Columnas

Nuevo catálogo de seres y estares (III)

Repescamos, una vez más, diez discos relevantes que se nos quedaron en el limbo

Discos con mérito, candidez y calor que se nos han quedado atrás, pero que no merecen caer en saco roto. Vuelve, por tanto, la sección retrovisora de Cristian Rodríguez para rescatar de un olvido inmerecido diez discos que merecen segundas oportunidades.

Los cambios de año suelen pillarme con el pie cambiado. Retiro de mi iTunes toda la música del recién acabado ejercicio y comienzo a nutrir la biblioteca sólo con material nuevo. Es un momento de inestabilidad e incerteza en mi particular almacén musical. Un momento en que el criterio 2013 aún no ha comenzado a dibujarse y ante el que es inevitable que a uno le asalten preguntas del tipo: ¿está siendo un enero musical tan bueno como lo está siendo en la cartelera de cine? La respuesta es no, y eso me da coraje para volver la vista atrás por última vez hacia el ya yacente 2012 e intentar extraerle la última gota de zumo. Si aún les quedan tiempo y ganas de arrear el coletazo definitivo a un año que todo el mundo quiere olvidar cuanto antes, no se olviden de discos que se perdieron su momento de fama en estas páginas. Discos como la relamida pelea de gatas que fue el “Integration LP” de L.A. Vampires y Maria Minerva, el discreto regreso de las Bush Tetras con “Happy” o el segundo álbum de unos Seapony que, Deus dixit, “no le gustaron a nadie”. Pero, sobre todo, no dejen de lado la decena de jugosos álbumes que presentamos a continuación. Les dejamos caer en caso roto pero para nada merecen quedarse ahí.

The Boats: “Ballads Of The Darkroom” (Our Small Ideas)

Más que la tercera parte de su trilogía ‘baladística’, nos encontramos ante la culminación absoluta del ideario de The Boats. O, mejor, de su encauzamiento estilístico tras unirse el chelista Danny Norbury al dúo formado por Andrew Hargreaves y Craig Tattersall (antes en Hood), una incorporación que dota al corpus ambiental del proyecto de un relieve dramático aún más acusado. “Ballads of the Darkroom”, como decíamos, no sólo da continuidad a sus predecesores sino que los completa haciendo balance. Basta con observar el tracklist para ver que sus cuatro temas centrales, todos ellos más allá de los nueve minutos, son las cuatro epopeyas de su otro trabajo de 2012, “Ballads of the Research Department”, revisitadas: dos tomas tempranas y dos remixes a cargo de The Humble Bee y TLO. Guiada por esos faros, la música recala serena en bellos puertos, “entre la canción ensoñadora y el paisaje polar”, como bien dijo Robert Gras en estas páginas. Algunos pasajes, como el principio de “The Ballad of Ommision”, nos hacen imaginar Hawaii desde una base perdida en la Antártida, y, en general, todos consiguen gracias a latidos de violines, sutiles pianos, arritmias de batería y chelos a la deriva, que el corazón del proyecto se vislumbre con más claridad que nunca. Composición y producción brillan a un mismo nivel, demasiado conscientes de sí mismas quizá, pero dueñas de un espacio propio que soñarás habitar si te agota la castradora megalomanía de Sigur Rós.

Foxygen: “Take the Kids Off Broadway” (Jagjaguwar)

Con su divertido segundo álbum girando sin parar en tu reproductor, hoy se impone rescatar el debut de Foxygen de 2012, año en el que (con permiso de Merchandise) fueron los grandes tapados indies. “Take the Kids Off Broadway” no se nos podía quedar en el tintero. De hecho, su repesca se antoja obligatoria para evaluar con todos los puntos sobre las íes el nuevo trabajo que les ha colocado (con permiso de Rhye) como el primer grupo de moda de 2013. Me explico. “We Are The 21st Century Ambassadors of Peace and Magic” es toda una maravilla moderna, pero demasiado maravilla y demasiado moderna, por lo que se antoja esencial repasar este debut justo ahora, para ver hasta qué punto son Foxygen unos genios confiables al 100% o poco más que los nuevos MGMT. Si su flamante nueva entrega es un patchwork de la edad del oro del pop-rock donde se dan la mano los Bowie y los Rolling, Dylan y Bolan, los Beatles y la Velvet, “Take the Kids Off Broadway” no deja de ser, visto hoy, el cuaderno de notas de donde surgió todo ese gran esbozo. Unos currados apuntes que, como bien dijo Mike Powell en su momento, “suenan frescos y lógicos no porque imiten fielmente al pasado sino porque, en cierto sentido, fallan en eso mismo”. Producidos por el artesano Richard Swift, que también ha limpiado con su betún la nueva entrega, Foxygen ya demostraron aquí las grandes bazas que jugaban.

Gepe: “GP” (Quemasucabeza)

Exceptuando éxitos puntuales como el de Javiera Mena, sigue resultando tristemente ridículo el impacto del indie sudamericano en nuestro país. Mojamos la ropa con los efluvios pancontinentales de El Guincho y nos fijamos en personalidades como la de Roberto Carlos Lange (Helado Negro) sólo por haber compartido split junto a la moderna Julianna Barwick, eso sí; pero, en el fondo, falta una voluntad palpable por imbuirnos de músicas tan cercanas y ricas como las latinoamericanas. A Daniel Riveros, alias Gepe, lo conocemos desde hace casi diez años pero su reconocimiento por nuestras fronteras sigue siendo inversamente proporcional a la calidad de su propuesta. Continúa siendo poco más que un extraño, aunque sus discos ganen en empaque y control cromático a cada paso. De “GP” se puede decir sin temor a equivocarse que es la obra más completa y exultante de su carrera, su oportunidad de oro para ser más y mejor escuchado. Está trufado de canciones sin prejuicios, fronteras ni miedo alguno. Canciones que le sitúan tan cerca de la pachanga andina de Carlos Vives como le arriman a estetas del calado de Miguel Galvañ (escuchen “Campos Magnéticos”). Unos ( “En la Naturaleza”, “Con un Solo Zapato no se Puede Caminar”, “Libre”, “Bomba Chaya”) más bailables que otros (el disfrutable reggae de “Fruta y Té” y su apetecible promesa de un “desayunito”), absolutamente todos los cortes de “GP” son sabrosa y pura vida.

The La’s: “Lost La's 1984-1986: Breakloose” (Viper)

Recomendable solamente para fanáticos de los autores de “There She Goes”, esta recopilación de los inicios de The La's documenta los rudimentarios dos primeros años como grupo de los de Liverpool. No contiene los destellos irisados del hermoso sonido que plasmarían en su único disco grabado en 1990, pero sí que incluye 21 cortes que te ayudarán a comprender de donde viene su fulgurante songwriting. Vale, quizá descubrir en el origen del grupo resquicios paleolíticos y casi feístas haga perder a su artesanía parte de aquella magia que la hacía tan misteriosamente espontánea, mas también resulta atractivamente morboso comprobar cómo sonaban cuando empezaron, antes de que les puliese Steve Lillywhite, cuando aún militaba en el seno del grupo su co-fundador Mike Badger (quien, por cierto, bautizó al grupo tras serle revelado el lírico nombre en un sueño). Grabadas en cuatro pistas y casettes, Badger es quien guardaba unas canciones que, al parecer, Lee Mavers nunca fue partidario de publicar, quizá por no destapar rudezas del calado de “Dovecot Dub”. En cualquier caso, hay aquí datos suficientes (caso de “Open Your Heart” o “Moonlight”, semillas melódicas de flores que nacerían más tarde) para saber quiénes eran The La's a seis años vista de convertirse en la mejor banda del mundo.

Merchandise: “Children of Desire” (Katorga Works)

Entre especulaciones sobre el regreso de The Smiths y temibles comebacks como el de Suede, nada mejor que acercarse a “Children of Desire” para calmar la nostalgia de nuestro añorado indie británico. El trío de Florida Merchandise, que se disputa con The Drums el premio a banda más inglesa de Estados Unidos, fue uno de los grandes tapados de 2012, quizá por adscribirse a un esquema de canción sin manierismos, clásica y poca dada al titular barato. El discurrir tranquilo de sus composiciones, entre un romanticismo devastador y un brit-pop crepuscular, recuerda a la dupla formada por Morrissey y Marr, sí, pero también a bestias pardas como The Church o Echo and the Bunnymen. Altamente inspirados y sin preocuparse por, eso, sonar demasiados parecidos a otros, citan a Miles Davis, André Breton o Esplendor Geométrico (!) y se quedan tan panchos. Su única ansiedad parece provenir únicamente del miedo a entregar una mala canción. Y, en efecto, aquí no hay ni una sola. “Children of Desire” lo forman sólo seis, pero dos de ellas, por ejemplo, se van hasta los once minutos sin que parezcan pasar de los cuatro. Conclusión: no hagan caso de su terrible nombre y ahórrense toda la mercadotecnia que puedan corriendo inmediatamente a su web: allí regalan en descarga gratuita todos sus discos y EPs.

Omarion: “Care Package” (Mixtape)

El dulce momento que vive el R&B (con reunión de las Destiny's Child incluida) sirve de caldo de cultivo perfecto para recibir esta fabulosa mixtape editada por Maybach Music Group, el sello de Rick Ross. Su creador es el otrora cantante de los fugaces B2K, Omarion, y su aura el de un catálogo de músicas muy bien lubricadas a base de retazos pop, soul y hip hop. Bendecida en gran parte por la resaca del disco más culturalmente importante del año pasado, “Care Package” debería enamorar a primera vista a todos los nuevos adeptos a la causa R&B gracias a Frank Ocean y su “Channel Orange”, pero también a los que empezaron a comulgar con The Weeknd hace dos temporadas o con Kanye hace tres. Y también, por descontado, a todos los adeptos a la música negra de siempre. Omarion está llamado a crear con su voz y sus discos un imperio de los sentidos como todos esos compañeros y a completarlo, partiendo de aquí, con una continuación de la que se esperan grandes resultados. Respaldado por invitados como Joe Budden, Problem, Tank, Trae Tha Truth y el hasta hace poco desaparecido Wale, rellena “Care Package” de hits centelleantes como la incontestable “Trouble” o “M.I.A.”, hits que prenden la llama de un disco cuya portada recuerda a la de “808's & Heartbreak” y que coloca a Omarion no tan alto como otros, aunque sí dispuesto a combatir ese aura de malditismo que hasta ahora ha gobernado su carrera.

Parquet Courts: “Light Up Gold” (Dull Tools)

Otra colección de gemas pop-punk que pasó injustamente desapercibida entre la maraña de lanzamientos del último tramo de 2012. Ahora, y un poco como les pasó a sus compañeros de sello Royal Headache justo un año antes, “Light Up Gold” se beneficia de un relanzamiento a cargo de What's Your Rupture tras su pequeña tirada inicial sólo para Estados Unidos. Su contenido bien lo merece. Ha cosechado, entre otros parabienes, cinco estrellas en The Guardian y es todo fuego amigo: riffs incandescentes, garage indomable, esquirlas de post-punk y un punto slacker que debe tener mucho de la originaria Texas de donde provienen sus miembros. Desde allí lo trasladan todo hasta Nueva York, ciudad en la que han decidido establecerse para dar el gran salto, y ciudad también que inoculan no sólo como contexto sino como suprainfluencia. Los chicos de Parquet Courts ultrapasan una superficie tozuda y rocosa para jugar con velocidades y texturas, proclamándose como algo más que el recambio necesario de Soft Pack y Art Brut ( “Donuts Only”). Además, el olfato melódico les lleva a lidiar con los Modern Lovers, incluso a airarse en plan The Fall y estilizarse rollo Pavement. Siempre de la mano de unas letras muy bien trabadas que declaran influidas por el Wu-Tang Clan, Pynchon o Foster Wallace. Hay actitud, canciones, sustancia y poco tiempo para desperdiciarlo todo. A ver qué pasa.

Rites Wild: “Ways of Being” (Not Not Fun)

La nueva chica bomba en ese campo sembrado de minas que es Not Not Fun se llama Stacy Wilson. Viene de Adelaida, Australia, y está lista para dar el gran salto a la palestra de la modernidad. Recapitulando lo conseguido hasta ahora y limpiando archivos de cara a entregar un debut real que, esperemos, no tarde mucho, Stacy ha incluido en “Ways of Being” una selección de cortes antiguos y no tan antiguos grabados en su habitación. Le sirven como presentación de sus particulares ‘formas de ser’ y para alzar un poquito la voz y dejarnos bien claro que debemos retener su nombre. La receta de Rites Wild es más que conocida, pero funciona. Dejará al oyente subyugado con su voz sensual y tétrica llena de reverbs, y puede que hasta le hipnotice entre repetitivas líneas de bajo y brumosas baterías programadas. Es lo mejor del proyecto, su envolvente capacidad para crear una atmósfera propia, una intrigante recreación ambiental que hace pensar en luminarias del post-punk gótico retirándose las legañas del rostro. “Make Plans”, por ejemplo, evoca la imagen borrosa de unos Suicide comatosos, mientras que “Ill Health” tiene algo de cuenta atrás a lo Symmetry. Motorizado por influencias dub y empujes industriales, todo resuena compacto y fluctuante como una negra lengua de lava que avanza renqueante entre las tinieblas y poco a poco te engulle hasta dejarte hundido en el medio de una concéntrica espiral sin salida.

Swearin’: “Swearin’” (Salinas Records)

Aunque no hayan dejado de editar reinvenciones fabulosas como el “Mountain Battles” de 2008, las Breeders siguen siendo uno de los grupos que más echo de menos. Puede que no sienta tanto la falta de canciones nuevas como de su espíritu de grupo, del tipo de banda que ejemplificaron allá por los noventa. Swearin', quizá, podrían ser el recambio perfecto para dicha nostalgia. Una banda que juega, como ellas, en el revoltoso tablero del post-grunge y a quienes les bastan 27 minutos para ganarte el pulso. La banda la lidera la vocalista Allison Crutchfield (hermana de Katie, la comandante de Waxahatchee que presentamos en el siguiente párrafo), y la completan el guitarrista Kyle Gilbride (que militaba junto a Allison y Katie en los extintos P.S. Eliot), el bajista Keith Spencer y el batería Jeff Bolt. Tras su prometedor EP “What a Dump”, el cuarteto entregaba recientemente este fantástico debut. Un disco inteligentemente sucio que recuerda a Olympia y a la esencia de reyes como Dinosaur Jr o los inexplicablemente olvidados Unrest; a la época dorada del indie incandescente que comentábamos más arriba y a la riqueza que muchos de aquellos grupos demostraron poder esconder tras una trinchera de guitarras. Baladas como “Empty Head” y descansos como el propuesto en “Divine Mimosa” cumplen aquí dicho cometido. Están muy bien hilvanadas entre el racimo de perlas fuzz-pop y consiguen que uno piense en “Swearin’” como el abrasador reverso del magistral “Europe” de Allo’ Darlin.

Waxahatchee: “American Weekend” (Don Giovanni Records)

Katie Crutchfield militaba en bandas de filia punk como P.S. Eliot y Bad Banana hasta que, cual tantas otras rebeldes reconvertidas, decidió recrudecer su cuerpo y alma para grabar un disco de folk desnudo. A solas con su guitarra acústica y al cobijo, cuenta, de una criminal tormenta, registró “American Weekend” durante el pasado invierno. Un disco dedicado, entre muchas otras cosas, a “cualquiera que se haya despertado alguna vez para descubrir su identidad como algo borroso”, y cuyo título bien podría pasar por el de una cinta de Judd Appatow aunque también encaje a la perfección con el tono de estas canciones. Son pequeñas perlas de folk condimentadas con espartanos arreglos, casi invisibles, en las que, plantando cara a tanta novedad fosforescente y haciendo gala de un tradicionalismo en tonos sepia, nos habla de desamparos, desamores y vivencias; tópicos en los que siempre suelen caer este tipo de discos, sí, pero revestidos aquí de una fuerza abrumadora gracias a un sedante carácter minimal que da hasta pudor violar. Al igual que Angel Olsen, junto a quien resulta imposible no archivarla como descubrimiento folk en femenino del año pasado, Katie también suelta versos que refieren su condición de músico o, si quieren, de viajera errante. Al respecto, sólo nos queda desearle un largo camino por delante, algo que no debería costarle mucho a alguien ya ha sido comparada con Lou Barlow, The Softies o el mismísimo Bruce Springsteen de “Nebraska”.

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