Columnas

¡Oh Ga-Ga!

Diseccionando el fenómeno Lady Gaga

Paris-Bercy, 21 de mayo de 2010.

Lady Gaga: ¿una patraña sin sustancia construida a golpe de mercadotecnia o la agente responsable del mayor renacimiento que ha experimentado el entertainment pop en los últimos años? No hay respuesta todavía para la pregunta del millón, así que lo que toca es seguir buscándola. Por eso nos fuimos a París, con nuestras mejores galas, para ver a la artista más polémica y más publicitada del momento de primera mano, sin intermediarios. Lugar: el pabellón de Bercy, en el que los pasados 21 y 22 de mayo recaló “The Monster Ball Tour”, la espectacular gira mundial de Lady Gaga. Dos años después de empezar a sonar en las radios, partiendo de ser una desconocida, el dato de asistencia a los conciertos puede sorprender por lo cuantioso, pero no tiene por qué extrañarnos: un doble sold out inapelable –la cosa iba a 17.000-18.000 espectadores por noche–. ¿Tiene esto lógica? ¿A qué se debe? ¿Qué está pasando aquí? Muchas más son las preguntas que rondan por mi cabeza a la hora de analizar los porqués de semejante éxito. Necesitábamos, por tanto, la prueba de fuego, el directo; la asignatura pendiente que nos quedaba por superar para intentar atar todos los cabos del mayor expediente X del pop planetario en este milenio. Monstruos y lágrimas

“Cuando en 2006 actuamos junto a ella en un pequeño bar de Nueva York vinieron a vernos sólo doce personas. Pero, a pesar de eso, nos sentíamos superestrellas encima del escenario”. Esto es lo que comenta Justin Tranter, el vocalista de Semi Precious Weapons, pocos minutos antes de que Lady Gaga dé la cara y se plante ante un Palais Omnisport Paris-Bercy a rebosar. No falta nadie. Advierto por allí cerca a Dita Von Teese y al diseñador Jean Paul Gaultier –posiblemente al acecho de nuevas féminas a las que contratar para que se enfunden uno de sus modelitos–, dos celebrities entre muchas que no quisieron pasar por alto el que estaba llamado a ser el acontecimiento social del fin de semana. Lo mejor de la fauna in parisina estaba allí, expectante: famosos, gays, mariliendres, fashion victims, público casual de radiofórmula.

Se inicia una cuenta atrás y aparece Lady Gaga como una sombra chinesca tras unas cortinas, mostrando perfil. “Dance In The Dark” abre la veda de un espectáculo que va a superar las dos horas de duración y que deja una imagen inesperada de la estrella: sin arrogancia, lejos de aparecer desafiante como otras divas de su calaña, se muestra sorprendentemente cercana y agradecida con sus little monsters, apelativo con el que ya son conocidos los fans. Y llega al poco rato el highlight más esperado de la velada, “Just Dance”, su primer éxito, aquel que muchos –incluso un servidor, lo admito– creíamos que no pasaría de ser un insustancial one hit wonder. Lady Gaga permanece estática durante más de un minuto sin pestañear –si Jacko hubiera presenciado ese momento se le habrían erizado los pelos– y despierta el griterío generalizado. Está sucediendo algo grande.A Lady Gaga le respaldaba una banda generosa –incluye hasta violinista y una chica que toca el arpa–. Se desenvuelve con soltura danzando y cantando a la vez pese a la dificultad de tener que seguir al pie de la letra, sin ningún error, la coreografía que se ha preparado en los ensayos. Ha tomado duras clases de baile y se nota. Si en este espectáculo existe sonido pregrabado –una práctica demasiado común en este tipo de saraos, por no hablar del playback descarado como aquel que se pudo presenciar en el “Circus Tour” de Britney Spears–, gracias a dios nada lo hace pensar. Lo que sí hay son proyecciones de vídeo que le sirven para metamorfosear su vestimenta según el número que toque –a destacar el momento maniquí, con fondo blanco, en el que alguien le vomita encima– o para recuperar el vagón de metro que empleó en la puesta en escena de su interpretación de “Lovegame” en los Much Music Awards. Llega luego “Telephone”, arropada de seis bailarines enseñando cacha –¿alguien se acuerda de “The Girlie Show”, de Madonna?– antes de sentarse al piano y demostrar que para este instrumento en cuestión ella tiene buenas dotes.Es aquí donde radica una de las mayores virtudes de Gaga: en su capacidad para pillar un piano y follárselo. En temas como “Brown Eyes” o su cover del “ Stand By Me” de Ben E. King demuestra que goza de unas cuerdas vocales que, en los recodos del pop mainstream, sólo le puede igualar Christina Aguilera. Y en “Speechless” se pone tierna, saca a la perra melodramática que lleva dentro y se pone a sollozar de verdad, tan bien que hasta tiene que parar la actuación durante unos segundos. Quiero creer –mi mente es así de maliciosa– que esos lloros forman parte del espectáculo y que esa debilidad no es cierta. Pero, ¿podemos estar seguros? ¿Acaso ella misma se hubiera imaginado, hace apenas dos años, que todo el mundo estaría ahora mismo comiendo de su mano?Lady Gaga tiene un punto flaco, de todos modos. Hablamos de música, no de estilo: si obviamos sus singles, el repertorio de la neoyorquina acaba destacando la mayoría de las veces por su vulgaridad. Esta es la razón por la que su espectáculo en directo tiene que abundar tanto en atrezzos imposibles como el del autómata living dress –diseñado por Hussein Chalayan y que aparece en “So Happy I Could Die”– o la guarrada con la que ya sorprendiera y asqueara en los pasados Video Music Awards –cuando le toca el turno a “Monster”–, consistente en expulsar sangre por los pezones y dejar todo el suelo perdido. Este mal gusto, este gore, sirve de apoyo para defender con dignidad todas aquellas piezas en las que la calidad musical desciende sin que el ritmo del show baje en sus pulsaciones. ¿Tiene algo que envidiar este tour al último de Madonna? Yo me mojo y digo que no. Y aún hay más: el tramo final apuesta por el caballo ganador y enlaza “Poker Face”, “Paparazzi” –aquí aparece un títere poco creíble; con la de pasta que se ha gastado en despliegue escénico, esta parte pudiera haber estado algo mejor– y, cómo no, “Bad Romance”, broche final de un espectáculo que debería posicionar a Lady Gaga como la única artista femenina, hoy, capaz de alimentar con solvencia y nuevas ideas las ávidas arcas del show business, al menos hasta bien entrado 2011, que es hasta cuando se ha prorrogado la gira.

La fenomenología Gaga

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? En el universo pop existen dos clases de artistas: las que distinguen entre la persona y el personaje –la parte de ficción sólo aflora cuando se suben a un escenario– y las que, en un alarde de bipolaridad, confunden su vida real con la máscara de la ficción. Lady Gaga es Lady Gaga siempre, así que entra por méritos propios en este segundo bloque. Sólo sus más allegados saben realmente cómo es ella de puertas para adentro. Incluso se sabe poco de su pasado: era una nerd en el exclusivo colegio Sacré-Coeur del Upper East Side y trabajó de camarera durante unos meses para poder pagarse y lucir un bolso Gucci que sus padres se negaban a comprarle. Hasta aquí ella era sólo Stefani Joanne Angelina Germanotta, una pija más de la Gran Manzana con sentido histriónico de la estética y una visión clara de a dónde quería llegar y cómo. Entonces se inventó a Lady Gaga, con ella ha concentrado los odios de millones de personas por su omnipresente existencia mediática –atrayendo el mismo o más número de fans a partir de la misma estrategia–, y con ella también ha comenzado a marcar las pautas de lo que está siendo el pop de masas en el arranque del siglo XXI.Veamos. Lady Gaga ha vuelto a poner sobre la palestra el valor de lo ficticio, la pose impostada y la locura escénica: todo esto se había olvidado en gran parte durante los últimos diez años. Lo que ella hace ni es real ni es genuino: su idea del pop tiene su base en la parodia y la reformulación de lo ya existente. Llámese copia u homenaje, lo de Lady Gaga es una caricatura llevada al extremo en la que no falta sentido del humor y, por tanto, es capaz de calar entre un público heterogéneo al que le preocupa –es algo completamente lícito– evadirse del hastío de su día a día. Puro espectáculo. Lady Gaga ha intentado convertirse en un maniquí andante y lo ha conseguido. Ha pretendido que todos la conozcamos y también lo ha logrado: de poca gente en la música se habla más hoy en día. El bombardeo al cual nos hemos visto sometidos por parte de los medios tiene gran parte de culpa de este asombroso éxito, evidentemente. Como ocurría con Madonna –resulta imposible no mencionarla en este contexto–, el zorrón que se pasea por encima del escenario y la inteligente mujer de negocios tienen el mismo peso en la balanza del personaje de Lady Gaga. Y lo mejor es que todo esto no ha hecho nada más que empezar.Ella quiere que su vida sea como un reality show: desde que se presentó al mundo cantando “Just Dance”en la gala de Miss Universo de 2008 hemos presenciado en tiempo real cómo se gesta una estrella. Aquellas referencias a la Factory warholiana que siempre aprovechaba para mencionar con orgullo en sus primeras entrevistas ya han pasado a la historia. Gaga ha dotado al pop palomitero –espectacular y para un público mayoritario que busca distraerse, no las claves para resolver los problemas del planeta– de la extravagancia escénica que antaño fue el distintivo de divas como Grace Jones. Probablemente, la que sale peor parada de esta invasión de plástico es Róisín Murphy, autoconvertida en bufón de la alta costura made in Victor & Rolf, pero mucho más underground y, por tanto, con mucha menos incidencia que nuestra protagonista.Pocos le prestaron atención a Lady Gaga cuando “The Fame” llegó a las estanterías de novedades de las tiendas de discos. Las comparaciones con Christina Aguilera –por entonces desaparecida no se sabía dónde– fueron instantáneas, aunque no se podía llegar a imaginar nadie que gracias al videoclip de “Paparazzi” –dirigido por Jonas Akerlund– Lady Gaga pasara a convertirse en un referente visual de la afición al kitsch y lo bizarre. He aquí otro de sus logros esenciales: el renacimiento del videoclip como pieza de arte. “Bad Romance”ha pasado a los anales por ser el vídeo más visitado en Youtube, que ya es decir, y “Telephone”, pocas semanas antes de su estreno, atrajo una expectación por la que habría que remontarse a las metamorfosis camaleónicas de la Ambición Rubia –antes de acomodarse en su trono– para encontrar algún paralelismo a la altura. Las vacas sagradas del pop –léase Madonna o Kylie, aunque esta última sólo es reina en Australia y Europa– no han arriesgado ni un milímetro en los últimos cinco años. Se han dedicado a alimentar la fama que ya venían arrastrando y no se han despeinado a la hora de intentar resquebrajar los moldes preestablecidos. Por si fuera poco, carecen de sentido del humor –¿se hubieran ellas atrevido a sugerir que son hermafroditas, dotadas de un pequeño, ficticio y malicioso falo y tener en ascuas a medio mundo con esa broma?–, y como buenas reinonas tienen miedo al ridículo. Gaga es precisamente todo lo contrario: ha hecho de la polémica y la mamarrachada su way of life, para bien o para mal.Estrellas –a secas– como Rihanna, Katy Perry o Miley Cyrus, por mucho dinero que inviertan sus sellos discográficos, nunca podrán conseguir el estatus de superestrella con el que se pasea Gaga allá por donde vaya a día de hoy. La actitud es un elemento primordial en este caso. Gaga se cree una superestrella, pero en vez de rozar la arrogancia descarada ha preferido ser un bicho raro cordial que agradece a sus seguidores todo el apoyo que le han prestado. Buena parte de la culpa de este éxito la tiene el colectivo gay, siempre al acecho de cualquier diva con carácter que pase por delante para hacerla suya y entronizarla. La comunidad gay de Nueva York fue la primera en prestarle atención mientras se hacía la ruta de los garitos de la ciudad, por entonces acompañando a la agitadora nocturna Lady Starlight. Los sellos mainstream ni se daban cuenta de lo que tenían entre mano: nadie le quiso prestar un mínimo de atención –al principio ni siquiera Vincent Herbert, capo de Interscope– porque no seguía los moldes físicos requeridos para una promesa femenina del pop. Así que no nos debe extrañar que Gaga le vaya a dedicar al colectivo homosexual su inminente nuevo single, “Alejandro”. “A aquellos que comentan que me debo tomar un descanso o que estoy agotada sólo les puedo decir que prefiero morir encima del escenario”, se atrevió a decir en Paris-Bercy. Sabe que su momento es éste y que hay que aprovecharlo, de modo que el engranaje promocional –gira, singles, entrevistas, portadas, vídeos– no debe frenarse. Sobre su futuro sobrevuelan muchas dudas: se sabe que ya tiene preparado un nuevo álbum, pero hasta que no llegue a su final este “The Monster Ball Tour”, Interscope no quiere ni oír hablar de su publicación. Tarde o temprano, el frenético ritmo de trabajo que durante estos dos años ha llevado Lady Gaga le puede pasar factura –dudas que comenzaron a hacerse visibles en Nueva Zelanda, y el jet lag no es una excusa satisfactoria–, y aun así ella está empeñada en que sigamos hablando de sus cosas durante mucho tiempo, incluso poniendo en riesgo su salud. Lo más difícil, que era conseguir la atención mediática y ser reconocida en medio mundo, ya lo ha conseguido en un tiempo récord. De modo que lo más divertido de todo esto será comprobar cómo el fenómeno Gaga nos pueda llegar a sorprender en los días por venir. Pueden suceder varias cosas: su próximo álbum puede ser un fiasco, o puede decidir que se desnuda (finalmente) del todo para llamar la atención, o puede reinventarse y renovar su estatus de icono pop universal. Todo lo que ha hecho hasta ahora, mal que le pese a nadie, importa. Ya nadie podrá restarle todos estos méritos.

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