Columnas

Nuevo catálogo de seres y estares (II)

Repescamos diez discos relevantes que se nos quedaron en el limbo

Diez discos en los márgenes del indie-rock, con escapadas a la psicodelia, el jangle, lo gótico y el folk (y con la presencia mayestática de Bob Dylan, a modo de clásico intocable) en esta segunda entrega de Nuevo Catálogo de Seres y Estares, la columna que repasa los discos importantes que se nos quedaron atrás.

En cuestión de lanzamientos discográficos, siempre toca avalancha de novedades tras el soporífero verano. Quién sabe si con la vista puesta o no en las cercanas listas de finales de año, el caso es que cada temporada nos encontramos con infinidad de artistas que deciden programar sus releases durante los meses de septiembre, octubre y noviembre. El otoño de este 2012, año relevante que ya cuenta con al menos veinte obras maestras en su haber, no podía ser menos y nos ha brindado una buena tajada de materia prima a la que hincar el diente. Aunque entre tanta cosa buena, mediocre y olvidable, hay que saber escoger y separar con astucia de trilero el grano de la paja.

Algunos apuntes al vuelo antes de presentar a los diez olvidados escogidos de este “Seres y Estares”:

- El galardón de decepciones recientes va para Sun Araw, Titus Andronicus, Matthew Friedberger y Benjamin Gibbard, con discos todos ellos realmente reguleros.

- En el apartado de “comebacks” poco esperados destacaron los de …And You Will Know Us By The Trail of Dead, Pinback, The Polyphonic Spree y las demos de Rites of Spring.

- En el de regresos cuestionablemente pasables, una pregunta: ¿alguien se ha vuelto loco por lo nuevo de Soft Pack, Matt & Kim, Two Gallants, Of Montreal, Times New Viking o Tilly & the Wall?

- Se destacan igualmente reencuentros provechosos aunque algo redundantes como los de Bob Mould, The Mountain Goats, Jason Molina, Mark Eitzel y The Sea and Cake.

- También ha habido recopilatorios como el de Trespassers William, y discos de rarezas (Willis Earl Beal) y versiones (Field Music) y demás (Andrew Bird) con los que matar minutos muertos entre tanta flamante novedad.

- Otros lanzamientos que se han ido quedando en la cuneta incluyen a mi otrora alabada Lavender Diamond, a los tradicionalistas The Music Tapes (algo así como la ecuación Neutral Milk Hotel + Woody Allen), a debutantes como Sun Airway y a incorregibles bichos raros tipo Why?. A todos ellos, si Dios quiere, volveremos algún día. Ahora, presentemos a nuestros diez repescados estrella.

Black Moth Superior Rainbow: “Cobra Juicy” (Rad Cult)

No pasa nada si hasta ahora no te habías atrevido con ellos. Es normal. Sus portadas repelentes, el continuo cambio de miembros y ese constante jugar al despiste y la doble ironía, han hecho de estos oriundos de un pueblo perdido en Pennsylvania unos freakies de cuidado. De hecho, aún no sabemos a ciencia cierta hasta qué punto la extrañeza juega a su favor o en su contra... Si algo no salió bien en el intento de domesticación asistida por Dave Fridmann que fue el tibio “Eating Us” (2009), con “Cobra Juicy”, en cambio, todo encaja. Financiado a través de Kickstarter, es, como avisa desde el título, un disco venenoso y revitalizante con el que quizá hayan perdido algo de aquello que les hacía únicos pero con el que consiguen sonar definitivamente más universales. Estamos sin lugar a dudas ante su trabajo más pop, el que, de una vez por todas, te permitirá encontrarles mucho más accesibles de lo que parecían, ni tan siniestros como te habían contado ni la mitad de grotescos. Con todo, sus fans integristas no deben temer: el comandante Tobacco les deleitará con sus mil y un vocoders, sus jodidas canciones de amor raro ( “Spraypaint”) y ese tufo a humor absurdo que le lleva a mezclar lo peor de Daft Punk con lo mejor de Beck para acabar sonando como unos AIR dados la vuelta. Esta vez no se te deben escapar: junto a Unknown Mortal Orchestra podrían convertirse en tus nuevos outsiders pop favoritos.

Bob Dylan: “Tempest” (Columbia / Sony-BMG)

Cuando se cumplen 50 años de la edición de su primer disco, resulta tan difícil intentar decir algo nuevo sobre Dylan como esperar de sus lanzamientos, por remota que sea, cualquier tipo de sorpresa. El nuevo largo larguísimo del bardo de Duluth sabe hacer de ello una moneda de doble cara, convirtiendo en punto fuerte lo que para algunos es una lacra. Tesón es la palabra que viene a la cabeza cuando pasajes como el incansable tema titular (catorce minutos dedicados al hundimiento del Titanic “en el inframundo”) insisten en su blues añejo. Pero en otros como esa desarmante “Roll On John” dedicada a Lennon en la que se parafrasean varios títulos de su época Beatles, aflora un aire de Dylan diferente, más complaciente que otras veces por momentos, aunque no siempre, un Dylan que trae consigo una retranca y una amargura especialmente afiladas (caso de “Pay In Blood”). Algunos dicen que no estamos ante la gran obra maestra que había prometido, mientras que otros recuerdan que este podría ser, quizá, su último disco. Sea como fuere, y admitiendo que “Tempest” no supera la cima conquistada con el glorioso “Modern Times” (2006), es innegable su condición de gran noticia. La constatación, en un buen año también para incunables como Bill Fay, Leonard Cohen, Brian Eno o Neil Young, de que los grandes siguen ahí marcando territorio cuando uno ya ni se acuerda de que los necesita.

Converge: “All We Love We Leave Behind” (Epitaph)

En el apartado “caña” de este otoñal Seres y Estares podrían haberse colado novedades recientes como el EP de los angelinos Trash Talk o el nuevo ataque en forma de mini-álbum de los incandescentes Lightning Bolt. Sin embargo, el tanto es para el regreso a la palestra de Converge con este disco sensacional, una gran bola de fuego lanzada a toda hostia por la sala en que te encuentras. Imposible esquivarla. “All We Love We Leave Behind” no deja respiro para ello ni casi para nada más. Los cortes, diecisiete en total, te dejan sin aliento. Discurren tan rápido que, por momentos, parecen pisarse unos a otros, gracias a una brutal ejecución y, sobre todo, a un abrumador diseño de sonido a cargo del guitarrista del grupo Kurt Ballou (productor también de las últimas burradas de Torche, High on Fire y Today is the Day). Servidor no conoce toda la discografía de estos veganos metaleros de Boston, pero no se extraña cuando oye decir por ahí a más de un medio especializado que este, su octavo disco, es el mejor de su carrera. Completísimo y derivativo sólo en su justa medida (coquetean con el post-hardcore en curiosidades como “Precipice”, apenas un minuto de transición ‘ambiental’), “All We Love We Leave Behind” es toda una declaración de intenciones para un grupo que ya lo tenía todo dicho. O un insuperable llamamiento a la acción al que no deberían acercarse aquellos que les conocieron atraídos por sus versiones de The Cure y Depeche Mode. O, mejor, el manifiesto más radical imaginable para un momento como este: hardcore de veras.

Cult Of Youth: “Love Will Prevail” (Sacred Bones)

2012 ha sido el año de consagración para Sacred Bones, un sello que, a la chita callando, ha editado uno de los catálogos más eclécticos del ejercicio. Moon Duo, Wymond Miles, Led Er Est y Pop. 1280 no van a coronar las listas de final de año pero son lanzamientos que se conforman con su condición de puntiagudas raíces musicales. Junto a ellos podemos incluir ahora el segundo ataque de Sean Ragon al frente de Cult of Youth, un grupo que pasó bastante desapercibido el año pasado pero que con esta nueva entrega está dando que hablar lo suyo. Prácticamente desbandados –Ragon lo ha convertido en un proyecto casi a solas, secundado únicamente por el batería Glenn Maryansky y la violinista de Zola Jesus Christiana Key–, Cult of Youth suenan ahora, curiosamente, más a banda que antes, menos minimales y tétricos, poderosamente británicos desde su estudio de Brooklyn. El que fuera bajista de Love as Laughter rasga su acústica con saña, fuerza su amenazante garganta como si esta fuese una última oportunidad y sigue en sus trece con esas letras existenciales sobre la raza humana: suelta frases como “El hombre es un animal que se esfuerza por evolucionar” en “Garden Of Delights” o “¿Es lo natural en el hombre ser algo más que una bestia?” en “Man and Man's Ruin”. Es un disco crudo e inteligente que ensalza un rock no por poco vindicado menos interesante, a medio camino entre El Bosco y Echo & The Bunnymen, entre William Blake y The Jazz Butcher. After-punk antropológico presto a ser revisado.

The Fresh And Onlys: “Long Slow Dance” (Mexican Summer)

Se han dicho algunas cosas incomprensiblemente feas de “Long Slow Dance”. Feas para un grupo tan sensato y fácil de querer como The Fresh and Onlys. Vale, se puede comprender que sus más obcecados seguidores no aprueben la suavidad de su giro de estilo, pero hay que reconocer que los de San Francisco aún se conocen al dedillo la fórmula que dicta cómo escribir recias canciones. Lo más resumido sería decir que “Long Slow Dance” certifica la transición del garage al jangle que ya apuntaba el fenomenal “Play It Strange”, un disco, aquel, del que se busca suavizar aún más la distorsión, acentuar el tono marchito, aparcar las borracheras y recoger las telarañas hasta recalar en puertos dignos de los Cure más new-wavers, de los sesenta más cándidos ( “Wanna Do Right By You”) y, sobre todo, de los Smiths (sugeridos desde esa flor de la portada y resucitados en muchas de estas canciones, con mención especial para “Presence of Mind”). ¿Que se ha sacrificado algo por el camino? Puede ser. ¿El qué? Cuesta decirlo. ¿Si siguen siendo The Fresh and Onlys recomendables? ¡Mucho! De hecho aún están en la fase de ser reivindicados porque muchos ni siquiera les conocen. Ahora sí, con todo eso por delante dicho, lo que de verdad les recomiendo es buscar el maravilloso “Under the Pale Moon” que el guitarrista del grupo Wymond Miles editó el pasado mes de junio y en el que se llora la nostalgia de bandas como Felt. ¡Búsquenlo!

Goat: “World Music” (Rocket Recordings)

Si de Suecia llega un huracán de psicodelia a base de jams absorbentes, uno piensa en Dungen al instante. Pero no. Goat no tienen nada que ver con los autores de “Ta Det Lugnt” (2004), aunque en cierto sentido podrían pasar por un relevo de aquellos. Si indagamos en su verdadera historia, nos veremos atrapados en un fascinante misterio que nos cuenta que proceden de un poblado llamado Korpilombolo conocido por las prácticas vudús de sus antepasados; que, allí, hace décadas que existe gente tocando música bajo ese nombre; y que, entre unos y otros secretos, ni queda claro quién forma o no parte del grupo. Incógnitas aparte, el caso es que Goat no habían editado nada hasta principios de este año, cuando un 7” y una limitada cassette prendieron la mecha de su inflamable y merecido reconocimiento. Sin distracciones, sin apellidos, su flipante world music ha alzado la voz de repente, recalando en estaciones de Bamako y Nueva Orleans, expulsando hasta quedarse sin aire soplidos de funk tribal. El escenario sobre el que se ha posicionado es digno de un aquelarre y la premisa parece ser desenterrar, invocándolas, raíces de las profundas. Goat lo consiguen con un disco que reverencia el espíritu de bestias paradas de los setenta como Can, Led Zeppelin, Parliament, Fela Kuti o Black Sabbath, y que escoge títulos tan poco casuales como “Let It Bleed”. Unos pura sangre.

Jim Noir: “Jimmy”s Show” (Jim Noir)

Servidor le había perdido la pista al de Manchester desde aquel caramelito titulado “Tower of Love” (2006), y reencontrarse con él de la mano de un disco así resulta, claro, todo un placer. Aún no me explico cómo un artista tan completo ha podido pasar ninguneado de tal forma entre la parroquia indie; y, de hecho, pensando en el olvido similar sufrido por los irlandeses Cashier nº9, hasta acabo sospechando que algún mal de ojo han debido echarles a aquellos artistas de las Islas que incorporen influencias californianas y esencias “baroque” a su paleta. Pero da igual. Dejémonos de maldiciones y disfrutemos del banquete porque este “espectáculo de Jimmy” en el que se compilan las mejores sinfonías del buen puñado de EPs que Noir ha ido editando para su club de fans durante los últimos dieciséis meses, ofrece recompensas irrechazables. Es colorido, frondoso y perfumado. Un acicalado vergel con canciones como flores preciosas sobre las que el recuerdo de gigantes del pop psicodélico poliniza armonías y melodías. Están las referencias habituales de Noir (The Kinks, Kevin Ayers, los Beach Boys) pero también llegan al oído efluvios dignos de la Beta Band (en cortes como “Old Man Ciryl”) y fragancias similares a las propuestas por los últimos Here We Go Magic ( “Ping Pong Time Tenis”). El efecto es delirante y delicadamente delicioso.

Menomena: “Moms” (Barsuk)

El engolado “Mines” fue un disco difícil para Menomena. Discutieron muchísimo durante su gestación y acabaron editándolo por los pelos. Danny Seim incluso llegó a cuestionar que el grupo siguiese adelante, algo que ahora vemos superado gracias a un cambio sustancial en el equipo. La salida de Brent Knopf parece que ha sido el revulsivo que necesitaban para seguir adelante y remontar el vuelo en esa escalinata por la que venían descendiendo desde su portentoso debut. Si hasta ahora los de Portland siempre se habían mostrado curiosos en lo instrumental, con esa distinguida mezcla de rock estriado, cuerdas laberínticas y vientos sagaces, “Moms” les muestra avanzando un poco más y escalando otro peldaño de alto voltaje emocional: el de la lírica. Dedicado a las diferentes presencias de sus madres en sus vidas –la de Seim murió cuando tenía 17 años, la de Harris le crió tras el abandono de su padre–, “Moms” clarifica influencias sorpresa como la de Blur (no sólo en las voces, no) al tiempo que enmaraña con inquietantes sombras pasajes como “Pique”, donde se escucha “soy un fracaso maldecido con genitales masculinos”, o “Heavy is as Heavy Does”, en la que oímos “pesadas son las ramas que cuelgan de mi jodido árbol genealógico”. El objetivo parece haber sido sumar a sus habituales escalofríos instrumentales otros de un calado diferente. Y el resultado es un triunfo.

Mount Eerie: “Ocean Roar” (Elverum & Sun)

Ha sido un año especialmente jugoso en lo que concierne a dobles entregas. Triunfadores como Johnny Jewel, Death Grips, Ty Segall, Lindstrom o Angel Haze han editado más de un largo (Segall hasta tres), y casi siempre con grandísimos resultados (a excepción del discutido patinazo, o no, de Lindstrom y el prog-funk de sus “Six Cups of Rebel”). El maestro en las sombras Phil Elverum también entregaba doble ración de talento con sus Mount Eerie presentando “Ocean Roar” como complemento oceánico al lunero “Clear Moon”. Y este pasaba a ser, al instante, no sólo su segundo disco formidable del ejercicio sino también otro arrebato que sumar a esa lista de álbumes bestiales que desde que empezó el nuevo siglo vienen entronizando aún más la leyenda del que fuera fundador de The Microphones. Entre los muchos aciertos del disco, cosas tan lógicas como travestirse de unos tétricos Yo La Tengo en el tema titular o arrinconar en una esquina de distorsión el “Engel Der Luft” que sus admirados Popol Vüh escribieran para “Fitzcarraldo”. Tan bello como estremecedor, tan etéreo como arraigado a la tierra, el noise-folk de este “rugido del océano” compite con su antecesor en profundidad y trazos, al tiempo que lo complementa como un gran díptico que hiere y regenera el alma. Ambos títulos ilustran para Elverum los resultados casi perfectos de su mejor año en años, que ya es decir.

Sic Alps: “Sic Alps” (Drag City)

Thee Oh Sees han limpiado su distorsión hasta dejar un bello esqueleto pop, The Fresh and Onlys se han pasado definitivamente al jangle y Ty Segall ha demostrado que puede multiplicar radios de acción estilística según el pie con que se levante cada mañana. En conjunto, la cohorte psicodélica de San Francisco parece haberse puesto de acuerdo para suavizar aristas y hacer de sus discos experiencias más… salubres. Si no que se lo digan a Sic Alps, autores el año pasado de un “Napa Asylum” tan interesante como sucio que regresan ahora con un álbum bien limpito, como si le acabasen de pasar por encima un paño empapado en desengrasante. “Sic Alps” parece responder a esa norma no escrita que dicta que si un grupo titula homónimamente un disco que no sea el debut, es porque ha encontrado en él a sus verdaderas raíces musicales. En efecto, aquí tenemos a los Sic Alps más claros y sinceros que hemos podido escuchar hasta el momento. Los guiños a Syd Barrett y a la Velvet ( “Moviehead”) se captan mucho mejor ahora que se han estirpado riffs innecesarios y en su lugar los instrumentos brillan como alambres de metal, con melodías colgantes y unas cuerdas sinfónicas de fondo ( “Glyphs” o el precioso piano de “Rick Races”) que hacen que el trino de las canciones amplifique su belleza con las escuchas. Puede que la reinvención no fuera del todo necesaria, incluso puede que el disco no sea tan redondo como podría serlo si se hubiesen llevado más a los extremos algunos temas, pero los californianos han ganado en profundidad de campo. Y hoy, por fin, parecen y suenan como un grupo importante de verdad. El próximo álbum debería ser el decisivo.

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