Columnas

El Número Uno: karaoke deluxe

¿Una revolución en la televisión musical española o un remake barato de ‘Lluvia de Estrellas’?

¿Qué aporta ‘El Número Uno’ a los programas de televisión musicales? Se ha vendido como una revolución, pero no deja de ser una versión remozada de ‘Lluvia De Estrellas’ con Miguel Bosé de jurado. Analizamos aquí el programa líder de share de los lunes.

“El Número Uno”: he aquí un ejemplo de trend topic líder de audiencia. Decíamos la semana pasada que no existe una relación de causa-efecto entre ambas circunstancias, pero que de vez en cuando sucede y entonces se produce una alineación de los astros para crear un fenómeno de masas en Twitter y en los audímetros. Si uno echa un vistazo al impacto en las redes sociales del programa y su dato de share (19,9%, poco más de tres millones de espectadores) podrá pensar que en la noche del lunes el país se paralizó para ver la segunda gala, primera en directo, de este programa de nuevo cuño. Pero “GH 12+1”, su directa competencia, se quedó en un 18%, con más de dos millones y medio de espectadores, lo que viene a señalar que, con un poco más de desgaste, el reality de Telecinco podría llegar ganar en el prime time. Todo esto no quita que la gran apuesta de Antena 3 para 2012 se haya convertido en uno de los éxitos de la temporada y que su objetivo, retomar el pulso de los programas musicales en horario de máxima audiencia y revitalizar el formato de los talent-shows –en la actualidad solo representados por el deprimente “Tú Sí Que Vales”–, sea muy lícito, por anticuado, predecible y kitsch que nos parezca.

"Si como mínimo hubieran planteado un “Lluvia De Estrellas” indie tendríamos la doble lectura cómica o irónica, pero la selección musical sigue estancada en el gusto medio del televidente"

¿Cuál es el principal problema de “El Número Uno”? Básicamente, que en su empeño y obsesión por distanciarse y desligarse bajo cualquier concepto del sello de “Operación Triunfo” ha acabado acercándose peligrosamente a “Lluvia De Estrellas” y “La Parodia Nacional”. Es como querer mirar hacia delante para acabar retrocediendo en el tiempo casi dos décadas. En los primeros cinco minutos de programa, que se estrenó la semana pasada con una gala enlatada a modo de presentación y declaración de intenciones, su conductora, Paula Vázquez, que por suerte para el espectador parece haber redescubierto los encantos de los carbohidratos, proclamaba la llegada de una revolución en la televisión y el inicio de un programa musical como nunca antes se había visto. De acuerdo en que hay que vender la alfombra y que el autobombo forma parte del espectáculo, pero cuando tú mismo estás generando semejantes expectativas lo único que haces es invitar a la decepción y el desconcierto. Precisamente en España guardamos excelentes recuerdos de unos cuantos programas de televisión dedicados a la música –de “La Edad De Oro” a “Sputnik”, pasando por el actual “Mapa Sonoro”, entre otros–, de ahí que sea inevitable sentir vergüenza ajena cuando se habla de revolución en este ámbito.

¿Dónde está la novedad? Difícil pronunciarse. Porque la novedad no estriba en el formato –una serie de cantantes amateurs o anónimos sometidos al dictamen de un jurado integrado por profesionales de la música: “Lluvia De Estrellas”, ¿hola?–. Ni tampoco en su apuesta musical: ­por ahora, Maldita Nerea, Adele y Rihanna son los esforzados ejemplos de modernidad y actualidad que han despuntado en dos galas en las que han sonado Raphael, Prince, Whitney Houston, Serrat, The Beatles o Gardel. Si como mínimo hubieran planteado un “Lluvia De Estrellas” indie tendríamos la doble lectura cómica o irónica, pero la selección musical sigue estancada en el gusto medio del televidente, a fin de cuentas su target, y en esa tesitura parece complicado innovar. Tengo la impresión de que el programa ha creído que el simple hecho de autodistanciarse a conciencia de “OT” ya suponía un factor de ruptura y choque y que se debía aplaudir como mérito añadido la decisión de descartar cualquier lazo afectivo con el reality. Pero no lo acabamos de ver claro.

La gente se enganchó a “OT” porque el programa, a fin de cuentas, no dejaba de ser lo que en inglés se conoce como una ‘rag-to-riches story’, es decir, la historia de alguien surgido de la nada que consigue fama, celebridad, éxito y dinero. Y porque este ascenso al estrellato no era gratis o casual, sino que se producía con esfuerzo, disciplina y sacrificio, una idea que se intentaba promover con las tareas en la academia y los consejos de sus profesores. El peón de la construcción, de familia humilde y recursos intelectuales limitados, que unos meses después tenía una interminable cola de groupies, un contrato discográfico y decenas de galas programadas por toda España. Cada concursante tenía una historia, y el público compró la idea, sobre todo porque en cierto modo tenía la percepción de que esos artistas en parte los había creado él mismo. En “El Numero Uno” no se da cobertura a esta vertiente de reality porque se pretende preservar el carácter blanco y artístico del programa, y es inevitable preguntarse si el formato se podrá sostener sin necesidad de profundizar en las historias personales y particulares de sus protagonistas. No hay identificación posible con los cantantes, ni tampoco una evolución personal y artística que invite al seguimiento y la implicación del televidente, se da por hecho que todos ellos ya tienen aptitudes y maneras para presentarse encima de un escenario, sin aprendizaje ni maduración. No se entiende a quién puede importarle y motivarle la proyección de un cantante ya hecho.

"Se quiere huir de esta figura malvada y tenebrosa del jurado despiadado, y de momento la dinámica del programa lo acusa y lo echa en falta."

Y luego está el espectáculo televisivo puro y duro. Cuando “OT” empezó a repetirse y se convirtió en un programa previsible entró en liza la figura de Risto Mejide. El mérito catódico de Mejide no fue tanto el contenido de sus valoraciones, algunas de ellas muy inspiradas, como la capacidad para desviar la atención del espectador de un formato en clara proyección a la baja a otro nuevo dentro del propio contexto del reality. Fue una maniobra de despiste muy inteligente por parte del espacio, que se aseguraba así el seguimiento de la audiencia, quizás ahora con otras motivaciones e intereses, menos buenistas y más morbosos –la gente pasó de querer entronizar a los concursantes a desearles el hundimiento–, pero que generaba la misma empatía y fidelidad. En “El Numero Uno”, que cuenta con una alineación formada por Miguel Bosé, Ana Torroja, Natalia Jiménez, Sergio Dalma y David Bustamante, también se quiere huir de esta figura malvada y tenebrosa del jurado despiadado, y de momento la dinámica del programa lo acusa y lo echa en falta. Se promueve la idea de un jurado pelota, entregado y sobreactuado, que enjabona a los concursantes casi por sistema, saca el látigo de manera forzada e interactúa de forma algo naïf. Pero le falta rapidez, gancho y agilidad. No sé, pero si David Bustamante ha de ser quien adopte el rol de showman entonces es evidente que tenemos un problema.

Porque ya puestos a rebajar el listón, con “El Número Uno” ni tan siquiera podemos reír. Reírnos de él, de los concursantes, del jurado, de algo. Le falta ese perfume decadente que sí tenía, por ejemplo, la última edición de “OT”, y cuando ya no tienes ni doble lectura para amenizar el visionado de un programa fallido todo se hace más cuesta arriba. Tampoco ha tenido suerte el programa con Miguel Bosé. Básicamente porque el extraño y perturbador cambio de look con el que aparecía en las pruebas de casting, uno de los verdaderos motivos por los que valía la pena adentrarse en este programa, esa fascinación por lo desconocido, el morbo del abismo y el horror, ha ido mutando hacia posiciones más ortodoxas a medida que pasaban los días y ya no tiene la misma fuerza de entonces. Hemos pasado de una suerte de Nosferatu adicto a los Big Macs a la mezcla de Heinrich Himmler y el Gary Oldman de “El Quinto Elemento”, y no es lo mismo, tú. Aunque a “El Numero Uno” le queda recorrido, también en el de la audiencia –es probable que baje algún punto más en sucesivas entregas, pero los lunes parecen suyos–, se hace difícil imaginar o pensar de qué manera podrá crecer y evolucionar el programa en estas semanas. Hoy por hoy, la idea de preocuparse por el futuro de Lady Cherry, Amaia Romero, Jadel o Alberto Pestaña sin más argumento televisivo que sus karaokes deluxe supone un esfuerzo demasiado exigente y sacrificado.

Tags: ,

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video

cerrar
cerrar