Columnas

Oh! You Pretty Things

Por Allison MacKenzie

Oh! You pretty things  Por Allison MacKenzieComo todo, el mundo de la moda necesita generar escándalos con una regularidad más o menos periódica para mantener viva la llama de la atención mediática. Escándalos que no amenacen seriamente las cuentas ni el estatus de ninguna marca pero que hagan zozobrar un poco, lo justo, lo políticamente correcto y de paso generen eco y un poquito de ruido en los tabloides. Esos escándalos que canalizan toda la atención en un chivo expiatorio –y sin riesgos directos para ninguna marca– como ocurrió con el Kategate no son muy habituales, pero cuando estallan se ordeñan hasta sacarles todo el jugo. Luego están las absurdas cruzadas éticas (las modelos negras, las modelos gordas, las modelos-niñas, cómo mola el african chic ahora que viene el Mundial) en las que se embarcan revistas y firmas de moda haciendo gala de un cinismo galopante con el que todo el mundo traga sin rechistar. Y sólo de vez en cuando se cuestiona a algún insider de la moda con caché, como ocurrió con el linchamiento mediático que sufrió hace poco Terry Richardson y que se zanjó sin verdaderas consecuencias. El problema de estar siempre en el ojo del huracán es que es difícil controlar lo que se dice de ti. Y que de tanto estar, desapareces.Uno de los personajes con mayor hiperactividad y sobreexposición es Karl Lagerfeld. Ha logrado superar en egomanía freak a colegas como Galliano. La revista Vice publicó hace poco una larga entrevista en la que charlaba con Bruce LaBruce sobre el matrimonio gay (al káiser, por cierto, le parece una tontería de burgueses las bodas homosexuales), los carísimos servicios de acompañantes masculinos que suele contratar para cubrir sus necesidades y lo mucho que le gusta el porno. Genial. El documental “Lagerfeld Confidential” dejó bien claro que el septuagenario apenas pisa los talleres de costura de la maison francesa. En ningún plano se le ve con un alfiler o unas tijeras en la mano, algo que a nadie parece importarle en lo más mínimo. Da igual. Hace poco llenó el Grand Palais con un iceberg gigante y vistió a las modelos con estilismos surrealistas à la Chewaka. Y las fotografías que ha publicado la revista alemana “Stern” –con Claudia Schiffer luciendo cardado a la afro y maquillada como si fuera mulata– han desatado una polémica bastante déjà vu (más que racistas, las fotos son bastante sosas, un cliché andante). A todo esto, los rumores sobre la posible sustitución de Lagerfeld al frente de Chanel cada vez se repiten con más insistencia.

La pregunta es: ¿ha llegado el momento de que Karl se plantee su jubilación? ¿Se está agotando su poder de sorprender? ¿Cuánto hace que no firma una colección decente? ¿Seguirá entreteniéndonos como fenómeno pop hasta el fin de sus días (con la inevitable decadencia que ello acarrearía)? O, ¿merece una despedida a su altura, un grand finale espectacular como tuvieron Valentino o Saint Laurent para que le recordemos como es debido? ¿Se acabará con Lagerfeld la figura del diseñador total, un semidiós? ¿Sabremos alguna vez cuál es su edad real? ¿Chochea?

Hablando de retiros forzosos, poco queda por comentar sobre la mamarrachada que es “Sexo En Nueva York 2” a estas alturas. Ni a los fans más integristas de la serie, ni siquiera esos que se saben de memoria líneas de diálogo de la primera película (sí, los hay), parece haberles gustado la segunda parte de las aventuras de Carrie y compañía e n Abu Dhabi (aunque la película se rodó en Marruecos, y no es de extrañar. Raro es que a estas alturas todo el cast no haya sido declarado ciudadano non grato del emirato árabe). Todos los detalles y las cifras que van conociéndose respecto al rodaje del film contribuyen a que lo odiemos más. No es que la trama resulte previsible e insípida, ni que los guionistas se hayan superado en lo que a gags racistas, homófobos y rematadamente machistas se refiere. Es que la película, sintetizando, es un insulto para cualquier persona con una actividad cerebral media. Aunque bien mirado, “SATC2” también podría verse justamente como aquello en lo que todas las mujeres de este planeta NO deben convertirse en su madurez. Igual dentro de unos años se utiliza en colegios, universidades y cursillos acelerados de feminismo como el ejemplo a NO seguir.

Más allá del contenido de la película, está la forma, el aspecto. La moda y el estilo en la saga protagonizada por Sarah Jessica Parker siempre han tenido un peso igual o mayor a la trama, especialmente en las últimas temporadas de la serie y en las dos películas. Y está claro que, en tiempos de crisis, la evasión se impone (echen un vistazo al resto de la cartelera y a la lista de best sellers de los últimos tres años). Pero ojo, existen muchos tipos de evasión. Quizá no haya que hospedarse en suites de 22.000 euros la noche o lucir outfits de 50.000 dólares en pleno desierto arábigo para escapar de la dura realidad a varios miles de quilómetros de casa, ¿no?

Uno de los mayores errores de “Sexo En Nueva York 2” es hacer gala de una riqueza desmesurada que a ratos parece un espejismo de mal gusto. En unos tiempos en los que la ostentación resulta más hiriente que nunca. Ahora no toca. Es como cuando hace unos días José María Aznar tuvo que cancelar un “acto de amistad” hacia Israel (un conferencia en Londres con necons americanos) dos días después del ataque a la flotilla propalestina por “cuestiones de imagen”. Esos reflejos son los que no han tenido los creadores de “SATC2”, que parecen no haber captado ni una pizquita del espíritu de estos tiempos. Y seguramente detrás del odio visceral con el que muchas críticas han sido escupidas sobre el papel y la red subyace algo de esa rabia. Porque cada tiempo tiene su estilo. Y lo cierto es que atravesamos un momento muy poco galáctico. Así que, sin todavía haber encontrado la estética que acierte a definir estos tiempos, recemos para que 2010 no sea recordado como el año en el que se estrenó “Sexo En Nueva York 2”. Sería humillante. Nuestros nietos se reirían de nosotros, en la cara. Y con razón.

Eso es todo, amigos.

Y para terminar, un par de imperdibles para pasar el tiempo.

El blog: Nerd Boyfriend, la bitácora perfecta para copiar los estilismos de hombres tan ilustres, elegantes y siempre impecables como Tom Wolfe, Bob Dylan, Kerouac & Cassady o los Box Tops. Una guía estupenda para encontrar unos pantalones de pana como los que Woody Allen llevaba en los 70, inspirarse en el look new wave de David Byrne o adquirir una pajarita como las que gastaba James Joyce o el jersey a rayas de Joel-Jim Carrey en “Olvídate De Mí”. Se agradece su diseño sencillo, la economía de palabras y la sabia y entretenida selección de imágenes (grande Claude Chabrol en pijama). De vocación retro pero sin resultar empalagoso o excesivamente nostálgico.

La colección lo-quiero-todo: la de Sophomore para este verano. Camisetas fáciles y encantadoras, de esas con las que irías a hacer la compra pero también saldrías a cenar un jueves, vestidos-animadora y shorts vaqueros un poco rotos. Todo muy casual, pero apetecible. Confirma la vuelta de los 90 y lo fácil y relajado que era vestir por entonces, cuando no existían los agotadores blogs de streetsyle y a la moda no se le daba tanta importancia como ahora. Lo cierto es que la colección no aporta nada realmente nuevo y la ropa probablemente sea demasiado cara para lo que es (¿79 dólares por un top de algodón de color azul desteñido? ¿En serio?), como sucede con todas las marcas molonas que venden en la sobrevalorada Opening Ceremony. Pero el vídeo realizado por la artista Cass Bird a modo de presentación de la colección es de lo más cautivador. Fue rodado en Coney Island con modelos no profesionales que parecen extras de “Kids”, y aunque la conversación a ratos se pone un poco sórdida (lo dicho, la sombra de Larry Clark es alargada), la fotografía es preciosa. Este es el link para verlo. Y aquí está la web de la fotógrafa Cassie Bird, todo un descubrimiento.

El hype: el grupo de Facebook que quiere a Dolly Parton en la portada del Vogue francés. Es bastante improbable que Carine Roitfeld lo apruebe. Pero sería incroyable.

El hype del que no nos cansaremos: las hermanas Kate y Laura Mulleavy de Rodarte. Los motivos son muchos y variados. Además de sus vestidos increíblemente románticos y góticos, son unas cinéfilas empedernidas. De las que aprovechan cualquier ocasión para recordar lo guay que es Terrence Malick. Por eso no es de extrañar que, coincidiendo con el 50 aniversario de “Al Final De La Escapada”, la productora Rialto las haya escogido para que rediseñen el cartel del film y la mítica camiseta que lleva Jean Seberg al principio de la película, cuando se pasea por los Campos Elíseos con un puñado de Herald Tribunes bajo el brazo. Lo malo, como sucede siempre con estas alianzas tan excepcionales, es que habrá que ir a Barneys o a Colette para hacerse con una.

Hasta en la sopa: Akiko Matsuura. Desde que se dejó fotografíar desnuda para Richard Kern (sus fotos pornográficas han hecho que la web de Vice eche humo últimamente), la batería de The Big Pink, también en Comanechi y en Pre, está en todas partes. Hasta en Vogue la adoran. En su blog Exceedingly Good Keex cuelga fotos de las superfiestas que se pega con sus amigos de Cassette Playa y The Gossip. Pues vale.

El yuyu: Marc Jacobs en cueros, ultraaceitoso y con pose bitchy de éxtasis postcoital promocionando sus nuevas fragancias masculinas. O como ventilarse a todo el público potencial masculino heterosexual de un plumazo (nunca mejor dicho). Ni al mismísimo Tom Ford, más conocido como Míster Sexo Explícito, se le pasaría por la cabeza ese primerísimo primer plano de un frasco de colonia apretado sobre un culo. ¿Qué pretende Marc? ¿Arrebatarle a Tom el puesto de Diseñador Más Gay del Mundo? ¿Erotizar su imagen ahora que por fin se iba a casar y sentar la cabeza? ¿O es que los efectos secundarios de las toneladas de cristal que ingirió hace dos décadas empiezan a pasarle factura? Marc, vuelve, por favor.

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