, casi imposiblemente lánguida y catatónica. El video que acompaña la canción, una especie de compendio de las imágenes mortuorias del disco, muestra a las gemelas bebiendo alguna clase de droga o veneno que inaugura el espacio liminal, plagado de imágenes de muerte y donde ambas experimentan la visita de una presencia del Otro Lado provista alternativamente de rasgos demoníacos, vampíricos y oraculares.

Otro de los temas centrales del disco, “Healthy Hands (Will Mourn You)” vuelve a retratar una escena de tránsito al más allá, donde el que visita la alcoba mortuoria es San Eustaquio, apareciéndose con rasgos paganos y el poder de extraer los espíritus del cuerpo. San Eustaquio es otro de esos mártires paleocristianos cuyas leyendas son tan fabulosas que ni el Vaticano las considera veraces ni tampoco es posible no ver en ellas el sustrato de folklore ancestral. Antes de su conversión milagrosa, San Eustaquio era un general romano llamado Plácido, que estando de cacería vio a Jesucristo entre las astas de un ciervo. La visión le hizo cambiarse el nombre y bautizarse a sí mismo y a toda su familia. Aunque poca gente sabe esto, el símbolo de San Eustaquio, consistente en una cruz entre las astas de un ciervo, es el mismo que aparece en las botellas del licor alemán Jägermeister (literalmente “maestro cazador”). Esto se debe a que San Eustaquio es el patrón de los cazadores, y los antiguos jägermeisters eran los antiguos jefes de guardabosques del estado alemán.

Me resulta imposible no ver la leyenda de San Eustaquio como la clásica reelaboración cristiana de un motivo pagano ancestral, en este caso las astas del ciervo. Todo el mundo sabe que el ciervo era una criatura sagrada venerada por los cazadores, desde el mundo celta hasta la América primitiva, a quien se rezaba, especialmente en otoño, la temporada de su caza, pidiéndole el sustento de la tribu. El ciervo asumía muchos atributos de la divinidad, y en especial sus astas, a menudo asociadas con aspectos de la fertilidad. Los tocados de astas de ciervo son una constante del arte paleolítico. El tránsito de las astas de ciervo como objeto de veneración animista a las astas como residencia de la divinidad cristiana es, por lo menos para mí, bastante transparente.

Las astas han sido adoptadas como emblema por neopaganos de todas las denominaciones imaginables, y convertidas en imagen pop para portadas de discos, videoclips y lo que haga falta. Los alucinantes Coil, pioneros de la oleada de paganismo pop que inunda hoy la escena musical, titularon uno de sus mejores discos “Black Antlers”, y el tema que da nombre al disco, una especie de avalancha de percusión electrónica neotribal y sirenas hipnagógicas, con un Jhonn Balance que ya estaba al borde de la muerte vociferando desesperado “WHERE’S YOUR CHILD / DO YOU KNOW?”, usa un motivo, el del niño robado, que me llama poderosamente la atención. El motivo aparece también en la leyenda de San Eustaquio, que después de convertirse sufrió una serie de calamidades enviadas por el cielo para poner a prueba su fe. Una de ellas fue el robo de sus hijos, mientras estaba cruzando un río, que le fueron arrebatados respectivamente por un lobo y un león. También en la canción de Tasseomancy aparecen el santo, el león y la barca ( “Saint Eustace / With his head held high / Goodbye man / And goodbye lion / A tongue to greet the boat / Goodbye lions O”), creando un inesperado arco doble de conexiones simbólicas entre la leyenda paleocristiana y ambas canciones. Algo digno de celebrar la próxima vez que uno abra una botella de Jägermeister.

Coil interpretando “Black Antlers” en su gira final:

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