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"Ojalá la crisis dure un poco más"

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¿Por qué siguen abiertas tantas editoriales, tantos estudios de diseño, tantos fanzines?, se pregunta Carlo Padial

Carlo Padial

27 Febrero 2015 06:00

Intento ser sincero, sé que no está bien visto. La última vez que propuse un brindis por Satán en una agencia de publicidad decidieron no llamarme más. En fin, ellos se lo pierden. Pese a esto, intento ser sincero, es mi resolución para 2015 (junto con comer más fruta). Para ello presto mucha atención a mis pulsiones intimas, a mis impresiones privadas, a las cosas que secretamente pienso (a menudo incluso sin darme cuenta) y que a menudo no me atrevo a verbalizar por miedo a represalias.

Desde hace unos meses los medios de comunicación insisten en asegurar que la crisis remite, que ya casi ha finalizado, que estamos saliendo de ella. Los periódicos van llenos de titulares que apuntan en esa dirección positiva, optimista. Sea cierto o no, la gente parece creérselo y en la calle se respiran aires renovados, todo el mundo parece más animado, o al menos hablan más por teléfono. Con más energía (en ese sentido veo mucho ejecutivo de nuevo cuño cerrando negocios en el metro y muchos árabes en cibercafés organizándose con fuerza). Aquí y allá se camina como si fuéramos a algún sitio, la ciudad parece transmitir un clima optimista de recuperación económica, eso está muy bien.

La cuestión es que yo tengo que ser sincero y honestamente confieso que esperaba que la crisis durara un poco más, al menos hasta que cerraran todos los negocios de gentuza a la que odio: pienso en editoriales concretas de cretinos que conozco, agencias de publicidad llevadas por drogadictos irrecuperables, estudios de diseño montados por pedantes clones de Moby, productoras de cine dirigidas por cincuentones catatónicos e inútiles, etc. Ninguno de esos negocios que yo tenía en el punto de mira antes de la crisis ha cerrado. Es más, siguen abiertos. Y parece que a muchos de ellos cada vez les va mejor. ¿Qué clase de crisis ha sido esta entonces? Ni siquiera ciertos fanzines que yo esperaba que tuvieran que cerrar han cerrado. Como mucho, alguno de estos fanzineros en los que pienso se ha arruinado y ha tenido que volver a vivir a casa de sus padres. Vale, ¿y qué? Eso es una minucia comparado con lo que yo imaginaba. Yo me esperaba algo mucho más grave. Pensaba que con la crisis la gente que se dedica a hacer fanzines tendría que cesar toda forma de actividad artística y meterse a trabajar en el puerto de Barcelona, descargando cajas de barcos provenientes de vete a saber dónde. Y que se cortarían las manos descargando esas cajas, ¡todo eso no ha pasado!

De hecho, no ha sucedido nada de lo que yo pensaba que pasaría con la crisis.

Cuando se anunció la crisis yo me imaginé a hombres de negocios saltando desde lo alto de edificios de oficinas, cientos de contenedores ardiendo cada día, suicidios en grupo en naves industriales, gente escondida detrás de coches ardiendo esperando a que pasaras para darte con un palo y robarte los zapatos. ¡Y no ha ocurrido nada de eso! Yo tenía en mente imágenes de desesperación extrema, como en el crack del 29, buenas anécdotas que contar en el futuro sobre los años de la Gran Recesión.

En lugar de eso, yo lo único que veo a mi alrededor son tiendas de mermelada ecológica, brunchs y supermercados que venden productos carísimos y están llenos de gente. Es cierto, sí, la gente habla de crisis a todas horas, pero lo hacen con un gin tonic de Hendricks en la mano, uno de esos gin tonics con frutos rojos flotando en la copa. Y yo digo, si la crisis hubiera sido real, todos esos brunchs y esas tiendas de mermelada ecológica deberían estar cerrados hace tiempo, ¿no? Y los bares de gin tonics del Born deberían haber sido saqueados por gente hambrienta que le hubiera pegado fuego al bar. Pero todo eso no ha pasado. E interiormente no puedo evitar sentir una cierta decepción morbosa. Freud hablaba a menudo de esa sensación. El deseo de vivir cosas terribles para poder disfrutarlas a nivel inconsciente y hablar luego de ellas con la mayor épica posible. Es un deseo infantil perfectamente estudiado por el psicoanálisis. El viejo deseo de que el avión en el que viajan papá y mamá se estrelle en los Andes y así poder dedicarte el resto de tu vida a recrearte en esa desgracia. La sed de mal de la que hablaba Welles. Y de la que Internet sabe tanto.     

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