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Odiamos los filtros de Instagram pero no soportamos ver el mundo sin ellos

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De cuando descubrimos qué hay detrás de la máscara de Pablo Iglesias

Luna Miguel

15 Septiembre 2015 17:01

Cada vez que un político se arriesga a mostrarse en público, lo habitual es que una legión de estrategas y publicistas escoja el filtro con el que su rostro parecerá más amable y diseñe la máscara que esconda cualquier rasgo sincero, cualquier posible fallo, cualquier mancha.

¿Pero qué pasa cuando no hay careta? ¿Cuando no hay trampa? ¿Cuando por mucho que rasquemos con nuestras uñas inquisitorias sobre el rostro de un político, nos encontramos con que, sorprendentemente, detrás no escondía nada?

Algo parecido es lo que nos ocurre cuando vemos a Pablo Iglesias sirviendo salmorejo del supermercado a Ana Rosa o enseñando su enredada melena en un programa de la tele.

La máscara del líder de Podemos es transparente, y puede que sea eso lo que nos de miedo: no soportamos la idea de que alguien que podría representarnos enseñe sin reparos la íntima suciedad de su casa, y es entonces cuando lo rechazamos, haciendo analogías y temiendo que el desorden de su cocina sea el que caracterice a nuestro país en el caso de que llegue a gobernarlo.

Quizá sea eso lo que verdaderamente nos asusta: reconocernos en sus pelusas, en su escasez, en su maraña, en la sencillez que sus muebles de mimbre envejecidos desprenden porque, pensándolo bien, se parecen demasiado a nuestra vida.

Nos avergonzamos del artificio, pero cuando vemos el mundo sin sus envases publicitarios, sin sus filtros de Instagram y sin sus sonrisas estudiadas, nos quedamos sin palabras.

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