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“Oblivion”: pirotecnia visual (y poco más) a cargo del director de “TRON: Legacy”

Tom Cruise protagoniza una de las películas de ciencia-ficción más esperadas del año, un eficaz entretenimiento que cuenta con banda sonora de M83

Tom Cruise protagoniza “Oblivion”, una película de ciencia-ficción apocalíptica dirigida por Joseph Kosinski (“TRON: Legacy”) con varios puntos a favor, como la música de M83 y su propuesta visual, pero no mucho más que una cinta entretenida con varios puntos débiles. Aquí nuestra crítica.

Uno.

Atacada con comparaciones absurdas (una vez más, la tendencia a cebarnos con los remakes culpándolos de algo que casi nunca pretenden: ser tan significativos y relevantes como lo fueron en su momento los originales que revisan), el primer largometraje de Joseph Kosinski ya dejaba muy claros sus puntos fuertes como director (también los débiles). Actualización de “Tron” (1982), emblemática cult movie de los 80, “TRON: Legacy” (2010) fallaba en muchas direcciones (anemia narrativa, cierta simpleza) pero tenía algo incontestable: una puesta en escena poderosa que insinuaba a un director encariñado/encaprichado con la ciencia-ficción (su atracción por el género se advierte, sin ir más lejos, en la cantidad de referentes narrativos, visuales y conceptuales que maneja, con evidente descaro, en sus películas), fascinado con los universos imaginarios y, sobre todo, con una manera de enfocar el género más impulsiva que cerebral.

En “Oblivion”, su segunda película, Kosinski es más ambicioso que en su debut: no se conforma con levantar un universo espectacular y cuartearlo con escenas de acción más o menos deslumbrantes. Tomando como base un cómic propio ( “Oblivion”, creado por él, escrito por Arvid Nelson y con dibujos de Andree Wallin), el cineasta flirtea con los grandes temas intrínsecos a la ciencia-ficción, entre ellos lo insignificante del ser humano ante la inmensidad del universo y la fragilidad/vulnerabilidad de la identidad. Pero, aunque se valora el esfuerzo, su película no será recordada por ese tímido ramalazo reflexivo. “Oblivion” es un entretenimiento epidérmico, con un remanso de emoción que facilita la empatía con los personajes, pero más concebido para deslumbrar que para invitar a cavilar sobre la inmensidad del universo y nuestro lugar en el mismo. Y, aun sin derrochar inventiva, funciona como tal.

Dos.

La historia arranca en 2077, años después de que la Tierra fuera desolada por una invasión extraterrestre y sus supervivientes se vieran obligados a emigrar a una colonia lunar. Entre los humanos que aún no han podido empezar de cero en ese destino se encuentra Jack Harper (Tom Cruise, que está tan bien como siempre… Y no es negociable), técnico que forma parte de una operación dirigida a extraer recursos naturales de lo que queda de la Tierra. En una de sus visitas a la superficie del planeta sucederá algo inesperado que le hará cuestionarse su misión. A partir de aquí, Kosinski levanta un divertimento de género en el que se advierte una doble obsesión: jugar con las expectativas del espectador y arrastrarle a una fascinante telaraña de imágenes de naturaleza fantástica. Acierta más en lo segundo que en lo primero. El cineasta confunde el giro brusco de guión con la sorpresa; es tal su empeño por llevar el misterio a las últimas consecuencias y descolocar al espectador, que tuerce y retuerce excesivamente un relato que, en realidad, aglutina muy pocas decisiones e ideas que no provoquen cierta sensación de déjà vu. En relación a esto, “Oblivion” se vuelve algo cansina, algo agotadora en el tramo final. Pero nunca pierde su fuerza a nivel formal. Aunque es fácil detectar sus referencias visuales (por otro lado, las mismas que las del noventa por ciento de la ciencia-ficción de estudio de los últimos años), es incontestable que la película del director de “Tron: Legacy” tiene una factura espectacular y está filmada con elegancia.

Tres.

Kosinski levanta una película poco innovadora, pero con un diseño de producción espectacular y rodada con pulso. Aun sin derrochar inventiva, el director propone un universo sólido en su suma de elementos birlados (la única parte “fea” de la propuesta es la que tiene que ver con el personaje de Morgan Freeman, del que es mejor no contar nada para esquivar el spoiler) y le da un acabado perfecto y un movimiento interno excelentemente coreografiado. La fotografía de Claudio Miranda, premiado este año con un Oscar por su trabajo en “La Vida De Pi” (2012) y, sobre todo, la soberbia banda sonora de M83, envolvente y de una épica extrañamente escurridiza, perfilan y dan fuerza al universo imaginado por el cineasta, que confirma en “Oblivion” su intuición para componer imágenes poderosas de género fantástico. Kosinski no es cineasta de abalorios, tiene, como los grandes, un instinto admirable para traducir ideas (sean más sencillas o complejas) en imágenes. También se maneja bien con la acción. A la película que nos ocupa le falta alguna secuencia de acción memorable, alguna vacilada por la que ser recordada dentro de unos años (ni siquiera el clímax es demasiado sorprendente), pero eso no quiere decir que las que tiene no estén bien ejecutadas. Kosinski rueda con claridad, esquiva el caos y el ruido (el diseño de sonido de la película es extraordinario) y sabe dosificar y graduar los estallidos. Le falta, pues, singularidad en la voz, un punto de personalidad, pero como artesano es de los buenos. De los mejores, de hecho.

Entre las alternativas a la ciencia-ficción de altos vuelos de esta semana destacan “To The Wonder” (2012), una reflexión sobre la vulnerabilidad de los lazos sentimentales firmada por el maestro Terrence Malick ( “El Árbol De La Vida”), “Tipos Legales”, curiosa película de colegas con Al Pacino, Christopher Walken y Alan Arkin en modo crepuscular pero sin dramas (y con unos inesperados toques de humor chusco), y “Alacrán Enamorado”. Tercer largometraje de Santiago Zannou ( “El Truco Del Manco”), que adapta una novela escrita por el actor Carlos Bardem, es un drama pugilístico mucho más interesante por cómo está ejecutado (visualmente tiene fuerza y está muy bien interpretado) que por su relato, demasiado convencional.

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