Columnas

Pippi Calzaslargas, la primera estrella okupa del pop

¿Qué tienen en común el Chavo del 8 y Pippi?

El otro día murió el actor que hacía del Chavo del 8. En aquella serie, el protagonista era un niño huérfano que okupaba una vivienda para vivir a su bola. Los vecinos le ayudaban y le protegían de la autoridad, y entre tanto el propietario de la casa era ridiculizado como “Señor Barriga”. Como discurso mola, ¿verdad?

Sin embargo, antes del Chavo estuvo Pippi Calzaslargas, probablemente la primera estrella okupa de la cultura popular. El primer capítulo de su serie se titula “Pippi se instala en Villa Kunterbunt” y plantea 25 minutos de revolución okupa, ácrata, antiautoritaria y feminista para consumo infantil.

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El lugar donde Pippi se instala es Villa Kunterbunt, una casa de colores, “de aspecto divertido”. Para los protagonistas, lo mejor de ir a la escuela no es nada que esté en la propia escuela: es el camino mismo. O como ellos mismos dicen: “Una bombonería camino de la escuela es algo intolerable: ningún niño tiene dinero suficiente para comprar algo”. Por aquí vamos bien.

En lugar de perro y gato, Pippi tiene caballo y mono. Y pasa un montón de ir al colegio. Duerme del revés. En Villa Kunterbunt puede hacerse todo lo que está prohibido: el orden es desafiado. Pippi es autónoma. Cuando le preguntan quién le dice cuándo hay que acostarse, ella responde “me lo digo yo misma”.

Pero la movida es que… ¡Pippi es okupa! “Aparté unos cuantos muebles y me quedé aquí”, explica. El vacile que se marca con la profesora es antológico. Casi tanto como cuando se le pregunta dónde está su padre: no sabe dónde está ni si se ahogó en el mar, pero tiene dudas porque “está demasiado gordo”. La autoridad y el paternalismo no van con ella. Para colmo, empieza a tirar monedas de pega al aire como si nada. El dios capitalista lo reduce a la chufla. Dinero gratis.

En un momento en que Pippi canta “Yo no quiero irme, no me iré de aquí”, aparecen los policías. Ojo, Pippi, te quieren desalojar. Pippi se identifica como la emperatriz de Abisinia ante el brazo armado del estado. Entonces le propina un par de puñetazos al estómago de los policías y echa a correr.

Tras un par de agresiones más a la autoridad, Pippi se sube al tejado, como hacían los presos sociales en los años 60 y 70: Pippi antirrepresiva. El desenlace es rotundo: “Nada de órdenes”, le dice a los polis, que acaban suplicándole y enfrentándose entre sí.

Cuando coge a los policías por la fuerza, es acusada de bruja: el estigma misógino aparece contra ella. Pero Pippi es poderosa y no tiene miedo. “Nunca hubiese imaginado que alguien pudiese ser tan fuerte, y menos una niña”, dice uno de los amigos de la protagonista. 

El de Pippi no es un modelo negativo: ha triunfado, ríe. A Pippi no le salen mal las cosas; no le va nada mal.

Pippi está contenta todo el rato, sudando del capitalismo, siendo punk.

Curiosamente, la serie llegó a España en 1974, con Franco aún vivo.

¿Sería posible un discurso así hoy?

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